Varios autores de poesía

Las poesías de Ad Guerra

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Adalberto Guerra (Ad Guerra),- Matanzas Cuba 1967

He publicado en diversas antologías poéticas y publicaciones sueltas. Los textos aquí reunidos pertenecen a "Cazadores de la sombra del ave"

En temporada de la muerte de mi madre

Yo tenía los ojos en esa foto de niño
como los ojos vidriosos de un toro entristecido, como solo en la tierra tenía yo los ojos en esa foto en la que mi madre clavó dos alfileres con la finísima delicadeza de una campesina; que queriendo huir se quedó allí cuidando mi alma tanto tiempo que envejeció sin cambiar sus prendas interiores, como un animal atado a un árbol envejeció mi madre, yo la miraba con los ojos vidriosos de haber llorado mucho, sola como una baliza olvidada en medio de las aguas.

Yo le tejí un vestido oscuro para su viudez y lloré con ella sin saber a quién por los muerto de la casa, en la casa donde no había muerto gente alguna, yo le leí Job Treinta y ella tornó su cara hacia la luz y se fue yendo como una niña de regreso a casa con los ojos vidriosos de haber llorado mucho.

Yo he llorado a mi madre
y ciertamente he llorado al que tuvo un día duro por igual, una vida dura, le he llorado públicamente como un hombre, como un hijo enfermo, mas ella andaba como buscando alguien o algo olvidado en la vasta región de su memoria, no me miro, no me maldijo o dijo nada y entro riendo para siempre en los cuartos interiores de la muerte.

 

Cazadores de la sombra del ave

Estando echado como un perro en la frialdad de adentro siento los garfios de la inmundicia clavarse hondo, distingo su sonido como un pájaro que atraviesa la noche.
Yo fui alguna vez un perfecto animal,
recuerdo haber estado entre los mansos cuervos yo era un cuervo, si un cuervo azul o negro, un cuervo de raro plumaje que fue cazado por hombres, yo fui un cazador de cuervos y el perro del cazador, yo fui Yo algunas vez antes de que este dolor fuera, yo amamanté a mi madre con la leche de las cabras que pastoreaban en los cerros de mi imaginación, cuando nació enferma, cuando nació perdida en una enfermedad llamada época, mi madre aún está perdida en su enfermedad, mi madre aún habita en el espasmo y yo la amamanto y la saco al sol como a una manta húmeda.

Estando echado como un perro en la frialdad de adentro, mi madre se sienta en medio de la noche a espantarme los fantasmas de la niebla, y envuelto en un blanco mantel o en mi fiebre congénita o envuelto en mi muerte, viajo hacia adentro, evadiendo envolturas de linos, peces muertos, evadiendo la luz.

Todo lo que cuento aquí es cierto
ocurrió aún antes de tener memoria o madre aún antes de que los ríos abortaran peces ácidos, después mi nacimiento en un planeta rojo, que supe con el tiempo era una isla, donde me dio a luz mi apagada madre, donde mi madre coció el ácido pez de la discordia con fuego imaginario, porque de hecho faltaron candelabros, peces, llamas que encendieran la vida o lo incendiaran todo.
Esto ocurrió sin fecha exacta
porque antes contábamos los años por los árboles y han talado los árboles esto ocurrió hace tiempo y justo ahora retorna a mi memoria.

Retomo estas memorias como ciertas
las acomodo en mí para que duelan menos las escribo para olvidarlas, si olvidarlas fuera como empezarlo todo, pero tengo el garfio de la inmundicia clavado en mi carne y mi madre llora, ora por mi fiebre, me acomoda la cabeza sobre una filosa piedra y lo agradezco porque así dormido voy quedando en la muerte, en la sombra del ave que va y vuelve y penetra en mi para quedarse.

 

Casa de Occidente

Frente a mí casa de occidente
donde nada es real
ni la paz ni la luz que cuento,
se detienen los trenes en la noche,
atormentados hombres viajan en busca de una flor o en busca de algo sencillamente vivo.

Frente a mi casa de occidente
danzan los suicidas al compás de diabólica música, chillan de gozo bajo las máquinas que van ciegas hacia la bruma, la música ahuyenta los insectos, los pájaros del parque, los ancianos trémulos se aferran a sus estampillas, los cementerios, los puentes o cualquier lugar por donde pueda entrar la buenaventura o la muerte disfrazada de benévolo ángel del suicidio.

Nada retorna a su origen, ni tu país ni el sueño, ni esta ciudad será mañana ciertamente noticia aunque me tienda en los rieles a esperar paciente la acerada máquina del sueño.
Finísima red es la que atrapa la niebla del sueño y los cuerpo que van sin aparente rumbo, que emiten sexuales S.O.S, que adjuntan fotos a los postes del alumbrado o se encadenan a los autos policiales, caras jóvenes colgando de la cuerda de humo de la marihuana.

Desde mi soledad, yo péndulo estático,
los miro con cierto asombro,
los escucho sin entender palabra alguna, veo la falsedad del ovejero acomodado en su flauta
siempre confiado en el retorno de la magistral oveja guía, veo venir un tiempo en que intentando buscar la libertad
avanzarán a través de la noche
despertando en cárceles repletas
de locos buscadores del eléctrico alba, que después del alba buscarán la noche con premura para esconderse en el llanto de sus aposentos clamando por una intoxicación definitiva, los veo achicarse por los alargados manicomios del alma vomitar sobre las tumbas, tambalearse sin encontrar una puerta que se abra un agujero que los entierre y así de muertos volver al consecutivo círculo de la vida y la muerte y de la nada que es contar los pasos que faltan para que se los trague la deseada boca del abismo.

Puesto estaba yo antes de nacer como un péndulo en el equilibrio ciego del tiempo, como Dios indeciso o como un hombre que no ha nacido nunca pero puesto a mirar su nacimiento desde el enfermo vientre de América, y estaba América bajo la cegadora luz de la pobreza que iba alumbrándole los minuciosos huesos, y vi en las puertas de las cárceles a carceleros perseguidos de la noche a la noche por incesantes gemidos de mujer, que para silenciar sus alucinaciones se disparaban en el cráneo y seguían gritándoles de lejos o riendo hasta apagárseles la tormentosa maquinaria del pensamiento.

Que amontonaron innumerable basura humana para la hoguera celestial del ascenso de sus almas o se lanzaron de los altísimos puentes de la imaginación hacia el vacío real del tiempo, que creyeron haber muerto y ningún ángel o demonio se prestó a conducirlos por el presunto camino que hay de América al cielo.

Un tembloroso ángel anda en mí

Un tembloroso ángel anda en mi
apuntalando esta perpetua imagen de la miseria, esta es la transmigración sucesiva de su imagen en mi imagen, y me dice: "Ve y mira sobre el muro de la ciudad, escribe y sella cuanto has visto, porque cuanto has visto será para mañana tarde nombrarlo como quien nombra lo que hasta ayer fue carne de su carne", Sobre el muro de la ciudad miré y nada había y a la ciudad volví buscando fortuna y aposento y se volvió en mi contra la ciudad y en contra de ella misma, fui muerto allí, no recuerdo en qué año, por confusión o mandato de Dios, y al volver la vista nada había ni ciudad ni muro ni había muerto y el ángel volvió a decirme:
"Inclínate sobre el fuego y mira,
escribe y sella cuanto has visto
porque cuanto has visto será para mañana tarde nombrarlo como quien nombra lo que hasta ayer fue carne de Tu carne".
Y al fuego presuroso fui buscando mi visión, no vi más que un fuego inmaterial en el que incrédulo dancé como acerado péndulo, y en la mañana siguiente extraños hombres recogían mis cenizas, mas no me detuve a meditar lo visto, mi cabeza andaba sobre mis pies y mis pies iban ligeros como quien anda sobre salvaje bestia.

Nada fue como la contemplación de un día tras otro porque escuálidos vi cargando los grises ataúdes de otros hombres por pestilentes calles vacías sin máquinas de música en los portales sin pan ni laberinto de feria, sólo una mortaja gris tras otra y nadie respondía a la pregunta de por qué se está muriendo la ciudad.

Míseros parques de las ambulación
donde vacíos cuerpos van hacia la imaginaria noche, que bajo el asmático gélido de un saxo atraviesan en su visión mental
los muros de los reclusorios, que sin estar recluidos planean fugas
o se cortan los brazos en protesta o se suicidan, que comercian con sus almas y en las noches van rastreando un aposento, que padecen de insomnio porque hay inminentes noticias de derrumbe y la ciudad es piedra sobre piedra.

Oh, enormes avenidas del país santo.....* he vuelto a la meditación en tus columnas, hundido en tu pobreza voy reconociéndote, en tu silencio hay pájaros picoteándose el alma y dudosos pájaros tranquilos que me miran.
Oh, enormes avenidas del país
abiertas para esos fantasmas de la noche que escriben libertad en las paredes que en las paredes viven y regresan callados a sus tumbas a esperar sucesivamente a que anochezca.
Yo te he visto, libertad fantasma mía
como un quieto cordero
esperando la mano que te glorifique.
Oh, santa libertad, hoy te he buscado
por las enormes avenidas del país y ya no estabas y busqué la fe que sostenía la ciudad y estaba muerta y muertos los predicadores de lo eterno y los predicadores de la muerte misma.
Vi manchadas las puertas de los abismos y las puertas de las avenidas con señales de sangre, la sangre es la revelación exacta de la muerte y he vuelto a la meditación sobre la muerte contemplando las ruinas de la ciudad que era puerta de los pueblos.

Oh, extraña sensatez de la locura
que me permites contemplar sobre estos muros el tembloroso ángel que anda en mí apuntalando esta perpetua imagen de la miseria.
Oh, miseria te veo venir y entrar en la ciudad con la apariencia de una hermosa mujer, pero yo soy un viejo animal y te conozco.

Yo que llegué a ver temporada de mi muerte

Hay una temporada
en que el hombre enmudece y muere
y se cava en el pecho para enterrar la lucidez un hueco, hay un tiempo en que los amados tuyos te abandonan en los manicomios y tienden a desconocerte y un tiempo en que se vuelven a la codicia, los hombres pobres codician cosas simple, la lucidez de otros o cosas simples, pero hay un tiempo en que se muere y la lucidez cesa y los amados queman tus fotos con bochorno y te entierran en el patio de sus casas por bochorno.

En una temporada así viniste Tú
y no te percibió mi ojo enfermo,
yo era un extraño en hombros de un extraño que conducía mi cuerpo a parte alguna y no te vi yo no te vi porque los hombre en estas temporadas mueren o fingen estar sordos o se van por los puentes lamentando en un verso la oscuridad ajena.

Mi madre me enviaba cartas
y panecillos de su indigencia
(desde otro tiempo supongo)
porque me hablaba de la muerte de alguien que yo sabía muerto hacía tiempo, mi madre residía en el Estado y el Estado era anciano y los ancianos prefieren cosas simples para moldear la mente.

Nunca escapó por el corredizo
que unía mi casa con su casa,
literalmente no había unión alguna
porque los ancianos prefieren cosas simples como la soledad, yo le hacía señas, me aprestaba a correr con sus huesos, más ella nunca abrió, o huyó de SI.

La casa de los amados míos esta en un hueco que cavaron los antepasados de mis antepasados para esconder su lucidez, que murieron y fueron enterrados por desconocidos hombres o por amados suyos en el corredizo que unía mi casa con sus casas.
Los amados míos que me hacían muerto
cortaron los árboles que había plantado yo hacía tiempo para marcar los límites que me pertenecía de la lucidez; más estaba severamente enfermo en la temporada en que vino mi madre por el corredizo que unía nuestras casas y yo no abrí, no estaba yo dentro de la habitaciones que había enlucido para el recibimiento de los míos, había desorden y extraños versos que no habría escrito yo en los tiempos de la lucidez, no estoy seguro sí fue realmente así porque me he visto recostado a mi madre en una foto de aquella temporada en que Dios me vio flaco y postergo mi muerte.

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