Jinetero,... ¿y qué?

Cuarenta años no es nada

¡Quien dice que sólo los emigrantes la tienen difícil! ¿Y sus familias qué volá? ¿Qué hacer con la silla vacía en cada cumpleaños familiar y las fotos en que no estás y los sobrinos que crecen hablando del tío en el yuma como si de un extraterrestre se tratara y la pareja de dominó que no acaba de encontrar un compañero como tú para meter pollona tras pollona en el bullicio del dominó dominical. Ejemplos hay miles, pero el que más hondo me ha tocado vino cuando después de una separación de casi diez años, poco después de la muerte de mi padre, mi vieja consintió en venir a visitarme. Hasta ese momento ella había rechazado la idea de viajar tan lejos y dejar atrás al viejo, aunque sólo fuera por poco tiempo, pues ya su enfermedad requería de los cuidados y el amor que sólo ella era capaz de proporcionarle

Pero con la ausencia del viejo ya no había más remedio que aceptar, mis hermanos la pusieron en el avión y yo la esperé del lado de acá, no había pérdida…

El avión llega con retraso… ¡coño, y yo que casi me salté dos semáforos en rojo y casi atropello una vieja! Tengo ahora nada menos que dos horas para leer uno por uno todas las revistas en las tiendas del aeropuerto, rociarme con todos los perfumes y desayunar con tranquilidad. Ya ha aterrizado, la gente ha comenzado a salir desde hace media hora y la vieja nada… ¿Oye, tú llegaste en el avión de Cuba…? ¿No vista una señora madura, negra, alta y de buen porte en el avión…? Nadie ha visto a nadie, pero allí viene. ¡Coño, es mi mama! Abrazos y besos son pocos, las lágrimas están ahí para llenar el momento de emoción. ¡He cumplido diez años de condena a no verla! Primero no me dejaban entrar, después no había dinero, después, después siempre hubo una razón que no me dejó abrazarla durante casi una década.

Mi madre ha envejecido, las canas que acaricio no las conocía y a pesar de ser ella la primeriza en esto de viajar se mantiene sin verter una lágrima y me suelta: ¿Cómo andas mi negrón? y salimos de la mano, como la pareja más feliz del universo, orgulloso yo, orgullosa ella de ese amor que puede durar diez, cien años.

En el 59 mi madre tenía 20 años, tenía ya conciencia de todo, nada le era casual. Crecí oyendo sus cuentos acerca del Ten-Cent, a Flogar, a Fin de Siglo, a Sears y de qué aunque no tuviera mucho dinero para grandes compras se arreglaba y entraba en ellas para comprar la bebida que siempre le gustaba: Un Ginger Ale. Cuarenta años después ha transformado a la jovencita en una señora de paso lento y mirada dulce que entra en unos grandes almacenes aquí, en Europa. Se pierde entre un mar de productos y de marcas y dependientas maquilladas y señores de todo traje que le preguntan qué desea.

- Mijo, yo conozco este lugar. No, no son cosas de vieja; es cómo si todo se hubiera congelado por mucho tiempo. Cuba era así, ni más ni menos; el que te diga que no, no sabe lo que está diciendo. Me siento como la bella durmiente que despierta de un largo sueño y se encuentra en el mismo lugar, con la misma gente. Esto a pesar de lo que digan, es cómo un viaje al pasado… ¿a que seguro venden todavía Ginger Ale?

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