Jinetero,... ¿y qué?

La línea azul

Cada oveja con su pareja.
Mi abuela.

Ella llegó sedienta de sexo. Aterrizó en el Iberia que entra a las 10 de la noche y ya a las cuatro de la mañana iba por su quinto orgasmo. En dos semanas hicieron el amor mil veces, en la cama y en la mesa, en la sala y en el baño, en la casa y en la arena de Santa María lo deseaba tanto que cada vez que sus miradas coincidían, ella le saltaba arriba como leona en celo. ¡Puro fuego esa gallega, no se cansaba de decirle Ay mi negro!

Cuando él aterrizó en Barajas, continuó el interrumpido maratón, esta vez en La Cibeles, en los baños de una disco, en el vagón vacío de la línea azul a Fuencarral. Le gustaba verla desnuda, ver sus gruesas pantorrillas, sus curvas de mujer. Se sentía en la gloria con esta gallega fogosa, que puso tanta vida a sus cuarenta y tantos. Los niños no tardaron en llegar. Ellos completarían su felicidad, pero también lo relegaron a segundo plano.

Ahora él ya no existía más. Le cambiaron su nombre por el traje de Papá y el maratón de sexo tocó a su final. La fiera no lo embistió más detrás de cada esquina de la casa, ni en el medio del campo cuando iban de picnic. Poco a poco ella asumió la tranquilidad de la jaula de zoológico y perdió el instinto de caza. Tenía siempre dolores de cabeza y últimamente hasta la regla era impedimento o se atormentaba por no tener suficiente dinero para un monovolúmen y su único tema eran las cuentas por pagar. A él no le quedó más remedio que limitarse a cuidar con amor de su familia en medio de la abstinencia total y forzosa. En las mañanas, después de preparar el desayuno de todos, mientras se afeitaba, conversaba mentalmente con el espejo. - Para eso somos los papás. He conseguido un trabajo que me da más de lo que soñé. Acostumbrado como estoy, a las carencias no veo que nuestra situación sea crítica. Quizás yo esté equivocado.Después de dejar a los pequeños en el jardín de la infancia ocupaba por media hora un asiento en la línea azul del metro de Madrid absorbido en su pensar.

- ¡Cuantas mujeres hermosas!

En otros tiempos iba soltando piropos cuanta criolla hermosa viajara a su lado; pero aquí, en tierra extraña, se limitaba a clasificar a cada una de las gallegas que subían y bajaban del tren en rubias y morenas, en admirar el grueso de sus pantorrillas y suspirar ante sus vaqueros a la cadera. Retozaba con los tatuajes que se perdían nalgas abajo.- Mi familia está por encima de todo - se repetía entre suspiros.Sumido en sus cavilaciones repasaba aquel día la larga y aburrida línea de culos ordenados en el vagón, cuando su vista se quedó pegada a un obstáculo. Un único par de nalgas sobresalían invitando al desorden gritando: Yo no soy de aquí.

- ¿¡Eh!? ¡Esto no puede ser verdad! - Se dijo mientras inclinó su cuerpo hasta verle la cara a la mulata rompe filas.- Mimi ¿Todo eso no es de aquí?- le dijo de la manera más descarada- No, como tú, llegué de La Habana.- le respondió ella con una amplia sonrisa mientras ocupaba el asiento libre a su lado.

Y al otro día y seis meses han pasado desde aquel primer día. Ella se arreglaba, se perfumaba sólo para encontrarlo dentro del vagón que daba cobijo a su imposible historia. Él esperaba con ansias que el tren se detuviera en Plaza de España, para que el tercer vagón se iluminara con su sonrisa y ella depositara un beso en cada una de sus mejillas. Entonces él le retiraba con cuidado las gotas de rocío que quedaron enredadas en su cabello y ella desde la acera de enfrente le entragaba la gota fugaz. Y cuando el tren se hundía en los oscuros túneles, ambos tenían el presentimiento de que marchaban hacia la luz.

Él le lanzaba andanadas de chistes y piropos que desempolvaba de sus recuerdos para verla reír, verla reír. Ella le contó de sus problemas, de como el gallego no logró borrar jamás los recuerdos de locuras nocturnas en las casas de tabaco. Extrañaba la mano segura que la guíaba en la rueda de casino. Le confesó que sus fines de semana eran una larga espera por el lunes y él se esforzaba en matar aquel no se qué que le quería nacer. Sus manos coincidieron más de una vez pero no se dijeron un hipócrita -lo siento-, por el contrario él le confesó su culpa por no haberla conocido antes y ella le respondió ¿donde estabas tú en la isla? - ¿Te imaginas que en vez de viajar sentados al lado uno del otro en la línea azul a Fuencarral, me apretara contra tí en el camello camino al Parque de la Fraternidad? - ¡Pa´que yo te monte un escándalo!

Entre risas llegan a la Plaza de Castilla, antes que ella desaparezca entre el gentío de la mañana se lanzan la pregunta a coro, suplicante:

- ¿Vienes mañana? El tren cierra sus puertas, continúa y la línea azul a Fuencarral es más azul.

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