El Sepulturero Cubano

La encrucijada

— Mija, ¿ tú eres comemierda o qué? Mírame a mi, vieja, pellejúa y toda la vida con el manganzón de tu padre que lo único que me ha traído a la casa es jodienda y borrachos como él. Espabílate y cásate con un gallego.

— Ay, mima, pero yo quiero estudiar en la Universidad y hacerme después artista … — ¿Artista? Jajajajajajaja, muchachita me das risa. Cada vez que te oigo decir que quieres ser artista en este país, me recuerdas a la vieja Candelaria, que quería ser artista, pero del colchón. En Cuba lo único que da es ser artista del colchón: un buen meneo, es la mejor tarjeta de presentación para un pepe o un yuma. Así que olvídate del tango y canta un bolero.La casa cayéndose, tu padre de borrachera en borrachera y yo con 60 años enferma y hecha un garabato.¡ Despierta que la juventud se va y nosotros no tenemos terrenitos para sembrar ni nada de eso!¡Ni siquiera una herencia! El único terreno que tenemos es el bollo tuyo y lo único que podemos sembrar en él es una buena pinga del Viejo Continente para que dé sus frutos.

— Ay, mima,¿tú no estarás hablando en serio? Mira, que si se entera Alberto, no quiero ni imaginarme lo que va a pensar de ti.

— Ese es otro muerto de hambre igualito que tu padre, ¡trabajador social! Buena porquería. ¡Rosa, tienes ya 22 años en las costillas! Piensa bien lo que vas a hacer con tu vida. La mejor carrera que se puede hacer en Cuba es ganarse la pira. Yo nunca pensé tener que decirte estas cosas, pero veo que estás ciega. Abre los ojos y ponte pa`las cosas que la vida es una sola y la juventud también y no vuelve más ...

La escena transcurre en la salita pequeña y mal iluminada de una vieja casa habanera en el reparto Santo Suárez. La hija se mece en un sillón junto a la ventana con un libro abierto sobre los muslos. Viste con un short mínimo y una blusita floreada. La vieja trajina, limpia la sala. El padre no ha llegado aún del trabajo. Es vigilante en una fábrica. Un viejo triste y gordo con bolsas bajo los ojos y aliento a alcohol. Quizás dentro de media hora la hija lo vea como cada tarde atravesar tambaleante el jardín sin flores de la casa.

Un ventilador agoniza en un rincón. Emite un quejido que se mezcla con los gritos de cuatro muchachos de diez o o doce años que juegan a la pelota en medio de la calle. Ella los observa desde la ventana.

La madre sigue habla que te habla. Cuando la coge con algo no tiene para cuando acabar. Es un disco rayado. Aunque razones no le faltan. Si sigue por donde va y como va, sabe que ese camino conduce al abismo. No es sólo su madre la que toca en sus conversaciones el tema, sus amigas también lo hacen.

Se ha mirado al espejo y se ve hermosa. Los hombres la piropean por la calle. En el Vedado dos o tres turistas se le han acercado para invitarla a un café. Muy educados. Con Alberto, su novio, le va bien, pero él también quiere ropa buena y no ser toda la vida un apestaó en su país. Dice que más allá del malecón la gente se viste bien y tienen buenos carros, que todo lo que hace falta es tener ganas de trabajar y de salir a adelante.

¿Salir a adelante? ¿Qué significa eso? Levanta el libro y lo hojea. Caras de pintores, de genios, le miran desde sus hojas. Tipos con talento que murieron siendo muy humildes, pobres, el talento no tiene nada que ver con la riqueza material. Ella se siente bien en su país, con sus sueños. Pero todos le presionan, le sacan en cara que no tiene espíritu de competencia."¡ Con lo buena que está!" Eso le dice el vecino de enfrente, cuando pasa por su lado; siempre está mecaniqueando un viejo Ford del 48.

Nada entre dos aguas, mejor entre tres: sus deseos, los deseos de los demás y la propaganda del gobierno. Le recuerda aquello que leyó una vez y que dijo Eduardo Chibás: “Vergüenza contra dinero”. Pero ella no es política e intuye que sin dinero es difícil vivir con un poco de vergüenza, ¡qué difícil es de entender el mundo! No entiende a nadie, ni a sus padres, ni al gobierno, ni a su novio, en fin, a nadie. Está sola, presionada. Entre la espada y la pared. Se siente en la encrucijada de un camino. Uno para el Norte, otro para su Arte ( ella misma) y otro para los “demás”, que al final le dice que entronca con el del Norte.¡ Qué rara es la vida, chica!

Y se mece con fuerzas en el sillón, mientras la noche se cuela por la ventana. Su padre no vuelve aún del trabajo.

— ¡No sigas meciéndote tan fuerte, Patricia, que vas a romperlo! ¡No hay dólares para comprarse otro después!

Tira el libro al suelo y sale al jardín, se deja cer sobre la tierra estéril y llora, desconsoladamente.

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