Historia (no autorizada) de Cuba

Papel higiénico

PAPEL HIGIÉNICO (1). 1988.

Revolución, democracia socialista, ciencias sociales, “A decidir y a gobernar con el Poder Popular”, politología, sociología, “El poder del pueblo, ese sí es poder”. Los anteriores son conceptos que se entrelazan, que se relacionan naturalmente, y que han estado muy presentes en los últimos cuarenta años de la historia de Cuba. Pero, ¿ qué tal si agregáramos un elemento más? ¿Qué tal si enumeráramos revolución, democracia socialista, politología, ciencias sociales y papel higiénico? ¿Cómo reaccionarían los lectores si se demostrara que en la historia cubana más reciente todos esos filosos (además de filosóficos) conceptos podrían relacionarse con la elemental función, con el primario servicio que nos presta el papel higiénico?

Hay dos verdades que deben quedar bien claras antes de decir una palabra más. La primera es que el gobierno y el pueblo de Cuba han estado siempre abiertos y dispuestos a colaborar con los intelectuales y científicos de todo el mundo que deseen estudiar nuestra realidad, siempre que estos tengan cierta aura que haga que sean identificables con el apelativo de “amigos de Cuba”. La segunda verdad es que una de las carencias más difíciles y constantes que nos ha afectado en los últimos cuarenta años ha sido la del papel higiénico.

Ahora podemos continuar. A finales de la década del 80, un importante sociólogo y politólogo estadounidense llegó a Cuba con un proyecto de investigación con el cual perseguía demostrar la tesis de que, aunque en la cúpula del estado cubano hubiera una centralización del poder, en los núcleos de base del Poder Popular, o sea, en los municipios, que es donde se elige a los delegados que representarán a los ciudadanos ante el gobierno, el sistema funcionaba de manera muy democrática, en un clima de discusión constante de los problemas y sus posibles soluciones. “Genial”, opinaron los funcionarios del estado cuando conocieron del estudio que el sociólogo se disponía a llevar a cabo. El resultado de esa investigación podía revertir en el mundo la opinión de que la política cubana se movía en el plano de lo dictatorial, casi monárquico, para demostrar que entre las filas del pueblo había un amplio debate. A todos convenía que el trabajo de investigación se llevara a cabo con toda agilidad, y en consecuencia fueron orientados los dirigentes de las regiones que serían visitadas, como parte del trabajo de terreno, para que colaboraran en todo lo que estuviera a su alcance.

El afamado politólogo se dirigió a la ciudad de Colón, en la provincia de Matanzas, cuya estructura municipal había escogido para que sirviera de piloto en la investigación. Y llegó a tiempo para enterarse que dos semanas antes se había celebrado allí una importante reunión interna del órgano de gobierno en la cual se trataron temas cruciales de la estructuración del sistema democrático cubano y algunas fallas y virtudes que sólo se podían apreciar desde el interior de la organización. “¡Qué maravilla!”, exclamó el estudioso. La agenda de aquella reunión coincidía casi milimétricamente con el trabajo que él se proponía llevar a cabo. Que le facilitaran una copia del informe de aquella conferencia probablemente le ahorraría un segundo viaje a ese municipio. Obviamente, partiendo del trabajo que había hecho hasta el momento, debía pasar a la confección de un cuestionario abarcador y el arduo trabajo de entrevistar, uno por uno, a decenas de funcionarios, delegados y electores para lo cual debería regresar desde los Estados Unidos dentro de tres meses.

“No”, fue la respuesta del Presidente del Poder Popular cuando el reputado politólogo hizo la petición. La intención de ayudar en lo que fuera posible, para que la investigación se llevara a cabo con todo éxito, también tenía un límite. No se podía hacer pública una copia del reporte de aquella reunión, menos si dicha copia saldría al extranjero, y muchísimo menos si el país al que iría a parar era Estados Unidos por muy amigas de Cuba que fueran las manos de quien lo llevara. Se trataba de un acto elemental de protección. Las interioridades de una discusión en el seno del poder legislativo y de gobierno no podían ser arriesgadas a caer en manos de personas o instituciones potencialmente enemigas. La buena fe del científico estaba más que probada, pero no se podía descartar que una indiscreción, o un simple accidente, hicieran caer aquel reporte en otras manos. El politólogo era testarudo (como buen yanqui) e insistió mil veces en que podían confiar en él.

La última vez que insistió fue durante un almuerzo de trabajo con los dirigentes del Poder Popular municipal. El aperitivo había sido un coctel de camarones con aguacate. Delicioso. Mientras el hombre repetía, rogaba... Luego pasaron al plato principal; congrí, masas de puerco y plátano frito; entre las últimas salvas del invitado instaba, exhortaba, suplicaba…

Antes del postre el presidente del Poder Popular se inclinó ligeramente hacia adelante para decirle: “No es desconfianza, hermano, pero compréndenos, coño”. Esa última palabrita, dicha así, con el corazón en la mano, fue, probablemente, la que lo decidió todo. Por fin el prestigioso especialista desistió. Regresarían a las oficinas del Poder Popular donde el especialista quería agradecer personalmente a todos los que lo habían ayudado en esa semana de intenso trabajo. Dentro de dos horas debería partir rumbo a La Habana y su discurso de gratitud fue corto, pero muy sentido.

Apenas unos minutos antes de partir, el científico tuvo necesidad de ir al baño. El almuerzo había sido demasiado fuerte y el viaje a la capital sería largo. Entró al baño y apenas lo hizo, notó algo que le heló la sangre, no sabía si de miedo o de felicidad. En una caja de papeles desechables, colocada allí para suplir el siempre inexistente papel higiénico, había aproximadamente cincuenta copias del informe que tantas veces él pidiera. Probablemente habían sido impresas más copias de las necesarias y el papel sobrante debía ser siempre papel recuperado.

El politólogo se preguntó entonces si sería correcto hacer volver aquellas cuartillas a cumplir se función anterior de informar sobre lo discutido en las reuniones o si lo correcto sería respetar la condición de invitado y utilizar aquel reporte sola y únicamente en su nueva función sanitaria.

Los resultados de la investigación fueron un éxito rotundo.

(1) De este cuento sí tenía toda la información sobre nombres y fechas con toda exactitud y de primerísima mano. Pero cometí la imperdonable superficialidad de no anotar esos datos y los olvidé. Lo siento. (N del A)

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