Jinetero,... ¿y qué?

Recuerdos deportivos

Soy deportista, quien no lo es en Cuba.

Crecí como muchos cubanos recordando cada dos por tres aquel hermoso 25 de julio de 1976, en el que aún siendo niño, nos apretamos frente a un televisor ruso a ver las Olimpiadas de Montreal. Aquel inolvidable día en que Alberto Juantorena se convirtió en héroe de todos los niños cubano. 1:43:44 se convirtió en la cifra mágica a alcanzar cuando nos fuimos a la cama, el record que sólo unas horas antes el elegante de las pistas había tatuado en nuestra memoria. A partir de ese día cada niño cubano descolgó el altar hecho a los ídolos importados y soñó con ser como él. Muchos fueron los momentos desde entonces en los que el corazón de aquella isla unido en uno solo se convirtió en una canción que hablaba de paz y de amor a la patria… a pesar de los pesares.

Hubo momentos cómicos también: ¿Quién no recuerda aquella pelea por la medalla de Oro del Campeonato Mundial de Boxeo en la ciudad deportiva en que el público comenzó a gritar: ¡Orta acaba, que va a empezar La Esclava? (La esclava es posiblemente la telenovela de más éxito transmitida por la televisión cubana. Pero el tema de las telenovelas es otro tema del que también hablaré)

Soy deportista, quien no lo es en Cuba.

En mis buenos tiempos fui Catcher de una selección de béisbol y punto fijo de la esquina caliente del Parque Central de donde muchísimas veces regresé sin voz de tanto gritar en las discusiones. Recuerdo haber volado en año pasado a la Habana cuando “casualmente” se desarrollaba el primer Clásico de Béisbol. Después de darle los besos correspondientes a la vieja y montar a la doña en una de esas tontas excursiones que enseñan La Habana inexistente, crucé la calle frotándome las manos y ¡Ay! ¿Qué es lo que ven mis ojos? En medio del parque, frente a la mirada atónita de pasantes y asiduos un ataúd abierto mostraba los restos del equipo nacional de Béisbol de USA, el mismo al que allí durante muchos años algunos daban como invencible, el mismo destinado a arrasar con el béisbol mundial, el mismo que hizo a los organizadores vender entradas para la discusión de la medalla de Oro con el nombre de USA-****. El invencible que vio desde las gradas a Cuba discutir frente a Japón la medalla de oro. El eterno rival yacía en el ataúd en medio del Parque Central con un epitafio que decía:

¡Ay,
Pa´ que los Yumas no,
no se crean que nosotros no!
Ha sido posiblemente el día que más he reído en mi vida.
Soy deportista, quien no lo es en Cuba.

Hemos tocado el cielo de la mano de nuestros equipos sin importar desde qué isla nos ha tocado verlos. Aunque algunos se empeñen en tratar de politizar la pelota y minimizar la alegría que sentimos por ello. Aunque alguien me quiera convencer que quien pitchea es “el tirano” y no el deportista, que además era mi vecino de la puerta siguiente en el solar de La Habana Vieja, que fue conmigo a la escuela, tiró piedras a los mangos del vecino y jamó soga como yo, que fue mi compañero de equipo, pero tenía más talento y sobre todo la disciplina que me faltó a mí. Porque ser deportista en Cuba tampoco es cosa de coser y cantar. O acaso piensa alguien que es fácil. Si Yadel, Yoandy y Yulieski se colaron en el todos estrellas del mundo. ¿Debo ponerme triste por ellos?

Cuando salí de Cuba llevaba en mi mochila, junto con los sueños incumplidos de volverme millonario y hacerme una persona de este mundo, el deseo común de casi cada cubano de disfrutar en vivo de una Olimpiada. Pero las cosas no son siempre (o casi nunca) como nos las imaginamos desde la isla y en lo que el palo fue y vino pasaron dos Olimpiadas, pero a la tercera fue la vencida. Atenas colmó con creces mi sueño. A pesar de la alegría que desbordaba cada noche clubes, bares, garitos atenienses llenos de fans, de periodistas haciendo entrevistas y reportajes y también por supuesto de deportistas de todas las nacionalidades, cubanos no había ninguno. El país que quedó en el octavo lugar era un fantasma. Encontrar un bar lleno de cubanos fue una misión imposible, llegar a los deportistas cubanos… bueno pa´ que hablar de cosas tristes. Es como si estuvieran presos, las autoridades deportivas cubanas ocultaban el temor de perder a toda la delegación tras el mito de una supuesta amenaza Yanqui (la misma que esperamos hace casi cincuenta años y no acaba de llegar). Los tenían guardados (dije bien guardados) como se guarda a los caballos de carrera a los que se les da el mejor pienso y sólo se enseñan a la hora de la competencia.

No me gusta esa triste mezcolanza manipuladora que DESDE AMBAS ORILLAS hacen gente que ni siquiera disfrutan el deporte, pero que viven del aspaviento.

Soy deportista, quien no lo es en Cuba.

En mi última visita a Cuba, después de muchos años di de frente con mi vecino, ex-campeón mundial ya retirado del deporte. Iba con una jaba en una mano y la libreta en la otra. Sigue jamando la misma soga. Hablamos muchísimo, recordamos los tiempos que hizo el equipo nacional y por supuesto, el momento en que el himno nacional se oyó en el Estadio y no pudo contener las lágrimas.

- ¿Por qué lloraste? -le pregunté.

- Men, tú sabes lo que pelear por una medalla en un estadio ajeno, lleno de hinchas que te piden la cabeza sin que desde el público te llegue el aliento de los tuyos. ¿Tú sabes lo cuba_beisbol11.JPGque es ver a tu rival bajarse del podio, con su medalla y caer en brazos de su mujer y de su hija que lo abrazan y tú na´; sabes tú lo que es sentirse amado por nadie, tener que posponer ese momento hasta que llegues a La Habana? Es como tomarte una botella de ron hoy y pretender disfrutar la borrachera el mes que viene.

Por eso hoy que los deportistas cubanos sudan la camiseta contra viento y marea en Brasil: ¡Arriba Cuba, qué cojones!

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