Jinetero,... ¿y qué?

La ventaja de ser cubano

La primera vez que aterricé en Madrid, iba en una pequeña delegación en la que destacaba como siempre el Seguroso, un personaje que nos acompañaba hasta el baño para que no fuéramos a desertar. pero en el fondo sólo era un pobre diablo sin cerebro, más que para repetir consignas y lanzar malas palabras para convencerse a sí mismo que la mierda que iba esparciendo era cierta.

Yo no había visto el capitalismo ni de juego. Todo lo que traía en la cabeza eran escenas del Ku Flux Klan hirviendo negros en las calles capitalistas, drogas, tiros por doquier. Un mundo de perdición del que estábamos a salvo sólo detrás de la gran cortina de hierro y bajo la saya de Papá Fidel. Por eso salimos siempre del Hotel directo a la oficina y de regreso en la tarde la misma historia: nada de bares, ni contacto con la gente común de la ciudad. Pero en Madrid la verdad es muy difícil de ocultar: los taxis tienen ventanas que dejan ver a través de su transparencia el influjo de la sociedad madrileña perdida entre luces y atascos. Nada hacía pensar que esas gentes que se movían raudas por la acera fueran víctima de la plusvalía y la explotación del hombre por el hombre. La algarabía que salía de los bares nada tenía que ver con la lucha de clases sino con un partido de fútbol.

La noche antes de la firma del contrato, la contraparte española tuvo la gentileza de invitarnos a cenar y luego irnos de copas por el centro de Madrid. Rechazar la invitación habría sido descortés de nuestra parte, además de no tener ningún motivo de peso para ello. Era, a los ojos del seguroso, un mal necesario. Terminada la cena nos fuimos a caminar un poco entre el bullicio de la noche de uno de esos días feriados, con puente incluido, que tienen en Mayo los gaitos no recuerdo por qué causa, pero que son el despelote padre… Andando y andando llegamos a La negra Tomasa, una especie de bodeguita del Medio en medio del medio de Madrid. El ambiente invitaba a entrar y escuchar la música de un trío que hacía gozar de lo lindo a cuanto gallego estaba dentro, pero en la puerta había una cola del carajo. Coño y nosotros no estábamos pa´ esa descarga. ¡Oye caballero, vamo´ echando pa´ otro la´o que eto etá en llama! – ordenó el seguroso y sus palabras llegaron a oidos del portero, un señor salido como de Men in Black y actuaron como un Abrete Sésamo.

- Un momento caballeros, ustedes pueden pasar.

¡Peligro!¿Cómo vamos a pasar por sobre una cola de más de 50 personas, en una noche de sábado, que pugna por ganarse un puestecito en lo profundo del bar pa´ echar un pasillito? Además doce hombres solos. Eso no puede ser verdad. Nos quedamos congelados, nos miramos, miramos a la gente e la cola, miramos al seguroso y éste a todos a un tiempo.

- ¿Qué? - El seguroso retomó la palabra.- Ven acá mi hermano. ¿Y por qué tanta generosidad?

- Por qué ustedes son cubanos. ¡Y el cubano aquí, ni paga entrada, ni hace cola!

¡Coño! Nos quedamos de una pieza. En mi vida nunca había sido yo importante, mi memoria buscaba algo parecido, pero sólo me llegaban malos momentos entre frases entrecortadas como: No puedes pasar, no estás autorizado, no está permitido, piérdete de esta playa, quéjate donde tú sabes, si no te gustas has un bote y paras a 90 millas , yo sólo hago mi pincha asere…

Allí éramos los importantes, los turistas, los mejores, los divinos. Pasamos una noche de película. Aprendí cuanto vale un cubano bailador en una noche de Madrid. Y nada de discriminaciones ni peligros aprendidos en las clases de Marxismo, hasta el seguroso echó su pasillito, que lo vi yo haciendo el trencito, prensado entre dos gallegas. ¡Si me lo hubieran dicho antes!

También supe que si llegas a Madrid y necesitas ver a un cubano, uno cualquiera, sólo tienes que sentarte en la barra de La Negra Tomasa pedirte un mojito y esperar. Más tarde o más temprano uno cae por allí. Porque allí ser cubano es importantey como dice el portero: El cubano ni paga entrada, ni hace cola.

P.D.: Esta historia la escribí hace mucho tiempo. Un par de años después deambulaba yo por Madrid y movido por el recuerdo volví a La Negra Tomasa, no había esa noche cola, pero fui testigo de un espectáculo curioso. En la puerta discutían el portero y un señor a todas luces sudamericano, con razgos típicos indígenas (por sus rasgos, sus plumas y su poncho a rayas bien podría llamarse Evo Morales, no sé). El caso es que al verme, el portero hizo espacio para dejarme entrar y Evo reaccionó perguntando por qué me dejaban entrar a mí y a él no.

- ¡Porque tú no eres cubano, cojones!

- ¡Que sí soy cubano, quieres que te enseñe mi cédula!…

- Ja ja, oye eso asere- me dijo a mí que ya estaba del lado de adentro- un cubano con cédula- ¿Habrán hecho elecciones en Cuba?

Martes, 21 de Agosto del 2007

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