Jinetero,... ¿y qué?

Me quedo

- ¡Me quedo!

- Negro, ¿tú pensaste bien lo que vas a hacer? Mira que tú aquí no tienes a nadie…

- Asere, si no lo intento ahora que soy joven, cuándo lo voy a hacer; ¿Cuándo sea un viejo? - A mí no me tienes que convencer de nada; el que tiene que estar convencido eres tú. ira, yo me voy ahora para el aeropuerto, hago el checking y después voy sentarme en la cafetería del Meet Point, tú sabes cual es. Allí estaré hasta la hora del pase a bordo. Cualquier cosa que tú decidas yo te apoyo. Si decides regresar, aquí no ha pasado nada; si te quedas, bien. Eso sí, cuando me pregunte por tí en Cuba, tú desapareciste el último día y de ti nunca supe nada más. ¿OK?

Son las seis de la tarde.

Mi jefe debe estar ya volando de regreso a Cuba. Lo vi pasar el control de pasaportes y pararse un momento tras los cristales mirando en todas direcciones. Sé que me buscaba, pero yo no tuve fuerzas para decirle adiós a ese viejo que se ha portado conmigo como un padre. Me quedé allí hasta que perdí de vista su paso lento. Arrastraba su equipaje con tristeza, sé que a él le duele tanto como a mí esta separación. Gracias por todo viejo.

Ahora estoy solo.

En mi bolsillo está toda mi fortuna: los teléfonos de varios amigos a los que he de llamar pues me han asegurado casa y trabajo de inmediato. Ha empezado a lloviznar, nunca para de llover en este jodio país. Me acomodo el abrigo pensando qué dirección tomar. Hace un frío del carajo.

Llevo dos días caminando la ciudad.

He hecho ya cientos de llamadas, pero al parecer a la gente se la ha tragado la tierra. He dejado mensajes en todas las contestadotas. Llamaré más tarde, digo. Por suerte era fin de semana y las discotecas permanecían abiertas hasta el amanecer, porque no encontré lugar donde pasar la noche. Pero hoy es lunes, si no consigo donde dormir tendré que quedarme en la calle. Hoy las discotecas están cerradas. La temperatura ha bajado hasta 5 grados centígrados.

La ciudad es bella.

He recorrido todos los cafés y restaurantes a la orilla del río. Nadie me puede ofrecer empleo, ni siquiera cuando les ofrezco trabajar sólo por cama y comida. No está permitido, nadie se arriesgaría a contratar a un sin papeles. Son las 9:30 de la mañana en Cuba. El viejo debe estar ya en la oficina. Ojalá que no lo machuquen mucho con la preguntadera o la cojan con él por mi culpa. ¡Cómo me gustaría estar ahora bajo el sol de La Habana, sentir de nuevo ese calor que siempre me molestó! Ahora no sudo, por el contrario; el abrigo se me hace como de tela de cebolla. Me duele la espalda de tenerla contraída y las manos… ¡ay cómo me duelen las manos! ¡Qué frío por dios!

Me deslumbra ver tal cantidad de luces adornando cada paseo, cada calle, cada local. Hasta mí llega la algarabía desde los barcos que pasan llenos de turistas por el río. Estoy cansado, pero no puedo quedarme mucho tiempo en este banco… ¡me voy a congelar cojones! Tengo que moverme; mejor me meto en algún restaurante barato y pido un café para calentarme… mejor un Té. ¡Ojalá que no se note que hace tres días que no me baño! Ya estoy hablando sólo… si sigo así me voy a volver loco.

Es agradable estar nuevamente en el interior, rodeado de gente aunque no me hablen, saboreando un té que me devuelva temperaturas humanas. Pero lo bueno se acaba, el local va a cerrar. No sé qué voy a hacer. Afuera me espera un grado, un miserable y solitario grado centígrado y una lluvia como una escarcha fina, muy fina que atraviesa el abrigo, la camisa, la piel y los huesos. No quiero salir, pero no me queda más remedio.

Nadie ha respondido a mis llamadas, me huyen como un apestado. Una cosa es allá en Cuba y otra cuando estás aquí. La gente se destiñe rápido, la palabra “ilegal” pone a prueba a los amigos… me han dejado colgado de la brocha y a esta altura mis naves están quemadas y en el fondo de la bahía de La Habana. ¡Nunca hubiera imaginado algo así, pero ya estoy montado en el burro y tengo que seguirle dando palos! Lo más grave es que el dinero que tengo no va a durar mucho…

En la puerta de salida coincido con señora madura, una de esas tembas de porte elegante. Le cedo el paso y le abro automáticamente la puerta. Ella me sonríe y me da las gracias cortésmente al pasar. Quedo pensativo, tiritando en el medio del parking sin saber a donde ir, ni donde podré pernoctar. Un auto se detiene ante mí, es ella que me pregunta hacia donde voy, pero mi silencio delata que yo no tengo idea.

- Entonces te invito a una copa y así me cuentas tu historia…

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