Historia (no autorizada) de Cuba

Militante 1984

“A situaciones extremas, soluciones extremas”; afirma, más o menos, un adagio que vendría como anillo al dedo para calificar uno entre los millones de sucesos excepcionales ocurridos durante la participación cubana en las campañas militares africanas (llámeseles como se les llame).

En aquellos tiempos y por aquellos lares pudieron verse algunas de esas travesuras que los cubanos somos capaces de hacer en circunstancias extremas. Pero si alguna vez se les fuera a dar un orden jerárquico; si se fuera a enumerar cuales han sido las mayores diabluras que hemos cometido los cubanos por el mundo, yo no tendría dudas de colocar esta entre las primeras. Y la razón más fuerte para calificarla así es que el episodio al que me refiero pertenece al campo de lo culinario.

Creo que los cubanos, para decirlo con toda franqueza, somos comelones. Fíjense como se dice en Cuba, que no se usa el término académicamente correcto que sería “comilón”, tampoco el socialmente correcto que sería “de buen apetito”. No somos “golosos” ni “gourmands”, término francés que suena tan bonito. No. Los cubanos somos “comelones” y que conste que comer bien, en cubano, significa comer carne. ¿Entendido? Por eso creo que cada vez que se escriba una línea sobre el carácter del cubano deberá mencionarse algo relacionado con la comida. Trabajadores somos... hospitalarios también... somos cariñosos, cordiales y extrovertidos... pero somos comelones, señores. Que nadie se llame a engaño. Y esa, sin que nos deba dar vergüenza alguna, es una de las mayores razones que hace que nos caguemos en un proceso político que nos ha obligado a comer siempre peor que el año anterior. Pero antes de continuar debo aclarar que para todo y para todos existe un límite y la frontera de nuestra apetencia nunca debería sobrepasar la antropofagia.

Un amigo me contaba que, acabado de llegar a Etiopía, en tiempos de Haile Marian y solidaridad militar cubana, escuchó una conversación entre varios soldados de la unidad a la cual fue asignado. Conspiraban acerca de que el próximo fin de semana matarían un militante y lo asarían para comérselo entre todos.

No será para nada ocioso aclarar algo en este momento: Para los cubanos, la palabra “militante” significa exclusivamente y sin ningún derecho a equivocarse “miembro del Partido Comunista de Cuba o de la Unión de Jóvenes Comunistas” los cuales se pasan el año entero de reunión en reunión tratando de que el camino de la revolución vaya siempre hacia adelante. ¿Me explico?

Es lógico que el hecho de que oyera hablar de comerse un militante el próximo fin de semana podía ser raro, incluso sorprendente para cualquiera, pero para mi amigo, que era militante, constituía una preocupación más que evidente. ¿Estarían convirtiéndose en caníbales los soldados cubanos? ¿ El hecho de que los militantes representaran un plato en particular estaría poniendo en peligro su propia vida además de constituir, de alguna manera, un atentado político de suma crueldad?

Mi amigo se preocupó muchísimo, sin embargo no enloqueció; sino que esperó a que uno de los soldados que había participado en la componenda se apartara; entonces lo abordó con sigilo muy bien disimulado y le preguntó como por simple curiosidad: “He oído decir que ustedes matan militantes para comérselos. ¿Qué quiere decir eso?” El soldado, que era, obviamente, un jodedor, sonrió. “¿Por qué lo preguntas? ¿Tú eres militante?

¿Qué hubiera respondido usted en ese momento, querido lector?

“No, no... yo no soy militante. Hacía la pregunta nada más que por saber”. Fue la respuesta de mi amigo, por si acaso. “¿Tú quieres ver los militantes que nos comemos los fines de semana?” Preguntó el soldado y mi amigo no respondió con palabras. Tal vez su cara era de angustia pero tanto como decir, no dijo nada sino que movió la cabeza afirmativamente con la esperanza de que la revelación no fuera demasiado grave. Siguió los pasos del combatiente que marchó unos metros hasta la parte posterior del campamento, allí desde donde se podía ver el lugar en el que el claro del bosque terminaba y comenzaba la selva tupida. Y justo en el límite pudo ver a unas aves inmensas, muy parecidas a avestruces o ñandúes que reposaban en círculo uniendo las cabezas al centro y dejando los culos en la periferia. Fue entonces que el soldado dijo: “Ahí están. Nadie sabe cómo se llaman, pero les decimos militantes porque como siempre están reunidos...”

Mi amigo respiró aliviado y vivió para contármelo.

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