Aunque quiera olvidarte..

Solo ante el peligro

Cuidao que la calle está peligrosa.
Letanía de las madres en los barrios bajos habaneros

Recuerdo que me mudé a vivir solo en el mes de Agosto; hacía un calor del carajo. Me fui a vivir a un apartamentico que estaba en un callejón sin salida, detrás de una iglesia, en el barrio de Chamberí, en Madrid. Gozaba de una vista preciosa, se recortaban contra el cielo la silueta de la cúpula y la torre de la iglesia. El apartamento era en realidad pequeñito pero sabroso. Tenía sólo un salón, una habitación, la cocina y el baño; tenía unos ventanales altos que cogían toda la pared. Parecía que estabas en la calle, y allí me sentaba yo, en un sillón de esos sabrosones que no se como se llaman, a vacilar la hermosa vista del contorno de la cúpula de iglesia inscrita en el firmamento. En pocos días me acostumbré a mi nueva casa. Llegaba del trabajo todo desbaratao, me preparaba un traguito de ron con jugo de naranja y me sentaba a vacilar la iglesia en mi sillón, que yo le había puesto “utility” porque me servía para todo, ponía a Vicentico Valdés y volaba hacia Cuba:

“ Tengo ante mi la montaña 
que me separa de ti 
con esas nubes extrañas 
que son los desprecios 
que me haces sufrir “

Había en mi casa, enclavada en un barrio bajo habanero, una radio americana muy vieja, tan vieja que como los botones se habían perdido tenía el metal de los cambios de emisora y de volumen  al descubierto, y mi madre le había colocado unas pinzas para que no te metiera un día un corrientazo y te dejara allí mismo. Ponían un programa no recuerdo a qué hora, que se llamaba “LA HORA DE VICENTICO VALDES “, y mi madre lo ponía a todo volumen mientras hacia las cosas de la casa. Hay una imagen que nunca se borrara de mi cabeza: mi madre lavando en la batea, con jabón ruso, acompañando cada canción de Vicentico con su voz que, aunque no era muy buena, era la de ella, y las madres siempre cantan bien. Ella lavaba en el patio que era común a muchas familias. Yo la observaba a través de la cortina de recorte de trapos viejos que hacía las veces de puerta y oía su voz:

“ Los aretes que le faltan a la luna 
         los tengo guardados 
         para hacerte un collar 
         los hallé una mañana en la bruma 
         cuando caminaba 
         junto al inmenso mar.”

Pues mi apartamento se convirtió en un pedacito de Cuba, hasta me busque una radio vieja en la basura que no era tan vieja como la de mi casa en La Habana porque tenia botones,  le arranque los botones y le puse dos pinzas en su lugar, lo demás era imaginación. Cuando mi hija Eva “sólo hay una” me preguntaba por las pinzas yo le decía lo feo que se debía ver un negro electrocutado y de ahí empezaba a darle la lata con mis memorias y ella me decía ¡ PAPAAAAA!. Claro lo de un pedacito de Cuba era de puertas para adentro como comprenderán. Cuando salía a tirar la basura era como ir al extranjero, cruzar el charco, meter un faster vaya, cuando se me iba la mano con el volumen, los guardafronteras de al lado me tocaban la puerta:

El contacto con los  vecinos era tan transparente que era imposible palparlo, sólo me hablaba en el ascensor un borracho que tenía un repertorio amplísimo de formas de comunicación:

- Perdone, usted vive aquí -decía, eso si con mucha educación.

- Perdone, en qué piso vive - variaba, sin dejar de ser educado.

La verdad es que yo me cabreaba porque respiraba la insolencia y la falta de respeto manifiesta, pero pensándolo bien podría haber compuesto un son titulado “La pregunta del borracho” o “El borracho preguntón”, porque, eso sí, el curda hablaba sincopadamente, con tremendo ritmo; pero no, me cabreaba y me ponía de mala leche como un buen español. Que ironías tiene la vida, llegas un buen día a España con tu sonrisa de oreja a oreja y tu carita de inocente, comienzas a respirar el ambiente hostil y la tensión y aprendes que tu sonrisa y tu carita de buena persona es signo de subdesarrollados que se pasan la vida sin hacer nada y sin preocuparse por nada  y por eso les pasa lo que les pasa, comienzas a recibir golpes por todos lados y entras en el juego paulatinamente. Primero comienzas a esconder los dientes, luego a apretar la mandíbula para evitar la tentación de enseñar los dientes, luego a apretar los dientes de arriba contra los de abajo fuertemente hasta casi romperlos. Después se toma un tono de voz áspero, altisonante, insolente y una mirada con una mezcla de altivez, agresividad e insolencia; resultado: se te pone una cara de mala leche del carajo, pero después que has logrado con un esfuerzo sobrehumano durante años y años perfeccionar esa cara de mala leche, llega un día alguien y te dice poniéndote la mano en el hombro:

“Tío, quién te vio y quién te ve, con la alegría que siempre tenías en el rostro, con lo simpático que eras. Es increíble que hayas perdido todas esas cosas y te hayas convertido en uno como nosotros; no sabes lo has hecho”.

Así es la vida.

De todas formas no crean que todo era amargura en mi vida, tenia muchos momentos estelares. Tenia algo que me hacia vivir por encima de todas las cosas: mi hija y tenía sobre todo un naipe debajo de la manga como los magos: mis memorias. Cuando hacía café, me sentaba en el saloncito a esperar el hervor del agua, el aroma iba poco a poco invadiendo toda la casa, llegaba a mis narices y se dejaba inhalar profundamente. Entonces iniciaba un largo e interminable viaje sin equipaje: cruzaba el ancho mar y aterrizaba en el bullicio y la suciedad de una calle habanera, me convertía en polvo y dejaba que el viento me transportara callejón por callejón, sumergiéndome en cada olor,  hasta mi casa, mi pequeña casa con su pequeña cocina donde mi madre estaba de espaldas colando el café. Me abrazaba a su cintura y, por encima de su hombro, asomaba la nariz olfateando aquel café cuyo olor nunca más lo he sentido en ningún lugar.

El olor a café quemado me deportaba a la realidad. A toda carrera quitaba la cafetera del fuego y me servía una taza, la ponía en la mesa delante de mi nariz y aspiraba lentamente, como el torito Ferdinando aspiraba el perfume de las flores en los dibujos de Walt Disney. Directo al cerebro iban La Habana, sus calles, mi casa, la cocina de mi madre. Cuando el café perdía todo su aroma, me preguntaba ¿y qué hago con esto si a mi no me gusta el café? pues lo echaba al fregadero y me dormía.

Un día se me ocurrió invitar a la vecina a una tacita de café, como se hacía en mi barrio allá en La Habana. Claro, ese día el café no se me había quemado.

Busqué la mejor tacita que tenía, con el platico haciendo juego y todo, y con el café aun hirviendo y despidiendo un aroma enloquecedor, me dirigí a casa de la vecina, toqué el timbre:

- ¿Si, quién?-

- Soy el vecino del nº 5- dije con el corazón en la boca.

- ¿Desea algo?- dijo a la vez que abría la puerta y me recorría todo el cuerpo con la mirada deteniéndose en mis manos, había en su rostro una expresión de terror no se si era por mi o por la película de miedo que estaba viendo.

Hubo un momento de suspense espectacular, parecía una película de Hitchcock, yo cagándome en la hora en la que se había ocurrido tamaña locura.

- Ésta piensa que la vengo a asaltar -pensé - o que quiero ver lo de valor que tiene en casa.

- ¿Si? - la expresión de terror persistía.

- Bueno, yo...... usted verá...... quería pues ..... invitarla a una taza de café, lo acabo de hacer -y agregué para dar mas confianza- es café traído de Cuba, acabo de llegar de allí.

Es totalmente imposible de explicar la cantidad de expresiones que pasaron por el rostro de aquella pobre mujer, del terror pasó al miedo, del miedo a la perplejidad, de la perplejidad a la incredulidad, de la incredulidad al cabreo y allí se quedo. Recobró el dominio de sí misma, se estiró la bata de noche con un gesto muy femenino y dijo:

- No gracias, acabo de hacer e iba a tomarme una taza en este momento -dijo totalmente dueña de si misma.

- Ah, perdone - yo, hecho polvo.

- No hay porqué, ha sido un placer - la puerta me dio en la frente

- Estoy gilipollas-, me sorprendí pensando en castellano- Soy un comemierda. Ésta ha pensado que quería envenenarla o dormirla para robarle después o piensa que soy un brujero que le quiero echar bilongo.

Me comenzaron a marear las marejadas, se movía el viento a miles de kilómetros por hora, zumbándome en los oídos, había depresión atmosférica, el malecón se inundaba, se iba a pique La Habana, el barrio, mi casa, la cocina de mi madre y me encerré en mi mismo. Me fui a mi apartamento. Sí sé cuánto tiempo estuve así porque me desperté, como siempre, con el ruido espantoso del despertador a las 7 de la mañana. Me levanté, me duché y mandé al carajo las depresiones, los encierros en mi mismo y todas esas gilipolleces (comemierderías desde ahora ) y me dije:

-Deja la bobería que eso de las depresiones es para los occidentales, ponte para las cosas que hay un paro del carajo, recuerda que el capitalismo no perdona..

Pero esa no fue la única que tuve con los vecinos. Muchacho, un día fui a lavar y descubrí que en el apartamento no había lavadora, cogí el teléfono como una fiera y llamé al casero

- Oiga usted me ha engañado -

- ¿Por qué?- respondió el señor muy educadamente

- Pues porque en el apartamento no hay lavadora - yo, nervioso

- ¿Y yo le dije que la había en algún momento? - más educadamente, todavía

- Coño, es verdad, pero todos los pisos tienen lavadora ¿no? - yo gritando

- Eso es un apartamento y no un piso, y haga el favor de bajar la voz que yo le estoy tratando con toda educación - sentía su educada sonrisa por el teléfono

- Me has jodido, tío - dije sabiéndome perdedor

- No diga tacos por favor y léase bien el contrato, buenas noches - colgó suavemente con su aplastante educación

Colgué tirando el teléfono y me dí cuenta de que yo, que me las daba de amable y educado había gritado y dicho tacos y me habían aplastado además de con la razón, con una correcta y fría educación. Me di cuenta de que educación y amabilidad no eran la misma cosa y que había sido un ignorante y que a un ignorante exaltado, si se es poseedor del poder, se le puede tratar con mucha educación aplastarle conceptual y moralmente.

- Como se aprende en Europa, caballeros - pensé y prometí leerme siempre los contratos hasta la última letra.

Sonó el teléfono, era el casero.

- ¿Si? -

- Perdone usted pero olvidé decirle que en el edificio hay una lavadora para el uso común de todos los inquilinos, buenas noches -más dosis de educación, no se cansaba el hombre.

Cogí el contrato y ahí estaba en el inventario la ausencia de la lavadora. En vez de ponerme a llorar, le toqué a la vecina, si la del café, más vale mala conocida que buena por conocer, y me abrió con la misma cara de terror no sé si por que temía a que la estrangulara o que la invitara a otro café.

- ¿Qué desea? - guardando las distancias.

- ¿Sabe dónde está la lavadora ?- pregunté angustiado

- Si, en el sótano -

- Muchas gracias -

Mientras cerraba la puerta, le dije

- Oiga-

- ¿Queeeeeeé ? - pánico total.

- ¿Y dónde se tiende?-

- Allí- dijo señalando al infinito.

Mientras le daba las gracias olfateaba el aire, del interior de su apartamento salía un exquisito aroma.

- ¡Estaba haciendo café y no me invitaba! - se me cayó el alma al suelo.

Otra vez sentí mareos, pero me dominé con gran esfuerzo y volví a mi apartamento. Tomé la bolsa de ropa sucia, el bote de Colón, las llaves y bajé al sótano, metí toda la ropa en una de las dos lavadoras que había y me puse a estudiar su funcionamiento; estuve casi una hora averiguando aquel trasto que no se parecía en nada al que había en mi antigua casa. Empecé a subir y bajar interruptores, dejé sin luz al edificio, quite y puse la toma de agua pero nada.

Empecé a desesperarme, lo peor no era que no pudiera lavar, el problema real era que bajara algún vecino, me viera en mi ignorancia y dijera:

- Este tio es tan bruto que no sabe ni encender una lavadora - al pensar esto me di cuenta del tremendo complejo de ignorante que estaba cogiendo - Joder un negro tan viejo con cuarenta años y no sabe hacer funcionar una lavadora.

- Buenas noches -di un salto, no había visto llegar aquella voz, era una señora mayor, vecina.

- Buenas noches - respondí

La vecina pasó a mi lado, abrió el tambor de la otra lavadora y comenzó a sacar su ropa.

- Oiga, me puede hacer el favor de decirme como se enciende esto-

Me miró con cara de compasión como quien mira a alguien acabado de bajar de una patera.

- Es muy fácil - dijo con recochineo.

Le dio cuatro vueltas al botón seguidas de dos empujones y aquel trasto empezó a funcionar.

- ¿Echó usted suavizante? -

- Me cago en diez, perdone la expresión, pero es que se me ha olvidado echar el jabón - a la carrera eché cualquier cantidad de jabón y comencé a mover el cajón para delante y para atrás para que lo arrastrara el agua de la lavadora .

La vieja me miraba horrorizada.

- Pero oiga que está haciendo, va a romper la lavadora que es de todos, a quien se le ocurre no echarle jabón.

Tremendo play, la vieja no se contentaba con pensar que yo era un negro ignorante, se tomaba además la confianza de echarme tremenda bronca. La miré un segundo y me eché a reír pero no con una media risa; fue una sonora carcajada a lo cubano sacada de lo más profundo del baúl de los recuerdos. La risa inundó el sótano y salió al exterior, fue ascendiendo piso por piso llenando el vacío de la una de la madrugada.

- Oiga que son la una de la mañana, a ver si piensa que está en su país que no se levanta temprano ni Dios - la vieja indignada.

Miré a aquella señora sin dejar de reírme desde el recuerdo del lugar donde cada media noche nos reuníamos los niños del barrio para acarrear agua. Nunca supe la razón del porqué tan tarde, pero a las 12 de la noche conectaban las turbinas y la tubería conductora de todo el municipio comenzaba a echar un chorro impresionante de agua por varios tubos, era una calle lateral de un Polideportivo que se llamaba “El Pontón”. Lo que sabía era la razón por la que me encontraba allí. En la mayoría de los barrios del municipio de Centro Habana no había agua corriente y era tarea de los muchachos del barrio utilizar las carretillas con las que jugábamos por el día para transportar latas llenas de agua y llenar los depósitos de abastecimiento de nuestras respectivas casas, o sea, bidones de 55 galones. La tarea, como podrán comprender, era dura, pero ahí entraba en juego esa increíble facultad, que no se si es patrimonio cubano o de los pobres de este mundo, de convertir la tragedia en comedia. Y se convertía la espera de la cola que era muy larga, larguísima, en una tertulia impresionante donde se contaba el último chiste y se mostraba el último pasillo de baile a los compañeros de desgracia, se contaban mentiras, se le ponían nombretes a los que no estaban y más cosas.

- Oiga, usted no ha usado una lavadora en su vida - la vieja ripostando mi molesta risa

En ese momento me acordé de Silvano, el negro bailarín que además vendía pasteles, que llegaba:

- Vaya pastelitos de guayaba acabados de hacer -mentira eran de dos días de antigüedad por lo menos.

- Silvano baila, mete el último pasillo, destácate -

- No sobrino estoy trabajando y hay que tener seriedad en el trabajo -

- Si bailas te compramos pasteles -

- No me comprometas sobrino -esto lo decía con un ligero contoneo, preámbulo del espectáculo.

Aplausos, gritería, locura, comenzaba el espectáculo, Silvano dejaba la caja de pasteles en la acera y comenzaba lo increíble, todo el mundo se olvidaba de porque estaba allí, porque estábamos allí, realmente para ver al mejor bailarín del mundo.

Con los primeros pasillos de Silvano la risa empezó a convertirse en un problema, no podía parar, me agarraba la barriga, me tiré en el suelo.

- Usted es un grosero, yo le he brindado mi ayuda desinteresadamente para que usted me insulte así de esta manera - la cara de la vecina, totalmente congestionada.

- Señora, perdone pero no puedo......... ja, ja ,ja, ja - las carcajadas eran sonoras, genuinas.

En ese momento Silvano estaba metiendo lo último, “el pasillo del tirabuzón”, las contorsiones eran creíbles solo para los presentes, imposible describirlas.

La vecina había recogido apresuradamente su ropa y se aprestaba a subir por la escalera.

- Malagradecido, insolente, eso es lo que es usted y después nos llaman racistas, mucho morro - empecé a temer un ataque al corazón.

“El pasillo del águila”, Silvano daba pasos ascendiendo por el muro de cerramiento del Polideportivo, daba un salto mortal hacía atrás y caía de pie en la calle, el grito de admiración era igual al que se escucha cuando meten un gol en un partido de football importante, era la locura.

- ¡¡Silvano!! que se te mojan los pasteles - gritó una negra gorda con un pañuelo en la cabeza.

- ¡Ay mi madre, sobrino te lo dije, estaba trabajando, me he jodido!- Silvano miraba desconsolado, la caja de pasteles nadando en un gran charco de agua.

- ¡A quien se le ocurre poner los pasteles en la acera donde están cargando agua!- la carcajada general rebotaba en los muro de El Pontón y despertaba a toda La Habana.

La vecina me miraba con la expresión con la que se mira cuando no te crees algo

- Que va usted a despertar a todo el edificio, mal educado, váyase a una chabola a escandalizar, váyase al lugar de donde vino a reírse de su familia - ataque al corazón inminente no sabía si mío o de la vieja.

De pronto al doblarme sujetando mi maltrecho estomago, vi algo en suelo y lo recogí, era unas bragas de la vieja de color rojo, las tomé y me incorporé lentamente con la braga en la mano.

-¡Pero que hace usted con eso, de donde lo ha sacado! - comencé a temer lo peor.

La gente empezaba a hacer una colecta para ayudar al desconsolado Silvano.

- Caballeros cooperen con el artista cubano, cooperen con lo que puedan - Silvano con la mirada en el suelo se le salían las lagrimas, no se sabía si era por el gesto de solidaridad o por lo poco que daba la gente.

Un rostro rechoncho con bigotes y con gafas salió de las sombras de la escalera

- Se puede saber que está pasando aquí - la voz se parecía a la de las películas españolas que se veían en Cuba en los años 70

Me miró a mi que todavía tenía las bragas rojas en la mano y la vieja que tenía la cara roja como un tomate, su cabeza parecía un ventilador puesto en posición de giro. Se puso blanco como una sabana lavada con lejía, pensé que se iba a desmayar y corrí a sostenerlo. Sin darme cuenta le puse las bragas en la cara y también se le puso la cara como un tomate.

- Quíteme eso de encima - no se si se refería a mis manos o a las bragas.

- Son de esta señora - me refería a las bragas, claro. La vieja me arrancó las bragas de la mano se volvió a la cara del gordo que parecía una bandera de la antigua Unión Soviética, y le dijo:

- A ver lo que usted piensa, es usted testigo del comportamiento deplorable de este.......individuo - dijo esto último mirándome de arriba a abajo, se volvió y comenzó a subir las escaleras.

El gordo “comunista” me miró profundamente y me dijo:

- Su comportamiento no es de caballeros -.

Comencé a sentir que la risa me estrangulaba, me llevé las manos a la garganta buscando aire, el comunismo comenzó a alejarse hasta convertirse en punto y no supe más.

Me desperté en una sala con un olor característico, como un olor a limpio, tardé en darme cuenta de que era la sala de urgencias de un hospital. Fui a moverme y no podía, estaba fuertemente amarrado a la camilla. Traté de tranquilizarme mientras trataba de averiguar qué había pasado y el porqué me encontraba allí de aquella manera. Lentamente fueron fluyendo los recuerdos, el sótano, la lavadora, la vieja, la risa, el vecino, ¡ay mi madre, había matado a la vieja!

A l verme despierto, un policía vino hacia mi y me preguntó:

- ¿Es usted René Alvarez?- cara seria de policía

- Si - dije cagado del miedo

Estaba preso y atado además, ¿había matado a la vieja o al vecino? ¿estaría acusado de violación o abusos sexuales a una militante del INSERSO?

- Perdone agente - así había que llamarle a la policía en Cuba- ¿he hecho algo?

- Si ha hecho algo - dijo y con una pausa malévola al mas puro estilo policial, agregó - se ha desmayado mientras no paraba de reírse, nos avisaron unos vecinos suyos por el 091, dicen que al parecer usted no estaba en buen uso de sus facultades mentales.

- ¡¡Nooooooooo!!- grité y recordé a Silvano diciendo que le bastaba con que le compraran una botella de ron de fabricación casera, walfarina hablando en cubano, y me eche a reír.

Estuve un mes bajo tratamiento psiquiatrico, a base de pastillas e inyecciones y amarrado a la cama, cada vez que le contaba al siquiatra mi historia muerto de risa, mas pastillas me mandaba. Empecé a pensar que realmente se me habían cruzado los cables hasta que un buen día se me ocurrió contar la historia sin siquiera esbozar una sonrisa, remedio santo, el doctor me dijo mirándome compasivo desde detrás de los gruesos cristales de sus gafas:

- Menos mal que ya reconoce lo vergonzozo de la situación en la que se ha visto envuelto, al parecer el tratamiento ha surtido efecto, mañana haremos la última visita y si se encuentra usted bien le daremos el alta, de todas formas tendrá que seguir asistiendo a una consulta externa -

Salí del hospital con un sentimiento extraño, sentía a mi yo, flotando sobre mi cabeza mientras me desplazaba a cámara lenta sobre una cama de espuma, pero lo mas extraño era que mi yo se iba riendo no se de que, a lo mejor era de la pinta que tenía mientras que mi cuerpo se arrastraba sobre la espuma sintiendo las sonoras carcajadas, tan sonoras eran las carcajadas que terminaron por contagiarme y me acordé del pasillo del “tirabuzón” de Silvano y comencé a contorsionarme en la parada del autobús y a reírme, automáticamente se hizo un ruedo a mi alrededor como si fuera un apestado.

- Está loco - oí a mis espaldas.

- Acaba de salir de la sala de psiquiatría del hospital, yo trabajo en la sala de al lado - la que así hablaba era una señora de mediana edad con cara de enfermera.

Me quede solo en la parada del autobús, la gente salió despavorida hacia todos lados incluso cruzando la avenida jugándose la vida entre los numerosos coches, solo quedo a mi lado la enfermera que haciendo acopio de valor, me dijo:

- ¿Por que no coge usted un taxi, tiene dinero? -

- No - le dije mientras medía un poste para meter el pasillo de “El Águila”.

- Tome - me dijo extendiéndome temblorosa un billete de mil pesetas - ¿donde vive usted?

- En Chamberi- respondí

- Buen barrio, le alcanza con esto - había menos temblor en sus manos, parece que un negro loco de Chamberi daba menos miedo que uno de Carabanchel.

- No gracias tengo tarjeta Visa Oro, puedo sacar dinero ¿y usted porque me ayuda y no corre como los demás?- lo dije todo con mi mejor tono irónico.

- Es mi deber como trabajadora social del hospital y como cristiana, ayudar a todo el que lo necesite - su temblor había desaparecido, claro no era lo mismo un negro loco con Visa Oro que uno en situación de extrema necesidad.

Me fui a casa andando, por el camino mi yo iba riendo a carcajadas y ensayando nuevos pasillos, mientras mi cuerpo lo miraba con envidia.

- Estas loco pa´l carajo - dije seriamente.

En la entrada del edificio estaba el portero conversando con una vecina junto al ascensor, la luz del ascensor estaba encendida o sea, lo habían llamado.

- ¿Como esta usted? - Me preguntó el portero con una amabilidad especial, casi burlona.

- Muy bien - contesté seriamente

- Es el vecino del 5º - le dijo a la vecina

- Ahhhh - la tragedia acudió al rostro de la desdichada vecina.

Llegó el ascensor, vacío, abrí la puerta y cedí el paso a la vecina, no se movió.

- No, no, gracias, pase usted yo tardo un poco - me dijo con cara de Desdemona a punto de ser estrangulada por Otelo.

- Pensé que usted lo había llamado - la miré inquisitivamente.

- No yo no - casi se disculpó -¿ lo llamó usted?- dijo dirigiéndose al portero implorante, buscando su mirada cómplice .

- Si, si habré sido yo, iba a subir algunas cosas pero no se preocupe que ya subiré mas tarde - el preocupado era el, a juzgar por la cara que tenía.

- Hasta luego -dije sin esperar respuesta, cerré y toqué el botón.

El ascensor no subía, volví a tocar, tampoco, lo golpeé no se cuantas veces, tampoco. Pensé que me había quedado encerrado y me desesperé al instante, oprimí el botón de alarma y empecé a darle golpes a la puerta, se abrió la puerta de pronto y apareció la asustada cara del portero.

- ¿Que le pasa ? - la vecina había desaparecido.

- Que este ascensor no funciona, me he quedado encerrado - me corrían las gotas de sudor por toda la cara.

- Si no se ha movido usted de este piso -

- Pero es que toco el 5º y no sube, esto está roto -

- Hasta ahora mismo estuvo funcionando, bueno usted mismo lo ha visto bajar -

- Si es verdad -

- Pruebe otra vez, a lo mejor hay mas suerte -

Deje que se cerrara la puerta y temblando apreté el botón del 5º, no subía, cuando estaba a punto de volver a tocar el botón de alarma, me fijé en el número del botón que sobresalía por debajo de la yema de mi dedo, no era un número, era una letra, la letra B, la letra B de BAJO, o sea estaba tocando el botón correspondiente al piso donde estaba, me entró la risa esta vez nerviosa, no cubana.

- ¿Está usted bien - era el portero que me gritaba desde fuera

Toque el botón que tenia un número cinco en letras blancas sobre un fondo negro y subí, llegue tembloroso a la puerta de mi apartamento, abrí y entre corriendo al baño, me asome al espejo y me dije:

- Tienes una cara de loco del carajo -Busqué en mi bolsillo las pastillas que me habían dado en el hospital y me tomé el doble de la dosis que me daban. Fui a cerrar la puerta que había dejado abierta con las prisas al entrar y vi un sobre en el suelo que habían dejado en mi ausencia, lo abrí, era una citación judicial, tenía que responder a una denuncia por vejación y faltas al honor, ya se pueden imaginar de quien.

Me senté en mi gran amigo el sillón, puse el disco de Vicentico Valdes, abrí las ventanas de par en par y me dejé ganar lentamente por el efecto de las pastillas mientras la voz de mi madre acompañaba aquella preciosa voz que a duras penas salía de aquella radio destartalada con pinzas en lugar de botones.

Palabras, quisiste con palabras engañarme
          fingiendo comprender mis sentimientos
          fingiendo que tenías corazón 
          No trates de hacer de que muera en mi la desconfianza
          la culpa y la maldad de tus palabras 
          sellaron el final de esta ilusión.

A duras penas me recuperé de aquella aventura, fuí poco a poco recuperando la confianza en mi mismo y aquella historia se convirtió en una de mis favoritas cuando quería hacer reír a mis amigos después de cuatro copas, la contaba y la volvía a contar aunque a nadie le hiciera gracia, llegó el momento en que iba a abrir la boca y la gente me decía:

- ¡ Esta bueno ya compadre tienes el disco rallado ! - 

Pero la vida es increíble, da vueltas como un carroussel y no sabes nunca donde va a parar el caballito donde vas montado, resulta que a los dos meses de aquel hecho histórico que conmovió los cimientos de la sociedad del barrio de Chamberi, ya yo estaba bastante recuperado aunque los vecinos todavía me esquivaban por los pasillos y no se montaba ni dios conmigo en el ascensor. Estaba un buen día relajado aspirando el aroma del café que invadía el apartamento, oyendo la sabiduría callejera de Ruben Blades en su disco Maestra Vida:

Maestra vida, camará
te da y te quita
te quita y te da

Y de pronto sonó el timbre de mi puerta, si, si el de mi puerta no el del portero automático, me sobresalté y el relax se evaporó:

- ¿Quien podrá ser a esta hora - pensé, eran las dos de la mañana.

Abrí sin siquiera preguntar quien era. Me quede sin habla, había delante de mi un rostro desencajado que me era familiar pero no acertaba a saber si era real o era parte de una pesadilla, el rostro me dijo:

- Me da un poco de alcohol, por favor- me suplicó con una voz que parecía venir de otro mundo.

- Alcohol, ¿para que quiere usted alcohol a esta hora?- me cagué pensando que era una pirómana con una crisis.

- Para beber, tengo delirium tremens- el rostro adquirió un expresión patética, se leía la muerte en sus ojos.

Me derrumbé, no sabia si mearme o desmallarme allí mismo

- ¿Pero, usted vive aquí?- todo se pega.

- Si, aquí al lado -La miré profundamente, poco a poco mis neuronas fueron quitando años y sufrimientos a aquel rostro hasta reconstruirlo como la foto de la película “No hay salida” de Kevin Cotsner y a medida que se iba haciendo nítida la imagen, se iban abriendo mis ojos del estupor, hasta que ya al borde de la locura, la reconocí, ¡era la vecina del café, si la del café, o mejor dicho la del no café y allí estaba ante mi puerta a las dos de la mañana con una mirada que paracia decir “acaba con este sufrimiento, por favor”.

- Por favor -su voz era un gemido imperceptible, moribundo.

Bajé la cabeza totalmente desmoralizado, no podía sostener aquella mirada que me penetraba sacándome todo lo bueno que ella suponía existía en mis entrañas.

-No puedo, entiéndalo, creo que no es la solución, usted necesita un medico - mis ojos contaban los puntitos del granito del suelo del pasillo.

Al decirle esto, abrió los ojos desmesuradamente, cerré los míos esperando una puñalada como las que daba Norman Bates en Psicosis.

- Por favor, es solo hoy, mañana voy al medico - abrí los ojos, estaba despierto.

No podía creerme aquella ironía de la vida, de esta MAESTRA VIDA como dice Ruben Blades.

Absorto como estaba en aquella increíble pero cierta situación, no reparé en algunos vecinos que se asomaban a las puertas, me dirigí a los del 5º-3.

- Por favor me puede ayudar con esta mujer, realmente no se que hacer,¿la conocen?- ahora el suplicante antediluviano era yo.

- Si la conocemos, vivimos aquí hace mucho tiempo, pensábamos que lo había dejado, hacía rato que no daba un escándalo, es una borracha - la vecina no soltaba la puerta que solo dejaba asomar su medio cuerpo.

- Señora, perdone esa mujer no está dando ningún escándalo y es una persona enferma como otra cualquiera y necesita ayuda urgente-

- Pues llame un medico, si quiere le doy el número de SAMUR- me miró como diciendo “entre locos y borrachos anda el juego”, entró y salió con un pedazo de papel en la mano con un número de teléfono apuntado.

- ¡¡Nooooo, al medico no, que me atan!! - el grito fue a mis espaldas, a bocajarro, di un salto y caí encima de la vecina, la accionista de SAMUR, a su vez esta dio un alarido de película de terror, me empujó como quien no quiere la cosa sacándome del radio de acción del movimiento giratorio de la puerta que se cerró con un SLAMM que se hizo rápidamente eco en todas las puertas que se habían abierto para no perderse la función.

Quedamos en el pasillo, ella la curda y yo el loco, SOLOS ANTE EL PELIGRO. Con un molesto silencio entre los dos, mirada suplicante en sus ojos derrotados, mirada de comprensión en los míos también derrotados; miré el papel para fijar el teléfono.

- Al medico no, por favor, me atan y no me entienden, necesito alguien que me entienda y un poco de alcohol- al mirar a sus ojos comprendí que mi mayoría de edad europea, aun no había llegado.

- Ven- le dije, mientras caminaba hacia mi puerta milagrosamente abierta- entra a tu casa y espérame, ahora vengo.

Entre a mi apartamento, saque una botella de ron Havana Club de 3 años de un armario de la cocina y entre a su casa. Nos servimos sendos vasos, apuró el suyo de un solo trago y fue a servirse más.

La detuve poniendo mi mano en su hombro con un ligero apretón y le dije:

- Voy a estar aquí todo el tiempo que necesites, no me voy a llevar la botella, bebe con calma y por favor, cuéntame tu historia -

- Déjeme beber por favor, solo quiero dormir, mañana iré al médico, iré a ALCOHOLICOS ANONIMOS. me curaré, se lo prometo -

- No tienes que prometerme nada, te dejaré beber, pero ¿no crees que lo necesitas realmente es hablar con alguien ?¿tienes amigos?-

- Tenía muchos- me miró con una expresión de niño que ha hecho algo malo, como para que yo comprendiera porque usaba el verbo en pasado.

Le serví otro trago, me serví uno a su vez y brindamos.

- Chin-chin, ¿por que no me cuentas tu historia- insistí

- Es muy larga de contar, te aburrirás -

- ¿En que trabajas? -

- Soy enfermera -

- Y siendo enfermera ¿como has podido caer?, viendo tantos casos de gente destrozada por el alcohol-

- Es muy largo de contar - me dijo acercándome el vaso vacío.

- Pues cuenta sin miedo - le dije mientras derramaba el ron en su vaso - tengo toda una vida para oírte.

Comenzó una historia que no era mas que la historia de esta gran vida, una historia que podía ser la mía, la tuya o la de cualquier habitante de este planeta. No había nada anormal y ahí estaba el error porque era muy normal matar la timidez con unos vinitos, allá en su pueblo natal donde bebía hasta el Alcalde, el Médico y el Jefe de la Guardia Civil. A medida que iba desgranando desgracias, vicisitudes y desengaños, me iba identificando mas con ella, su historia no tenia nada que ver con la mía pero habíamos llegado los dos por caminos totalmente diferentes a un mismo sitio: éramos dos marginales potenciales, no teníamos la desgracia de tener que pedir en la Gran Via pero éramos una alcohólica y un extranjero inadaptado.

En medio de su narración y en medio de la madrugada, me sorprendí interrumpiéndola continuamente con episodios de mi vida y así la terapia se convirtió en autoterapia o terapia invertida o como le de la gana a los psicólogos de llamar al cuero que nos estabamos dando. Y así el tiempo se fue de paseo y nos dejo solos con un dialogo liberador con acompañamiento de unos buenos tanganasos de ron.

Cuando el sol penetró a través de las cortinas e iluminó la botella vacía, miré su rostro y ví que habían desaparecido los miles de años con los que me había tocado la puerta la noche anterior. Ya no había temblores ni suplicas, solo quedaba incertidumbre.

- ¿Volverás a beber? -

- No lo sé - dijo con un quejido

- Anoche prometiste que no y no me gustaría que me defraudaras -

- Si pero..........-

- ¿Te sientes mejor?-

- Si la verdad es que si -

- Ya ves que lo que necesitabas era conversar con alguien-

- Y el ron - miró tristemente a la botella vacía.

- La verdad es que a mi también me ha venido muy bien, lo necesitaba, uno nunca sabe-

- ¿Eres también alcohólico?-

- No soy un extranjero inadaptado, entre paréntesis loco peligroso, bueno que duermas bien- dije esto ultimo con un bostezo.

Le extendí mi mano y la tomó con fuerza entre las suyas, nos abrazamos y estuvimos así un buen rato, nos separamos y caminé hacia la puerta.

-Muchísimas gracias- dijo con mirada sincera

-Gracias a ti, oye a propósito ¿por que no me aceptaste el café que te brindé con tanta ilusión aquel día?-

-Tuve miedo, no te conocía-

-Pero dime la verdad, el que yo fuera negro influyó en tu actitud-

-Quizás-dijo con embarazo

-Entonces porque ahora no reparas en mi color-

-Porque estaba desesperada - dijo bajando la mirada al suelo

Lo dijo con tanta sinceridad que no me atreví a llamarla racista, no era responsable del mensaje que sus generaciones anteriores habían dejado en su subconsciente, su racismo era el mas peligroso de todos porque era tan inocente que ni ella misma sabia que existía y por tanto era imposible atacarlo, no se puede luchar contra lo inexistente.

-Agradezco tu sinceridad -le dije volviéndole a tender mi mano- un amigo

-Gracias- dijo cerrando suavemente la puerta. Mientras abría la puerta de mi casa, aspiré el aire complacido, porque independientemente de lo que estuviera en su subconsciente, yo seguiría siendo quien era y seguiría orgulloso de poder ayudar a quien lo necesitara.

El recuerdo de esa noche se mantuvo en mi mente durante al menos dos días. Estaba tumbado en mi sillón para variar, en calzoncillos, vacilando mi traguito de ron, me levanté, puse el CD de Ruben Blades y me dispuse a sumergirme en su sabiduría callejera.

-RINNNNNNGGG- sonó el timbre, el de arriba, no el de abajo.

-¿Quien será- inocente de mi.

Abrí y aquel rostro desencajado volvió a golpearme con sus miles de años.

-¿Me das un poco de rón, del de ayer, estaba muy rico, por cierto ¿como se llama?-

La miré, la miré profundamente y me reí, a mis espaldas Ruben parecía percatarse de la situación y cantaba:

Maestra vida, camará
te da y te quita
te quita y te da.

Jueves, 01 de Septiembre del 2005

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