Jinetero,... ¿y qué?

Bebo el alemán

¡Bebo llegó a Alemania sin saber hablar una palabra de ese jodío idioma!

Verdad es que hasta muy poco tiempo antes no le hubiera pasado por la cabeza que viviría en la capital alemana. Pero se enamoró de una rubia made in Germany que paraba el tráfico de Prado y Neptuno y todos sus alrededores y sin pensarlo dos veces partió con ella.

Su maleta, como la de cualquier cubano iba vacía, su corazón lleno de esperanzas y su cerebro lleno de miedos y de historias acerca de los cabezas rapadas, los nazis y la segunda guerra mundial. Porque a decir verdad todo lo que el Bebo sabía acerca de Alemania se remontaba a finales de la II guerra mundial.

Dejaba atrás una gran dosis de nervios y dólares en entrevistas, turnos, planillas permisos y ese larguísimo etc que sólo un cubano que sale de la isla conoce. Era la primera vez que salía de la isla, por eso el miedo que le embargaba le hizo pasar el último la línea de frontera. Un nudo le apretaba la garganta al ver a su familia del otro lado de la línea. Algo le decía que pasaría mucho tiempo para volver a estar todos del mismo lado de esa jodida raya. Cuando la “señorita” le deseo buen viaje, le devolvió su pasaporte y le abrió la puerta, dudó por un momento, ya estaba fuera de Cuba ¿para siempre?

6 meses después de iniciar los trámites aterrizaba en Frankfurt camino a Berlín.

Acá todo fue más fácil, los alemanes no hacen tantas preguntas. Todos sus papeles estaban en orden así que pa´ dentro. Debía aún esperar dos horas el próximo vuelo así que decidió pasear por aquel inmenso aeropuerto. El Bebo le preguntó a una chica en información si podía entrar en esas tiendas de enfrente, preguntó también si podía comprarse dos Coca colas en vez de una pues tenía mucha sed y se escurrió como pudo para no dejar los 20 centavos en la puerta del baño a la señora que los limpia, porque 20 centavos es mucho dinero. Nadie sabe cuanto hay que trabajar en Cuba para ganarse 20 centavos de fula.

- ¡Mima, en este país no hay policías! - Fue lo primero que le dijo a su madre al llamarla para anunciarle que había llegado bien.

El Bebo conoció el Berlín reunificado, esperaba ver el muro, (algo así como las murallas de La Habana) pero los alemanes no dejaron más que un pedazo a la sombra de unos rascacielos que impresionan más que el pedazo pintarrajeado. Visitó el reloj y la torre de televisión de la Alexander Platz que recordaba haber visto cuando era pionero y le hablaban del Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes del 73… ¡Cojones pero de eso hace ya 30 años! En el Reistag y la Puerta de Brandemburgo había mucha gente así que siguió de largo a ver un monumento de los soldados Soviéticos muertos en la guerra y las fotografías del Berlín arrasado le congelaron el habla.

Le agradaba esta sensación de libertad, esta posibilidad de salir y entrar en cualquier lugar sin pedir permiso o sin que nadie lo autorice. Era la libertad que había conocido demasiado tarde, pero a la que se acostumbraba por momentos.

¡Coño si esta gente hablara un idioma más humano carajo! Pero esta jerigonza no hay Dios que la entienda.

Así que, como pudo, encontró la estación del metro Zoologischer Garten en el mapa de la estación. Ya allí guiándose por la torre destruida de una iglesia sabría llegar a casa y conversar con alguien.

-¡Coño desde que salí de casa no he cruzado una palabra con ser humano, Na´ es que yo soy muy corta´o, quizás mañana.

Pero a la mañana siguiente fue lo mismo, y la otra y la otra. Silencio sepulcral le acompañaba a todas partes, nadie le hablaba, nadie lo interrumpía, nadie lo miraba o le explicaba, con el tiempo llegaría a convertirse en eso: Nadie.

Se sintió estúpido estando de compras en la KADEWE, la tienda más soná de la ciudad porque la señorita no supo entenderlo, (o no quiso entenderlo ni siquiera en Inglés) pues todos los caballeros hacen allí sus compras en traje y no en Jeans.

Bebo consumió sus dos primeros años en encontrar un trabajo, pues lo primero que aprendió es que allí hay 5 millones de desempleados. Cinco millones de personas antes que él para acceder a una plaza aunque sea de sepulturero. Tiempo suficiente tuvo para ejercitar el idioma que nunca llego a dominar. Se ilustró también en que el mundo se divide en dos: los alemanes y el resto de la humanidad. Lo que esté fuera de sus fronteras no existe, (a excepción de la provincia alemana de Mallorca) asimiló además que lo que no se haga según las costumbres alemanas no es correcto.

Esto de vivir en el primer mundo era una carrera más larga que la de ingeniero mecánico cursada en Cuba.

Libertad, derechos... son conceptos demasiado ambiguos cuando se aprenden en el extranjero. El Bebo conoció la libertad de ser ignorado, el derecho de las otras personas a no dirigirle la palabra. La libertad de hacer con su tiempo lo que quisiera pues nunca encontró trabajo y el derecho a pagar por todo lo que pueda imaginar un ser humano. ¿Seres humanos? Otro concepto que... mejor nos dejamos de filosofar.

Aprendió que es imperiosamente importante antes de ir al médico preguntar al seguro médico si paga un tratamiento de salud, por urgente que este sea después que un día se rompió una muela y tuvo que ir a parar al dentista. Siempre le había tenido terror a los estomatólogos, a sus batas blancas, a sus herramientas, por eso no fue sólo, su esposa lo acompañó… pero ella por supuesto quedó fuera leyendo unas revistas mientras esperaba.

No había que explicar mucho, Bebo le señaló la muela y punto, ellos amablemente sonrieron y pusieron manos a la obra. Dos horas más tarde su esposa preocupada entró a preguntar que le hacían a su marido que tardaba tanto, pero ya la enfermera le ponía la cuenta en la mano: ¡750 euros!

-¿!Qué!?

Como él no sabía hablar alemán ellos decidieron hacerle dos radiografías, le hicieron una infiltración para matarle el nervio, análisis y cualquier otra cosa y al final le empastaron.

- ¡Ah vuelva la semana que viene que la cura que tiene es temporal!

Pero el seguro sólo paga 400 euros en los primeros dos años, los otros 350 sabe Dios de donde tendría que sacarlos. Es la ley del dinero la que impera aquí, nadie le preguntó si lo necesitaba o no, si le dolía o no. Bebo en aquel sillón sin poder hablar alemán era sólo la financiación del nuevo yate del Doctor o las próximas vacaciones con la querida en Bahamas o Dios sabe que cosa…

El Bebo lloró, no de dolor de muelas, sino del alma.

Conocí al Bebo en Mallorca. Paradójicamente le llaman Bebo el alemán. Dos años hace que decidió junto a su esposa buscar suerte en otra parte, porque lo que está más que claro que en Alemania no hay lugar para alguien que se haga llamar Bebo. En la isla lleva mejor la cosa, ha conseguido trabajo en un negocio de alquiler de botes y entretenimientos náuticos, vive con su esposa y una niña medio alemana, medio cubana y medio española (como dice la chama).

¡Ah! y todavía lleva en su muela, de recuerdo, la cura temporal.

- Total, no se ha caído. Y además yoyo, el día que se caiga no me cogen más de conejillo de indias, porque cojo un avión y me empasto la muela en La Habana.

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