Jinetero,... ¿y qué?

Madrina

Cerca de casa vivía una negra a la que, desde que tengo uso de razón, la recuerdo anciana. Nadie puede estimar la edad de esta venerable vieja. Despide generaciones una tras otras, pero ella permanece allí.

Blanca siempre son sus ropas, sus zapatos, sus medias. Blanco también el pañuelo que oculta los pocos cabellos que le dio la naturaleza y que el tiempo ha blanqueado.

Es negra sólo por fuera, pues por dentro esta llena de palabras multicolores para todos los que la visitan.

La vieja Rosa es la reina de mi barrio. Cuando ella recorre en las mañanas la poca distancia entre su morada y la parroquia, todos se detienen a saludarla. Sin distinción de raza, sexo o credo le extienden una sonrisa, no falta quien le cuente sus problemas o quien ante ella ponga rodilla en tierra en muestra de agradecimiento por su ayuda.

Rosa es intocable, es una negra sagrada de La Habana Vieja. Llama “hijos” a uniformados y rateros, a los negros y a los blancos, a disidentes y al secretario del partido. Y todos le llamamos MADRE.

Rosa no posee mucha instrucción, aún así es fuente de consejos mil para sus vecinos. Pone oído y paciencia a problemas amorosos, de justicia o de honor, extendiendo luego sobre ellos su manto de paz y sabiduría. Paz que viene de su alma limpia, sabiduría acumulada en sus siglos de existencia. Ni siquiera la policía se atreve jamás a perturbar su lento paso, ni a molestarla con preguntas indiscretas, aunque sepa miles de secretos.

Despidió y recibió internacionalistas, a las más lejanas tierras.

En 1994 su casa estuvo más recurrida que nunca. La crisis de los balseros convirtió a esta negra en parada obligada para aquellos que decidían lanzarse a la aventura. Ellos necesitaban su bendición para llegar a pisar tierra de Miami. Y dio misas espirituales por las almas de aquellos que quedaron en el camino.

En este momento, la madrina de tres generaciones de mi familia, cumplió 98 años.

Hoy, Rosa cuenta por miles sus ahijados en Cuba y en los cinco continentes. Desde cada rincón de la tierra le llega la ayuda y amor de miles de cubanos que piensan con amor en su madrina. En la negra vieja que los bautizó de sabiduría bendita y amor infinito.

Siempre tuve ganas de ganar un Oscar o un Nóbel o qué se yo para poder frente a las cámaras y micrófonos del mundo decir: "Gracias por todo Rosa".

Por el momento lo digo aquí.

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