Jinetero,... ¿y qué?

Bajo otro sol

Esta es una historia real, los nombres y los lugares están cambiados para no herir a mi amiga "EMMA"

Pedro siempre fue un tipo integrado, un revolucionario de verdad. Nunca escatimó esfuerzo para ayudar a la revolución. A pesar del esfuerzo y la convicción con que mantuvo a su familia su pequeña tomo otros caminos: Emma se empató con un gallego. El viejo jamás supo que su pequeña Emma era una de las más conocidas jineteras de La Habana.

- Ella estudió en la universidad, está integrada. Mi Emma se enamoró de un gallego, pero eso no quiere decir nada

En algo tenía razón el viejo Pedro, Emma era una chica inteligente, fuera de serie. Emma sabía lo que quería. A pesar de su diploma de abogada la pobreza le quedaba pequeña.

Emma consiguió vivir en Madrid. Dos años y medio han bastado para integrarse completamente en la sociedad española. Las cosas no le han podido ir mejor, logró un trabajo seguro y su esposo, que nunca supo de su pasado, la trataba como una reina.

A pesar de las diferencias, existió entre padre e hija una relación de amor especial, aún en la distancia el viejo seguía pendiente de la vida de su pequeña y ella le reciprocaba con continuas llamadas telefónicas.

El año pasado Emma decidió que nadie mejor que su padre para acompañarla en el nacimiento de su primer hijo y por eso lo trajo de visita. La palabra felicidad no define la intensidad de este reencuentro. Fundiéronse en un abrazo increíble en Barajas. Pedro fue el primero en tomar en sus brazos a su pequeña nieta. Con lágrimas en los ojos depositó la criatura en el pecho de su hija.

Tres meses pasan volando, tres meses cambiando culeros, tres meses cultivando sus raíces.

De España sólo conoció el interior del hospital y la casa de su hija. Pero eso no le quitaba el sueño, si había aceptado abandonar su tierra era sólo por estar junto al sol de sus días. Pero fuera de esto, le faltaba el aire que respirar y el calor que había saludado su piel cada mañana desde que llegó al mundo.

A pesar de eso no se arrepentía, había tenido tiempo de conocer a su nieta, hablar nuevamente a su Emma. Pero Pedro tenía cosas que hacer en la isla, amigos que visitar. Fotos que mostrarles sentado en el parque, mientras esperaban que abriera el kiosco del periódico.

El viernes entraba nuevamente en Barajas con destino a La Habana. Abrazaba a su hija mil veces, besaba la frente de su nieta y hasta al gallego (ahora eran realmente familia), mientras ponía su pasaporte sobre el mostrador.

- Lo siento señor, pero usted no puede volar a La Habana.

- ¿Cómo?

- Usted ha estado tres meses fuera del país. Usted debía haber pagado en el consulado cubano 36 euros por cada mes subsiguiente.

- ¿Y ahora?

- Vaya usted al consulado cubano, pague y entonces podrá volver a La habana.

- ¡Pero el avión se va!

- Lo sentimos señor, la línea aérea no está autorizada a llevarlo, pues en La Habana no lo dejarían entrar.

- ¡¿Que no me dejarán entrar a mi país?! Eso habría que verlo.

- Señor no es nuestra culpa, es la ley.

- ¿Señorita y si le pagamos a usted aquí? Es que hoy es viernes, el consulado no abre hasta el lunes y su Visa expira el domingo. El lunes ya está ilegal- dijo Emma.

- Señora, esas son las reglas de Cuba. Debe pagar en el consulado, lo siento mucho.

- Pero, pero… ustedes me botan de mi país por 72 cochinos euros. – La voz de Pedro temblaba involuntariamente - A mí nadie me dijo eso del pago. A mí no me interesa quedarme en Europa, yo soy cubano y tengo derecho a volver a mi tierra. Ustedes no pueden dejarme en la calle, yo no soy un paria, ustedes no pueden, ustedes no pueden…

Y en el aeropuerto de Barajas, se desplomó frente al mostrador de Cubana de Aviación.

El viejo Pedro no vio nunca nuevamente el sol de su isla…

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