Historia (no autorizada) de Cuba

Pangola 1968

Escrito por Jorge Carrigan.Publicado en Historia (no autorizada) de Cuba Imprimir

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Europa estaba por estallar en la primavera de ese año; Norteamérica naufragaba en medio de una crisis de racismo y violencia que a la par de la guerra en Viet Nam hacían la atmósfera irrespirable. América Latina se debatía en la pobreza cuando las esperanzas de una alianza para el progreso habían fracasado. Sin embargo, no muy lejos había una tierra, que parecía tocada por la magia de algún genio y que se presentaba como un paraíso terrenal; el edén de la clase obrera, una utopía inalcanzable que se hacía realidad para poco menos de diez millones de los que habíamos sido hasta entonces pobres mortales. Este era el paraíso en el medio del Caribe; una isla en la cual otrora todo el que cruzara allende los mares debía carenar; detenerse aunque fuera un par de días para saciar la sed que da el océano.

Pero eso era antes, mucho antes.

Ahora sus habitantes no teníamos tiempo para atender a los viajeros. Habíamos dejado de ser puerto de paso y nos ocupábamos en crecer a los acordes de una rumba que decía: “arriba los pobres del mundo, de pie los esclavos sin pan...”

Era la época de los grandes planes.

Mucho debíamos hacer, mucho debíamos trabajar en la organización de una agricultura que, ciertamente, había funcionado de manera bastante arbitraria hasta el momento. Había que sistematizar, diseñar estructuras, optimizar las formas de producción, crear empresas, elaborar planes para aumentar la productividad tanto en los cultivos como en la ganadería. Y para dirigir en esos tiempos una empresa agrícola en la tierra más fermosa que ojos humanos vieran, se debían reunir una considerable cantidad de condiciones políticas y morales, por supuesto. Los hombres que estuvieran al frente de la titánica tarea deberían ser el súmum, lo último, lo que más se aproximara al hombre del siglo XXI. Nuestra proyección era hacia el futuro. Se hablaba de la honestidad, de la capacidad de trabajo, de la fidelidad a los principios políticos que regían la vida del país, etc, etc, etc. Para lanzarnos a asaltar el cielo necesitábamos del hombre superior, del arquetipo del ciudadano del porvenir.

Pero si hacía falta un hombre íntegro, completo, colosal; aquí estaba Conrado Cárdenas, de cuerpo presente. Aquí estaba el hombre del mañana con su sonrisa amplia y su espíritu de sacrificio. Aquí estaba el que había subido los cinco picos, el que había tomado parte en más de cuarenta movilizaciones de las milicias; el que había participado en la lucha contra bandidos. Aquí estaba el graduado de la primera escuela de las ORI; el que no había quien le pusiera un pie delante en los manuales de Nikitin y podía recitar pasajes enteros de Los Fundamentos del Socialismo en Cuba, de La Carretera de Volokolansk o de Los Hombres de Panfilov. El hombre reunía las condiciones para que lo nombraran administrador de uno de los planes lecheros más importantes del país... y lo nombraron.

La combatividad y el fervor revolucionario acababan de hacer su entrada en la ganadería nacional.

Una de las primeras cosas que Conrado supo fue que los científicos acababan de descubrir que la pangola, una especie de yerba alta, silvestre, resistente a las inclemencias del tiempo, era un magnífico alimento para el ganado. “Eso me toca a mi”, se dijo Conrado Cárdenas e inmediatamente hizo lo que debía hacer alguien que quisiera estar a la altura de su tiempo y al nivel de su compromiso histórico.

Era la época de las grandes consignas, y como para este dirigente era esencial estar a la vanguardia, apenas se lanzó la consigna de sembrar de pangola la mayor extensión de tierra posible para así tener asegurada la alimentación del ganado en apenas dos o tres meses de trabajo; Conrado Cárdenas, que de agricultura sí que no sabía nada, dio la orden de roturar los campos, de acabar con inmensas plantaciones de cierta yerba alta, silvestre, que crecía en los terrenos de pastoreo, y cuyo nombre era “pangola” (aunque él no lo supiera), para sembrar allí, nada más y nada menos que “pangola”.

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