El Sepulturero Cubano

Se me hace la boca agua

— ¿Para cuándo llega la familia de tu mujer, gallego? — le pregunté a mi amigo, un recio, culto y reservado español, que estimo en grado sumo. Profesor universitario ya jubilado, de literatura española.

Me miró, sin dejar de prestar atención a la carretera que serpenteaba ante sus ojos:

— Chico, si todo sale según lo planificado, mañana estarán aquí— y siguió abundando en la información, no le había pedido más explicaciones, cosa rara en él, que se mostrara tan locuaz. Estaría contento con la venida de la familia cubana, pensé— Viene la madre, el padre y un hermano que tiene como cuarenta años. Todavía me pregunto como los han dejado venir a todos juntos, pero la verdad sea dicha, mis contactos en el consulado dieron sus frutos …

Lo miré de reojo. Continuaba él observando el caminando, oteando las señales que salían a su encuentro en las curvas, en los arcenes. El velocímetro marcaba los 120 kilómetros por hora, el amplio y potente Mercedes se deslizaba por la autovía que conduce a un pueblucho de esos que se pierden en lo más profundo de la geografía española y que en los mapas de carretera ni siquiera se destacan por un nombre, sino sólo por un punto, un accidente geográfico sin importancia.

— Te vienes conmigo, ¿no? — me preguntó.

— Oh, sí. No tengo guardias planificadas para mañana.

— Me alegro. Los viejos poseen una gran cultura, eso me dijo Dignora, mi mujer. Ya sabes como es ella de exagerada, pero en este caso le creo. El viejo fue profesor de historia en la universidad de La Habana y su mujer es bióloga. Ah, y el muchacho …

Lo interrumpí en este punto de la conversación:

— ¿ De qué muchacho hablas?

— Chico, del chavalote, del hijo, del hombre de cuarenta años— me contestó.

— Ah, te entiendo. Perdona, pero en Cuba un tipo de cuarenta años no es ningún muchacho …

El auto giró bruscamente, una curva pronunciada. Mi cuerpo se inclinó perceptiblemente hacia él y extendí el brazo para sujetarme.

— ¿Y qué es, entonces?— preguntó.

— Un hombre, simplemente eso … Un hombre— le contesté.

— Bueno, el hombre de cuarenta años también posee una vasta cultura, he hablado con él por teléfono y está muy interesado en conocer España, su cultura, sus monumentos … Vaya, que se nota que no es un don nadie, ¿ me comprendes?

El auto se detuvo, sin brusquedad. Antes de apearnos le interrogué:

— ¿Y a qué se dedica el cuarentón en Cuba?

— Rellena encendedores, allá le dicen fosforeras, pero tiene estudios universitarios. Creo que es físico o químico. Además, en su conversación se nota que no es un mediocre. Ustedes los cubanos tienen casi todos muy buen nivel cultural.

No respondí.

El sol pegaba fuerte y él comenzó a buscar algo en el maletero. Le toqué por la espalda y me despedí con un apretón de manos.

— Mañana te recojo aquí mismo, verás que gente más maja estos cubanos.

— Está bien. Mañana a las cinco de la tarde me recoges y vemos a la familia de tu mujer— contesté. Me alejé por un camino sin asfaltar. Serían las cinco y pico de la tarde. Un aire cálido soplaba fuerte del sureste. Miré hacia el cielo, el sol se ocultaba tras un bloque compacto de nubes negras, encapotándose y apresuré mis pasos, seguramente caería un buen chaparrón. No quería mojarme. Me sentía acatarrado, “ con el cuerpo cortado”

Raimundo, el gallego, me recogió en la puerta de mi casa al día siguiente. Su locuacidad superaba en creces a la del día anterior:

— José, échale un vistazo a ese material … — y un dedo regordete como una morcilla me señaló hacia el asiento trasero del auto. Me giré y observé el asiento lleno de libros, de portadas llamativas, de vivos colores y papel cromado. Tomé uno al azar, la portada mostraba una bandera española y al fondo una plaza de toros … Lo hojeé … Historia de España. Quizás resultara interesante. Simulé que me interesaba y mientras mi amigo conducía hacia el aeropuerto me arrellané. No prestaba atención al libro, ni al paisaje. Mi mente estaba en otra parte. Yo sabía lo mío, y Raimundo desconocía lo suyo. La vida era sí.

Llegamos una media hora antes del arribo del vuelo procedente de Madrid, pues los cubanos hicieron Habana- Madrid y luego tomaron un segundo avión para Alicante. Ciudad donde estábamos, y vivíamos. Matamos el tiempo en el bar. Pedimos unas cervezas. La cara de Raimundo, ancha y rosada, destilaba felicidad. Le conocía, la euforia no le dejaba estar tranquilo en la banqueta. Miraba hacia todos lados. Buscaba, husmeaba con la mirada otros rostros, gestos, pero sin importarle algo en especial. Como la mujer, Dignora, lo conocía, le había dejado ir conmigo al aeropuerto con el pretexto de tener la comida hecha para cuando la familia llegara a casa: sus padres y su hermano. Así descargaba la ansiedad lejos de ella y le dejaba tranquila por un rato, pues su refrán favorito era : “El que espera desespera”

¡Al fin! ¡ Llegaron los viejos y el tipo! Dos viejos flacos y ojerosos y el hijo que no parecía tener cuarenta años, sino veinte más: barbudo, melenudo, fumando un Popular, nervioso. Me fijé en sus uñas largas, en sus dedos índices amarillos por la nicotina. Todos abrazaron al gallego, luego fueron hacia mi, igual de efusivos, aunque noté que se refrenaban en el momento en que Raimundo les dijo que era un compatriota. Cubano.

— ¿Qué, vive con ustedes? — preguntó el barbudo con voz ronca y hasta mi llegó su aliento a tabaco viejo, a cigarro malo.

— No, soy médico y vivo con mi esposa y mis hijos en una urbanización— me apresuré a contestar— Sólo vine a acompañar al amigo.

Y señalé a Raimundo. Éste asintió con la cabeza, apoyando mis palabras

— Este es mi amigo y mi médico— me pasó el brazo derecho, cálido, por sobre mis hombros. Me complació su gesto.

— ¿Por qué no vino mi hija? — preguntó la vieja.

— Se quedó en casa preparando la cena, algo ligero, para cuando vosotros …

— ¿¡Cena!? ¿¡Algo ligero!?— exclamó el viejo con voz cascada. Era las primeras palabras que aquella empalizada amarillenta, negruzca y desigual decía, y expulsó unos cuantos perdigones de espesa saliva.

— ¡Yo estoy partío! — dijo el barbudo.

— ¿El qué?— preguntó Raimundo— Tradúceme, José Luís.

— Tiene hambre— traduje.

— Ah, ya habrá tiempo de comer. Hombre, han llegado a ustedes a un país donde no hay que preocuparse por la comida. En casa podrán comer lo que quieran, aunque la cena que se prepare hoy sea ligera— remató el gallego.

Observé una mueca de desconfianza en el rostro del cuarentón. El viejo miraba hacia todos lados, buscaba algo. Noté que la vieja le pellizcaba un costado.

En un carrito llevamos el equipaje hacia el auto de mi amigo. Éramos una comitiva de lo más variopinta. Los tres cubanos recién llegados con sus ropas ajadas, la mirada inquietante, los ojos desorbitados. Lo observaban todo como caídos de un remoto lugar más allá de la estratosfera. El gallego trajeado, erguido, opulento. Yo, con ropa deportiva, observaba cada gesto, atento, escrutando el encuentro del pasado con el presente.

Cuando fuimos a abordar el auto el gallego insinuó que tuviesen cuidado con el material bibliográfico que llevaba en el asiento trasero. Yo me adelanté y abarqué los libros con mis manos y en dos o tres viajes los llevé al maletero del Mercedes. Ninguno le prestó atención a los libros. El melenudo acariciaba la carrocería del auto color vino.

— Eso que llevo ahí detrás es una riqueza ….— dijo Raimundo.

Ninguno contestó. Sólo yo hice un leve comentario. Afirmé que era cierto. Toda la historia de España estaba ahí, acoté.

— José, sin exageraciones. Sólo algo, un aperitivo, por decirlo de alguna manera— y sonrió satisfecho de su palabras antes de sentarse al volante.

— ¡Estoy partío! — dijo el barbudo.

— Compadre, sea educado. Ya habrá tiempo de comer. Este hombre tiene planes, de llevarlos a un recorrido por la ciudad: Alicante. Él ama esa ciudad, su ciudad. Sí aguantaste 40 años de hambre porque aguantes unas horas más no te vas a morir … — le susurré al oído, sosteniéndole por el antebrazo derecho. Tuve la sensación de sostener entre mis dedos una rama seca.

— ¿El qué? ¿Pasear ahora? Ná, se volvieron locos … — gritó.

— Coño, chico, date tu lugar. Este señor piensa que ustedes están interesados en la historia de España y de su pueblo , él sabe que tu padre tiene estudios y que tú también has estudiado lo tuyo. No des la nota …

— Asere, tú eres cubano igual que yo, compréndeme, tengo tremenda hambre y no estoy para trovas, estoy loco por chocar con un bistesón ….

— Bueno, ya veré como le doy la vuelta para que se los lleve directo a la casa, creo que pensaba mostrarles unas fuentes famosísimas y unas estatuas ecuestres. Deja ver cómo arreglo este arroz con mango ….

Abordamos el auto, nosotros. Me senté delante, junto al gallego. Los tres recién llegados detrás. De vez en cuando les observaba por el retrovisor. El falco llevaba tremenda cara de encabronamiento, y de hambre. Sea dicho. El español conducía con la mirada fija en la autovía. Cuando entramos en la ciudad aminoró la marcha y fue señalando lugares, mencionaba fechas, hechos históricos …

Giró bruscamente en una esquina. Los viejos silenciosos junto al joven en la parte trasera del auto se mantenía expectantes.

— ¿ Ven ese restaurante de ahí?, el dueño es mi padre— explicó el anfitrión.

— Coño, para ahí mismo, mijo. Aquí mismo plantamos y jamamos algo … ¡Estamos partíos!— gritó la vieja lanzándose virtualmente del auto en marcha.

El auto frenó en seco.

— Yo pensaba mostrarles una hermosísima estatua del fundador de Alicante y luego marcharnos a casa. Dignora lo tiene todo listo.

— ¡Ay, la boca se me hace agua! Comemos aquí y lo de tu casa nos lo echamos de postre, ¿ está bien, Rey? — dijo la vieja. Y lo de Rey lo dijo con voz melosa.

No pude evitar la carcajada. El estómago no entiende de historias.

Raimundo me observó estupefacto.

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