Jinetero,... ¿y qué?

El zurdo

Fue una alegría del carajo encontrarme con el zurdo después de tanto tiempo. Nos unió una especial amistad de chamas. Jugamos en el mismo equipo de pelota hace como… ¿30 años?

Yo no sentí nunca la pasión que él sentía por el béisbol ni tampoco me entregué mucho a éste pues siempre supe que a la vieja no la hacía feliz. ¿Pero el zurdo? El zurdo era béisbol. La pelota era su religión, la vivía como nadie en el equipo. No le gustaban las matemáticas, pero iba cada día a la escuela con tal de hacer educación física y jugar en el team del colegio. Nació pa´l juego de las bolas y los estrais, más bien pa´ los estrais, porque Dios le dió un brazo que disparaba bolas con la fuerza de un cañón. Tuvimos una relación especial, la que existe entre lanzador y receptor. Es el mejor pitcher que he conocido en mi vida. Al principio se ponía cabrón conmigo porque yo cerraba los ojos al recibir sus lanzamientos. ¡Pero como coño no voy a cerrar los ojos si me venía pa´ rriba un cañonazo!

Me encontré al zurdo de casualidad cuando salía del cine. Nos vimos de refilón entre tanta gente. Su imagen se quedó dando vueltas dentro de mi cabeza buscando donde había visto yo a ese tipo antes, hasta que oí en mi oído:

- ¡Yoyo, no cierres los ojos cojones!

- ¿!Zurdo!?

Si los que nos vamos tenemos un privilegio ese es el reencuentro ¡Qué alegría es encontrarse con alguien de Cuba después de tantos años! Quizás el único privilegio, pero algo es algo. Estuvimos hablando horas de esto y de lo otro, del presente y del futuro, pero también del pasado. ¡30 años! De la selección juvenil: Cero hit, cero carreras. ¡Na´ pa´nadie! ¡Pa´l carajo! ¡Fuera de liga!

Tiene una bonita familia. Un par de hijos, esposa y su anciana madre a los que dedica todos sus esfuerzos.

Al fin de semana siguiente fuimos juntos a ver un juego en el estadio de la ciudad. ¡No lo podía creer! Allí en la lomita estaba el zurdo disparando cañonazos pa´ home, mientras a mi lado el zurdo se reía feliz:

- ¿Qué te parece ese zurdo yoyo?

- ¿Chama tuyo?

- Aha

- ¡Coño es cagaito a ti asere… y tira duro el muy cabrón!

El “zurdo” pitcheaba un juego perfecto, pa´l carajo, na´pa nadie. ¡Un, dos, tres strais! El próximo.

- ¡El mismo zurdo de hace 30 años!

- ¡Mejor, yo mismo le enseñé todos mis secretos!

No pude evitar transportarme al pasado mirando a ese joven lanzar. Me trasladé en el tiempo, mucho mucho tiempo atrás. Vi lanzar a mi antiguo compañero en la liga de pelota infantil cubana, en los juveniles, que soñaba con jugar para Industriales... Y recordé también que fuera del estadio era un pobre diablo, hasta a veces sentí lástima por él.

El zurdo vivió sólo con su abuela desde que sus padres salieron ilegalmente del país cuando él era un bebito. La anciana aceptó quedarse con el niño por un tiempo con la esperanza de que pronto se reunirían todos en suelo miamense a continuar la vida familiar interrumpida. No obstante el tiempo pasó y el niño fue creciendo, las cartas se fueron espaciando; mientras en La Habana, las viejas fotos en blanco y negro fueron palideciendo encima del viejo TV. Finalmente la esperanza se diluyó en los cuentos de una anciana que lo crió como pudo.

En el campeonato del 81 fuimos a “play off” contra Pinar. Necesitábamos casi un milagro contra los pinareños y ese milagro estaba en el brazo del zurdo que ese año estuvo gigantesco en el montículo. Habíamos jugado bien y esperábamos ganar el campeonato.

Mas la felicidad en casa del pobre dura poco. El día anterior al juego decisivo, a la salida del estadio un auto esperaba al zurdo y en él un hombre y una mujer acompañados de “abuela”. Yo no estaba tan alejado como para no ver lágrimas y abrazos y al zurdo atolondrado pasar de los brazos de aquel señor blanco en canas a los de la señora elegante que lloraba y decía repetidamente “mi niño”.

A la siguiente jornada el zurdo llegó como siempre temprano al estadio y enseguida comenzó con su acostumbrada disciplina a calentar. Se preparaba para el juego más importante en su meteórica carrera. Decidía un campeonato frente a sus padres que lo observarían desde las gradas. Estrenaba para la ocasión un tesoro que todos envidiábamos: Un guante firmado por el mismísimo Changa Mederos, su Dios. No era de hablar mucho y ese día no sería la excepción, así que al llegar yo cogí una mascota y me dirigí al home. A mis espaldas, en las gradas, el viejo observaba al muchacho, mientras la señora de tanto en tanto, se secaba una lágrima con un blanquísimo pañuelo. Frente a mí el zurdo tiraba con una pasión increíble, estrellando cada lanzamiento contra el centro de mi pecho con exactitud matemática.

A mitad de mañana el entrenador de pitcheo, el director del equipo, el entrenador, el masajista y el comisionado Nacional, que habían estado atentos a sus movimientos, se acercaron a la lomita. Como yo era el catcher podía y debía ir a compartir las instrucciones, pero el entrenador me hizo señas de que me quedara a unos metros.

Entre lanzamiento y lanzamiento del zurdo, una cadena saltaba de un lado a otro. Una joya vistosa, de oro creo. En ella la imagen de la Virgen de La Caridad del Cobre, la patrona de Cuba que se nos unía al milagro que necesitábamos pa´ ganar el campeonato.

Pero el Comisionado Nacional no creía en milagros ni en cosa que se le parezca. Dijo que no podía usar ese “tipo de cosas” en el juego, que esto era un campeonato de obreros, de revolucionarios y para los revolucionarios. Que en la pelota cubana no había cabida para imágenes religiosas, ni santos, ni esas desviaciones de contrarrevolucionarios de mierda.

- ¡O te quitas esa cadena o no juegas más en series Nacionales!

El zurdo tiró la pelota en la lomita y se fue pa´l carajo. Y con él, el campeonato.

Todavía no sé si fue que los pinareños jugaron bien o el equipo tiró todo a mierda en solidaridad con el zurdo. No sé, a lo mejor estoy viendo visiones. Perdimos, pero esa vez no fue lo más doloroso.

El zurdo no estuvo en el montículo esa noche, ni la otra, ni la otra, ni nunca más. Tampoco formó parte de Industriales. Después de aquello, su vida que era ya una mierda, tomo un curso dramático.

Le negaron la salida del país varias veces. La reunificación familiar se convirtió en una pesadilla familiar, como si La Habana quisiera cobrarle el campeonato perdido. Lo dejaron sin sueños y sin padres. Años más tarde siendo un rebelde joven intentó unirse a ellos saliendo en una balsa. Pero alguien lo chivateó y la sentencia no se hizo esperar: Seis meses de prisión por intento de salida ilegal. Y mientras cumplía sentencia su abuela, que ya estaba bastante desgastada con los años de lucha sucumbió a la tristeza de su nieto preso.

Cuando salió de prisión nadie lo esperara. Marcado con antecedentes penales no consiguió más que trabajar en limpiezas de calles. Se convirtió en un zombi, un tipo sin objetivos. Se alimentaba mal y nunca se le conoció novia alguna. La gente lo evitaba. Nada le importaba, cuando no estaba trabajando estaba o en la peña del parque central o en el Estadio Latinoamericano.

Una tarde vino a buscarme pa´ ir juntos a ver un juego al Latino. No estaba pa´ esa descarga. Yo ya había dejado la pelota y me había puesto “pa´ cosas serias”. Después llegaron el servicio, la universidad, las jevas…. Pero él vino personalmente a buscarme y no quise hacerle el mismo feo que todos le hacían. Esa noche pitcheaba “El Duque” y no pude negarme.

El béisbol era la única medicina que sacaba al zurdo de su no existencia, de su no ser y no estar. El único momento que vivía, que respiraba. La atmósfera pelotera exorcizaba de mi amigo las pocas ganas que le quedaban. Se transformaba viendo pitchear al Duque Hernández y dándole instrucciones desde las gradas. -¡Así no! -Dale que lo tienes acorrala´o! -¡Eso es un pitcher! -¿¡Qué bola!? - ¿¡Qué bola ni que bola!? -¡¿Pero donde coño eso es bola?! -¿!Pero por tu madre tú viste eso!? -¿!Tú viste eso, yoyo!? -¿!Tú viste eso!? -¡Coño! - ¡¡¡¡¡ARBITROOOO TARRRÚÚÚ!!!!!

Llegaron los años 90 y el malogrado gigante del montículo, no pudo escapar a la debacle nacional. El período especial arremetió de mala manera en él, como en tantos otros cubanos. Sin jama, sin alegrías, sin pelota y arriba dando pedal de La Habana Vieja al Diezmero cada día, perdió peso a ojos vistas y de ahí a la Polineuritis no hubo más que un paso. La promesa deportiva se desvaneció para siempre…

Logró salir de Cuba en julio del 94, cuando la crisis de los balseros. Lo que antes le había costado meses de cárcel, en esos momentos era permitido. Los cubanos somos los mismos y hacemos lo mismo. Es la ley en Cuba la que cambia sin ton ni son y decide si hoy estás del lado bueno o sumergido en lo ilegal. Si mereces una medalla o ser fusilado en 24 horas. Na´ mala suerte. Hizo su balsa con unos amigos en la puerta de la casa, frente por frente al comité que lo había chivateado años atrás. Desde allí le decía al jefe de vigilancia: - ¡Tengo que apurarme antes que este hijo e´ puta vuelva a mear y me meta cana de nuevo!

Debía estar a esas alturas medio tosta´o porque… ¡Sacó su balsa en una carretilla por el frente al Capitolio, Prado abajo y frente al mismísimo Castillo de la Punta la echó al agua! ¡Manda cojones!

Los siguientes fueron días de angustia en el barrio. Pasó una semana, otra y otra antes de que un teléfono nos trajera la noticia:

- ¡EL ZURDO LLEGÓ, EL ZURDO ESTÁ VIVO! ¡¡¡COOÑÑÑOOO!!!

¡La noticia fue motivo de fiesta! ¡Señores a la rumba que el habanero llegó! Fue la fiesta más grande que recuerdo en La Habana, pues su ciudad lo amó aunque algunos en su nombre lo marginaron. Su ciudad lloró de verlo consumirse y como la mejor de las madres prescindió de él en su propio bien.

Había estado un par de semanas en la Base de Guantánamo de donde lo sacó su madre y fue a parar a Miami. Llegó en un viaje aplazado 20 años para encontrar que su padre había muerto, un viaje en el que tuvo que dejar a su abuela en La Habana, en el cementerio de Colón pa´ ser exactos.

Así fue la vida del zurdo.

Volteo la cara hacia su hijo para ocultar una lágrima. ¡Mi amigo el zurdo carajo! Tengo a mi lado a mi amigo, uno de mis más viejos camaradas. Y no sé si felicitarlo o reconocer que tengo ganas de llorar por él. Pero los hombres no lloran cojones, al menos en La Habana. Además sus ojos sonríen mientras sigue los movimientos de su hijo en el terreno. No, no es un pobre diablo como piensan algunos en la isla. Mi amigo el zurdo es un hombre entero que soñó sueños simples, su familia y el deporte. Es un hombre que mantuvo su vista en un objetivo por 30 años.

Sí, la mirada de mi amigo me dice que es feliz, que su sueño ha sido retomado por su hijo.

Terminaría esta historia aquí mismo, si no fuera porque después del partido, en la obligada tertulia, mientras el viejo zurdo hablaba entusiasmado del partido recién acabado y de planes futuros, de las grandes ligas, del Duque Hernandez y tantas muchas cosas le pregunté a su hijo:

- ¿Y qué tú crees de eso chama? ¿Juegas pa´ los yanquis o pa´ los Marlins? ¿Cuáles son tus sueños?

- ¿Mi sueño? ¡Mi sueño es lanzar vestido de azul en el estadio del Cerro contra Pinar!

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