Historia (no autorizada) de Cuba

1959 – 2000 y pico...

Escrito por Jorge Carrigan.Publicado en Historia (no autorizada) de Cuba Imprimir

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No se crean que la historia de un país es nada más que una enumeración de eventos sociales, políticos y culturales que pasan en un período de tiempo determinado. Que va. Hay una pila de bretes o chanchullos de las que la gente comenta, y que no vamos a ponernos a juzgar si son más o menos importantes, o si son verdaderos o falsos, sobre los cuales nunca se escribe y sin los que la historia se queda inevitablemente coja, manca, o sea, para decirlo más fino, incompleta. En este librito, sin embargo, yo que no soy historiador les voy a contar muchas de esas cosas que para mí le faltan a la historia de Cuba de la última media rueda, lo cual quiere decir de los últimos cincuenta años. Pero, como ya decía, no voy a ponerme a repetir como una cotorra lo que los otros ya dijeron, ni a copiar los editoriales que ya se escribieron, sino que voy a arriesgarme a contarles un burujón de anécdotas que me sé porque me las han contado pero que, en mi modesta opinión, le dicen más a uno sobre lo que en verdad sucedió que los libros de texto de la secundaria, el Noticiero Nacional de Televisión o los documentales del ICAIC. Puede que alguno de los cuentos que narro a continuación no sean exactos. De acuerdo, pero, qué más quieren si los chismes no son escritos por científicos, que se ocupan de convertir las hipótesis en tesis, etcétera, y luego le ponen una bibliografía atrás. Los chismes son chismes y a nadie se le puede reclamar. ¿De acuerdo?

Finalmente les diré que este libro queda abierto, claro está, en primer lugar porque así deberían ser todos los libros de historia, pero además porque estoy convencido que cualquiera que lea estos cuentecitos va a tener alguno tan bueno o mejor que los míos y que los recogidos aquí son sólo las primeras historias de las muchas que andan por ahí y que espero reunir algún día con la contribución de los lectores.

PRÓLOGO

Esto no es un prólogo, sino un cuento que se llama Prólogo,
aunque, pensándolo bien no debería llamarse así;
porque no se trata de algo escrito con ese fin,
ni siquiera se podría clasificar como un cuento,
sino que es más bien una leyenda,
pero ni siquiera es algo que sucedió.
En realidad no sé por qué me pareció
que valía la pena colocar este cuento
del acerbo cultural del pueblo como primero
para fuera un Prólogo.

 

Mucha gente se pregunta qué es lo que ha ocurrido en Cuba en los últimos cuarenta y tantos años y especulan que si el culpable es fulano, mengano o zutano; o sea, ya ustedes saben a quién o a quiénes me refiero. Pero no se dejen engañar, caballeros. La culpa de todo la tiene un primo mío. Aunque la verdad es que si uno se entera bien de cómo sucedieron las cosas; si uno se pone a pensar que ese primo mío era un tipo tan especial, entonces no puede cogerle odio por muy culpable que sea. Porque el caso es que cuando te metes bien en el asunto, te das cuenta de que él no lo ha hecho por malo. Claro que no. Si ese es el tipo más patriótico que ha existido en este país. De eso no les quepa la menor duda. Él es uno de esos tipos trabajadores, emprendedores, capaces de meterle mano a lo que sea; de los que no se amilanan y encuentran siempre la fórmula para hacer lo que haya que hacer y en el momento en que haya que hacerlo. Mi primo tiene sólo un sólo defecto: es muy mentiroso.

Pero si uno es un luchador y un patriota y está enfrentándose a un enemigo inmenso como ha sido nuestro caso, por supuesto que tendrá la licencia moral para aplicar todos sus talentos, todas sus capacidades en la lucha que está librando, ¿no? Fue por eso que un día a mi primo se le ocurrió decir una mentirilla estratégica. Pero claro que no fue una cosa así, de gratis, sin más ni más, sino que fue una pequeñísima mentira dicha en el mismo momento en que tuvo la convicción de que debía defender el más hermoso proyecto social del siglo XX. La estrategia consistía en ocultar cuán débiles éramos; no fuera a ser que el enemigo se sintiera tentado de acabar con nosotros y no nos diera tiempo de desarrollar todos los planes que teníamos. ¡Qué clase de estratega era ese tipo, compadre! Y pensar que a nadie se le había ocurrido algo por el estilo. Y lo bárbaro fue que las cosas empezaron a marchar, en parte gracias a la estrategia de mi primo. Claro. Si el enemigo llegó a pensar que todo marchaba muy bien, inmejorable, óptimo, bacán.

Esa fue nuestra primera gran victoria.

Un día memorable, mi primo habló de perfeccionar el sistema. El caso era que no bastaba con ocultar las debilidades. Hacía falta también desinformar a los que se oponían a nuestro modelo de desarrollo, a los que querían aplastarnos, a los que pensaban que podrían continuar enriqueciéndose eternamente aplicando un sistema económico ajeno a nuestro gran descubrimiento. Había que mantener a raya a los que querían destruir nuestro ejemplo. Y fue suya y de nadie más la brillante idea de que para mantener la paz había que desarrollar el país; y que esa paz y ese desarrollo sólo se podía conseguir haciéndole creer al enemigo, no sólo que no éramos débiles; sino también convenciéndolos de que éramos mucho más fuertes de lo que éramos en realidad. Fue entonces que mi primo empezó a hablar en foros nacionales e internacionales de planes que no existían, de cifras de producción que estaban por los cielos, y de un crecimiento económico que, en la práctica, tampoco se había producido.

La verdad es que era tremendo tipo ese primo mío.

Oye, que en apenas dos años hicimos rabiar al enemigo al proclamarle al mundo entero el indetenible avance de nuestro sistema. “No importa que no sea verdad al ciento por ciento, Mulato”, decía mi primo. “Lo importante es que ellos no sepan cuánto tenemos y de cuánto carecemos porque si se enteraran seríamos más vulnerables”.

Un tiempo después a mi primo se le ocurrió la próxima estrategia. Con esta sí se debería conseguir un perfeccionamiento hasta alcanzar el nivel óptimo. Él se dio cuenta de que para que las cifras no se fueran a filtrar bajo ningún concepto no sólo era importante mantener al enemigo desinformado, sino que también era importante decir algunas mentiritas internas; vaya, esconder un poco la bola, no fuera a ser que, sin quererlo, nuestra propia gente le diera al adversario la información que estaban buscando para destruirnos. “¿Que si hay que desinformar a todo el mundo; amigos y a enemigos? Bueno, ¿y qué? Si estamos obligados a hacerlo lo haremos”. Fue así que mi primo empezó a engañar hasta a su mujer.

Que nada era más importante para este hombre que la patria.

Pero de la manera en que él lo explicaba uno se podía dar cuenta de que era verdad. ¿Qué daño le iba a hacer a la familia si le decía a su hijo mayor, por ejemplo, que la fábrica de zapatillas de freno para automóviles estaba produciendo quinientas mil unidades diarias y que pronto seríamos una potencia mundial en sistemas de frenado? ¿Cuánto podía perjudicar a sus dos mejores amigos si les decía que ese año la producción de leche cubriría la totalidad de la demanda nacional? ¿Cuán perverso podría ser que me dijera a mi mismo, su único primo, que varios países estaban rogándonos porque les vendiéramos aunque fuera una parte de nuestra inmensa producción de niquel? Claro que no había nada de malo. La patria estaba ante todo y mi primo no estaba dispuesto a hacer una sola concesión en su fervor nacional.

Pero no crean que a este primo mío le gustaba embaucar a los demás y que se servía del proceso político para ser un mentiroso de mierda. Que va. La prueba más contundente de eso es que cuando el bienestar de nuestro país necesitó que él se engañara a sí mismo, no lo pensó dos veces.

Así, autoengañado como un bebé pasó dos años, puede que tres. Hasta un día.

Una mañana se levantó más temprano de la cuenta y no encontró el paquete de café para preparar el desayuno en el estante en el que debía estar. La noche anterior, precisamente, mientras jugaban dominó, uno de sus amigos le había comentado sobre lo buena que había sido la zafra del café de ese año. ¿Cómo era posible que el paquete no estuviera allí? Cuando entró al baño, el tubo de pasta dental había desaparecido. Pero si su propia mujer, que trabajaba como subdirectora de la Empresa de Jabonería y Perfumería, le había dicho que andaban por un ciento treinta por ciento del cumplimiento de su plan anual. Ese día salió a la calle, molesto, y no pudo encontrar uno solo de los ómnibus fabricados en la empresa constructora de vehículos de transporte. Tuvo que ir a pie, y el comedor del trabajo estaba cerrado así que no pudo almorzar. Qué casualidad que todo le ocurriera el mismo día.

¿Sería posible que los demás también estuvieran mintiendo?

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