Varios autores de poesía

La peor pena

De tanta pena hay solamente una
que se me vuelve arena que me crece
rosa, yerba ni nardo en que se mece
la muerte sin remedio de la luna.

Pena de roca que no da ni tuna
aunque el mar se le acerca y la humedece,
pena Sahara donde el sol escuece
oro y más oro y oro menos cuna.

Pena de superficie marinera
donde jamás triunfó la sementera,
penas sin don, de tantos que reparto.

Pena de mi canción, matriz herida,
donde gesté la unión de nuestra vida,
pues para mí ya es tarde en otro parto.

Pura del prado

[Santiago de Cuba, 8 de diciembre de 1931 – Miami, 16 de octubre de 1996]

UNA POETA CON SUEÑO MAMBÍ

Por Nydia Sarabia

La poeta y escritora santiaguera Pura del Prado Armand perteneció a una generación que se relacionó con muchos

de los protagonistas de la Revolución cubana. Se autoexilió en México entre 1957 y 1958, y colaboró con el Movimiento 26 de Julio. Pura fue integrante del Club Literario La Avellaneda, fundado por un grupo de jóvenes que amaban la literatura y la vida y obra de José Martí, y del cual posteriormente fue su presidenta. Después formó parte del Círculo Artístico y Literario Heredia. Comenzó a escribir en la sección infantil “La Edad de Oro”, de la revista Carteles, dirigida por Dulce María Bryon “La Madrecita”. En esa revista aparecen sus pequeños trabajos en prosa. También colaboró en la revista La Quincena, que dirigía el padre Ignacio Biaín, así como en periódicos de habla hispana en Los Ángeles, California, en Réplica y otros. Fue una gran versificadora, dominaba la técnica de la honda poesía.
Escogió el camino de la décima y la rima sonantada. También empleó los versos libres. Se influenció por la lectura de Martí, Lorca, Guillén, así como por la de otros poetas de esa generación en Cuba y los clásicos hispanos.

La obra literaria de Pura del Prado está aún muy dispersa, aunque se sabe que publicó en Cuba y España. Se estima que su creación más importante es Color de orisha, cuya primera edición estuvo a cargo de la Editorial Campos, de Barcelona, en 1972.

Pura me contaba un pasaje de su vida con gran alegría. Cuando en 1953 se celebró el Centenario del natalicio de José Martí, el régimen dictatorial de Batista se vio obligado a convocar a intelectuales de América Latina y el mundo a un congreso martiano. Fue así que Gabriela Mistral, apasionada estudiosa de Martí, vino a La Habana como invitada especial. No podía faltar a esta magna cita la andina universal, la chilena que tomó como suyo el ideal y la lírica del gran intelectual y liberador cubano. En cuanto Pura se enteró de que la Mistral había llegado a La Habana y se hospedaba en la residencia de otra gran poeta, Dulce María Loynaz, se presentó allí para conocerla y darle sus respetos. Los sirvientes no le permitieron entrar. Entonces, tomó de los canteros al pie de la acera unas flores silvestres con las cuales hizo un pequeño ramo y se las arregló para saltar una verja de hierro. Así pudo burlar la vigilancia de los empleados domésticos. Al ser descubierta, se formó tal algarabía, que aparecieron en escena Dulce María y Gabriela, y preguntaron qué sucedía. Les respondieron que se trataba de una testaruda e intrusa joven. Gabriela recibió el modesto ramo de flores y lo estrechó contra su corazón al tiempo que abrazaba a la joven. El 16 de octubre de 1996, como consecuencia de un infarto, Pura falleció en Miami, Florida. Su vuelta a la tierra que la vio nacer, tal como pidiera a sus hijos, resultó un tanto sorpresiva. Llegó para descansar en su querido Santiago de Cuba, ciudad a la que le cantó en apasionados y cálidos versos, después de una ausencia de la patria de más de treinta años. Su sepelio se realizó el 22 de noviembre y las palabras de despedida estuvieron a cargo de su amigo y compañero de estudios, el profesor de la Universidad de Oriente, Guillermo Orozco Sierra. Hoy sus restos reposan en el Panteón del Arzobispado de Santiago de Cuba, en el Cementerio de Santa Ifigenia, lugar donde también se encuentran los del general de la Guerra de los Diez Años, Silverio del Prado Pacheco, su bisabuelo y amigo de José Martí, y sus entrañables camaradas de estudio Frank País y Pepito Tey. Ella puso término a tantos años sin ver las palmas, las montañas serranas, los tomeguines y su…“Cuba tan alta como un sueño de mambí”.

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