El Sepulturero Cubano

El cuerpo o la cabeza

En Cuba te la pasas todo el tiempo en una maldita encrucijada, escogiendo. Toda tu vida transcurre frente a una disyuntiva: “Ser o no ser”; aunque en esa pequeña isla del Caribe las cuestiones del diario no requieren de tantas reflexiones elevadas o filosóficas. Más que ser o no ser, es un “lo tomas o lo dejas“ Todo se encuentra más cerca del plano terrenal.

Hay anécdotas que afloran en mi mente y suenan, con el paso de los años, a puro, duro e increíble surrealismo.

Allá por los años setenta, finales quizás, vivíamos — mis hermanos, mis padres y yo — en el barrio del Calvario. Un reparto de casitas bajas, apiñadas en callecitas y callejones sin asfaltar, al final de una loma que surgía un poco después de pasar el reparto Mantilla.

Eran años duros, de mucha escasez. Mi padre había ideado un complicado sistema para almacenar agua en casa: para descargar el baño, para asearnos, para preparar los alimentos, etc. Pero el agua, ese preciado líquido, no podía desperdiciarse. Mi padre llevaba un control estricto sobre su consumo.

Yo tengo un hermano que es cabezón. Su cabeza es enorme. Un tercio de su peso corporal total corresponde a su cabeza. Pues cuando él se iba a bañar, mi padre, cautelosamente, lo perseguía hasta el bañito que estaba en el centro del patio, un cuarto de tablas húmedas, ennegrecidas y abofadas:

— ¡La cabeza hoy no! — le decía mi padre.

— ¿Por qué, papá?— preguntaba mi hermano, sabiendo de antemano la respuesta. Pues la escena se sucedía tarde tras tarde, a la hora del baño.

— Tienes sólo un cubito, sólo un cubo,¿¡ oyes bien!? ¡Un cubo! y no se pueden gastar dos cubos, la pipa no entra hasta el sábado y hoy es miércoles todavía.

— Está bien, papá. Pero en la escuela hay piojos y están revisando las cabezas todos los días— contestaba mi hermano.

— Que tu madre te eche ácido bórico, pero dos cubos de agua no se pueden gastar. ¡El cuerpo o la cabeza! Bueno, mira, si quieres puedes lavarte la cabeza, está bien, pero le diré a tu madre que te vigile para que sólo puedas lavarte esa parte, el cuerpo no, ¡ dos cubos no! No alcanzará el agua hasta el sábado si todos empezamos a bañarnos como nos sale de … — ahí quedaba trunca la frase, mi padre se daba media vuelta y se iba para el portal a leer, no sin antes avisarle a mi madre de que vigilara a mi hermano y de los inconvenientes en gastar otro cubo de agua.

Los años transcurrieron y las encrucijadas continuaron apareciendo en nuestro camino:

Recuerdo que cuando nos mudamos para un pequeño apartamento en la Víbora, la salita eran tan minúscula que sólo cabían dos butaquitas y una mesita de centro, un leve balconcito de un metro cuadrado se abría a la calle principal. Entonces comenzó el Período Especial en tiempo de paz y repartieron bicicletas para transportarnos por la ciudad. Me dieron una en el policlínico donde trabajaba y el primer día fue una odisea subirla al apartamento por la estrecha escalera, vivíamos en un cuarto piso sin elevador ( ascensor).

El ciclo era un armatoste chino modelo año 45, pesado y enorme.

Cuando la tuve dentro del apartamento tuve que escoger; una encrucijada, otra más en mi vida: las butaquitas o el transporte. No me detuve ante esta nueva contingencia, me decidí, por supuesto, por expulsar lo menos necesario, las butacas. Y la bicicleta ocupó una tercera parte de la exigua salita.

Las encrucijadas, el escoger una cosa o la otra, cuando ambas me eran necesarias, nos eran necesarias, se han sucedido a lo largo de los años en mi vida y en la de cualquier cubano. Somos un pueblo obligado a escoger, siempre a escoger, incondicionalmente estamos obligados a ello.

Los cubanos recordamos aún; y seguiremos recordando por los siglos de los siglos, amén, aquellos tiempos en que jugábamos a los detectives sentados en el parque del barrio.

Si, en efecto, jugábamos a los detectives y sin ser consciente de nuestra actitud, estábamos haciendo contrarrevolución:

A la sombra de una frondosa Ceiba, encima de sus raíces que sobresalían de la tierra, como serpientes broncas y ásperas, nos sentábamos un grupito de amigos al caer la tarde y cuando veíamos pasar a uno sonándose la nariz con un pañuelo, comentábamos: “Ese no lleva calzoncillos …”

Una mujer, vecina del barrio, conocidísima, muy emperifollada, que gustaba pasear sus dones naturales frente a nuestros ojos adolescentes, mostraba un escote del cual emergían carnes y un trozo de ajustador ( sostén), e inmediatamente se oía por detrás de mi la inconfundible vocecilla atiplada del bizco: “Esa no lleva blúmers … ( bragas)”

Y sin sospecharlo estábamos “escogiendo“ — y también ellos, los paseantes, que no es lo mismo que decidir —, además de hacer nosotros contrarrevolución. Pues existía una libreta de abastecimiento para ropas, calzado y demás … Por cupones. Si comprabas calzoncillos no te tocaban pañuelos y si comprabas ajustadores no te tocaban los blúmers ( bragas)

Nos pasábamos la vida escogiendo, algo así como lo que sucedía con mi hermano en casa, el cabezón: “El cuerpo o la cabeza”

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