Jinetero,... ¿y qué?

El tres de Rodolfo

Dedicado a Carlos Embale,
Quien me enseñó desde sus canciones a ser más cubano
…y sentirme orgulloso por ello.

En los catálogos de Turismo que leo lejos de mi patria, encuentro sólo dos cosas, autos viejos y gente vieja. Autos destartalados, ancianos no menos. Un país a pedazos…

- ¡Llegar a viejo en Cuba es peor que la muerte! Me decía Rodolfo, un viejo que tocaba en un trío en un restaurante habanero. Nunca supe su edad porque por el número de arrugas en su frente bien podría estar más allá de los noventa.

Vivía tan al día, que en la fecha de su muerte tendría que trabajar por la mañana para poder pagarse el entierro en la tarde, porque lo que se gana nunca llega a mañana, al menos eso siempre me decía.

Lejos estaba este viejo flaco de hacerme un chiste: Llegar a viejo se ha convertido en una pesadilla para los cubanos.

Ellos son los grandes olvidados, las grandes víctimas de un sistema que los usó y ahora los hecha a un lado por inservibles.

Vivía en una casa antigua con puerta a la calle Habana, junto a una hija divorciada y la nieta que era la nota de alegría en su vida. Solos estos tres seres humanos desde que la esposa de Rodolfo murió hace una pila de años. De niño me escapaba a su casa a verle practicar nuevos sonidos en su “Tres”.

Me enseñaba sus innovaciones, que yo no entendía, pero que me impresionaban muchísimo.

Hablábamos de la fama que le esperaba, de un gran contrato que tendría que llegar, porque nadie sabe si uno de esos turistas es un dueño de una compañía disquera…

En esas sesiones, mientras cogía “un diez” me enseñó entonces a tocar maracas, a hacer la clave y hasta a veces me dejó acompañarlo con el bongó.

Cuando el sol amarilleaba y se hundía por detrás de la embajada americana, lo veía perderse en las calles del casco histórico, con su “Tres” en ristre, saludando a la gente al pasar, conversando aquí, jaraneando allá, camino al restaurante a donde va a esparcir sonrisas y alegrías y a sostener la esperanza de un cambio que llegaría.

Regresaba pasada la media noche, arrastrando la guitarra y la vida de cansancio y allá iba yo a preguntarle.

- Qué mi viejo, ¿estuvo buena la cosa hoy?

- La cosa está floja mijo, a lo mejor mañana. ¡Mañana va ser mejor!

Pero el mañana de Rodolfo nunca llegó. Días se le convirtieron en meses y estos en años. Sus cabellos blanquearon luchando contra la mala suerte que le ha deparado la vida, por sacar adelante a su hija y mantener el mayor tiempo posible la sonrisa en la carita de su nieta.

Una vez, me contó que estaba cansado, que a veces se le entumecían los dedos sobre el Tres, que un oculto reuma no le dejaba saltar de una nota a la otra a tiempo. Que por gastados sus dedos se resistían a recorrer los caminos de antaño con la misma velocidad - Ya son muchos años mijo.

- ¿Cuando vas a descansar Rodolfo? Date un chance.

- Qué más quisiera yo. Pero con 200 pesos no se puede llegar ni al día 5… Esperaba en mi última visita a Cuba poder charlar con él, pero ya no fue posible. Encontré sólo su viejo “Tres” colgado para siempre de una de las paredes de su destartalada casona.

- Murió de cansancio, de esperar el contrato que nunca llegó, la fama que nunca alcanzó, con la promesa incumplida de no habernos podido sacar de la miseria - me dijo su hija

- Pero mi padre me dió mucho más que lo que puede alguien soñar, aunque el haya muerto pensando lo contrario.

- No sólo a ustedes… En la sala junto a su “Tres” una foto de un Rodolfo sonriente dentro de su blanquísima guayabera, me hablaba de tiempos remotos, de nuestras tertulias, de nuestros cafés…

- Yoyo, mi padre me dejó esto para que te lo diera, dijo que tú sabrías darle mejor uso. Salí de Cuba sin atreverme a abrir el paquete. Sólo en el avión me decidí. Mi primer par de maracas, las mismas con las que “mi viejo” me enseñó algunos secretos y bajo ellas un CD firmado por Rodolfo Martínez Fernandez.

- Coño viejo grabaste tu disco! El viejo había grabado un CD artesanalmente por supuesto.

Desde su carátula sonríe un Rodolfo joven junto a sus dos colegas con los que compartió miles de canciones en restaurantes de La Habana.

Hoy estas maracas y el CD están entre mis tesoros. Son parte del botín que he podido rescatar del tiempo y la distancia.

Y cuando me quedo solo en casa, me transportan a las tardes a La Habana, allí me puedo quitar la camisa y esperar sentado en el muro del malecón a que el sol comience a caer por detrás de la embajada americana para oír el Tres de Rodolfo trayendo buenas noticias y notas que sólo él pudo descubrir… y un público loco de contento aplaudiéndole.

¿Cómo hubiera sido la vida de Rodolfo si el mañana que esperó por tantos años le hubiera llegado algún día?

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