Jinetero,... ¿y qué?

Marta

Ellos sabían desde el principio que aquello, más que una relación de amor, era una vía para acceder, cada uno a su manera, a la parte de la vida que les había estado negada.

Marta quería sentirse una persona. Estaba cansada de ser no-ciudadana de un pueblo perdido en la provincia de La Habana. Aunque se graduó en la Universidad nunca pasó de ser una soñadora que pretendió cambiar un mundo que se niega a ser cambiado y de un pan por la libreta cada día.

Frederick tuvo todo lo que la vida y el dinero pueden comprar. Estaba siempre encerrado en sus despachos y eso, si hubiera tenido alguien a quien confesárselo, le molestaba: Siempre estaba sólo. Pasaba meses enteros entre su oficina y las del Ministerio. Cada año se iba a su casa en la montaña y allí disfrutaba aún más el aislamiento y la blancura de las nieves de los Alpes.

Ellos se conocieron en la playa de Santa María. Alguien le recomendó matar la soledad escapando a ver los últimos coletazos del comunismo tropical. Ella buscaba simplemente sol bueno y mar de espuma y lo que viniera… Frente al Hotel Atlántico se dieron el primer beso y se prometieron acompañarse hasta el final.

Marta fue a parar a una pequeña villa del sur de Alemania, allí no llegaría jamás el griterío, el sudor, las consignas y la pestilencia a la que nunca se había acostumbrado. ¡Bien!

Era libre de ir a su antojo a cualquier ciudad centroeuropea, disfrutar los cafés vieneses, los biergarten de Munich, shoppings a Salzburgo o meterse en el museo Swaroski, para comprar de primera mano, más y más cristales para la colección de casa. A disfrutar las cosas buenas de la vida.

Acompañaba a su esposo a fiestas, recepciones, reuniones en las que mucha gente brillaba y sonreía. Tertulias que se partían claramente en dos grupos: el primero de sonrientes caballeros muy ocupados jineteando una firma pa´ su próximo contrato; el segundo de señoras que no gastaban más neuronas que en contar las piedras del collar de la interlocutora. También los habían que se acercaron atraídos por el brillo de esta princesa tropical, pero esos eran los menos y además bastante torpes.

Marta pudo haberse acomodado a la vida de palacios y autos deportivos, ahora ya no era ciudadana de segunda. Aunque el dinero no le faltaba trató de buscar empleo, de buscar sentido a su vida, de demostrarse que ella podía coger el toro por los cuernos, pero varias veces Frederick la convenció de que no le hacía falta. Con el dinero que él ganaba, les bastaba para llevar una vida más que holgada. Él era todo un caballero.

Un par de años después de su llegada, Marta intentó poner un negocio propio. En ello puso alma corazón y vida, pero no funcionó. Lloró por su fracaso en cada rincón de la casa, frente al espejo. En la mesa del desayuno Frederick la consoló diciendo que su fracaso les había ahorrado del fisco 30 mil euros; mientras le colocaba un beso en plena frente antes de marcharse a la oficina.

¡Eso eran Marta y sus sueños fracasados! ¡Treinta mil euros ahorrados en impuestos!

La vida de Marta quedó vacía. Su única ocupación era satisfacer a su esposo sin esperar nada a cambio. No ponía en duda que él la quisiera (a su manera). Ella probó lo inimaginable, pero al final desistió de esperar orgasmos compartidos que no acababan de llegar. Ahora hacía su tarea lo más rápido posible, en silencio, mientras él mantenía su mirada clavada en el techo de la habitación. Pasado unos minutos, muy pocos; suaves y acompasados temblores le decían que él aún estaba vivo y que había terminado su tarea de esta noche.

- Hasta mañana.

… y quedaba ella pensando, en la soledad de su cuarto, en la soledad de su bienestar, evocando antiguos revolcones y sudores en la beca y en la escuela al campo de la isla…

… y pensaba…

Más de un susto pasó por esas autopistas, mientras su pensamiento viajaba lejos, a la isla, al pasado. A los negrones que la piropeaban, a las ruedas de casino, a la rumba en medio de apagones.

… y pensaba…

A veces, en medio de de la noche, se abalanzaba sobre él impulsada por antiguos olores de machos caribeños, pero Frederick saltaba de dolor.

… y una mañana, mientras regresaba a casa de la panadería para preparar el desayuno, su vista se quedó pegada a un cartel en la puerta del metro que anunciaba un espectáculo venido de la isla.

Quedó inmóvil, fulminada por la carcajada de esa negra y el brillo de aquel mulatón…

… y los colores de la salsa la empujaron escaleras abajo hacia los trenes.

… y en la última estación, aún con el pan del día en la mano, salió disparada y entró en la sala de espera de vuelos internacionales y pidió un posible lugar en la próxima aeronave.

Créanmelo o no, así conocí yo a Marta, una mulatona que con el pan del día en la mano como único equipaje me dijo:

- Negrón, ¿quieres pan con mantequilla?

Mientras la aeromoza nos daba la bienvenida a bordo del vuelo París-Habana…

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