Un guajiro en Buenos Aires

Un día en el puerto

La escollera fue dejada atrás y el buque se dirigió hacia la dársena. Las boyas señalaban el canal y una visibilidad excelente tranquilizó al Capitán. El Práctico tomaba su café lentamente, le gustaba fuerte y sin azúcar. Recordó sus años de oficial. Añoraba los viajes, conocer nuevos lugares, la aventura, hasta que conoció a Martha, aquella mujer, mezcla de italianos y polacos. Se enamoró perdidamente de ella y quedó atado a tierra para siempre. Observó con los binoculares el ajetreo de los hombres en el muelle- respiró aliviado- Todo listo para el atraque.

Le gustaban estos buques, auque los post-panamax eran enormes y su área velica podía convertirse en un problema. Se sintió seguro, su habilidad se había puesto a prueba infinidad de veces y una impecable hoja de servicio era su mejor presentación. Se concentró en la maniobra.

Dirigió la proa en ángulo con el muelle hacia el lugar asignado para el atraque. Un remolcador se había hecho firme en la popa pasando dos cabos a través de la gatera, el tercer oficial cruzó sus brazos señalando al patrón que la maniobra estaba lista. Los marinos prepararon los demás cabos en proa y popa dejando las gasas descansando en la tapa de regala, los jibilays correctamente adujados y las bosas listas.

En la proa, el Primer Oficial se comunicaba con el puente marcando las distancias al muelle. El contramaestre en el molinete con ambas anclas listas para fondear vigilaba la labor de los marinos. El segundo remolcador acompañaba por la banda contraria al atraque

La lancha de los caberos tomó un largo de proa y en pocos minutos lo llevó hasta la bita, donde los portuarios esperaban para hacerlo firme. La luz intermitente de la baliza móvil indicó al Práctico el sitio donde quedaría la proa del buque. Una suave brisa de babor movían las banderas izadas señalando al piloto desde donde provenía el viento.

Las altas torres de contenedores pintaban al buque con una disímil paleta de colores. El remolcador libre apoyó su proa en el costado de babor. A la orden de los oficiales los jibilays fueron lanzados, en el muelle todos a observar las pesadas esferas que arrastraban las líneas no los golpearan, les ataron otras para devolverlas a bordo y así fueron llevando a las bitas de popa y proa los tres largos, través y el spring ordenados por el Práctico

Luego de hacer firmes el primer largo y un sprig en proa, se sintió el movimiento lento de las hélices que hicieron temblar al gigante. Una pequeña lancha llevó un largo de popa al muelle. El jefe de turno mantenía informado al Práctico a medida que los cabos uno tras otro se hacían firmes en las bitas, cuidaba que fueran colocados correctamente por el personal de estiba, las gasas pasaban una a través de la otra, para luego poder largarlas fácilmente. Con la privatización, los caberos desaparecieron y los estibadores de las terminales cumplían las funciones, algunos con poca o ninguna experiencia, por lo que eran controlados continuamente para evitar errores fatales. Media hora después el buque quedó atracado y la satisfacción de lograr una maniobra perfecta iluminó el rostro de todos.

Los grandes pórticos comenzaron a moverse como gigantes con sus enormes brazos levantados, fuertes y amenazadores. El ruido de las alarmas alertaban dejar libre las vías por las que se movían los pesados equipos. Los hombres entumecidos por el frío de la madrugada se agitaron, preparándose para embarcar. El pañolero acercó las varas y las llaves que utilizarían a bordo, así como las lingas y redes que el jefe de turno pidió al conocer el plan operativo del buque.

Una larga fila de camiones esperaba. Los jefes de turno recibieron los listados y repartían la documentación a los apuntadores que controlarían en el buque y en las plazoletas. Las luces iluminaban una ciudad dormida, apática e indiferente, divorciada de lo que por derecho propio debía ser una parte importante de su vida. El Practico recordó otras que se hermanaron con el puerto y la vida comercial bullía a su alrededor ¿Qué pasó en Buenos Aires?- preguntó sin respuesta.

Juan inspeccionaba en la plazoleta de exportación la carga del buque. Comprobó que no había equipos sin posición, uno solo perdido podía causar graves inconvenientes y demorar la salida del buque con el peligroso incumplimiento de otros compromisos ya establecidos. Los tiempos se cumplirían a rajatabla, era el sentido de existencia de las terminales y de los buques de Línea.

En la oficina de operaciones, Damián- el supervisor del turno- bostezaba revisando los listados de contenedores que serian descargados y embarcados. ¿Todas las verificaciones solicitadas por los clientes estaban listas? ¿Cual era el número de entregas de importación en el día y que contenedores de exportación recibiría la plazoleta para los próximos buques? ¿Alguna remisión de vacíos? ¿Había camiones para ingresar al Deposito Fiscal? ¿Alguna barcaza u otro buque eran esperados?

Recordó que varias maquinas estaban averiadas y no tenia todo el personal que necesitaba por el endemoniado convenio que se había firmado. Un ligero malestar en el estomago lo llevó con urgencia al baño. En la intimidad del sanitario azuzó a los jefes de turno por la radio, no les daba oportunidad para despistarse, tenia a todos en un puño, o al menos eso pensaba.

Los años románticos, cuando largas estadías en puerto hacían posible una vida más tranquila, cuando los marinos compartían con los hombres de la estiba, salían a conocer la ciudad o buscaban sexo era una historia que no regresaría.

Un sistema complejo ejerce el control total sobre la navegación y los movimientos de la carga. Uno de los incentivos de hacerse a la mar ha desaparecido, convirtiendo a los profesionales en simples conductores náuticos. El poder absoluto de los Capitanes es recuerdo de épocas gloriosas. Un viaje puede ser la variación de paisajes a través de la portilla del camarote y nada más.

Los estibadores esperaban cerca de la Escala Real la orden de embarcar, las autoridades inspeccionaban la documentación y el Agente Marítimo apuraba al encargado de la operativa para confirmar la terminación y dar el ETS. Se ultimaron los detalles y la orden de Libre Platica fue dada.

Los pórticos estaban en posición y los estibadores comenzaron a destrincar los equipos. El material de trincado se arrojaba a los pasillos y los hombres se apuraban para comenzar la descarga. El apuntador del pórtico señaló cual seria el orden de trabajo al maquinista, descendió la percha y el primer contenedor es llevado al muelle, donde otro apuntador revisa los precintos, el estado general y finalmente envía el camión a la estiba de destino. ¡La operativa había comenzado!

El Supervisor salió del baño más aliviado, pero el motivo que le produjo su abundante evacuación no había desaparecido. Tenia que ingeniarse para que el "rollo" en que se transformó el trabajo no lo abrumara. Cubrir el turno era una especie de "ruleta rusa de las responsabilidades", pasar a otro los problemas que pudiera esquivar, quedar bien parado y ganar el día era su consigna. Pensar en salvar el trasero era el nuevo "arte operativo" en la terminal.

Recordó su última conversación con los Superintendentes, de la que recogió una gran sabiduría y determinó su forma de ser y hacer las cosas de ahí en más. Se las ingeniaría para seguir esquivando el cuerpo. Aprendió a tener "un fusible" dentro del grupo de hombres a su mando, si algo salía mal, la responsabilidad la trasladaba a otro lugar que no lo perjudicara directamente.

Logrado este "modus cagandis", conservaba la esperanza que en el primer movimiento de ascenso pasaría por encima de sus compañeros sin ningún problema. Y entonces, verían quien era él-mas adelante la vida le dio la oportunidad y se superó así mismo.

La imagen de sus jefes le vino a la mente. Mariscal era alto, medio rubio, callado, cuando su opinión era requerida, mordía el bigote y quedaba mirando a un punto por encima de la cabeza del interlocutor. Este, creía que un pensamiento profundo ocupaba aquella mente llena de sabiduría prodigiosa y un poco nervioso esperaba que una idea genial indicara: ¿Que hacer en una situación descontrolada?

Error, el tiempo pasaba y el "pensador" seguía entretenido mascando los largos pelos del extremo del mostacho, mientras los camiones enloquecían a todos con el estruendo de las bocinas y los clientes enloquecidos amenazaban linchar a los apuntadores y maquinistas que no podían satisfacer sus reclamos.

Pasaba su preocupación a Monetti, también alto-como deben ser los jefes- tez clara, cabello castaño, fumando su pipa, con su voz nasal, ronca o aflautada según las circunstancias, rascaba la mejilla o acariciaba el mentón lentamente y repetía como una cotorra tartamuda su frase favorita :¡Hay que ponerse la camiseta! ¡Hay que ponerse la camiseta!- Como si todo el problema se resumiera a las mismas reglas de un encuentro deportivo. El asunto quedaba concluido y por lo tanto para él resuelto.

Ambos jefes parecían ponerse de acuerdo previamente y miraban hacia el mismo punto, perdido mas allá de la comprensión de los simples mortales que los rodeaban. Tras varios minutos que parecían siglos, el interlocutor no podía continuar sentado esperando, la radio ardía con los reclamos de los buques, plazoletas, el encargado de los maquinistas se quejaba por no encontrar quien deseara continuar unas horas mas después de terminado el turno, los camiones no llegaba. Pese a la presión, uno continuaba chupándose el bigote y el otro mascando la boquilla de la pipa, mentalmente Damian los mandó a la puta que los parió y con el rabo entre las piernas salió corriendo a ver cual de los incendios apagaba primero. En adelante, quien venga detrás, que se joda.

Los comerciales padecían un apetito insaciable, divorciado siempre de la operativa real del puerto, su mundo trascurría en las cuestiones abstractas y a esa altura de los acontecimientos muchos pensaban que se habían contagiado con algún virus de procedencia desconocida y de efectos muy particulares.

Diariamente surgían nuevos trabajos y nuevos clientes eran aceptados, prometiéndoles cualquier cosa con tal de tenerlos, como si por arte de magia el espacio de la terminal aumentara al igual que las maquinas y los hombres.

Quizás un día, harían lo mismo que el Señor cuando multiplicó el pan y el pescado, solucionando todas las necesidades operativas sin gastar un peso. Vana esperanza, la ilusión nunca se vio satisfecha pese a que los trabajadores pusieron toda la fe y la mejor de las voluntades acompañó sus plegarias.

Los años pasaron y cuentan los viejos portuarios que las autoridades de la ciudad nunca se preocuparan más que de los cruceros y de los negocios inmobiliarios. Lo vivido en las terminales fue convenientemente borrado de los archivos y olvidado. Queda de aquella época oportunidades perdidas, ilusiones, galpones abandonados, hierros oxidados, algunos bolsillos abultados y grandes espacios cubiertos de malezas a la espera que los embargos terminen y los interminables juicios algún día permitan que las autoridades de la ciudad recuperen un espacio que sin duda alguna les pertenece

La huelga.

El hombre pasó su mano por encima del escritorio como si buscase algo de polvo para eliminarlo. Tenia que recibir de nuevo en su equipo a una persona que nunca fue de su agrado. Auque lo conocía, no soportaba su forma de ser, le incomodaba la expresión del rostro cuando le daba una orden, haciéndole sentir que decía una estupidez. Dejaba traslucir su descontento con todo descaro en lugar de asentir complaciente y no emitir el más leve sonido. Solo tenía que hacer lo que le mandaban y nada mas ¿Es tan difícil? De todas formas, lo tendría bajo su mando y le apretaría las tuercas. Lo acompañaba su igual y entre ambos dirigían un sector de aquella instalación. Los demás, sabían que como técnicos eran mediocres, pero gozaban del apoyo del jefe del área y eso era lo importante.

Marcelo se acomodó en la silla y esperó a que los dos hombres terminaran de arreglar el escritorio y hacerle comprender que eran sus superiores. Sabia que no les agradaba, pero el trabajo le hacia falta y tenia que hacer un llamado a su paciencia. Pensó en las dos urracas y rió entre dientes. Soportó la letanía de los dos inútiles recordándole como trabajaba la empresa-el había comenzado antes que ellos- los miró a los ojos cuando dijeron: "Tienes que ponerte la camiseta, es el estilo de la Compañía". Marcelo dijo para si: ¿Qué será ponerse la camiseta para estos estupidos? Recordó el camino que lo había llevado a esa oficina. Mientras las urracas seguían con su parloteo a su mente vino un recuerdo cercano.

La huelga y el boicot se habían instalado varias semanas atrás. Se buscó mano de obra ajena al gremio en conflicto y a duras penas continuaron las operaciones del puerto. Gente de las villas obstruyeron los portones y sitiaron los accesos. La policía y prefectura lograron un orden relativo y frágil entre las partes en conflicto.

Las negociaciones-si es que podían llamarse así-estaban paralizadas y en peligro de abortar. Los puestos de trabajo de más de quinientas personas y una inversión millonaria estaban a punto de desaparecer. A los niveles medios llegaban señales distorsionadas por información insuficiente o por falta de capacidad de los que dirigían. Por la noche, mientras los estibadores operaban los buques, las piedras y las balas golpeaban las paredes y techos de los altos galpones del puerto. Desde la ciudad se podían escuchar las explosiones y los disparos, en los noticieros locales más allá de detalles mínimos nada importante parecía suceder.

La tensión aumentaba con el pasar de los días. Algunas noches, muchos quedaban dentro del cercado y armados esperaban intranquilos que la amenaza de tomar la instalación a la fuerza no se cumpliera. Unos mas que otros estaban decididos a defenderse, no permitirían que la turba al amparo de la oscuridad los agrediera sin respuesta.

Marcelo despertó inquieto apretando el mango de la pistola. Escuchó con atención el ruido de la noche y verificó que la radio estaba encendida. Observó a los hombres que descansaban vestidos y el silencio le trajo un poco de calma. Los defendería a cualquier precio, el conflicto para algunos se había convertido en algo personal. Revisó el cargador, martilló la pistola y palpó en la oscuridad los cargadores de repuesto, los tenia a su alcance, cerró los ojos e intento descansar. Una sensación de seguridad y poder lo recorrió y lo mantuvo alerta. En un galpón abandonado la había probado y estaba seguro de su funcionamiento si tenía que usarla.

Varios de sus hombres habían sido golpeados y amenazadas sus vidas. Días atrás, durante la noche incendiaron un colectivo en que movilizaban al personal y dispararon a la puerta de la vivienda de un directivo del puerto: Mal anda las cosas- pensó- Movió la cabeza y recordó los gritos de los estudiantes insultándolo, llamándolo "gusano" como referencia a un conflicto lejano y ajeno, sin reparar en que eran groseramente manipulados. Maravillosa virtud de la juventud en su entrega total y cándida, que podía llevarlos a cualquier locura gloriosa-recordó momentos de la suya y suspiró nostálgico-, de todas formas, si se le cruzaban no dudaría en lo que tenia que hacer.

A una compañera de la oficina le dispararon un cohete que le estalló cerca del cuello, la chica se puso histérica y lloró asustada por la agresión. La policía miró hacia otro lado, no intervino y continuó tomado mate tranquilamente con los huelguistas sin reparar en nada. Era una mala señal.

Una madrugada permitió la entrada a unos dirigentes sindicales con la promesa de terminar un buque que debía salir con urgencia. Los estibadores se reunieron y tuvo que ir a ver cual era su decisión. Lo pensó, dejo el arma en el coche y fue a hablar con los hombres reunidos al resguardo de las sombras.

Cuando lo vieron, se volvieron agresivos, el abrió la camisa y les dijo que estaba desarmado y que no lo acompañaba nadie, solo quería saber si trabajarían o no. Lo midieron durante un rato, su suerte dependía que alguno no estuviera borracho o drogado, finalmente le dijeron que no lo harían y lo dejaron ir. No repetiría nunca mas la experiencia ni tentaría su suerte.

Si fuera por él habría atacado al núcleo duro del sindicato, obligando a las autoridades a intervenir, pero no era su decisión y veía intranquilo como la otra parte al no encontrar respuesta se envalentonaba y aumentaba la presión cada día más: Pensaran que somos flojos o algo peor-dijo enojado-

El día anterior intentaron extraer unas mercaderías del depósito y los camioneros que estaban en el interior del cercado y que obstruían el movimiento interno, trataron de bloquearlos. El con los hombres de su turno les cortaron el paso con las maquinas y armados con palos y herramientas los esperaron a pie firme. Los huelguistas pararon en seco, no comprendían como los enfrentaban, preguntándose si estaban locos, ellos eran muchos mas, sin respuesta el grupo del puerto mantuvo la línea y esperó. Un oficial de prefectura escopeta en mano seguido de sus hombres se interpuso gritando que los metería a todos presos. Interpeló a Marcelo, este lo miró tranquilo y respondió que ellos también tenían sangre en las venas y que la paciencia tenía un límite. El oficial lo observó en silencio, maldijo por lo bajo y ordenó que no se repitiera mas el incidente. A partir de ahí fue tratado con recelo.

Se levantó, no podía dormir por las explosiones de los petardos y los gritos. Montó al auto y con las luces apagadas recorrió la instalación, siempre con la pistola a su lado. Estacionó en una de las garitas, compartió unos mates y esperó la mañana que aseguraba un nuevo día de conflicto.

El turno que los relevaba pudo entrar con custodia policial. Ya habían movido personal en lanchas y hasta en helicóptero, pero nada era suficiente para llegar a un acuerdo que los regresara a la normalidad. Se preparó para ir a su casa y aguardó el taxi que le prometieron.

"El rubio" llegó un día y se hizo cargo de proteger las oficinas y otros temas de seguridad, era un tipo atlético y se veía preparado por si algo "físico" se producía. Mientras Marcelo esperaba, el rubio sacaba a dos trabajadores, lo invitó y como el taxi demoraba decidió acompañarlos.

Se abrieron los portones y los cuatro hombres tomaron el camino a la ciudad, los huelguistas gritaron al verlos salir y un auto gris los siguió a corta distancia. Marcelo y el rubio se miraron, los otros dos comenzaron a temblar en el asiento trasero. Las golpizas y las amenazas eran frecuentes y podía tocarle a cualquiera en cualquier momento. No se conocían, Marcelo preparó su pistola y el rubio comprendió con la mirada que da la experiencia, no hablaron, no era necesario.

El coche recorrió varias calles sin poder eludir a los chicos del sindicato. Cerca de la casa de Marcelo, donde aguardaba intranquila su esposa, pararon por el semáforo y los del sindicato a plena luz del día se acercaron armados a las ventanillas. El rubio y Marcelo esperaron, los otros dos se agitaron en silencio. Cambiaron las luces y la persecución continuó. En una calle cercana, desierta y aprovechando el resguardo de varios autos estacionados, Marcelo descendió y por la acera se dirigió en el sentido que venía el otro auto mientras el rubio con su arma lista para intervenir se alejaba lentamente. Las pistolas se agazaparon impacientes. Los perseguidores miraron al hombre que caminaba por la acera, dudaron y por un motivo que nunca sabremos prefirieron continuar la presión sobre el coche que se alejaba.

La crónica roja de la Chicago Argentina estuvo a punto de llenar sus páginas con la sangre de los soldados de un conflicto que finalmente llevó a la destrucción de un proyecto y a la hambruna de incontables familias del puerto. Todavía hoy después de tantos años, cuando se leen las noticias de la época, es imposible comprender: ¿Que sucedió? ¿Cuales fueron las responsabilidades? ¿Quienes se beneficiaron? ¿Por qué los representantes de los partidos políticos no se involucraron? ¿Por que no fue motivo de investigación periodística? Fue una noticia parcial de una ciudad que se encuentra a solo trescientos kilómetros de Buenos Aires. ¿Por que? ¿Alguien lo puede explicar?

Bueno-dijeron al unísono las urracas- Esperamos que comprendas cual es el estilo y recuerda que la consigna es: ¡Hay que ponerse la camiseta!-repitieron innecesariamente- y dieron por terminada la reunión. Marcelo se levantó lentamente, se despidió y en el estacionamiento esperó el transporte que lo llevaría a su nuevo destino, pensó: ¿Qué decían de ponerse la camiseta? Su rostro se endureció y las arrugas que contorneaban sus ojos se acentuaron. Malhumorado, se aclaró la garganta y lanzó un fuerte escupitajo, provocando una ligera nubecilla en el polvo como única respuesta.

La Plazoleta de Contenedores.

Juan dormitaba en la camioneta, a su lado los listados y los planos de las plazoletas descansaban confundidos. La radio dejaba escuchar las voces de los controladores y maquinistas enfrascados en su trabajo. Estacionó bajo un poste del alumbrado, la intensa luz se reflejaba en la blanca pintura y podía ser visto a distancia. Por si acaso, la baliza también señalaba su presencia. La precaución era necesaria, el relevo de los camioneros casi no existía y después de tantas horas de trabajo continuado, algún conductor agotado o medio dormido podía perder el control y ambos despertarían en la camilla de algún hospital cercano en el mejor de los casos.

La faena comenzó temprano en la mañana de ese Domingo, hoy trabajarían doce horas permitiendo descansar a uno de los tres grupos que rotaban su horario semanalmente. La mala noticia era que el personal "fuera de convenio" no cobraba un centavo por la carga de trabajo extra.

Por el numero de Líneas Marítimas que había tomado la Terminal como punto de transferencia, la cantidad de movimientos de contenedores (teus) iba mas allá de las posibilidades del equipamiento, de los recursos humanos y de la superficie que disponían, pero todo esto era un pequeño detalle sin importancia comparado con el volumen que llegarían a mover y los dividendos que se producirían.

Que habría un poquitín de caos, es verdad. Que el personal trabajaría con la lengua afuera, es verdad, pero: ¿A quien hace daño esto?- Además, si a alguien le importara: ¿Qué podrían hacer, sino meterse la lengua en el orto?

Se habilitó el Deposito Fiscal que operaria en los consolidados para el próximo buque, ingreso de exportación, entrega de importación y remisiones internas que cada día incrementaban su número a cifras muy importantes.

Las estibas de contenedores vacíos crecían desenfrenadamente- limitando el área operativa- esperando que sus operadores los pusieran en movimiento. A diferencia de Brasil y Uruguay los equipos no podían permanecer indefinidamente en la Zona Primaria y cumplido un corto plazo tendrían que ser utilizados o reembarcados. Tema discutido hasta el cansancio por el inconveniente económico que producía la medida a los exportadores, todos lo entendían, pero La Aduana no consideraba necesario cambiar la Legislación, defendiendo intereses que solo ellos comprendían.

La confusión creada por los camiones de tantas operativas diferentes, dificultaba el control, el seguimiento de las maquinas y favorecía el posicionamiento de los contenedores donde pudieran hacerlo. Muchas veces eran descargados en lugares de emergencia sin tomar el recaudo necesario. Su posición al no quedar registrada ocasionaba serios problemas con los consignatarios de los equipos e incrementaba los trabajos que se dejaban pendientes y acumulaban para "otro momento".

Como solución a la falta de capacidad para organizar la operativa general de la terminal, los jefes intermedios trasladaban los problemas de un turno a otro hasta que eclosionaban y al que le tocaba la crisis debía resolver el problema.

Los "Gate" no daban abasto y los oficiales de Prefectura intentaban organizar las filas de ingreso que al aumentar su numero imposibilitaban un control efectivo. El abarrote continuaba dentro de la instalación que a su vez impedía a los camiones involucrados en la descarga y carga del buque hacer un trabajo eficiente.

Frente a las oficinas de facturación, los camiones cargados aguardaban que los chóferes terminaran de recibir la documentación de salida a la Zona Primaria y poder dirigirse a plaza. Fuera del cercado, Prefectura revisaba la documentación de la carga y la habilitación de los camiones, algunos quedaban retenidos esperando al agente de transporte para salir del mal paso.

Rubén era el encargado de la Plazoleta de Importación, entre él y Juan se repartían los hombres y los equipos, pero lo de este día era demasiado y cada uno trataba de salvar "su" labor a cualquier precio. Después de mas de diez horas de caos, se sentó unos minutos para reposar los pies. Marito le cebo un mate y el amargo líquido calentó un poco su cansado cuerpo.

Enormes gotas de sudor, hijas de su carrera por toda la terminal lo cubrían, sus nervios alterados por la presión constante del trabajo minaron su salud. Hace poco tuvo una crisis y descansó por prescripción del medico de la ART mas de una semana.

Los jefes reían a sus espaldas y se mofaban, contando chistes acerca de su estado, como si fuese un soldado que no podía soportar el rigor de una batalla en lugar de un hombre que trabajaba para recibir un salario pero no para que su salud se viera afectada por un abuso oportunista.

Miro con preocupación los camiones que cerraban el paso a la descarga del buque, prestó atención a la voz alterada de su supervisor preguntando: ¿Qué sucede, por que los camiones no regresan? ¿Que pasa?- y un fuerte improperio se escucho por la radio. El personal de vigilancia trato de organizarlos, era imposible.

Maldijo en silencio la habilidad de los portiqueros. La fantasía heroica de a mano limpia empujar el cercado para tener más espacio para camiones y contenedores era la única solución posible que daba su mente agotada por aquella locura en que vivían.

Una idea peregrina lo hizo sonreír. Que bien se verían sus jefes con un candil en la mano buscando en las altas y apretadas estibas equipos desaparecidos por falta de apuntadores para controlarlos.

Programar el descanso de sus hombres sin posibilidad de cubrir el puesto de trabajo por falta de personal. Que esperaran una maquina que nunca llega, mientras los clientes gritan y se agitan a su alrededor por no recibir el servicio por el cual pagan una fortuna. Seria lindo- pensó- Estaba mas que cansado, frustrado de hacer un trabajo contratado por otros a los que no importaba si era factible hacerlo o no.

Desde hacia mucho el rigor sobrepasaba la mejor voluntad de aquellos hombres del puerto. Secó su frente y recordó que cuando trataba de hablar con sus jefes, encontraba oídos sordos y rostros adornados con una sonrisa cansada y desdeñosa. Bueno-dijo para si- Ellos nada pueden hacer ¿Que podré hacer yo?

Sus ojos agotados recorrieron el listado de las verificaciones que debía posicionar, con tanto trajín no pudo hacerlo, lo trasladaría inconcluso al otro turno como si fuese una bomba de tiempo ¿Qué decirles a los clientes cuando reclamen en la mañana? ¿Cómo explicar que tuvo mas trabajo del que podía hacer? ¿A quien pedir ayuda o un poco, auque solo sea un poco de mesura?

¿Por qué no se decidían? ¿Qué había ocurrido? ¿Cuándo fue el quiebre en que creyeron que preocuparse solo de si mismo era lo correcto? ¿Cuándo dejo de importarles los problemas de sus compañeros? ¿Cuándo cayeron en la trampa de sentirse parte de una organización que los utilizaba?

Si se agremiaban, tocarles el culo se haría mucho más difícil. Ahora, solo podían agachar la cabeza y aceptar las ordenes mas absurdas mansamente. Mientras "mas manso", "menos problemático" para sus jefes, los ascensos de cargo y el incremento de "beneficios particulares" vendrían fácilmente a aquellos que guardasen la lengua e hicieran de una sonrisa aduladora su mejor arma.

Llevaba muchos años en el puerto, la época en que cobraban horas extras, nocturnidad, trabajo pesado e insalubre eran un recuerdo lejano. Las privatizaciones y las componendas de los noventa eliminaron las conquistas que otros hombres habían ganado y que ellos no tuvieron el sentido común y el coraje de defender

Miró hacia el muelle, podía ver las luces de un nuevo buque que atracaba complicando mas aun- si era posible- la tela de araña que los envolvía. Apretó los dientes y una injuria surgió de sus labios. La ira y la impotencia ahogaron la palabrota que afloraba al comprender la magnitud de la indignidad aceptada.

Un gerente porteño.

Se acomodó en el asiento y se embriagó con los olores de la oficina. Por un instante pasaron por su mente todos los compañeros y subalternos que había destruido para sentarse en el mullido sillón y suavemente acarició el cuero con cariño. De golpe, como insectos molestos los alejó. Eran prescindibles, eran nadie-¡Qué se jodan!-dijo en alta voz- sabiendo que estaba solo.

La avivada criolla tenía en él un digno representante. Su ego necesitaba ser alimentado de forma continua, de lo contrario una crisis de personalidad podía disminuir su desempeño, algo que cuidaba no mostrar ante sus jefes. A su favor jugaba que era un tipo simpático y sabia moverse para no contrariar a los de arriba y aliarse con acólitos de la misma catadura dentro del personal que dirigía.

Hay que reconocer-para ser justos- que es un arte difícil para el cual tenia estomago y una predisposición natural que unida a su falta de escrúpulos lo hacían un instrumento conveniente a otros directivos de mayor jerarquía. Nunca se preocupó por las consecuencias de sus actos para con los demás ¿Por qué tenia que pensar en las familias y el destino de gente que para el eran solamente escalones a pisar?

Gustaba contar entre los suyos las victorias, los daños que ocasionó y las carreras que destruyó a largo de su historia con tal de salirse con la suya. Estos, sonrientes asentían con las cabezas cada palabra y reían de buena gana. Ser de su grupo les aseguraba un trato diferenciado y apoyo incondicional. Mas equipos, personal, mejores técnicos, ascensos y dadivas que los que se encontraban fuera del circulo de oro no gozarían auque sus evaluaciones fueran superiores.

Recordaban al correntino que persiguió cuchillo en mano a un compañero, otros que abandonaban las maquinas o llegaban fuera de hora sin temor a ser sancionados, otro que cruzó un contenedor cargado sobre el cercado al pensar que nada podía sucederle y aquel que organizaba en la plazoleta de importación comilonas y chupaba hasta el hartazgo mientras en el muelle y en las demás áreas de trabajo se operaba contra el reloj por falta de maquinas y personal. Nada importaba, la señal era clara, la moral era relativizada y dependía de lo que la cobardía de cada cual permitiera soportar.

Sonrió al comprobar que su escritorio estaba en orden. Corrigió la posición de la foto de su familia buscando un mejor ángulo. Limpió con esmero el teléfono- tenia asquito a la saliva de los demás- ¡Al fin tenia un cargo gerencial! Revisó los correos, como era costumbre visitó los sitios porno, escogió las mejores escenas y las envió a sus amigos. Pidió un te no muy cargado y un estremecimiento de placer le recorrió el cuerpo. Le gustaba el poder, mas aun le gustaba abusar sabiendo que no tendría respuesta y los demás se comerían el hígado mientras su sonrisa se reflejaba en las oscuras pupilas llenas de enojo. Siempre disfrutó la situación, era casi orgásmico. ¡Que se jodan! repitió de nuevo sabiendo que no era escuchado. Las frutas para su almuerzo estaban en la nevera y esto lo tranquilizó. Pasaba los cuarenta y era proclive a que la grasa se acumulara en sus caderas. Tenia que cuidarse.

Al finalizar el ritual de cada mañana prestó atención a los trabajos que se realizaban. Siguió con las cámaras el movimiento en los Gate de entrada y salida y las largas filas de camiones esperando. Observó las plazoletas y los espigones donde un buque operaba. Algunos clientes aguardaban en la antesala. Pedir algún favor o protestar por un servicio ineficiente. El teléfono sonaba sin descanso, los correos esperaban su respuesta. Le dijo a su secretaria que estaba ocupado, escapó por la puerta del fondo y deambuló por las oficinas haciendo de simpático con las chicas. Terminó de hacer sociales y observó por una de las ventanas la larga fila de camiones que interrumpían el trabajo de las containeras, el ruido de las bocinas era infernal. La temperatura de la operativa se elevaba. Al fin, decidió recorrer la terminal y presionar a los muchachos. Se colocó el chaleco, el casco cubrió la cabeza y con un contoneo desenfadado dirigió sus pasos al caos.

Marceo lo vio venir, lo conocía muy bien. Sabia que era vivo con las cosas de oficina pero de organizar una operativa compleja no le daba el cuero y entonces hacia gala de su habilidad para traspasar las responsabilidades y ensuciar la cancha en lugar de pensar en función de la terminal como un gigantesco sistema de partes integradas. Además, lo suyo era cumplir a rajatabla las directivas de la gerencia auque las maquinas estallaran y los hombres quedaran extenuados por un esfuerzo mas allá de lo racional.

Cuando lo vio por primera vez, le recordó a alguien, no pudo definir a quien. Aquellos gestos y el movimiento de sus facciones cuando hablaba les eran familiares. Seguía sus emociones, el curvar de las comisuras….Hasta que un día, por esas cosas de la mente, como un relámpago se le apareció Gasalla y su personaje de Mama Cora ¡Caramba!-exclamó- Es igual a la vieja y se rió largamente con el parecido. A nadie le contó, algunos lo visitaban para tenerlo al tanto de lo que ocurría en las plazoletas y oficinas Mejor guardar el chiste para si.

Fomentaba pequeñas discordias y repartía pequeños beneficios con tal de que sus órdenes fueran cumplidas sin importar la estupidez operativa en que involucraba los turnos de trabajo. Era el estilo.

Conocían su historia en la flota y no comprendían como nunca lo cagaron a trompadas. Su manera histérica, bocón y medio afeminado lo convertían en candidato fijo a recibir una patada monumental en el orto. Sin embargo, su trasero seguía virgen-por lo menos en relación con la patada- Tal vez, portuarios eran los de antes. No se entendía cuando y como perdieron el empuje y suavizaron sus maneras.

Marcelo lo vio alejarse y respiró tranquilo ¿Cuanto mas podría soportarlo? No sabía que pasados unos meses perdería su trabajo por no chuparle las medias y nada podría hacer. Era un "Fuera de Convenio" y ningún gremio o sindicato lo protegía. Haría un mal arreglo antes de ir a un juicio interminable que de seguro perdería. Aceptaría la plata y como muchos continuaría su camino en otra dirección

El y sus compañeros no eran unidos, ni les importaba la suerte de otro y menos la del grupo. Algunos con menos estudios, pero más listos actuaban en masa y la gerencia de la compañía los trataba con cuidado y respeto. Era el precio que pagaban en el largo aprendizaje de como defender sus derechos por encima de las expectativas de posibles dadivas y de ambiciones personales. O quizás simplemente, eran así.

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