El Sepulturero Cubano

Enemigo publico, ¿número uno?

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Me detuvieron una tarde. Cuando salía del trabajo. No puedo precisar el tiempo que llevo encerrado. Tal vez sean solamente unas semanas. A mi me parecen años. La habitación en que me encuentro tiene un mobiliario muy austero: una litera (con dos camas), un lavamanos con un grifo y en un rincón, muy cerca de la pared un agujero en el suelo. Allí orino y defeco. Utilizo para dormir la cama de arriba. Con la cantidad de ratones y cucarachas no me arriesgo con la de abajo. Aún tengo el lujo de elegir la de arriba, estoy solo en este lugar. Como no tengo papel ni lápiz me invento historias para pasar el tiempo. Creo que todos los presos hacen lo mismo. Al menos eso he leído. No tenía ninguna experiencia al respecto, hasta ahora. También medito muchísimo sobre mi situación. Esto no tiene pies ni cabeza. ¿Por qué a mí? Mi vida era simple. Llena de cotidianeidad. Tengo cincuenta y nueve años. Nunca me he casado. Por una cosa u otra siempre lo pospuse. La enfermedad de papá. Después mi madre con sus achaques. Nada. Que dejé de vivir para atenderlos a ellos. Además, mi magro salario de bibliotecario no alcanzaba para mucho. Mi prima emigró a Estados Unidos con su marido y entonces la situación en casa mejoró un poco, porque mandaba unos pocos dólares de vez en cuando. No mucho.

Yo continué viviendo solo con mis padres, tenía cincuenta años, y no iba a establecer una relación con una mujer que me complicara la vida esas alturas: que si no hay aceite, que si hace falta esto o lu otro en casa … En fin, que quería vivir a mi aire. Libre de ataduras de cualquier clase.

Cuando los viejos murieron decidí continuar viviendo solo. Mejor así que mal acompañado, pues a mi edad todas las mujeres iban a venir a complicarme la existencia con sus resabios y frustraciones.

Si iba a la bodega, siempre algún vecino me atajaba en el camino. "¿Y qué Venancio? ¿Cuándo habrá boda?" Evadía la respuesta esperada por el otro. Estoy consciente de ello. Nunca fui esclarecedor. Efectivo. Eso era peligroso. En aquellos días no lo comprendía. Los domingos me agradaba permanecer tumbado en la cama. Hasta las once o más de la mañana. Cuando me asomaba al balcón los pocos vecinos que me dirigían la palabra me saludaban con recelo. No había participado en la recolección de papel y cartón del fin de semana en la cuadra o en la tarea programada por el CDR. Ahora nadie me visita. Nunca establecí con ninguna persona un nexo amistoso. Soy tímido. Introvertido. A mi edad nada puede cambiar. Prefiero leer a conversar. Mi vida es mediocre. Lo sé. Cumplí una rutina diaria. De casa al trabajo y del trabajo a la casa. Mi culpa, si es que tengo alguna, es que carezco de carácter.

Salía muy temprano de casa, para no perder la guagua de las siete y diez de la mañana. Llegaba a la biblioteca quince minutos antes de las ocho. Saludaba cortésmente a la directora y ocupaba rápidamente mi puesto en el departamento de préstamos. Durante veinticinco años había hecho lo mismo. Día tras día. Intentaba pasar inadvertido. Nunca me interesó llamar la atención de los otros. Después he comprendido que eso me ha traído malas consecuencias. Peor era no llamarla. No lo supe hasta mucho después.

Tenía para mí un pequeño buró de cedro. En la primera gaveta guardaba dos bolígrafos y un cuaderno. Mi cuaderno. En el hacía anotaciones personales. Cosas que se me ocurrían. Era una forma de pasar el tiempo. Porque a veces me sobraba. Había días en que el volumen de usuarios era bajo y entonces yo aprovechaba para escribir impresiones, pensamientos, ideas. No sé. Lo que se me ocurriera en ese momento. Lo hacía para no aburrirme. En la segunda gaveta tenía acumulados un montón de periódicos que casi nadie leía. Y menos yo. Los detestaba, pero estaban allí porque era orden explícita de la directora que fuera así. Además, cumplían una función higiénica. Creo que la única y verdadera utilidad que tenían era ésa. Cuando iba al baño llevaba dos o tres, en el bolsillo posterior del pantalón. Sus títulos eran: Granma, Juventud Rebelde, Trabajadores, y otros más que no vienen al caso. En mi cuaderno escribí alguna que otra opinión personal acerca de estos diarios. Sobre algún articulillo que llamaba mi atención. Nunca debí hacerlo.

En el tercer cajón guardaba algunos libros. Eran ejemplares desaparecidos de los estantes de las librerías y las bibliotecas. Obras prohibidas. Censuradas por el gobierno. Esa tercera y última gaveta la abría en casos muy extremos. La tenía cerrada con doble candado. ¿Excusa? Documentos personales. Pero no se trataba de eso. Atesoraba joyas literarias: "La isla en peso" de Virgilio Piñera. Su autor era maricón. Gran delito. La Revolución era una tarea de hombres fuertes. "La Habana para un infante difunto" De Guillermo Cabrera Infante. Desertor. La revolución necesita de fieles seguidores. "Conversación en la Catedral" de Mario Vargas Llosa. Un escritor con desafortunadas opiniones acerca de "nuestro" proceso. ¿Nuestro? De ellos. Creo que tenía otros títulos. Estoy casi seguro, pero ahora no los recuerdo.

"No pertenezco a ningún partido político. Soy soltero. Vivo solo. En un pequeño apartamento en el reparto Santo Suárez. No tengo familia. ¿Amigos? No, tampoco. Solamente una prima lejana que vive en Miami y que cuando se acuerda me envía unos dólares. Para ir tirando. ¡Ah, y también libros! ¿Cuáles? Pues los que encontraron en el tercer cajón de mi escritorio."

Estos fueron los datos que pude aportar el día de mi detención. Perdón, olvidaba mencionar mi cuaderno de apuntes personales. Nada importante. Al menos eso me parecía.

No sé que más puedo decirles a esta gente. He declarado toda la verdad. Tengo miedo. ¿Qué tiempo podré llevar encerrado en este lugar? A mi me parece un siglo, pero el último oficial que me entrevistó dice que llevo detenido diez días, solamente. ¿Delito? Lo ignoro. No tienen nada de peso en contra mía. Bueno, que yo sepa. Con esta gente nunca se sabe. Deja ver si en los próximos interrogatorios se les va algo. Sin que se den cuenta.

II

Han pasado algunos días desde el último encuentro. Poco a poco se va haciendo la luz sobre mi caso. Así es como lo llaman ellos. Yo soy un caso. Tengo muchas agravantes. Pocas atenuantes. Creo que ninguna.

Me han explicado en qué consiste mi delito. Soy un tipo sumamente peligroso. Hoy me he enterado. No lo sabía. No participo en trabajos voluntarios, ni actividades políticas en el centro laboral, etc. Además, mientras los otros estaban en la Sierra Maestra o la Campaña de Alfabetización yo estaba bajo la falda de mi madre. Primer y gran delito: apático. Poco definido, políticamente hablando. Agravante: No ser miembro de los CDR.

Mi respuesta. Muy cohibido. Para no parecer ofensivo:"Soy apolítico." Contra respuesta del militar, con voz grave, dura, firme: "Lo apolítico es reaccionario. Lo neutral no existe. Se está o no se está".

No respondí. Según mis captores era una presa fácil para el enemigo. Un tipo mal preparado para enfrentar la penetración. "¿De quién?" No quise seguir preguntando. Me limité a escuchar.

Soltero. En el barrio no se me conoce ninguna novia o relación femenina. Me gusta la literatura. El arte. Visitar museos. Ir al ballet cuando mi modesto salario de bibliotecario me lo permite. En fin, normalito. ¿Cincuenta y nueve años, no tiene mujer, y le gusta leer, además de ir al ballet? Maricón. Mierda. Otra agravante. ¿Y el béisbol? ¿Le gusta el béisbol? He respondido con sinceridad: “No me interesa el béisbol” Me miró, el militar, con cara de pocos amigos. No hay que ser psicólogo.

Hoy medité muy detenidamente sobre mi "caso". Ya se me van pegando algunos términos de esta gente. Estoy embarcado. Acorralado. Sin escapatoria.

El tiro de gracia lo dieron los libros de la tercera gaveta. ¿Vargas Vila? Estoy cansado de repetir que el apellido es Llosa. Su nombre completo es Mario Vargas Llosa. Me contestan que es lo mismo. Les aclaro que no lo es. . Son dos escritores muy diferentes. Difieren en mucho. Me responden que ninguno ha aportado nada a la humanidad. "¿¡Qué humanidad!?". No quiero irritarlos, y esta última pregunta como respuesta no la formulé. Mejor así. No quiero agravar más mi situación.

Del libro de Virgilio casi ni me preguntaron. Solamente hicieron alusión a que yo físicamente tenía algún parecido con él. Por lo flaco que soy y por los espejuelos que uso. Tienen la montura de pasta negra, como los de él. Coincidencias. Eso lo dijo el más viejo de los dos que se alternaban en los interrogatorios. Le dije que para mi era un honor tener un parecido con una gloria de la literatura cubana, pero que no lo merecía. Me respondieron con una palabra que no pude oír bien. Pero me pareció algo fuerte.

III

Los días han pasado lentamente. Como si las horas se arrastraran. Me han trasladado de lugar. Hace como una semana comencé a reírme y a gritar. No es que esté loco, pero me aburría en la habitación donde estaba encerrado y empecé a hablar en voz alta lo que se me ocurría. Historias que imaginaba. Para entretenerme. Tengo que acostumbrarme al encierro porque esto va para largo. Me acusan de apátrida, antisocial, viejo homosexual y no sé cuantas cosas más.. Hay un artículo en el código penal: peligrosidad. Mediante éste te condenan de antemano.

IV

He regresado a casa. Menos mal que de noche y nadie me ha visto llegar. Los pocos vecinos con los que intercambio, a veces, unas cuantas palabras comenzarían a preguntar; y estoy harto de interrogatorios. Basta con los que pasé. He sido advertido. He comprendido todo. Nada de libritos subversivos. Más participación en las tareas asignadas. Más entusiasmo. Buscarme una novia ¿A mi edad? Si, y que esté integrada a la revolución. Tal vez siguiendo esos consejitos pueda quitarme a esta gente de encima y que me borren de la lista de los peligrosos. Ese es el precio de mi libertad.

Lunes, 23 de Octubre del 2006

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