Historia (no autorizada) de Cuba

La ingeniera hidráulica - 1987

1959 – 2000 y pico...

“Escúchame bien. Hay sólo una cosa que me limita a establecer una relación más profunda contigo...” Fue al final del diálogo que mantuviéramos por casi dos horas. Sospeché de qué se trataba y tuve muchas ganas de aclararle que la primera parte de nuestra conversación había sido un error... “no me gusta ni un poquito eso que se está poniendo de moda últimamente de acercarse a los turistas para...” tenía ganas de decirle que no soy un turista, que soy tan cubano como ella, bayamés como el himno... Al combate corred, bayameses... que la patria os contempla orgullosa... “Se nota que eres un hombre inteligente; lo suficientemente interesante para quedarme horas hablando contigo, pero no quiero; no soy de las que se dedican a eso de vivir haciéndole favores sexuales a los extranjeros. No te ofendas, por favor, pero no me interesa seguir en tu compañía”... quería decirle que era una broma, un mal entendido... ja ja... qué simpático... cuánto habría dado por poder decirle que yo era cubano... Cubanito, cubanito, cubanito de verdad; como decía la canción... pero, que va, mi momento, mi cuarto de hora había pasado y yo mismo me había quemado como Cafunga.

La ví por primera vez en la Habana Vieja. Íbamos caminando por la calle Obispo en el mismo sentido, pero por aceras opuestas, y yo me había fijado muy bien en ella, sin embargo, ella ni siquiera había reparado en mi. Cuando llegó el momento de cruzar Monserrate, que es una calle de tanta circulación, justo allí en la esquina del Floridita, donde tantos daiquirís (ahorrándose el hielo, el agua, el limón y el azúcar) se tomara en otros tiempos el Papa Hemingway; coincidimos por primera vez, en el mismo metro cuadrado de territorio cubano, ella y yo.

“Si usted pisa la Gran Vía de Madrid el tráfico se detendrá para verla pasar” Le dije con ese acento catalán ensayado ante el espejo que tan bien me quedaba. Y ella me miró graciosamente y sonrió. Su sonrisa me desnudó, me desarmó, me derrotó y me puso a sus pies.

“Pues mire que tengo entendido que por la Gran Vía no circulan ya coches de caballos, sino choferes histéricos, capaces de aplastar a cualquier ser humano”. Respondió ella, pero con un encanto tan especial que me pone los pelos de punta cada vez que me acuerdo. El sonido de su voz era lo más hermoso que había escuchado en mi puta vida.

“A un ser humano podrán matarlo, pero no a tí, porque tú eres divina”. Le dije inspirado y rendido ante su belleza.

“¿Estás seguro?... mira que soy marxista”. Dijo ella, pero de un modo tan celestial que Carlos, Federico y hasta Vladimir Ilich me parecieron más simpáticos que nunca antes.

“Tú puedes ser lo que quieras, que para mí seguirás siendo una diosa”. Dije suspirando profundamente y a partir de entonces hablamos de mil temas diferentes.

Jamás hubiera imaginado que existiera una persona capaz de conducir un diálogo con tanta inteligencia y gracia; y debo decir, en honor a la verdad, que, al conjuro de su conversación, yo también fui gracioso e inteligente. Y me felicité del perfecto acento que le había hecho morder el anzuelo de tal manera. Porque, claro, era lógico que aquella dama anduviera en busca de algún extranjero. Eso estaba por descontado desde que abrí la boca por primera vez. Quién iba a imaginar que en esa ocasión la cabrona lógica se iba a guardar una carta en la manga y ella me diría aquello que me dijo.

Habíamos hablado por casi dos horas y lo único que no pude decirle fue que soy tan cubano como ella, que estoy seguro de haberme enamorado de su sonrisa y de su modo de hablar; que soy un mentiroso que se hizo pasar por español para acercarse a ella; un equivocado que pensó que esa sería la única forma de entablar una conversación con una mujer tan hermosa; y un estúpido por no darme cuenta a tiempo de que si ella era verdaderamente hermosa e inteligente no me tomaría sólo por ser extranjero. Pero con tantos factores en mi contra lo más probable es que ella se habría desilusionado y me habría dado la espalda.

Porque de verdad soy un imbécil.

En ese momento opté por despedirme como el español al cual ella conoció por azar y ojalá nunca se entere de la verdad para no sentirme más ridículo de lo que me siento. Me dejó su dirección y su número de teléfono, pero no los voy a reproducir aquí porque así todo el mundo sabría cómo localizarla y le contarían acerca de mí y de mi idiotez. Además, me queda el recurso de pensar que en realidad ella era divina y que aquel encuentro fue una broma que quiso jugarme el hijo de puta del espíritu santo.

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