Jinetero,... ¿y qué?

Lluvia dorada

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El bus ayer se detuvo a las 8 y 40. No más poner pié en el suelo vi a lo lejos, sobre el puente que cruza la calle, el tren que me llevaría finalmente hasta la oficina y eso me hizo echar a correr como un loco. Si me apresuraba podría saltar dentro del vagón en el último momento. Pero el intenso tráfico a esas horas de la mañana y la gente, que aquí siempre está apurada, no me dio una oportunidad de cruzar ni de casualidad. Finalmente alguien se apiadó, redujo la marcha y me volví a lanzar a toda velocidad en post del tren, que detenido ya, abría las puertas. Entré sin detenerme en la estación con riesgo de enredarme con el puesto del chino que vende flores justo en el pórtico, pero como yo sé que siempre está ahí, esquivarlo no fue tan milagroso como pudo haber parecido. El vestíbulo quedó atrás y en el momento que ponía pie en las largas escaleras mecánicas, el sonido inconfundible de las puertas al cerrar y el estruendo del tren alejándose me dijo que mi esfuerzo fue en vano.

- Me cago en… - golpeé el pasamos.

Aquí los trenes tienen, por sobre todas las cosas, manía de puntualidad. En un país normal pasaría a las “y cuarenta” o a “las y cuarenticinco”, pero no: En este planeta que habito, pasa a las “y cuarentiuno”, ni un minuto más ni un segundo menos.

No vale la pena quejarse por lo que no tiene remedio. Ocupé resignado el lado derecho de la estera rodante, como mandan las buenas costumbres, aún cuando nadie intentaba sobrepasarme. Quedé solo en la estación escuchando el sonido del tren que se perdía poco a poco en la distancia, la mirada fija en las vigas del techo del andén que aparecían una tras otra mientras ascendía la escala automática. Llegaba casi a arriba cuando sentí el sonido, como de agua al caer. -¿Llueve?- No, el cielo hasta donde mi vista alcanzaba exhibía un lindo azul sin nubes. Los detalles del andén llegaban a mi vista: las vigas más lejanas, el borde del techo de la caseta de espera, los bancos y también la cara de una linda chica que fue completándose para mí poco a poco, como una pantalla que se desenrolla de arriba hacia abajo: primero su cabello rubio, sus pestañas cuidadas, su tez pálida, después los labios rojos… hasta alcanzar a verla en toda su altura. Ok, no en toda su altura pues ella permanecía con las rodillas flexionadas y los pantalones bajados: Orinaba tranquilamente, sin inmutarse por la presencia de este extraño que la miraba con cara de sorpresa.

¿Qué hacer si la estera me depositó a sólo tres metros de la susodicha? No podía fingir no haberla visto, tendría que ser ciego. Además, nuestros ojos habían quedado desde el primer momento, clavados los unos en los otros. Por fuerza tenía que pasar junto a ella para llegar al andén. Avancé pues, con la vista puesta en la distancia, admitiendo aquel íntimo acto como lo asumía ella: como la cosa más natural del mundo. A fin de cuentas está prohibido fumar dentro de la estación, sin embargo en ningún lado dice que esté prohibido mear. Eso sí, al cruzar junto a ella, puse sumo cuidado en evitar las salpicaduras del potente chorro que golpeaba el pavimento. Porque yo puedo pretender que esto es lo más normal del mundo, asumir que sus fluidos son invisibles, transparentes e incluso incoloros, pero no son inodoros (nunca mejor dicho).

No sé cuanto duró aquel acto. ¿Unos segundos? ¿Media hora? El tiempo se me hizo eterno oyendo aquella melodía excrementosa. Sin embargo y para qué negarlo, dentro de mí se libraba una lucha titánica entre espiar (y disfrutar) la vista de aquella mujer y la vergüenza de que, al voltearse hacia mí, descubriera que la observaba con insistencia malsana. “Ha de ser la crisis de los cuarenta” dije para mis adentros. Pero el recuerdo de mis andanzas por los aseos de las muchachitas en las escuelas al campo, fisgoneando por encima y por entre las tablas de la pared que las separaban del baño de los varones mientras se bañaban y otras cosas que no hace falta detallar ahora; me convenció de que mi curiosidad nada tenía que ver con la edad a la que he llegado, sino con mi naturaleza retorcida. Desde mi posición, de espaldas a ella, podría contemplar los raíles que se perdían en el infinito o contemplar reflejadas en el espejo de aumento de la taquilla de venta de tickets, sus blanquísimas nalgas ausentes totalmente de celulitis, cubiertas de un finísimo bello dorado y su vulva rosada, depilada como también dictan las buenas costumbres de estas tierras. Me incliné por la segunda posibilidad, ¡Estoy jodido, he comprobado que soy un guarro!

Ocupada estaba mi mente en esos y otros asuntos cuando la joven decidió poner punto final. Hubo una pausa y luego dos chorros tardíos anunciaron que su vejiga estaba totalmente vacía. ¡Menos mal coño!

Después de tan caudalosa meada, la más grande que he presenciado en mi vida; ella subió con mucho cuidado la tanga negra, que al quedar en posición definitiva, fue como si nada hubiera pasado. Se perdió entre sus nalgas. (Me pregunto para qué usar algo que no te cubre. Bueno, continuamos que si has llegado hasta aquí es porque no soy yo aquí el único guarro). Luego subió y colocó en posición las medias panties (o como se llamen), teniendo cuidado en que el elástico de encaje negro quedara alisado bajo el pantalón que lo cubriría de inmediato. Desde mi posición había seguido cada detalle. La función llegaba al final. Me adelanté a tiempo hasta el borde del andén para no ser descubierto en tan descarado desempeño. Total lo mejor había ya pasado.

Momentos después ella estaba igualmente junto al borde del andén. Desde ese momento y hasta que llegó el metro un siglo después, estuvimos sin pronunciar palabra, solos en el apeadero. Tras de sí, el recién creado lago artificial nos miraba igualmente mudo. ¿Se supone que dijera algo? “Hola Mimi, ni un caballo te hace na´!”

No. Preferí contar en silencio las traviesas que se perdían tras ella en la distancia y con ese pretexto, el de la distancia, su perfil me quedó en primer plano. No era al parecer una chica de la calle, una homeless o drogata. Denotaba un cuidado extremo en su aspecto personal, además que el portátil que llevaba en bandolera no encajaría con una asocial.

¡El tren finalmente llegó!

Aunque nadie lo crea, a estas alturas yo me moría de vergüenza. Habría preferido haber sido yo el sorprendido que pasar esa eternidad silente, junto a la versión escandinava de Oshún, la reina de las aguas*. Escapé por la puerta más alejada, el interior estaba bastante lleno, sólo quedaban un par de asientos de espaldas a la dirección de viaje. Me acomodé junto a la ventanilla, preparado para ver pasar postes y vacas durante los siguientes cuarenta minutos. Cuando al fin nos pusimos en movimiento alguien ocupó el asiento vacío a mi lado: Ella. No sé si se puede ser verdaderamente tan distraída o me perseguía con malévola intención viendo que mis mejillas se sonrojaban. Claro que ya me dirán los que me conocen que los negros no se sonrojan. Bien, considérenlo una licencia poética pues es lo menos que se puede aceptar en estos casos. Si las ventanillas se pudieran abrir me habría tirado, pero ella me dejaba literalmente entre la espada y la pared. Me parapeté entonces tras un libro y hundí mi vista en cualquier página. En mi interior, más que el sonido típico del tren, mi cerebro chorreaba en forma de lluvia dorada. Tan cerca estábamos que la presencia de su olor no me dejaba concentrarme… (tranquilo, ¡no es lo que piensas guarro!); la chica usaba un perfume exquisito.

Una señora vestida de negro se recostó en el parabán de cristal frente a nosotros convirtiéndolo en un espejo en el que mis indiscretos ojos encontraron refugio para observarla sin ser descubierto. Ella era bella, la piel aunque bien cuidada, mostraba aquí y allá puntos oscuros hechos por el sol envidioso. Ojos azules, cabellera dorada que se derramaba con gracia tras cada movimiento. Vestía con exquisitez, todo de negro (incluida la tanga que había visto antes). El único detalle de color que llevaba, era un pañuelo de seda azul anudado al grácil cuello. Podría decir que era la mujer más bella que he visto, si no fuera porque estaba rodeado por un ejército de jóvenes todas fabricadas en el mismo molde. Pero esta adicionaba la ventaja del recuerdo en el andén.

Pasamos sobre y bajo puentes, atravesamos túneles sin que yo pudiera desprender mi vista de su imagen y hasta mi libro se olvidó de cambiar la página durante los treinta y siete minutos y medio que volamos a ras de suelo. ¿Y ella? Ella pasó todo el tiempo del viaje frente a su portátil abierto, sumergida en gráficos y cosas de las que entiendo bastante poco. Inmersa en su mundo, con una candidez sorprendente para su tardía juventud. Por mis cálculos rondaría unos treinta años que llevaba con una frescura… mejor no sigo y vuelvo a mi libro.

Fueron los minutos más largos de mi vida, porque, para colmo, ella como yo viajó hasta el final del trayecto. Nos bajamos los últimos. Ya en el andén, vi confundir su melena en el mar de cabellos áureos que bajaban las escaleras delante de mí.

- ¡Dorado! Estoy en El Dorado- le dije sonriente y en perfecto español a la señora junto a mí y la vieja me ignoró con fría indiferencia, según dictan las más rancias costumbres europeas.

Hoy, he llegado a tiempo para atrapar el tren de las 8:41. Pero decepción, ella no está.

* Oshún es la reina de las aguas dulces. Considérenlo otra licencia poética y ojalá Oshún mi negra no te pongas brava por esto.

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