Historia (no autorizada) de Cuba

Papel - 1992

1959 – 2000 y pico...

No tendría ningún problema en revelar la identidad del protagonista de la siguiente historia si se hubiera tratado sólo de un escritor, novelista para ser más exactos, y muy buen amigo mío. El que me sustraiga de mencionar su nombre se debe a la fe que profesaba. Y no se trata de que su actitud cristiana fuera única e irrepetible, ni que mereciera más respeto del que podría merecer cualquier otro devoto, lo que ocurre es que no fueron sus debilidades, sino las circunstancias que le tocaron vivir dada su triple condición de cristiano, novelista y cubano; y la particularidad de ser esas tres cosas en La Habana de 1992; las que provocaron el terrible conflicto que narraré a continuación. Tal vez, si lo anterior no fuera suficiente para demandar la compasión de los lectores, diré que las circunstancias en que se vio involucrado este amigo lo hicieron caer en una profunda crisis ética. Por tanto, si de salvar éticas se trata concluyamos con que si su ética estuvo en tan grave peligro en aquella ocasión, pondré a salvo la mía en este momento ocultando su nombre.

Veamos qué he dicho ya: Que se trataba de un escritor; cubano, por supuesto; y además, que se puede inferir que en ese momento se encontraba escribiendo una novela, la cual, sin adulonerías o sobrevaloraciones, opino que podría trascender en algún momento para ocupar una plaza entre las obras más importantes escritas en el fin del siglo XX cubano.

Ahora les propongo un acertijo: ¿Quién puede adivinar la razón por la cual tuvo que interrumpir su trabajo mi amigo el novelista? El que haya respondido que por falta de papel para seguir escribiendo habrá acertado. Porque no sé si alguien en el mundo sabrá que conseguir un millar de hojas de papel en Cuba, en 1992, era una tarea poco menos que imposible. De manera que mi amigo salió a la calle, desesperado y pidió... y encontró negativas, y supo que su propia carencia rondaba por todas partes. Pero resulta que al fin alguien, un amigo común, le indicó una solución: Debía ir a una imprenta de la Habana Vieja y allí contactar a un impresor, de nombre sonoro, con la seguridad de que en el pasado otros escritores habían resuelto problemas similares negociando con el mismo individuo.

La sugerencia era entrar en el mercado negro de papel y la ética de mi amigo sufrió el primer espasmo. Sin embargo, haciendo un esfuerzo e imaginando que iba a una tienda convencional a adquirir el papel necesario, mi amigo el novelista consiguió acallar la voz interior que lo acusaba de contrabandista.

Fue, pues, a la imprenta e hizo contacto con el vendedor. Sé que no es fácil, pero traten de imaginar la cara de mi amigo a la hora de decir: “Necesito, por lo menos, dos millares de papel. La calidad no importa; me las puedo arreglar con cualquiera”. El impresor del nombre sonoro, que era un mulato campechano y sonriente respondió: “No hay problemas. Todo el que quieras y, además, de óptima calidad”. Ahora imaginen la expresión del pobre cristiano al preguntar: “¿Y cuánto cuesta cada millar?” El mulato retiró la sonrisa y dijo gravemente: “Ni hablar de eso. A nosotros no nos interesa el dinero...” eso se llama altruismo... filantropía... gracias, Dios mío...” pensó mi amigo, feliz, antes de que el impresor agregara: “tal vez podrías conseguirnos algunas revistas extranjeras. Es decir, revistas pornográficas”. No voy a pedirles que se imaginen la expresión de desconcierto del novelista. Si para él era impensable tener en su biblioteca una sola, más impensable aún era salir a buscar un par de esas revistas, cuya circulación era ilegal en Cuba, para realizar el canje con el impresor. No me voy a detener demasiado en describir lo absurdo de la situación. Un escritor, honesto y cristiano, convertido en contrabandista de literatura pornográfica. Sólo diré que la supervivencia artística de este hombre dependía de que fuera capaz de dar el paso y debía decidirlo ya, de manera que dijo: “Está bien. Prepárame tres millares que voy a buscarles eso”; y no se atrevió, por supuesto, a llamar a “eso” por su nombre.

Esa misma tarde comenzó su Vía Crucis.

Transitó por varios grupos de amigos indagando, unas veces indirecta y otras directamente, por las revistas que necesitaba. Y tuvo que escuchar exclamaciones de sorpresa, suspicacias, alusiones a alguna aberración oculta, y risas, muchas risas la mayoría de las veces. Pero también hay que decir, en honor a la verdad, que el Vía Crucis del escritor tuvo pronto un final feliz. Un poco antes de que desistiera, apareció el amigo salvador, ese al que regularmente luego convertimos en leyenda, y le ofreció, sin costo alguno, una serie de postales de mujeres desnudas, bastante viejas y maltratadas ciertamente, pero ennoblecidas por la causa a la cual servirían, con el ofrecimiento adicional de que si necesitaba más papel para terminar la novela podría proponer al mulato impresor un casette de video con dos películas pornográficas íntegras. Es una lástima que el nombre de este amigo deba permanecer también en el anonimato, porque con su voluntad de ceder el casette de vidéo estaba haciendo un aporte a la literatura cubana incomparablemente superior al que muchas personas reconocidas han hecho.

Temprano en la mañana fue a la imprenta el novelista y realizó la transacción con todo éxito. Tres millares de papel en la mochila le provocaron una sonrisa de oreja a oreja. Sin embargo, quedaba algo más por decir y se apresuró a decirlo tímida pero resueltamente: “¿Qué te parece cambiar diez millares de papel por un casette de vidéo con dos películas pornográficas?” Es posible que el elemento que podría hacer simpático este cuento es el que viene ahora, sin embargo, es casi irreproducible, porque el impresor al escuchar la propuesta abrió mucho los ojos y dijo: “¡¡Ohhhhhhh!!” pero se notaba que estaba tan emocionado que no pudo hablar en unos segundos. Luego se repuso y agregó: “Si me traes un casette de vidéo con dos películas te llevas la imprenta completa”.

Por suerte a mi amigo el novelista le alcanzó el papel y no fue necesaria la segunda transacción. De cualquier manera, siguiendo las pistas que hemos ofrecido tal vez usted, querido lector, pueda adivinar dentro de un tiempo quién es el escritor y cuál la novela en cuestión. Aunque, de hecho, todas las novelas que se han publicado a partir de ese momento serán sospechosas de haber sido escritas en papel conseguido de ese modo, o sabe Dios de cuántos otros.

Martes, 08 de Enero del 2008

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