Jinetero,... ¿y qué?

Hay gustos que merecen palos

Su nombre es Gudrún pero se hace llamar Mary.

Nació cerca de Oslo, la capital de Noruega. Desde el principio su existencia estaba ausente de problemas. No tuvo que recordar para los exámenes de historia batallas, ni guerras, ni deuda externa, ni siquiera Inquisición. Nació en un país donde desde que Dios hizo el mundo, todo marcha como Dios manda.

Su familia era dueña de un aserrío que daba lo suficiente como para llevar una vida holgada y que Gudrún saltara del kindergarten a la escuela y del high school pa´ la Universidad sin contratiempos. Nunca tuvo que pelear por la vida, ni trabajar de camarera pa´ pagarse los estudios. Ni siquiera pa´ hacer un MBA en una universidad inglesa. Siguiendo la línea recta y sin accidentes de la tradición nórdica, se casaría con otro ser plano, planchado y bien peinado. Otro renglón en la aburrida vida a la noruega.

Pero Mary no estaba contenta con su vida. Porque el ser humano necesita de los problemas. Y cuando no hay problemas, pues se inventa los problemas. A los 17 años se hizo feminista y se cortó el cabello, se raspó la cabeza pa´ que no le dijeran que era hermosa. Aunque en Noruega da lo mismo sin pelo o sin ropa ¡los nórdicos no tienen sangre! A los 20 se afilió a un partido de izquierda pa´ gritar contra una injusticia social que nunca había conocido. Con 22 le puso el pueblo de cabezas al alcalde pa´ que desmantelara una compañía petrolera.

¡Un vacilón!

Roberto nació aquí en La Habana Vieja. Crecimos y jugamos juntos en el patio, pues su cuarto está a dos puertas del mío. Su vida fue igualita a la de todos los cubanos de este humilde solar, la Habana entera y más allá: Una mierda.

Entre apagón y tupiciones transcurrió su infancia. A los 11 años perdió a sus dos hermanos mayores en el mar, justo a 10 millas de las costas de Miami. Su padre murió 4 años después en una borrachera. Dicen que tomó alcohol de madera. A los 17 fue de cabeza pa´l servicio y de ahí regresó más deformado. Regresó sin fuerzas pa´ enfrentar el período especial. Ya no le preocupó estudiar, ni trabajar, total eso no da na´. Y pronto comprendió que su vida estaría atada para siempre al camello y el apagón si no lograba poner océano por medio. Decía que el mar le había ya arrancado media vida. Él se iría por el aeropuerto, por eso se puso de lleno pa´ buscarse una yuma que lo sacara de esa mierda de existencia.

En una cosa siempre lo envidié: Como nadie lo torturaba pa´ pelarse, se dejó crecer el pelo a lo Bob Marley. Eso sí, siempre lo tenía limpio y arreglado - ¡Pa´ no espantar yumas, asere!

Se hizo santo. Andaba vestido todo de blanco, con un bastón de empuñadura plateada y unos collares que le preparó Mamita la santera. “Robe” no creía ni en la madre que lo parió, pero quería parecerse a cierto pintor que tiene un baro del carajo y anda siempre empinando el codo por los mejores bares de la Habana.

No era negro de la Tropical, ni de Irakere. Asistía con aire intelectual a los Sábados de la Rumba en el Vedado, con un viejo libro de Latín encuadernado en cuero. Una vez le pregunté si lo había leído. Embarajó, se arregló sus gafas a lo John Lennon y empezó a hablarme de cómo Napoleón perdió la guerra con los rusos.

¡Un vacilón!

Cuando Mary formó lo que formó, en la última cumbre europea la policía le puso la precisa de que, o cuadraba la caja, o la guardaban por un tiempo. Decidió que era el momento exacto de irse a conocer la isla del Che Guevara, donde los ideales por los que siempre había soñado venían de la mano de sol, playa, mojito y salsa.

María conoció el sonido del Batá en un CUBADANZA. Le pareció fabuloso. Aprendió también a hacer sonar el chéquere y el bongó. Descubrió en los ritmos cubanos otra pasión. ¡Y el baile! ¡Oh Dios el baile! Se quedaba después de clases, cuando todos los alumnos se iban a degustar Mojitos en La Bodeguita el Medio, alelada viendo danzar a los fuertes e incansable cuerpos sudorosos de los bailarines negros del Folklórico Nacional. María había estado en África, pero aquello era distinto. Era una mezcla seductora, ni muy pa´llá ni tan pa´cá. Un poco de lo mejor de todo.

Su graduación fue un concierto ante un público conocedor. Tocó con toda la fuerza y el sentimiento que pudo. Conectar su corazón Vikingo con el alma del Batá africano era una prueba de fuego. Se atrevió a hacer un “solo” y la gente le aplaudió. Y mientras aquella maravilla de mujer golpeaba el cuero de las congas, lágrimas rodaron por su mejilla de emoción, mezcladas con mares de sudor. Vino a bailar a casa del trompo… y bailó.

Bajo aquellos aplausos decidió que ese era su lugar.

Mari, recibió flores, halagos, piropos (que ya había aprendido a interpretar… y a disfrutar) y hasta una invitación a tomar Té de manzanilla.

(- Cojones yoyo ¿¡Té de manzanilla en La Habana!? ¿No sería ron?

- ¡No, coño yo sé lo que digo caballero!: por mi madre que era Té de Manzanilla.)

Un té que degustaron entre risas y frases altisonantes salidas de los labios de Roberto. ¡Ah ya! Quién si no Roberto, “el catedrático del tambor”, el científico de la clave” tomaría Té de manzanilla en La Habana.

Si de algo sabía Roberto era de clave y de tambor. Tenía en su haber cientos de Congas y Bembés. Hasta alguna que otra vez se había “montado” en un toque de los de Mamita. De eso no había quien le hiciera un cuento, aunque no había pasado curso alguno. A Gudrún, ¡digo a Mari! le encantó oír hablar de las deidades africanas y le saltó el corazón cuando Roberto la invitó a ver un “toque” auténtico, no apto pa´ turistas.

El barrio sufrió una conmoción cuando “El Robe” se bajó del Turistaxi con aquel monumento de 1,80 y 140 libras y ojos azules como el cielo de la Habana.

- ¡Vaya Negrón jamando bueno!

Mamita en persona salió a recibirlos a la puerta del solar pa´ que todos vieran “lo que le habían conseguido” los santos a su ahijado. ¡Sí, ella misma había puesto las ofrendas y lo había visto en las cartas! Sus santos nunca mienten ¡Y miren con lo que se bajan los santos!

Mariita conoció el mejor y más auténtico folklore cubano. Bailó, como una cubana más, cantó a todo pulmón y comió… bueno quizás no debió haber comido. Nadie sabe de lo que son capaces “El Robe” y Mamita la Santera. ¡Cuida´o con los “los amarres, ni los trabajos” que se hacen en La Habana caballero… .

Después de aquello Roberto y yo conversamos en la puerta del solar. Aunque no puedo decir que era mi amigo, nos llevamos bien. Jugamos juntos de chamas, cazamos lagartijas juntos, pero esta pieza que había cazado era de primera

- ¿Coño Robe de donde sacaste a la reina de las nieves, asere?

- Na´ en mis vuelos musicales me la encontré vagando de una nota a la otra.

- ¡De una nota a la otra! ¿Roberto, cuando cojones tú has sido músico?

- ¡Yo tengo mis secretos, Yoyo!

- Bueno qué ¿y hay boda? Porque esto no se da dos veces…

- ¡Deja que Roberto le pase la mano! Yoyo, hoy mismo la estoy esperando pa´ proponérselo. Ja ja…

Y parece que Roberto le pasó la mano y bien pasá, porque desde mi cuarto se oyó esa noche a Gudr… digo a Mariíta gritar:

- ¡Yes, SIIIIIIII! !yes, si, yes!! ¡YEEEEESSSSSSSSSSS!!!

¡Coño qué palabras habrá usado Roberto que le han causado esa emoción a esa mujer!

Roberto se perdía en fantasías, veíase ya revolcándose en el hielo. Le tiraba bolas de nieve a sus hijos mulaticos, de ojos azules como el cielo de La Habana. Conducía un 4x4 a campo traviesa pa´ irse a pescar salmones en un río solitario. Y en las noches asaba, en una hoguera improvisada, los hermosos salmones que había pescado en la jornada. Mientras en la tienda de campaña sus chamas cerraban sus ojitos, azules como el cielo de La Habana. ¡Ah! ¡Al fin llegaban las cosas buenas de la vida!

- Roberto, ¡cuando partes!

- ¡Negrón, si la niña tiene hermana acuérdate de mí!

- ¡Cabrón estás jamando bueno!

Pero Roberto se cogió el culo con la puerta. Porque Gudrún se encontró a sí misma entre aquella humilde gente. En aquel solar aprendió a respirar la vida sin miserias. Encontró gente sincera y un amor que prometía fortalecerse con los años.

Por mucho que el negro pidió y se encabronó y suplicó y se encaramó e insinuó, la blanca seguía en sus trece: Aquel era su lugar. Y de allí no la arrancaba nadie a pasar frío entre osos polares y Vikingos.

- Na´, después de la boda, asere. Tú verás que volamos pa´l carajo.

- ¿Tú crees Roberto?

- Yoyo, ¡Deja que Roberto le pase la mano!

Pero esta vez ni la mano de Roberto, ni los brujazos de Mamita la Santera funcionaron.

Parece que en Noruega están vacunados contra los brujos o Mamita se está poniendo vieja, porque un montón de años después, la última vez que fui a Cuba me encontré al Robe y Mariíta caminando por La Habana en dirección al Sábado de la Rumba.

Llevan una pila de años casados, !pero Roberto no ha visto la nieve ni en fotografías!

Mariíta, como todos la llaman en el barrio se ha aplatana´o y de qué manera. Se ha dejado crecer el pelo nuevamente y se maquilla. Se va a la playa en “Calenticos”, le mete en la misma costura a la salsa y el Reggaetón y le encanta las ruedas de casino. Junto a Roberto dirige un paladar allá en Cojimar, donde los visitan antiguos amigos de María. Roberto le ha perdido miedo al mar, ahora sale a pescar en una llanta de camión (y vuelve). Con los años se parece más a Bob Marley (¡pero limpio asere!). Juntos siguen yendo a los sábados de la Rumba del Folkórico Nacional o pasan por el solar a visitar a su Madrina común Mamita la Santera.

Precisamente en un “toque” me los encontré y tuve oportunidad de hablar con Roberto.

- ¡Coño asere, el solar se ha vaciado, pero tú sigues en La Habana!

Roberto me contestó sonriente, sin prisas; mientras con el aire intelectual de los viejos tiempos, acariciaba el cabello de una mulatica de 6 años y ojos azules, como el cielo de La Habana.

- Yoyo, pa´ que irme si aquí ya soy feliz…

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