El Sepulturero Cubano

Monos y leones

El próximo mes de octubre el Parque Zoológico Nacional de Ciudad de La Habana, cumplirá 68 años de inaugurado. ¡Cómo pasa el tiempo!

El Zoológico al igual que la Revolución Cubana ha tenido sus más y sus menos, sus altibajos. Más bajos que altos.

A la entrada del mismo, bajando por la avenida 26 en dirección a Nuevo Vedado, a la derecha, existen tres cervatillos a los cuales sirve de pedestal una abrupta roca. Es una obra de la escultora cubana Rita Longa.

Los domingos mis padres me llevaban allí o a la playa. Yo prefería ir a ese lugar. Tengo muchas fotos de ese parque. Y es como si hubiese crecido allí. Me gustan los animales. Todos. Sin distinciones. Nunca he podido machucar una cucaracha con contra el suelo. Me da pena.

Cuando era un niño pasaba horas y horas viendo desfilar por el portal de mi casa a unas hormigas cabezonas, pero muy laboriosas, cargadas con sus hojitas verdes. En una faena interminable. me emocionaba observar tanta laboriosidad y organización.

Bueno, en lo que estaba era en que el zoológico era mi entretenimiento favorito.

Cuando comencé a estudiar medicina dejé de ir por falta de tiempo y regresé en el año noventa y tres, al zoológico. ¡Por Dios, mejor nunca lo hubiese hecho! Nunca se me borrará de la memoria aquel triste paseo junto a mi esposa.

El que ha estado allí sabe que cuando entras, a la derecha, hay una escalera que te conduce a la jaula de los monos. Una escalinata ancha y arbolada. Y sino, puedes tomar el camino de la izquierda que te conduce a los lagos donde nadan los cisnes, patos, y también están los cocodrilos en medio de unas lagunas de aguas verdosas y espesas con la jaiba abierta.

El tour de ese día comenzó por la jaula de los monos. ¡Año 1994!¡Quedaban muy pocos monos! Sin pelos y sin ganas de acercarse a los espectadores. Sólo lo hacían cuando alguien les brindaba un pedazo de pan o un cucurucho de maní. Ya habían retirado los carteles aquellos que decían: “NO DAR COMIDA A LOS ANIMALES” Poco faltaba para que pusieran unos nuevos con el siguiente texto:”SE RUEGA DAR COMIDA A LOS ANIMALES” Los chimpancés juguetones y saltarines por naturaleza estaban amedrentados. No hacían ningún movimiento. Con la pelambre deslucida y el cuerpo lleno de costras. Muy flacos. Miraban al escaso público que los animaba con palmadas, pero nada. No se movían. Un tipo que estaba de pie a mi derecha, junto a la jaula, me dijo: “Tienen más hambre que nosotros. Y lo más jodido del caso es que no pueden salir a buscársela”

Yo compré unos cucuruchos de maní a peso y los repartí entre los escasos monos del lugar.

Seguimos caminando y llegamos a la jaula de los leones. Se habían convertido en vegetarianos. Leí bien el cartel porque pensé que me había equivocado de sitio, pero no. Decía bien clarito: “León africano” ¡Coño, pero lo que tenían regado por el suelo de la leonera eran hollejos de naranja y cáscaras de plátano”

El león africano salió de su morada en los más profundo de la jaula y nos miró, tristemente. El tipo de la vez anterior estaba de nuevo al lado mío, lo acompañaba una mujer muy delgada y morena de piel, silenciosa. Me dijo esta vez: “El otro día agarraron a un hambriento dentro de la jaula de los bichos esos, el león ni lo miró. El hombre se comió toda la naranja que estaba por el suelo” Pensé que me estaba corriendo una máquina, cogiéndome para el trajín, pero cuando vi la gravedad con que su mujer asintió con la cabeza, no dudé. En Cuba cualquier cosa es posible.

” Y eso no es ná. Por la noche se meten los chamacos en la jaula del rinoceronte y le raspan el tarro al pobre animal porque se vende pa subir esto” Dijo, y se tocó la entrepierna.

La mujer lo mandó a callar, pero el hombre no se callaba. Estaba embalaó, hablando hasta por los codos. Había entrado en confianza. Era muy alto, pero tan flaco como ella. Con las uñas muy sucias y una barba de cuatro días. Usaba unos espejuelos remendados a nivel del puente con un esparadrapo churrioso.

“El tarro no le crece al animal. Todas las noches le quitan un poco de tamaño.” Siguió diciendo. Yo sólo escuchaba. Eran cosas interesantes y tristes a la vez.

El hombrín ya se sentía como el guía turístico nuestro.

“Los cocodrilos están en candela. Yo creo que se quedaron con la boca abierta para siempre” Dijo.

Y tenía razón. Pasamos varias veces y los vimos en la misma posición. Le pregunté a un guarda si nunca cerraban la boca y me dijo que no. Sólo de vez en cuando, si les caía una mosca, una guasasa o un mosquito. “¡Santo Cristo, eso es muy poco!” Exclamé. Mi mujer me dijo bajito que no me metiera en eso. Que nosotros comíamos menos que los cocodrilos y todavía estábamos vivos.

El elefante no tenía agua y apenas movía la trompa. Cisnes no vi por ninguna parte. Ni guacamayos, ni cotorras, ni pajaritos. Las jaulas eran como cementerios. Vacías y silenciosas. Lúgubres.

No regresé más.

Celia Sánchez inauguró uno en Calabazar en el año 1980, donde los visitantes iban en guagua y los animales andaban sueltos. No quise correr el riesgo de ir a ese lugar.

Viernes, 28 de Septiembre del 2007

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