Historia (no autorizada) de Cuba

La lanchita de Regla. 1994

1959 – 2000 y pico...

A Jorgito, Mayi, Jorge Antonio y Diego,
sin que el orden de las dedicatorias altere el afecto

La próxima parada es el muelle de Luz. Sí. Ahora la guagua, que se mueve por la calle San Pedro, va a pasar por frente a la esquina en la que muere Jesús María, luego Acosta, inmediatamente después Luz y se va a detener frente a la última esquina de Santa Clara. Ahí, frente a esa parada debo tomar la lancha que me llevará hasta Regla. Esta lancha es una bendición. Siempre lo ha sido. Si no fuera por ella, habría que darle la vuelta a la bahía completa y eso representa, siempre ha representado, el doble o el triple del tiempo. Engancharme en esta 82, que hace el recorrido Miramar-Muelle de Luz fue difícil, siempre es difícil. Vivo cerca del Parque Maceo, exactamente a la mitad del recorrido y poderse colar en ella allí, en la parada del Hermanos Ameijeiras, nunca es fácil, mucho menos si es en hora pico y mucho menos si uno debe cargar un galón de luz brillante, o sea, de keroseno, desde el barrio de Cayo Hueso hasta el ultramarino pueblo. Pero una madre es una madre, siempre lo es, y un hijo no puede escuchar impávido que la vieja diga con voz temblorosa desde el teléfono de Graciela, la buena vecina, que no tiene con qué cocinar aunque sea un poco de arroz, y un cuarto de libra de frijoles negros que todavía le quedan, para que el viejo y ella puedan comer hoy por lo menos. A uno se le encoge el corazón, siempre se le encoge, y divide así, al serrucho, al fifty fifty, los dos galones de combustible que acaba de resolver y se lanza a la aventura de cruzar desde el centro de La Habana hasta una de sus periferias, para salvar a los viejos, aunque sea por esta vez.

Y por lo menos ya lo estoy logrando. ¿Para que pensar tanto en negativo? ¿Para qué tanto lío si ya la guagua está llegando? ¿Para qué lamentarse si ya llegué? ¿Para qué quejarse si para los reglanos llegar al muelle es, siempre lo ha sido, llegar a casa?

Pero, ¿y esa cerca?... ¿y esos dados de concreto que impiden el paso?... ¿y esa cola que llega hasta el cuartel de bomberos?... ¿y por qué se mueve tan lento la cola?... ¿por qué hay tantos policías?... ¿ocurriría algún accidente?...

Pero bueno, si no hay más remedio tendré que hacer la cola. Ahora comenzaré un jueguito, siempre lo juego, a calcular cuántas personas hay en la cola y cuántas lanchas tendrán que venir para que me toque el turno. La segunda fase del juego es comprobar cuántas lanchas están en servicio y computar el tiempo que toma a cada una el recorrido completo de ida y vuelta para así llegar a una previsión de cuánto tiempo me tomará avanzar en la cola hasta llegar a abordar la lancha que me llevará a cruzar la bahía. Si fuera a Regla sólo a pasear, probablemente regresaría a mi casa para volver mañana, o mejor, el fin de semana. Pero voy por lo de los viejos y la comida. Eso sí que no puede esperar. Tal vez podría llamarlos por teléfono y decirles que le pidan prestado un poco de keroseno a algún vecino y que yo mañana les llevo este galón para que lo repongan. Pero, que va, si ellos no tienen lo más probable es que ninguno de los vecinos tiene tampoco. Además, dónde voy a conseguir un teléfono que funcione en un kilómetro a la redonda. Si tuviera dólares podría llamar por teléfono desde cualquiera de los restaurantes que hay alrededor de la Plaza de Armas o en la de la Catedral. A lo mejor, si tuviera dólares, hasta podría comprarles unos perros calientes o unas hamburguesas y una Tropicolas ahí frente a la Lonja del Comercio. Pero si no tengo dólares, ¿para qué carajo estoy pensando en eso entonces? Es que la cola se demora. Según el primer cálculo debía tomarme una hora y media, aunque ya voy para dos horas aquí y todavía habrá que llenar tres lanchas más antes de que me toque. Pero ya estoy llegando. Los policías están ahí mismito ya. Y sigo pensando. Por allá por la Avenida del Puerto, cerca de Cuba y Chacón hay unos cafés que han puesto en las aceras que se puede comer pizza, sándwiches con pan calientito y cerveza, o refresco. Claro, el refresco para mamá. Para papá y para mí un par de cervezas bien frías. Ahora sí que estoy llegando, ya tengo a los policías ahí, registrando al que va delante de mí. ¿Por qué estarán registrando a todo el mundo? Y a mi qué me importa. Allá el que tenga alguna preocupación con que lo registren. El que esté en algo, o sea, el que esté en algo ilegal quiero decir, tendrá que preocuparse. Puede que anden buscando armas o droga, o algún artículo de contrabando. “Buenas noches, ciudadano”, me dice el policía y en un gesto reflejo levanto los brazos para facilitarle la tarea. Que lo mío es terminar cuanto antes. Tal vez si todo el mundo lo hiciera como yo, saldríamos más rápido. El cacheo no demora ni diez segundos. A ese ritmo los policías que están aquí en la entrada habrían podido registrar a trescientas sesenta personas por hora cada uno, lo cual habría dado una cifra de mil cuatrocientos cuarenta por hora entre los cuatro y a mi me habría llegado el turno en una hora y media como había calculado al principio. Lo que pasa es que la gente no coopera. “¿Qué lleva ahí?”, la pregunta del policía va dirigida a mi, sin dudas. “Luz brillante, o sea, keroseno”. Mi respuesta no tiene nada de raro, es más, es la única respuesta que puedo dar, porque no es otra cosa que eso y nunca ha sido nada raro que uno lleve a la casa un poco de algo que consiga, máxime cuando se trata de llevar algo no para mí mismo, sino para mis pobres viejos. En Cuba los padres son algo sagrado. A nadie se le ocurriría cuestionar que un hijo se ocupe de sus ancianos progenitores. Por eso es tan extraño lo que me pregunta a continuación: “¿Y a dónde lleva usted eso?” A nadie debería asombrar que uno lleve un galón de keroseno a Regla. Dan ganas de responder incluso que uno va a llevar ese galón de keroseno a donde único lo puede llevar, o sea, a Regla, dado que esta no es la cola de guagua que va al Diezmero ni la que va a La Lisa, sino que esta es la cola de la lancha que va a Regla... Re-gla... r, e, g, l, a... así que uno va a ese sitio y a ningún otro. Claro, que eso no lo digo porque sonaría demasiado a burla y aquí burlarse de un policía puede salirle muy caro a uno. Entonces decido por dar la respuesta más convencional y melodramática que tengo en repertorio. “Se lo llevo a mi viejita para que pueda hacer un poco de arroz y frijoles negros”. “No puede montar ningún tipo de combustible en la lancha”, es la próxima disposición del guardia. “¿Y por qué?”, pregunto yo, dispuesto a discutir la negativa del uniformado. La lógica indica que no se puede argumentar con los policías cubanos; sencillamente porque argumentar es razonar y… bueno, que ya sabrán como son los agentes del orden de La Habana. Lo que pasa es que es tan jodido haber llegado hasta allí para que ahora el tipo ni siquiera me responda... “¿Y por qué?”, repito la pregunta. “Es la orden que tenemos”. Contesta a secas en el justo momento en que los que se apelotonan detrás de mi comienzan a protestar porque estoy retrasando el avance. “¿Y por qué esa orden?”, pregunto. “¿Usted no sabe nada?”, me reprocha. ¿Qué debería saber?, me pregunto a mí mismo, pero no tengo tiempo de abrir la boca antes de que el policía continúe: “Aquí todo el mundo sabe que no se permiten ni armas, ni objetos cortantes, punzantes o contundentes, y mucho menos cualquier tipo de combustible”. “¿Desde cuándo?”, pregunto. “Desde hoy”, responde. “Entonces, ¿qué hago?”, pregunto. “Tiene que regresar al lugar de dónde vino. Por aquí no pasa” responde. “Pero, ¿cómo usted va a venir a decirme que no puedo montarme en la lancha para ir a la casa de mi madre?” Me quejo, pensando que por lo menos tengo derecho a una pataleta de regulares dimensiones. “Ey, ey, ey”, refuta el guardia para hacerme callar; y una vez que quedo en silencio, se repone para decir: “Nadie ha dicho que usted no puede ir a Regla a visitar a su señora madre. Lo que hemos dicho es que el combustible no pasa. Si quiere que le permitamos el paso tiene que dejar el galón”.

Me siento como si estuviera jugando al juego aquel del león, el cordero y la paca de hierba. Si vuelvo a mi casa con el keroseno, mi madre y mi padre se quedan sin comer. Si trato de que pasemos el galón y yo, el policía me lo impide; y si paso sin el galón se quedan sin comer igual. ¿Qué hacer?

Corre el mes de agosto de 1994, por si importa el dato.

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