Jinetero,... ¿y qué?

MacDonald’s & MacCastro

Ayer tuve un mal sueño. Fue de esas alucinaciones que te joden la noche y al otro día te levantas como si te hubieran dado una mano de palos. Pero esta fue una tanda de palos intelectual. Soñé o mejor dicho desvarié acerca de Cuba en un momento futuro cercano, cuando ya a nadie se le ocurra poner en dudas que “quientúsabes” está tieso y sembrado boca abajo en el reparto Bocarriba.

Soñé con La Habana reconstruida, los odios olvidados, el país avanzando a velocidad vertiginosa, queriendo remontar en breve tiempo la ventaja perdida. La gente me contó que como todo cambio, al principio, fue algo traumático, pero los desórdenes previstos no pasaron de un escándalo aquí y un bofetón allá. La sangre no llegó al río. Lo más difícil fue deshacerse del paternalismo metido en el cerebro durante medio siglo, le costó darse cuenta que su futuro es suyo y que la vida no es abrir la boca para que el estado te ponga en ella premasticado lo que buenamente cree te mereces. Los cubanos comenzaron a organizarse de tal manera que la economía empezó a dar signos de productividad real y no trabajar para metas impuestas por el salvador guía de la nación. A propósito, por más que pregunté la gente en la calle no sabía el nombre del presidente de turno. “Da igual -me dijeron- siempre que nos deje trabajar. El mejor gobernante es el que menos gobierna”.

Pero no todo fue bueno, en la tele los rostros eran los mismos. Las mesas redondas habían cambiado sólo su forma, pero ante ellas se sentaban los mismos de antes, sólo que ahora habían mudado la camiseta por trajes. Vi a Hassan “el rapero” ahora vestido de corbata, llamando a la democracia desde los micrófonos de una cadena televisiva privada con la misma velocidad de hace unos años hacía mientras sudaba ante los micrófonos del Protestódromo. Reconocí a todos y cada uno de los mismos que hoy prometen que el socialismo es eterno y que si acaso hay un cambio será para más socialismo. Los antiguos “cuadros profesionales del partido” seguían siendo cuadros profesionales de un partido igual, pero con signo cambiado. Seguían dando la misma muela, viviendo del cuento… aquello no hay quien lo arregle. Y ya eso me jodió el sueño.

Salí a la calle molesto y di de bruces con un tipo que daba una arenga en la acera, llamando a recuperar los logros del socialismo pasado. Frente a él un coro de viejitos lo aplaudía, diciendo el eterno “esta juventud está perdida; mientras los jóvenes que pasaban raudos por su lado podían escoger libremente entre almorzar en MacDonalds o en MacCastro. Según su elección personal.

Martes, 18 de Septiembre del 2007

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