Jinetero,... ¿y qué?

¡Corre Anita, corre!

Qué clase de embarque me dieron aquella vez que aterricé en esa monstruosidad de aeropuerto que es Barajas, lleno de esteras rodantes, cajeros automáticos y galleguitas que hablaban igual que las turistas que había conocido en Cuba, pero con menos aire de putas… bueno al menos esta no me sonrió ni nada parecido; sino que se deshizo en preguntas mientras ojeaba mi pasaporte, me miraba y volvía a ojearlo… Luego de un momento de dudas le puso el cuño siempre mirándome a los ojos y me dijo un bienvenido más seco que el carajo.

Después vino lo de siempre, esperar un rato por las maletas y pasar como Pedro por mi casa por debajo de un cartelito que reza algo así como“Something to declare” en el momento que dos enanos vestidos de verde con un cubo plástico negro en la cabeza cosían a preguntas a una vieja en silla de ruedas y tras ellos se abrió la puerta automática: Estaba por fin en España.

- ¡Negro, estás en la madre patria!- me dije.

Sólo tenía que encontrar a la gente de la oficina que me espera. Una primera mirada y no reconocí a nadie. Bueno, a lo mejor mandaron un chofer… pero en los carteles que sostenía la gente con cara de chóferes tampoco estaba mi nombre.

- Hagamos una media entonces, embarajando en Barajas.

Caminé como un animal, hasta que se me acabó el largo pasillo. Allá, al final, varias personas con un ridículo sombrero de Yarey chequeaban ante el mostrador de Cubana de Aviación. Es una situación extraña ver a la gente volver a la tierra de la que saliste amargao hace sólo 15 horas. Claro que todavía el gorrión no había tenido tiempo de crecer y convertirse en este hermoso y saludable ejemplar que me acompaña hasta para cagar (y lo digo literalmente pues a veces, cuando tomo las suaves hojas de papel sanitario, he echado de menos el Granma con un cariño del carajo). Pero yo acababa de tocar suelo, estaba verde. Experimenté la misma sensación de un animal que al escapar pasa por delante de las jaulas de sus congéneres, pero sólo puede correr para salvarse a sí mismo, antes que aparezca el cuidador.

Dos jóvenes metidas en el uniforme deportivo cubano pasaron por mi lado y casi como un reflejo incondicionado les eché un piropo. Ellas ni me miraron, me tiraron a mierda completo aunque sé que me oyeron. Iban calladas, cariacontecidas, a unos pasos de mí se dieron un abrazo muy grande y tal circunstancia atrapó mi atención. ¿Por qué se abrazan si venían juntas…? Se apretaban hasta el delirio, como si lucharan contra una mano invisible que las separaba. Lloraban a moco tendido. Eran hermosamente parecidas…

- ¡Cuida a mami mi hermana! Y dile que siempre la he querido muchísimo, que ya la extraño cantidad, que no la olvido… que en cuanto cumpla el último día de estos cinco años yo la voy a visitar…

- Dale, vete. Vete que ahí viene el perro ese jefe de la delegación… ¡Corre Anita, corre!

La chica pasó a menos de un metro de mí envuelta en llanto. Automáticamente le extendí mi pañuelo, quería ayudarla pero ella, asustada, desprendió una loca carrera hacia las puertas. Tras ella venía con paso raudo la persona a quien habían definido como “el jefe de la delegación”. Y no tuve que pensar mucho para saber qué estaba pensando, de tal manera que, “casualmente”, este se enredó con mis maletas y conmigo y… ¡coño, fuimos a dar al piso!

- Sorry, Sir. I´m so sorry.

Cuando nos incorporamos, vi a lo lejos a la chica saltar dentro de un autobús que en ese momento cerraba las puertas y se dirigía hacia otra terminal.

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