El Sepulturero Cubano

El médico de familia

A fines del año 1983, noviembre, para ser más exactos, escogieron a diez médicos en Cuba con sus respectivas enfermeras y les pusieron en el barrio de Lawton; nacía el “Plan del Médico de las 120 familias” Fue en una reunión relámpago con el Comandante. El 4 de enero de 1984 estaban ubicados en sus casitas: consultorio, primera planta, la segunda era la casa del médico y la tercera la de la enfermera, con porche la casita, y allí, aparcado, un polaquito( diminuto automóvil importado de Polonia, marca Polski). Curioso paralelismo con el Volkswagen ( el auto del pueblo, que propugnara Hitler), ¿ no creen? Así nació el médico de la familia en Cuba, con un estímulo material, no espiritual.

Esos diez primeros médicos serían el gancho para atraer al resto de los ingenuos a un plan que no tenía futuro, y todos lo presentíamos desde el principio. Nadie quería hacer esa especialidad. El plan de estudios de la misma abarcaba tantos temas que eras aprendiz de todo y maestro de nada, además, seamos honestos, eso de que te estuvieran molestando a cualquier hora del día o de la noche por una tontería, no le cuadraba a ningún colega. Eso comentábamos entre nosotros. Yo cursaba el cuarto año de la carrera y para nada quería enclaustrarme en una casita grisácea, como una caja de zapatos, de construcción endeble con la impronta de las micro brigadas cubanas y los palomares del reparto Alamar.

La idea era bastante poco práctica. El médico y la enfermera envejecerían junto a su población. Les verían crecer y atenderían todas sus necesidades básicas de salud, un tipo de prevención, que en teoría quedaba muy bien: el seguimiento de la persona desde el seno materno hasta la adultez. Para eso tenían que estar las veinticuatro horas del día en su casa- consultorio. Con un carro a su disposición. Ah, y años sabáticos cada cuatro años: un año entero sin hacer nada, por ahí, de vacaciones en un hotel o en el extranjero, estudiando y actualizándose,¡hermoso! Otro gancho.

Tres años después me acogí al plan ( en el 1990), como todos, quería enganchar mi carrito, una casita decente- aunque fuera una caja de zapatos, la mía estaba en peores condiciones-, y quitarme las guardias de veinticuatro horas en el hospital que me dejaban exhausto y no cobraba nada por ellas. Aunque me gustaban otras especialidades, pues era alumno ayudante de Anatomía Patológica, me decanté por la Medicina General Integral ( que ya no era “120 familias”), pues los médicos comenzaron a protestar porque atendían una cantidad superior de pacientes en cada una de sus áreas y ya el nombre les quedaba estrecho.

En el año 1990 me enviaron a Lawton, la cuna del Plan. Se respiraban en el aire las ideas de Fidel. Por allí, salpicando la geografía de aquel barrio empobrecido de la periferia de la ciudad, estaban los módulos del médico de la familia, deslucidos, con sus Polski, la mayoría averiados, montados encima de cajas de madera en medio del patio, las enfermeras amargadas, en bata de casa, tendiendo junto al médico los cuatro trapitos en el patio común. Ya eran sonados los conflictos por esa convivencia forzada con la población, también rupturas matrimoniales por la unión proletaria médico- enfermera- pacientes. Promiscuidad excesiva de ambos bandos, galenos y pobladores.

Mi consultorio, en Pocito y Reyes, Lawton, contra todo pronóstico no fue una caja de zapatos grisácea con su respectivo polaquito en el porche. No. Ya escaseaban los materiales de construcción, se posponían algunas obras y se priorizaban otras. Alguien escogió un antiguo garaje, extrajo dos o tres cadáveres de autos americanos que por allí oxidaban su alma, raspó la grasa del suelo y blanqueó las paredes con cal. Luego colocaron una mesa, tres sillas y unos cuantos anaqueles de pino para las historias clínicas, y listo: el consultorio número 25 quedó inaugurado. Se me informó que era una ubicación provisional, el consultorio típico estaba en vías de construcción. La revolución estaba en ello,¡ hay que comprender, compañeros! Aún esperamos por él, yo y mis seguidores, a 19 años de aquella promesa.

Cada familia tenía una historia clínica: La Ficha familiar, ahí debía anotarse desde el grado de escolaridad hasta la integración política de cada uno de sus miembros. Labor preventiva, ¿ excusas? Varias: las enfermedades psicosomáticas eran el resultado de la no integración plena del individuo en su entorno. Era una verdad a medias, pero la idea era de Fidel, y Freud, Alexander y el resto, poco sabían de somatizaciones en un país asediado por el enemigo del norte. No podíamos dejar un solo cabo suelto, estaba en juego el futuro revolucionario.

Cuando pasaban inspección por la población, o por el consultorio, no les interesaba que no tuviéramos esparadrapo para vendar una herida, algo de algodón o que el autoclave ( diminuto horno chino para esterilizar los instrumentos: espéculos, jeringas de cristal, agujas y tijeras), no funcionara. La enfermera o yo, teníamos que trasladarnos en bicicleta hasta el policlínico más cercano, distante a dos kilómetros, para esterilizar todo el instrumental.

Cifras, ávidos de ellas. En las reuniones jamás trataron hechos concretos. Si tenías en tu documentación todo bien anotadito, los jerarcas del policlínico pasaban de ti. Te elegían ejemplar.

Las pruebas citológicas, que son para detectar precozmente el cáncer de cuello uterino, se hacían con un espéculo que se lavaba bajo el grifo una y otra vez. Un compañero asediado por sus jefes inmediatos superiores, una y otra vez, porque no cumplía el plan propuesto para el mes, decidió contra toda ética, tomar una muestra amplia de un cuello uterino de una paciente amiga y clonar esa muestra, ¿ cómo? Fácil, tomó varias láminas de cristal, portaobjetos, y extendió en cien de ellas el contenido mucoso del útero de su amiga,¡sobre cumplió! Felicitado por las máximas instancias superiores, le obsequiaron con un viajecito de estímulo: un fin de semana a Varadero. Números, no hechos.

Esperanza de vida: sobre este tema tengo poco que decir, pero sí quiero acotar algo, ¿ para qué vivir setenta y siete años de privaciones? ¿Es eso vida? A mi denme sólo cincuenta vividos a tope, que del resto me ocupo yo. El Caballero de París, personaje legendario en la Ciudad de la Habana, vivió 85 años y no con ayuda del gobierno. De él se ocuparon al final, cuando comenzó a constituir una decoración incómoda del paisaje urbano habanero. Mientras, se las agenció para sobrevivir como un mendigo. Eso dice mucho de que las condiciones climáticas en la Isla pueden contribuir a que sus habitantes sobrevivan como la verdolaga. Con casi nada, sólo con agua y pan.

Mortalidad infantil: 6 y no sé cuantos por cada 1000 nacidos vivos.

¿Y qué?

En el departamento de medicina legal, en 26 y boyeros, al lado del Clínico Quirúrgico, se hace una prueba sencilla, o se hacía; se toman los pulmoncitos del recién nacido muerto, se sumergen en un cubo con agua y si flotan nació vivo, si se hunden nació muerto. Lógico, para que me comprendan, si respiró sólo una vez, los pulmones contendrán aire en sus alvéolos; si se hunden, no. Esa prueba se prohibió en el año 1986, septiembre. Era demasiado inexacta, según las autoridades del ministerio del interior. “Ellos se ocuparían de ese asunto” ( sic). A partir de ese momento nunca más un patólogo civil tocó el cuerpo de un recién nacido muerto, eso se dejaba a un patólogo que pasaba dos veces por semana, y en un despacho cerrado a cal y canto, se encargaba de esos menesteres.

Son muy cuidadosos con las cifras, los hechos no cuentan.

A diario intercambio correos con colegas en la Isla o que están en Venezuela en misión internacionalista. Los que todavía no han salido de la Isla están desesperados por hacerlo y los móviles van desde el aburrimiento hasta el de mayor peso de todos, el dinero para resolver cuatro o cinco artículos de primera necesidad que sus míseros salarios no les permiten.

En Venezuela hay consultorios donde por la mañana se dan consultas y por la tarde se imparten clases, se alfabetiza. Hasta fábrica de espejuelos existen en algunos de ellos. Cuando en Cuba no teníamos, ni tenemos yodo para curar una herida en el consultorio.

Los seres humanos, todos, o casi todos, rara vez escapamos al influjo del poder. Es el efecto que provoca la luz de un foco en los insectos, nos deslumbra y nos atrae. Todos quieren figurar. Eso es lo que sucede con todos los progre que van a Cuba, sean canadienses, españoles o noruegos. El hombre es él y sus circunstancias, ¿ cómo vamos a morder la mano del que nos da de comer? Y no afirmo que el progre coma de lo que le dan en Cuba, pero recordemos que no sólo de pan vive el hombre. El “pan” lo resuelven en sus países de origen, el aplauso se los brinda el Comandante. Con eso, y unos números de cena, es suficiente.

Lunes, 10 de Septiembre del 2007

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