Historia (no autorizada) de Cuba

Nikita 1962

PRIMERA PARTE

Uno tiene derecho a molestarse porque los europeos hayan lanzado su cultura en todas direcciones y con igual intensidad, como demostró Pascal, lo que ha traído por consecuencia que nos hayamos visto obligados a entender, y admitir, que los patrones del viejo continente son los que tienen valor. Porque por lo menos para mí, la verdad, a nivel personal, siempre ha sido motivo de cierto complejo de inferioridad, el hecho de que desde que fue prohibida por Dios a los habitantes del paraíso y hasta nuestros días, la fruta reconocida como líder absoluta de todas las frutas sea la manzana. Tampoco me puede gustar que el gordo Santa Claus aparezca siempre en un paisaje nevado siendo mi país un eterno verano, según reza el famosísimo slogan del Ministerio del Turismo.

A otra cosa. Según sus biógrafos, Nikita Kruschov fue un político inteligente, hábil y honesto; que se convirtió en una figura mundialmente conocida, y ocupó los despachos de todas las agencias de noticias del mundo, el día que dio varios zapatazos en la mesa durante una sonada sesión de la Asamblea General de Naciones Unidas. Pero, además, parte de su celebridad se debió a que él fue uno de los actores principales de cierto melodrama bélico que tuvo lugar en el Caribe y que se le conoció como “La crisis de los misiles”. Ya sé que muchos han reprochado a Kruschov su actuación en ese lance histórico durante el cual la paz colgaba de un pelo y él era calvo; pero en esa parte de la historia entraremos más adelante. La verdad caballeros era que, desempeñando la posición que desempeñaba el hombre, con todo lo que ocupar esa posición representaba, por sí misma y por la trayectoria que se requiere para llegar a ella, habría que perdonar al tipo o al menos darle el beneficio de la duda. Es más, cualquiera podrá decir que el tipo era un cobarde o lo que tú quieras; sin embargo al que diga eso cabría responderle: “Sobrevivió el stalinismo. ¿De qué otro modo podría ser?”.

Se lo perdono todo, pero lo único que nunca le perdonaré es aquello del aguacate. Y no se lo perdono porque ni se sabe cuántas veces el hombre había jurado y vuelto a jurar que amaba al pueblo cubano y lo conocía profundamente. Y yo se lo creí, para qué voy a negarlo. Y si uno conoce al pueblo de Cuba, tiene que saber cómo se come un aguacate. Si no sabes que el aguacate hay que calarlo, probarlo, y luego comérselo como acompañante de un buen arroz con picadillo, entonces no es verdad que conoces al pueblo de Cuba. Y fue por esa mentira del aguacate que terminó mi admiración por el hombre. Resulta que lo primero que hicimos los cubanos y soviéticos al comienzo de nuestra fructífera amistad fue intercambiar rarezas, o sea, cosas que en un lugar fueran muy comunes pero que para los otros significaran toda una curiosidad. Así llegaron a las costas cubanas las primeras matriuskas, las primeras latas de carne rusa y las primeras axilas con desodorante de dudosa eficacia. Por la parte cubana, enviamos lo de siempre: tabaco, ron y personas de la raza negra (a los que hoy llamaríamos afrocubanos en la manera de decir de cierta corriente del pensamiento, y sobre todo del lenguaje) para que los hermanos soviéticos les frotaran la piel y comprobaran que no desteñían, además de mandarles algunas frutas tropicales desconocidas en las frías regiones de la Europa nororiental.

Fue en el contexto de un obsequio frutal que ocurrió el desaire, la ofensa, el acto insultante que nunca le perdonaré a Nikita. Sucedió en el aeropuerto, junto a la escalerilla del avión en el cual acababa de arribar a suelo moscovita una delegación cubana de bastante alto nivel. Al jefe de la comitiva se le había ocurrido llevar, como regalo personal para el primer secretario del PCUS, un aguacate maduro. Fue ese día, a esa hora, que Nikita las perdió todas conmigo porque, ¿saben lo que hizo? En lugar de esperarse a llegar a su casa y calarlo como se hace con los aguacates, y comerlo en compañía de un buen arroz con picadillo, pues lo que hizo fue frotárselo por el sobretodo y tratar de meterle una mordida allí mismo como si aquello fuera una manzana. ¿Se imaginan disparate igual?

SEGUNDA PARTE

Ahora quiero salir en defensa del calvito, que aunque me caiga mal, aunque me haya hecho la mierda del aguacate, él también tiene derecho a que se le evalúe con toda justicia. Además, no hay que hacer leña del árbol caído. Yo no soy de esa gente que dice cualquier cosa de otra persona nada más que porque no me guste cómo actuó en alguna ocasión. Y tengo otra razón para defenderlo. Para qué meternos tanto con un hombre que ya, de por sí, tiene la desgracia de llevar un nombre terminado en “A”. Estoy seguro que más de la mitad de las personas que escucharon ese nombre por primera vez, pensaron que se trataba de una mujer. Incluso Luc Besson parece que nunca se enteró y le puso el nombre a la heroína de su película que, lejos de ser un viejo calvito y secretario general del PCUS, era una rubia sexy, con rasgos eslavos, eso sí, y facilidad para desenfundar todo tipo de armas. Pero ya digo que no hay que meterse más con el hombre, si ya tuvo bastante con que su nombre sirviera para crear una sabrosa rima que todos los cubanos repetimos en su momento hasta el cansancio y que decía: “Nikita, mariquita, lo que se da no se quita”. ¿Y qué es lo que nos había dado el líder del país de la hoz y el martillo? Nada. No nos había dado nada que luego nos fuera a quitar; pero a él tampoco le convenía decirlo así, como era en la concreta. Sí, que a veces uno da algo sin darlo, o no da pero quiere que algunos de los encartados piensen que sí dio, aunque prefiera que los otros sigan pensando que no ha dado. Y cuando ese dale y no le des se mueve en el campo de la política internacional y no en el de la quimbumbia, se enreda todavía más y a veces lo indicado es que uno dé sin dar, por tanto cuando va a quitar es como si no quitara porque nada había dado, y si ese al que dio sin dar y, por tanto, quitó sin quitar, se molesta, será porque pensaba que había recibido lo que nunca nadie le dio.

Si quieren hago el cuento más claro. Al menos un poco más claro que lo que se pudo saber a ciencia cierta en aquellos oscuros días de octubre. Resulta que los soviéticos vieron en la Cuba Socialista una posibilidad de emparejar la llamada correlación de fuerzas de la guerra fría. Colocar unos cuantos cohetes nucleares en el centro de una isla tan cercana al territorio de los americanos, sería una buena manera de decirle al mundo que ellos estaban en condiciones de dar un golpe demoledor si las circunstancias lo exigían. Lo que pasa es que una cosa piensa el borracho, otra el bodeguero y otra más allá el muchacho que no puede tomarse un trago por ser menor de edad. Los americanos se sintieron amenazados por los soviéticos; los soviéticos se sintieron en condiciones de exigir que los americanos retiraran unos cohetes similares emplazados en Turquía, y los cubanos no sentimos cuando comenzó aquella bronca ni cuando se terminó. Lo único que sentimos, eso sí, fue el gran susto de tener unos cuantos cohetes apuntándonos que, con el pretexto de destruir a sus similares emplazados allá en algún punto entre Santa Clara y Sagua la Grande, acabarían con la isla entera porque, según argumentaban algunos altos oficiales del ejército americano usando la terminología del dominó: “no tenían algo menos gordo que tirar”.

De manera que se formó la gran discusión entre el borracho de Moscú y el bodeguero de Washington; pero el muchacho de La Habana, al que nadie le había servido un trago por ser menor de edad, se incomodó, y gritó y pataleó y nos puso a todos a gritar “Nikita, mariquita, lo que se da no se quita”; aún cuando la verdad era que el hombre ni era mariquita, aunque tuviera un nombre terminado en “A”, ni nos había quitado nada, porque nada nos había dado antes.

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