Aunque quiera olvidarte..

… ha de ser imposible -dice el bolero, porque eternos recuerdos tendré siempre de ti, tus caricias serán el fantasma terrible de lo mucho que sufro, de lo mucho que sufro, separado de ti.
Ekwe

Aunque quiera olvidarte...

Aunque quiera olvidarte ha de ser imposible -dice el bolero, porque eternos recuerdos tendré siempre de ti, tus caricias serán el fantasma terrible de lo mucho que sufro, de lo mucho que sufro, separado de ti.

Así le hablo no a un amor lejano, sino a Cuba, mi gran amor que vive en cada cosa que hago, en cada paso que doy, en cada recuerdo que de mi mente pasa a mis historias. En ellas vivo, en ellas sueño, y con ellas remonto el mar a encontrarme con mi gente y volver a ser el que siempre he sido: un cubano, cubano, cubano.

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Somos o no somos

En memoria de mi abuela y de todas las abuelas cubanas, que siempre están ahí

La tarde penetraba a través de la ventana y con su mano gris, me cogía por el cuello, sacándome del alma hasta la última gota de mi falsa fuerza de voluntad. Estaba engorrionao total, tenía hasta un nido en el balcón para darles la comidita con el piquito a mis gricesitos gorrioncitos.

No tenía ningún problema, tenía un buen trabajo, no tenía necesidades económicas, vivía en un cómodo apartamento en el centro de Madrid y amores no me faltaban, pero no podía evitar esa sensación de “o te peinas o te haces papelillos”, mezclada con un poco de mariconeria en bandeja. No hay nada peor que nacer en un solar y andar toda la infancia sin camisa y sin zapatos mataperreando por la calle y encontrarte en la madurez, en un país desarrollado, con todo tan cubierto que puedes hasta pensar en que la cortina del baño haga jueguito con el color del inodoro y las paredes. Oye, se te forma un arroz con mango en la cabeza que no té salva ni el médico chino.

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Lo que el viento se llevó

Me levanté en talla, con todos los elementos conmigo, el solar seguía igual con su vida abigarrada y agridulce pero yo tenía una cosa, un no se qué que me hacía cosquillas. Me deleite en el baño lleno de moho, viendo como el agua se escurría desde la latica de leche condensada y recorría todo mi cuerpo, eliminando impurezas. Me deleite echándome talco en el cuello, en el pecho, en los huevos y me termine de deleitar, poniéndome la cobita mejor que tenía: un pulovito de Bruce Lee y un pitusita "made in la china", la china es mi pura.

Y salí a la escena, exuberante, matador - Vaya exótico, - me susurró "la violetera", una temba del solar que me quería liquidar

- Matando canallas- oí a mis espaldas-El aché que irradiaba inundo la cuadra y que se sepa que activé al personal.

- Vaya Jesusito está enemorao- me pito Pichilingo "el raider" desde el contén de su casa

- No, pero podría estarlo, ¿por qué no?- le contesté señalándolo con el índice, con tremendo aguaje

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Los cuatro mil jinetes del Apocalipsis

A ver, ¿quien sabe de donde sale la tristemente famosa palabra "jinetera" ó "jinetero"?, . Pues de la palabra "jinete". ¿Y quienes eran los jinetes?, pues un grupito de locos que cabalgaba las calles del Vedado y La Habana Vieja contaminándose con el odioso "sistema capitalista" allá por los años 70.

Los "jinetes" fueron los primeros jóvenes rebotaos del sistema, que protestaban de forma amena y vaciladora, allá por los setenta. Recorrían las zonas habaneras frecuentadas por turistas, en busca de contacto con el mundo exterior en una época donde el contacto con extranjeros era considerado falta política y judicial grave, con penas de cárcel bastante duras. Su objetivo era informarse, respirar otra cosa que no fuera marxismo- leninismo, jugar con lo prohibido y de paso tener acceso a unas boberías que no hacían ninguna falta, pero no estaban mal, nada mal. Pero no pedían, negociaban más bien, se ganaban las cosas con dulzura e inteligencia.

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Solo ante el peligro

Cuidao que la calle está peligrosa.
Letanía de las madres en los barrios bajos habaneros

Recuerdo que me mudé a vivir solo en el mes de Agosto; hacía un calor del carajo. Me fui a vivir a un apartamentico que estaba en un callejón sin salida, detrás de una iglesia, en el barrio de Chamberí, en Madrid. Gozaba de una vista preciosa, se recortaban contra el cielo la silueta de la cúpula y la torre de la iglesia. El apartamento era en realidad pequeñito pero sabroso. Tenía sólo un salón, una habitación, la cocina y el baño; tenía unos ventanales altos que cogían toda la pared. Parecía que estabas en la calle, y allí me sentaba yo, en un sillón de esos sabrosones que no se como se llaman, a vacilar la hermosa vista del contorno de la cúpula de iglesia inscrita en el firmamento. En pocos días me acostumbré a mi nueva casa. Llegaba del trabajo todo desbaratao, me preparaba un traguito de ron con jugo de naranja y me sentaba a vacilar la iglesia en mi sillón, que yo le había puesto “utility” porque me servía para todo, ponía a Vicentico Valdés y volaba hacia Cuba:

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Se acabó el querer

Hacía exactamente cinco años que no veía mis palmas desde el cielo. Desde allá arriba podían ser unas palmas cualesquiera, pero no, eran las mías: la palma real, bella como ella sola

El dolor en los oídos me indicó que comenzaba el aterrizaje y me abroché el cinturón como un autómata. Mi mente estaba ya en tierra con mi gente. El piloto era más malo que el carajo; se puso a hacer una pila de murumacas que le sacaron la veta a to el personal, pero al final el golpe de las ruedas en la pista arrancó suspiros y aplausos. Me paré del asiento casi con el avión andando y como pude recorrí todo el pasillo con cuatro maletas que llevaba encima que parecía que tenían hierro dentro.

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Lágrimas negras

Oh, La Habana, Oh, La Habana
caballero quien no baila y quien no goza en La Habana
(conga habanera)

No recordaba haber visto llorar a mi padrastro. Era un hombre de ébano, no lo digo solo por su negritud, sino porque era también imperturbable. Lo recuerdo siempre ensimismado, dueño de sus pensamientos, no soltaba prenda nunca. No sabias si, cuando se sentaba en el sillón a ver la tele, estaba durmiendo con los ojos abiertos o mirando su interior. No lo conocía ni su propio hijo, mi hermano menor. Era un hombre castigado por la vida; las miles de arrugas que surcaban su negra piel denotaban que su vida había recibido muchísimo castigo. Y no sólo físico. Las cosas del alma castigan dejando una huella indeleble, sobre todo cuando no se tiene facilidad para trasmitirlas a los demás;.

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El barrio

Los ricos siempre nos utilizan a los pobres como pretexto para cambiar o mantener el curso de la historia, pero nosotros seguimos ahí,.....siempre ahí
 (Proverbio inventao)

Erase una vez un barrio con calles tan sucias que daba pena limpiarlas. La basura parecía formar parte del decorado, mas que del decorado parecía formar parte del propio barrio, era un componente indispensable de su identidad.

El barrendero Ezequiel la trataba con cariño cuando deambulaba mas que trabajaba bajo la furia del implacable "indio", con su carretón compuesto de dos bidones y dos ruedas de bicicleta.

-Ezequiel deja la trova y limpia, trabaja desgraciao- le gritaba la chusma desde los balcones-

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El viejo

Siempre que se hace una historia, se habla de un viejo, de un niño o de si, pero mi historia es difícil, no voy a hablarles de un hombre común. (Silvio Rodríguez)

Siempre me había llamado la atención aquel formidable tronco de ébano, con la cabeza poblada de copos de nieve. Últimamente tenía una sensación rara, como de necesidad de acercarme al portal donde diariamente se sentaba. Sentía ganas de detener mi andar juguetón de regreso de la escuela, para admirar su gran figura, dignamente sentada en un taburete de piel de chivo, y con la vista en un lugar donde el pensamiento de los seres humanos parecía no llegar. Se llamaba Quintín y era todo un caballero, no se le conocía mujer y la única persona que entraba a su casa era una señora entrada en años, aun hermosa, que no se supo nunca si era un familiar, una amante o una enfermera privada. Se decía que había llegado al barrio con una fortuna la cual había desaparecido en manos de quien necesitó de su ayuda. Las malas lenguas decían que estaba solo porque había matado a su mujer o que su familia entera lo había abandonado por insoportable: conjeturas. Nadie sabía nada sobre su pasado, ni siquiera sabían si tenía pasado. Lo cierto era que era un caballero, a la antigua además, había vivido muchos años y lo demostraba continuamente pero sin darse cuenta.

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Otro cuento cubano

28 de septiembre, día de los CDR

Los primeros rayos del amanecer se encontraron con un espectáculo sin igual, la cuadra se engalanaba para celebrar un aniversario más de la creación de los C.D.R. La calle era un hormiguero donde cada cual tenía una misión que formaba parte de una tarea gloriosa: aprovechar el aniversario para formar la cumbancha, así de concientes y revolucionarios eran todos y cada uno de aquellos gloriosos convecinos.

Por doquier pululaban hombres y mujeres, viejos y niños, sin ninguna distinción, haciendo posible que la fiesta fuera inolvidable y quedara en la memoria de todos.

Los hombres, pintaban con cal los conténes de las aceras y las fachadas de los viejos solares, preparaban la pintura mezclando cal y agua en bidones recortados, colocaban banderitas por toda la calle con cuerdas que iban de una fachada a la fachada de enfrente, echaban hielo en los bidones donde más tarde se enfriaría la cerveza, barrían las calles en fin hacían todo lo posible por que la cuadra quedara bonita y la borrachera asegurada.

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Dr. Charles pa´ servirles, un cubano más

Allá por los años 70, circulaba por las calles de los barrios habaneros un negro pulcro y elegante a más no poder. Lucía siempre una impecable bata blanca, almidonaíta y planchaíta como en los viejos tiempos, que llevaba bordado en el lado izquierdo del pecho "Dr Charles".

Sobre sus ojos llevaba unos espejuelos de fondo botella con montura de plástico imitando carey y en sus pies, zapatos como espejos, en los cuales te podías sacar las espinillas de la cara. Ah, se me olvidaba que en sus manos siempre portaba un maletín de piel negro tipo médico y un periódico.

Tenía una gran peculiaridad este personaje; no sé si habrán caído en que no he mencionado su ropa, pues es que no llevaba nada debajo de la bata, ni pantalón, ni camisa, ni ropa interior. Iba siempre encuero a la pelota, totally naked. Era el Dr Charles, el mayor jamonero, rascabuchador y disparador de toda La Habana, cuya especialidad era enseñar el mandao, sin dejar huella, un mandao que por cierto tenía que doblárselo encima del muslo cuando iba a cagar. Tremendo filete tenía el consorte.

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