El Sepulturero Cubano

El papagayo verde

No es lo mismo ser perro, jicotea, loro o serpiente en España , que en Cuba. Y digo España, por referirme a un país en especial, pero podría decir Japón, Estados Unidos o Suecia.

El primer mundo cambia mucho la vida a las personas, y a las mascotas de las mismas. Aquí, en estos países desarrollados, da más negocio ser veterinario que médico. Ahora, eso sí, tienes que ser un veterinario bueno, polifacético.

En Cuba ser veterinario es relativamente fácil. Piensen: un veterinario en nuestro país tiene su campo de acción muy reducido. Vacas, si quedan, deben ser poquísimas, unas cuantas, flacas. Y las que están gordas las tienen los jerifaltes en sus terrenos. Pero ellos tienen, segurísimo, sus veterinarios particulares para ellas.

Lo único en lo que más o menos puede trabajar un veterinario en Cuba es en el tema de los cerdos y los caballos. El que tiene un perro en su casa es muy extraño que se gaste sus pesos en llevarlo al veterinario, aunque existen sus excepciones que son las que confirman la regla. Tipos macetas que llevan a su perrito al médico para que lo examinen, pero son muy pocos. Los perros en Cuba son bastante resistentes, como las personas, y cuando se enferman tú los ves por el jardín o un hierbazal comiendo hierbas para curarse de la indigestión que cogió con el jurel- con la cabeza del jurel-, que es lo que el dueño puede ofertarle.

Yo tengo un amigo que si hizo el pan cuando llegó a España. A los dos años, más o menos, abrió una clínica veterinaria y le puso de nombre: " El papagayo verde"

El tipo del único animal que tenía cierta idea en Cuba, era del cerdo. Trabajaba en una granja porcina por San Antonio de los Baños. Era una enciclopedia en puercos. Pero no sabía nada más acerca de otro animal. Cursó la carrera de veterinaria, pero se especializó en ganado porcino.

Cuando vio el filón de la veterinaria en España, se le abrieron los ojos. Aquí la gente cuida mucho a sus mascotas, que lo mismo puede ser una jicotea, que un perro o un loro.

Por las tardes ves a los hombres y a las mujeres muy emperifolladas paseando al perrito, al gatito, o al lorito. Sí, los sacan a coger fresco, a mear, cagar, al parque. Luego ves las aceras llenas de mierda, la pisas y te "cortas", como decimos en Cuba. Vaya, te cagas los zapatos. Los ingleses con eso están tomando medidas, durísimas. Recuerdo que cuando estuve en el Reino Unido me sorprendió mucho ver pegado a un poste un letrero donde se avisaba de la multa de 500 libras esterlinas al que dejara la mierda de su perro en la acera o en la calle. Sí, allí no se andan por las ramas.

Bueno, en lo que estábamos era que mi socio, Mario (Mayito), había abierto una clínica en España. Homologó su título y pasó unos exámenes. Pidió un crédito al banco y abrió el tinglado como a los dos años de vivir aquí. Un día me invitó a pasar por el lugar y allá me fui.

¡Ñó!, aquello estaba repleto de gentes y animales. El vestíbulo era un zoológico. Un viejo tenía una cotorra posada en un hombro, una enana tenía sobre su regazo un salchicha moribundo ( o cara de eso me pareció verle), una mujer de mediana edad tenía una jicotea bajo el brazo derecho, mientras hojeaba una revista de modas. Otro por allá con un pez en una pecera redonda y no mucho más grande que un pomo de fruta bomba.

Salió a mi encuentro la secretaria del socio:

- ¿Qué desea el caballero?- me preguntó con gentileza algo fingida. Era gallega.

- ¿Yo? Nada, dile a Mayito que aquí está su amigo, José Luís.

Se esfumó por una puerta lateral. A los pocos minutos regresó.

- Pase más tarde, el doctor está ocupado ahora. Está hablando con un pez.

Me quedé de una pieza. Los pies me pesaban como dos bloques de cemento:

- ¿Hablando con un pez?

- Sí, es su cuarta sesión de psicoterapia, está deprimido, ¿sabe?

- No, si ya sé, yo vengo luego. Dígaselo, por favor.

Me marché. Avancé por la acera hacia un bar cercano y pedí una cerveza. Me senté cerca de la puerta. Pensé, entre otras muchas cosas: "¡Hablando con un pez!, le zumba"

Dejé transcurrir un tiempo prudencial ( quizás un par de horas); salí del bar y me acerqué a la clínica. El vestíbulo se encontraba vacío. Me recibió la misma chica de antes:

- Pase, el doctor le espera.

Mayito estaba sentado leyéndose un tratado. En la portada del grueso tomo podía verse la foto de un pez. Un pez enorme, de grandes aletas, multicolor. Tranquilo, con una taza de café, humeante, a su diestra, sobre un buró. Nos saludamos con efusión, a lo cubano. Abandonó el libro sobre la mesa y me invitó a sentarme. Por un intercomunicador que tenía a su derecha pidió a su secretaria otro café, en este caso para mí.

La mujer entró, dejó el café en una bandejita que se encontraba a mi izquierda, en una mesita baja, y se marchó sin decir nada.

El ambiente era agradable. El despacho o consulta no era más grande que una habitación normal, pero decorado con pósteres, plantas en los rincones y cortinas que ocultaban un par de ventanas que no dejaban pasar la luz natural. En el techo dos tubos fluorescentes suplían esa función.

Hablamos de muchas cosas, hasta que encausé la conversación hacia donde me interesaba. Su actividad como veterinario. ¿Cómo un tipo que sólo sabía de cerdos en Cuba podía llegar a atender tantas especies, distintas entre sí, en una consulta? Además, lo que más intrigado me tenía era aquella jodienda de la depresión del pez.

El hombre se explayó, como si no quisiera dejar margen a mis dudas sobre sus conocimientos:

- Tuve que estudiar mucho. Aquí las personas le dan mucho valor a sus mascotas. Un veterinario tiene más trabajo que un geriatra. Una mascota enferma trae muchos problemas en el ámbito familiar y las personas se encariñan mucho.

Y siguió explicándome otras cuestiones que no carecían de fundamento, pero otras que no me cuadraban. Por ejemplo, la depresión de los peces me tenía sobre ascuas, los trastornos psicológicos de los perros, el tema del colesterol alto en las jicoteas, los intentos de suicidio de las palomas, gallinas y guacamayos …

- Mario, ¿cómo puedes saber con tanta exactitud que un pez se encuentra deprimido?-pregunté.

Encendió un tabaco y a pesar de que sabe que no fumo, me brindó uno. Negué con la cabeza. Sus ojos azules se concentraron en un punto por encima de mi cabeza. Reflexionaba.

- Chico, no es difícil. Mira, hoy mismo por la mañana he atendido a tres peces con problemas psicológicos: uno padecía una depresión ( Lucio, de nombre); los otros dos una neurosis obsesivo compulsiva.

Ná, el socio me estaba cogiendo pa sus cosas. Imposible. No era posible que un pez padeciera un trastorno propio de los seres pensantes, los humanos.

- No me lo creo, ¿ cómo puedes diagnosticar eso? Es que no me cabe en la cabeza- le dije.

No se inmutó. Su boca grande expulsó volutas de humo azuloso, a través de la empalizada de sus dientes amarillos.

- No es difícil. El pez deprimido apenas nada, y si divides su habitáculo, la pecera o recipiente en cuatro, imaginariamente, te das cuenta que no sale de su sitio. Además, tiene la mirada apagada. Evade el contacto humano.

- ¿Y qué haces en esos casos, qué indicas?- pregunté.

- Pues cambiamos el agua de la pecera, ponemos un poco más de oxígeno al agua y se fortalece la alimentación. Ah, y hablamos mucho con el animal.

- Sabes bastante de pececitos- dije con sorna, aunque esto lo pasó por alto. No se inmutó.

-Sí, he tenido que estudiar bastante. Ayer tuve un caso curioso. Un loro quería suicidarse. Iba a la lanzarse de un sexto piso. Un problema de angustia existencial. Estaba harto de vivir cómodamente, quería retornar a las selvas de donde lo habían traído. Estuve medio día convenciéndolo para que no lo hiciera. Un loro que hablaba en francés, menos mal que mi secretaria se le cuela a ese idioma y me ayudó en la traducción …

- ¿Cuánto cobras por cada consulta?

- Depende. Desde 60 euros hasta 200 si requieren psicoterapia o tratamiento especializado o alguna prueba: un Rx, una vacuna, un antibiótico, un suero … A veces más, cada caso se evalúa por separado. No es lo mismo una sesión de psicoterapia a una mariposa, un gato o un perro, que a una serpiente, un chimpancé, u otro animalejo … ¿Comprendes?

- Sí, más o menos.¡Coño, eso de atender animales da más que atender personas!- exclamé.

- Seguro, pero es duro ver a una jicotea deprimida o a un pez con trastornos del apetito …

Engolaba la voz. Se tomaba muy en serio su trabajo. Se veía ufano, seguro y satisfecho.

- ¿Ya te olvidaste de los cerdos? - pregunté.

- No, ¡qué va! Pero aquí la gente no acostumbra a tener como mascotas a cerdos en su casa.

- ¿Y cuál es el caso más raro que has tenido en el tiempo que llevas en la clínica?

Pensó. Tardó unos minutos en responder. Aplastó el tabaco contra el cenicero. Bebió un poco más de café y respondió:

- Una serpiente esquizofrénica. Tenía alucinaciones auditivas …

- ¿¡El quéeeee!?

- Como lo oyes, me la trajeron con un cuadro alucinatorio, se sentía amenazada y estaba muy agitada. Le inyectamos un tranquilizante y estuve diez meses hablando con ella. Tres sesiones semanales. A los dueños les costó una pasta, pero salieron muy complacidos. Pagaron sin rechistar todas las facturas. Era una serpiente con trastorno de crianza que abocó en ese cuadro delirante. Ahora está medicada y controlada, muy dócil.

- ¡Pal carajo! Como he aprendido contigo sobre animales- dije.

Se incorporó y descorrió las cortinas, la tenue luz del atardecer se deslizó dentro de la habitación. Entonces, sin mirarme, dijo:

- Amigo mío, tengo que dejarte. Debo realizar tres visitas a domicilio, la más importante es ir a ver a una ardilla que tengo con trastornos de la personalidad. Se cree un conejo.

- ¿Y entiendes el lenguaje de los animales?

- No hombre, interpreto sólo sus movimientos, su manera de proyectarse, y cosas así. Lo demás es un proceso deductivo e intuitivo. No soy el Dr. Dolittle.

Observé unos instantes su espalda encorvada, su pelo escaso y castaño que caía sobre el cuello del traje. Era un trabajo duro, sin lugar a dudas.

Nos despedimos y salí a la calle, el sol se ocultaba. Abordé un autobús. Cuando llegué a mi casa mi esposa me dio una mala noticia, nuestro gato estaba raro. No me lo quería decir, pero hacía tres días que lo veía medio tristón. No dudé. Llamé a mi socio, el veterinario, a su móvil. No dudó en el diagnóstico:

- Tráemelo mañana, ese cabrón debe tener una psicosis. En esta semana ya tuve uno con esos mismos síntomas y resultó ser eso … ¿Cómo fue su infancia?

Ah, no estaba pa eso. Que se lo contara mi mujer y le pasé el teléfono a ella. Ahí estuvieron un rato conversando de la niñez del gatito. Que si no jugaba con motas de hilo, que sino se le sacaba a pasear …

Me alejé y me senté en el balcón. Allá en el parque un perro cagaba, con cara de susto. La dueña le decía en voz alta, tal alta que yo lo escuchaba, que no lo hiciera allí. Un nuevo paciente para mi amigo: un perro no se puede reprimir de esa forma. Me dieron ganas de gritarle: "¡Déjelo que cague, señora, por favor! Olvídese, más caro le va a costar luego la consulta" Pero no lo hice. Yo también me reprimí.

0
0
0
s2sdefault

Escribir un comentario

NOTA IMPORTANTE SOBRE EL USO DE LOS COMENTARIOS:
Por favor, recuerde que los comentarios son comentarios no un consultorio, es decir, si usted tiene algún tipo de consulta que realizar, hágalo en nuestros foros, (http://www.conexioncubana.net/foro) allí siempre hay personas dispuestas a ayudar.
Gracias.


Código de seguridad
Refescar