Historia (no autorizada) de Cuba

Amanecer con caballos 1981

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(Contado por un trabajador del ICAIC a un grupo de amigos en la pizzería Cinecittá.)

I

Que un director de cine húngaro sea un artista muy serio no es nada raro. Que sea un tipo serio, no sólo como artista, sino también como persona, tampoco es raro. Que a un hombre serio, sobre todo si es húngaro y director de cine, se le puede ocurrir la inclusión de una escena onírica en cualquiera de sus filmes, es comprensible. No es extraño que si hay un tipo serio, que además de ser director de cine, es húngaro, cuide mucho de la belleza plástica de sus películas. Que para un director serio y húngaro no haya escena más hermosa que la de un amanecer en el campo, con unos caballos moviéndose de un lado a otro, es explicable; así como que para un húngaro, serio y director de cine, el amanecer no es sino el momento mismo en que el sol despunta.

Que un director de cine, húngaro y serio, no tenga mucho sentido del humor puede ser absolutamente normal. Y puede que lo que necesite este director de cine, serio y húngaro, sea que el amanecer con caballos, por razones de belleza plástica, tenga lugar en un ambiente tropical; y ¿dónde mejor que en Cuba?, se preguntarán los productores, y la pregunta será casi retórica si tenemos en cuenta que en los momentos en que ese húngaro, serio y que fungía como director de cine tuvo la mencionada idea en algún momento de la década de los 70, cuando los convenios de colaboración cultural firmados por los gobiernos de ambos países garantizarían que cualquier gestión como esa pudiera convertirse en una hermosa realidad sin que apenas mediara otro trámite que los inherentes a la coordinación del trabajo mismo.

II

Cuando el húngaro serio y director de cine descendió por la escalerilla del avión ya todo estaba prácticamente listo. Esa misma tarde lo llevaron a la locación donde le proponían que se rodara la escena; hermosa locación; y a la granja donde se guardaban los caballos que participarían en el rodaje; magníficas bestias. Se convocó a todo el equipo técnico que debería estar al día siguiente en el lugar señalado. El Instituto de Meteorología, por su parte, se encargó de informar que la aurora del día siguiente tendría lugar a las cinco y treinta y ocho minutos de la mañana, por lo que a esa hora todo debería estar listo para iniciar la filmación.

Cinco segundos antes de que el reloj del funcionario del aseguramiento técnico-material marcara las cinco y treinta y ocho de la mañana, descendió del auto, carpeta en mano, el director, acompañado de su traductor. Antes de saludar miró a su alrededor y preguntó en húngaro: “¿Dónde están los caballos?” “¿Dónde están los caballos?”, preguntó el traductor en español. “Ya están en camino. Llegarán en un momento”, explicó el funcionario con marcada cortesía, y el traductor susurró la respuesta al oído del serio director, que, inmediatamente dijo en húngaro: “Se suspende la filmación”. “Se suspende la filmación”, sentenció el traductor.

La mañana siguiente, cinco segundos antes de que el reloj del funcionario de aseguramiento diera la hora exacta; descendió del auto por segunda vez el director, como el día anterior, carpeta en mano y, como el día anterior, seguido por el traductor. Antes de saludar miró a su alrededor y preguntó: “¿Dónde están los caballos?” “¿Dónde están los caballos?”, preguntó el traductor. “Acaban de llegar. Enseguida los bajarán del camión”, dijo el funcionario con aire triunfal. “Se suspende la filmación”, dijo el director. “Se suspende la filmación”, decretó el traductor.

El tercer día, cinco segundos antes de que en el reloj del funcionario de aseguramiento técnico-material fuera la hora acordada, el director húngaro descendió del auto, como siempre, carpeta en mano; seguido, como siempre, por el traductor. “Rueda cámara uno”, gritó el director. “Rueda cámara uno”, repitió el traductor. “Rueda cámara dos”, grito el director. “Rueda cámara dos”, repitió el traductor. “Rueda sonido”, gritó el director. “Rueda sonido”, repitió el traductor. Los caballos, que esa mañana esperaban en el campo por la llegada del director, juguetearon ante las cámaras que desde diferentes ángulos los tomaban. Cincuenta segundos después de las primeras órdenes, el director gritó: “Corten”. “Corten”, repitió el traductor.

Un momento más tarde el húngaro dijo: “Buenos días”. “Buenos días”, saludó el traductor.

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