Jinetero,... ¿y qué?

El pollo

A la hora de almuerzo, como siempre, bajo con los colegas del equipo español a la cantina. Pero hoy hace un día de sol como pocos, un día de postal turística; por eso decidimos irnos a comer fuera.

Media ciudad pensó como nosotros sentarse en ellos a almorzar y hasta alguno se quita la camisa pa´ tostarse un poco. Los cafés a la orilla del río están repletos. No hay tiempo, la pincha no puede esperar tanto. Decidimos visitar al griego que viene con su camión a vender pollo.

- ¿En qué puedo servirles señores?

- Cinco pollos, uno para cada uno y cinco cervezas.

- Cinco comensales, cinco pollos, un momento...

Mientras espero la orden mi mirada se pierde en el gentío del paseo marinero y mi memoria viaja a Cuba a mi casa, a mi niñez. A esos domingos en que comíamos pollo.

La cena dominical fue una institución en casa. Se podía faltar al colegio o levantarse tarde, pero el sentarse a la mesa todos juntos era más obligatorio que la misa. A aquella mesa había que sentarse completamente vestido. No se permitía allí tampoco nadie sin camisa, en chancletas o sin bañarse; so pena de ganarse un buen cocotazo.

No faltaban en aquella cena las risas. Mi padre nos regalaba anécdotas mil. A pesar de tener pocos estudios, la guagua era su universidad y la había aprovechado al máximo.

En el centro de la mesa invariablemente un pollo. El pollo de toda la familia, el que nos tocaba por la libreta y que compartíamos entre cinco, Bueno, realmente entre cuatro. A mi padre no le gustaba. Al menos crecí creyendo eso.

Eso fue en mi niñez, pero las cosas en Cuba, desde que yo abrí los ojos al mundo siempre han ido de mal en peor. Un día el pollo desapareció de nuestras cenas dominicales. Voló para no volver.

Cuando yo tenía 15 años, mi padre enfermó, fue el principio de su fin. Estuvo bastante mal. Mi madre me dio el dinero pa´ comprarle al jabao uno de los pollos que él vendía en bolsa negra pa´ hacerle una sopa a mi padre.

- ¡¿Pero si él no come pollo?!

Una sonrisa fue la respuesta de mi madre. Mientras me pasaba la mano por los hombros me dijo:

- Anda, ve que tú padre lo necesita.

Partí como un rayo pa´ casa del jabao. De vuelta tuve la mala suerte atravesar corriendo el parque del Cristo con una jaba… y allí estaba la policía.

- Oye párate ahí.

- Dígame.

- ¿Dónde está tu camisa?

- ¡Aquí, es que hace mucho calor!

- A ver tu carné de identidad.

- No tengo, yo tengo 15, soy menor de edad!

- ¿Con ese tamaño? ¿Qué llevas en esa jaba?

“El pollo de mi padre, el pollo que le hace falta al viejo, si me lo quitan…” Tengo que pensar en algo

Con el calor la sangre se había descongelado y ya se notaba que aquello era de origen animal. ¿Qué? Coño ¿Qué digo? Y le solté la respuesta.

- Esto son cosa sagrá.- dije enseñándole un collar de cuentas que me había hecho en la escuela al campo- Esto son cosas de santos. Mi padre está jodi´o. “Mamita la santera” le hizo un “ruegue de cabeza” y sacrificó un chivo en casa. Aquí llevo la cabeza. El “adsorbo” viene aquí y tiene que ser puesto junto con unas yerbas cuanto antes a los pies de la Ceiba aquí al doblar. Yo no lo abro, pero si usted quiere mire usted, Coja.

Y le extendí el paquete.

La fama de “mamita La Santera” es harta conocida en La habana Vieja y más allá. Sus amarres han tumbado los mejores mangos de La Habana, a sus toques vienen los personajes más influyentes de la santería en Cuba y hasta algún que otro general ha pasado por su consulta.

El policía miraba el paquete sangrante y dudaba. Me miró a mí, luego a su compañero y este sin pronunciar palabra dio un par de pasos atrás y comenzó a mirar en otra direción. Como los segundos se alargaban, yo creí que no salía de esa; así que corté por lo sano.

- Bueno ta´ bien, lo abro yo. Pon las manos…

- Mira chama, piérdete con esa mierda. ¡Y ponte la camisa!

Esto último me lo dijo gritando pues ya yo doblaba la esquina de la calle Teniente Rey a mil por horas.

Recuerdo la risa de mi padre mientras tomaba su sopa. Esa vez lo hice yo reír a él.

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