Jinetero,... ¿y qué?

Los hombres no lloran

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Marío se llenaba la boca pa´decir que él ya ni se acuerda de Cuba, ni se siente cubano. Me metía unas peroratas del carajo acerca de la integración y de su agradecimiento a este país. Para el la palabra identidad es papel mojado. El, según me dijo nunca miró atrás cuando la puerta de la jaula en el aeropuerto José Martí se cerró tras de si… y cuando el avión despegó su vista estaba fija en una revista de modas española. Así que no supo acerca del brillo del sol, cubano reflejado en el mar Caribe.

Mario lleva un cojón de años por acá, ha hecho su vida, niños le han nacido. Niños que llevan apellidos impronunciables y que difícilmente puedan decir una palabra en español.

A pesar de eso es buen amigo mío. A veces acepta mi compañía con la condición de que no le hable de la isla ni en español. Compartimos los sueños de nuestros hijos que estudian juntos en la escuela elemental de música.

Ha llegado el momento de asistir al concierto de Navidad. Nos vestimos con nuestras mejores galas. Orgullosos invitamos a los amigos, repartimos volatines y pegamos anuncios en la parada del bus. Todo sea por nuestros pequeños.

El teatro está lleno. No sabemos que nos esperan. Al fin salen a escena. Las manos de uno son más pequeñas que el violín que lleva consigo y el otro casi no se ve detrás del piano. Son nuestros pequeños…

Esperábamos música tonta de navidad, villansicos y esas mierdas que oimos cada año mientras nos cagamos de frío.

Pero nuestros pequeños han decidido arremeter contra la nieve y la oscuridad y nos han traido “La comparsita” de Don Ernesto Lecuona.

Mario está hecho un mar de lágrimas… estos jodíos muchachos nos han hecho abrazarnos y llorar delante de todos, aunque los hombres no lloran…

Sólo nosotros sabemos por qué…

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