Historia (no autorizada) de Cuba

Hatuey, 1995

“¿Y quién lo quemó?” La pregunta ha estado tropezando, saltando y volviendo a saltar dentro de la cabeza de José de la Caridad León Zaldívar, a quien sus amigos llaman cariñosamente “Cachito”.

Pero, ¿qué ha sido tu vida, Cachito, vamos a ver, sino un constante esfuerzo por llegar a algo... por vivir mejor... por vivir...?

¿Te acuerdas cuando estabas en noveno grado y te cogió el servicio militar; y pasaste tres añitos de tu adolescencia entre unidades militares, fugaces fugas para ver a tu novia Emelina de vez en cuando y madrugadas de guardia en las cuales debías cargar un fusil M-52 de fabricación soviética, casi más grande que tu esmirriada talla de apenas cinco pies y cuatro pulgadas? ¿Te acuerdas de cuando terminaste tu honrosa misión militar, que en el Ministerio de Trabajo lo que te ofrecieron fue el trabajito aquel de ecologista ejecutivo, o sea, de cazador de cocodrilos en la Ciénaga de Zapata y tuviste que hacer maromas para conseguir alguna otra cosa menos arriesgada? ¿Te acuerda de tus buenos tiempos en la pelota? Porque fuiste pelotero, y muy bueno, por cierto. Buen pitcher que fuiste; sí señor, muy buen relevista. Lo que pasa es que en este país hay demasiados pitchers buenos; era demasiado difícil meter cabeza por ahí, mucho menos si uno no era más que un relevista. ¿Te acuerdas de aquel juego en el Latinoamericano, cuando al fin llegaste a la nacional? ¿Recuerdas que te trajeron en el noveno inning, con dos outs, las bases llenas y Antonio Pacheco al bate? ¿Te acuerdas que lo ponchaste? Fue la gloria para José León. Tu segundo nombre lo habían borrado para hacer menos engorrosa la lista de jugadores; además de que ese De la Caridad tenía algo, un no se sabía qué, pero que desentonaba en aquellos tiempos en los que los nombres que se habían empezado a usar eran Vladimir, Boris o Yuri.

Llegaste a la gloria, Cachito, sin embargo, dejaste el deporte. Tu talento de lanzador relevista no daba para más que para emocionar a los nacionales y eso no era suficiente. No había cabida para tí en el equipo de las cuatro letras, el que salía todos los años al entrenamiento de altura en México y luego se iba de gira a Japón para finalmente participar en algún torneo en Italia, Canadá o hasta en la mismísima Yuma. Pero donde se cierra una puerta hay que abrir otra. Fue por eso que decidiste dejar el deporte de las bolas y los strikes por el del high ball; y empezaste tu preparación para triunfar en esa otra esfera de la vida.

Y llegaste, José De la Caridad.

Mucho trabajo que te costó pero al fin llegaste. No es como para que ahora venga este señor a complicarte la vida con su preguntica de “¿Y quién lo quemó?”. Las tantas veces que te dijeron que hay miles de turistas que serán muy solidarios y todo pero también son bastante cayucos, o sea, tarúpidos, cerrados de entendederas; que lo que conocen de Cubita la bella son algunas consignas que se han venido repitiendo desde aquellos tiempos en que los habitantes de este eterno Baraguá, de este bastión de la intransigencia revolucionaria, de esta trinchera antimperialista, éramos felices e importantes, pero estábamos tan ocupados que ni cuenta nos habíamos dado. En muchas ocasiones te dijeron que la mayoría de los turistas que nos visitan son tan, pero tan, pero tan ignorantes, iletrados, analfabetos en asuntos relacionados con la historia y la cultura de Cuba; pero lo peor es que son de esos ignorantes que piensan que saben. Por más que te lo habían dicho nunca lo habías creído, ¿no es verdad, Cachito? Claro que es cierto. Si ni se sabe cuántos turistas han llegado pidiendo que los lleven al lugar donde nació el Che Guevara. Y cuando uno les aclara que el Che nació en Argentina se sorprenden. Entonces piden que los lleven al lugar dónde murió; y cuando les explican que murió en Bolivia piensan que les están haciendo una broma con algo tan sagrado. Increíble, ¿no? Parece mentira. Aunque, que va; los turistas podrán ser lo que quieran, pero tú tienes que pasar por encima de todas las limitaciones de los que te toque atender, Cachito. A tí nadie puede venir a joderte después de todo el empeño que le pusiste, de la cantidad de noches que pasaste en la escuela de idiomas y de las promesas a siete santos diferentes que te costó llegar a barman en un hotel cinco estrellas. Desde el primer día Danilo Figueroa Beltrán, el gerente general, que fue general antes de ser gerente, te lo dijo con todas sus letras: “Aquí lo importante es el cliente. Que después no vengan a decir que en el socialismo nos hemos olvidado de ser corteses con los extranjeros. Tenemos que recuperar aquel lema de Mi trabajo es usted; ¿te acuerdas?”. Por supuesto que te acuerdas, José de la Caridad, y de seguro no vas a tener ninguna dificultad para cumplir con tu trabajo con eficiencia. En definitiva siempre has sido un tipo amable y simpático. Mientras no esté prohibido que uno hable con los turistas y que les cuente sobre la historia y la cultura de nuestra invencible isla. Pero claro que no está prohibido. Cómo iba a estarlo si en eso se basa precisamente nuestro carácter; en que somos tan extrovertidos, tan sabrosos. A las personas que vienen a Cuba no les gusta que los traten con mucha formalidad. Eso sí, Cachito, de lo único que hay que cuidarse es de no ser ofensivo en ningún momento. Por ejemplo, si te encuentras con un mexicano no le vayas a decir que hablan como si estuvieran cantando o que la única vez que tu mujer comió tacos cogió una indigestión del carajo... o si te diriges a un español no le tienes que hablar de Elpidio Valdés con tantas películas bonitas que tiene Carlos Saura o lo bien que baila Antonio Gades. O sea, a ver si me explico: que lo importante es que uno se fije muy bien, para no meterse en temas que pudieran insultar al cliente. ¿Estamos? Por lo general hablar del calor del verano y de la belleza de las playas está bien. Se puede hablar de geografía y de folklor. Los collares los puedes usar por fuera. ¿Qué es eso de esconder los collares dedicados a los orishas que te protegen si en última instancia eso forma parte de nuestras raíces culturales? Un comentario pícaro sobre mujeres también se puede hacer de vez en cuando. Y de bebidas, por supuesto, le podrás hablar con más propiedad que de cualquier otra cosa, que para algo eres un barman calificado, capaz de explicar hasta por qué la Piña Colada sabe a coco, por ejemplo.

Estabas listo, José De la Caridad. Todo lo que quedaba era trabajar y ganarte tus buenas propinas honradamente; que aunque los turistas no fueran ricos ni mucho menos, incluso algunos tuvieran la apariencia de estarse comiendo un cable en sus países respectivos, sin embargo, veinticinco centavos por aquí... cincuenta centavos por allá y un dolarito cuando anduvieras con suerte te permitirían ir escapando, ¿no?

Luego entonces, si al principio todo parecía tan sencillo; ¿ qué pasó, Cachito? ¿Por qué tuvo que venir aquel gallego a complicarte la vida? Cuando el gordo turista español se sentó frente a ti, José de la Caridad León Zaldívar, y te pidió una cerveza, no sabías aún que te meterías en un lío de semejantes proporciones. Contribuyó también al desastre, claro está, que al no tener el cliente una marca preferida, sólo pidió una cerveza que fuera bien cubana, y tú optaste por servirle una Hatuey. ¿Por qué tuviste que darle una cerveza de esa marca, Cachito? ¿No sospechaste que eso podía traerte un problema del cual sería muy difícil salir? Pero el principio de tu dificultad no estuvo en el momento mismo en que el español gordo pidió la cerveza, sino cuando se quedó mirando detenidamente la botella y, como no tenía con quien hablar, te preguntó: “Eh, Mozo, ¿y ese que está en la etiqueta quién es?” “Bueno, ese es el indio Hatuey”; respondiste con toda la amabilidad del mundo. “¿Y era fabricante de cerveza o qué el tío ese?”; volvió a preguntar. “Bueno, el cacique Hatuey fue un gran patriota. En realidad él había nacido en la isla de La Hispaniola, la misma donde hoy están Haití y República Dominicana, pero vino a Cuba y aquí murió por defender a los indios cubanos y sin renunciar a sus ideales”; le dijiste con aire de conferencista, demostrándole que en este país un barman puede ser tan culto como... “Oh, qué interesante. Y por lo que me dices murió ya el tío, ¿no?”; continuó el peninsular. “Bueno, sí, murió en la hoguera”; contestaste. “¿Y quién lo quemó?” La pregunta sigue tropezando y saltando y volviendo a saltar dentro de tu cabeza, José de la Caridad León Zaldívar. ¿Qué puedes responder ahora que la conversación te ha llevado inexorablemente hasta “eso” que no puedes decir?... si tuvieras más tiempo para pensar tal vez se te ocurriría algo; pero el silencio no da más y deberás salvar el juego ahora, en el noveno inning, con dos outs y bases llenas. Las próximas palabras que salgan de tu boca serán para salir a flote o para hundirte definitivamente.

“Se suicidó. Tuvo problemas familiares y se dio candela”; respondes y le muestras la mejor de tus sonrisas.

Viernes, 02 de Noviembre del 2007

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