Cuba es un cuento, compay

Se marchó Chencha

Todos estuvimos muy contentos con la llegada de Chencha, los preparativos para recibirla se iniciaron varias semanas antes de su arribo, de verdad que se lo merecía, porque ella era muy buena gente y hacía mucho tiempo que no la veíamos. Nada, nos dijimos; << De verdad que se lo merece porque Chencha es buena gente, así puede cargar las baterías y si la pasa bien la podemos invitar de vez en cuando.>>

Como el tráfico nos jugó una mala pasada en la carretera hacia el aeropuerto, mi mujer llamó por el celular al servicio de información, y solicitó que le avisaran que estábamos en camino para que no se pusiera nerviosa. Luego nos contó lo alegre que se puso al oír su nombre por todos los altavoces de aquella terminal, lo expresaba con el orgullo de sentirse una persona muy importante. En la entrada de la estación aérea compramos unos globos en forma de corazón y un ramillete de flores, cuando se lo entregamos pude adivinar en su mirada la indiferencia por aquellos detalles, no solo eso, era como si con los ojos nos dijera comemierdas. Se lo perdoné porque yo sabía que, esos hábitos se habían esfumado con el tiempo y al parecer no se recuperaron.

No fue difícil identificarla entre todos los pasajeros porque seguía algo gorda, pero sobre todas las cosas, era muy fácil descubrirla por sus enormes y extravagantes espejuelos, para serles sinceros y como decimos en el patio, estaba del carajo, los cristales eran del tamaño del parabrisas de una guagua y no quiero hablarles del modelo de sus zapatos. Por ella deduje que los comunistas no habían cambiado mucho en cuanto al gusto se refiere, por tal razón le dije a mi mujer; << ¡Óyeme! En cuanto tengas un día libre la llevas a una óptica para que le midan la vista y le hagan unos espejuelos con vergüenza, la gente se le queda mirando como si no fuera de esta tierra.>>

Chencha nos había pedido para el recibimiento una cesta de frutas, seleccionamos las mejores sin fijarnos en el precio y con ella adornamos la mesa. Al principio no quería tocarlas porque pensó que eran de cera, la pobre, no estaba acostumbrada a verlas tan limpias y brillantes, tal vez a nosotros nos sucedió lo mismo pero lo hemos olvidado. Llenamos todo el refrigerador con las cosas que suponíamos le gustaría, debo confesarles que le gustaba todo, tremendo diente se mandaba la vieja, y eso que tomamos nuestras medidas con los dulces por aquello de que tenía que hacer dietas. De nada nos sirvió porque Chencha se pasó los primeros tres días con cagaleras, claro, nos decía que pudo haber sido por el cambio del agua ( como si yo fuera bobo), ella se diría; << Como el tipo lleva tantos años del lado de acá, de seguro se le olvidó la cantidad de cucarachas que siempre flotaban en la cisterna del edificio.>> Yo no le decía nada para que fuera feliz, en definitiva, solo venía a cargar las baterías.

Un día la invité a recorrer la ciudad en guagua y metros, Chencha me hablaba en susurro como si tuviera miedo, lo más jodido del caso era que estaba sentada en mi lado izquierdo (tengo ese oído medio ponchado de tantos cañonazos que oí estando en el ejército), hasta que llegó el momento en el cual me sentí incómodo y casi le grité; << ¡Oye habla! Pero habla sin miedo ni misterios que aquí no hay lío, a nadie le interesa nuestra conversación, ni tampoco hay chivatos.>> Bueno, fueron muchos detalles importantes los que observé ese día, por ejemplo, antes de salir, tenía una calentura de cabeza con el lío de cargar el pasaporte del carajo, hasta que no pude soportar aquella guanajería y se la solté a boca de jarro; << ¡No jodas con ese pasaporte de mierda, que a mí no me ha parado la policía en diez años>> Creo que se sintió incómoda porque se lo dije algo fuerte, pero es que me jode esa cabrona matraquilla que agarran las viejas por cualquier cosa, es probable que yo haya llegado así, pero de verdad que se me olvidó. Después, además de hablarme en susurros, entre frase y frase miraba para todos lados y nunca soltaba una oración completa, de verdad que me tenía algo molesto esa vieja.

Entramos a un Mall con cierto lujo y yo la observaba continuamente, los ojos se le desorbitaban y quería abarcar todas las vidrieras en una sola mirada, creo sin embargo, que una de las cosas que más le llamó la atención fue el brillo del piso, parece ser que era la primera oportunidad en su vida que observaba una cosa así, y hasta caminaba con miedo a ensuciarlo, era lógico, nada similar yo había visto en la isla en tantos años, no puedo suponer las cosas que le deban haber pasado por la mente en esos momentos, pero me las imagino.

En aquel Mall entramos a una tienda de comidas, creo que ha sido una de las oportunidades más dolorosas observadas en un recién llegado, a Chencha se le escaparon dos lágrimas y yo me hice el bobo, a la gente hay que darle oportunidades para que se desahoguen. No lo hice a propósito y no disfruto con ello, tuve que entrar allí para comprar una bobería que necesitaba, pero me prometí andar un poco más lento para no afectarla.

Uno de esos días Chencha se ofreció para cocinar (algo que a mí no me gusta) pero para complacerla y que tuviera un poco de actividad la dejamos. Cuando estaba preparando el sofrito de unos frijoles vi que solo le echaba la mitad de una cebolla, un pedacito de ají y un diente de ajo, me dije; << Esta va a joder esos frijoles>>, entonces le expliqué haciendo gala de toda la paciencia del mundo; << Mira Chencha, aquí la cebolla, el ají y el ajo no saben a nada, échale sin pena porque además de eso, aquí no tenemos períodos especiales.>> De todas maneras no la dejé cocinar mas, son varias las razones para hacerlo, entre ellas, me adapté a la sazón de mi mujer y ella a la mía. Luego, sentía tremendo miedo a que provocara un incendio en la casa, no es que exagere, pero yo conozco muy bien a la gente del patio y no están acostumbrados a los equipos con tantos botones. Por eso le puse un cartelito al lado del microwave y con letras mayúsculas le escribí; "No meter nada metálico, repito, no meter nada metálico".

Chencha era enferma a la fregadera, claro, aquí nunca se va el agua ni la pagamos, pero el lío era con el agua caliente y la electricidad si cuenta. Ocurría lo mismo con el baño, yo creo que ella se desquitaba todos esos años que se bañó con un cubo y agua calentada en la cocina, en varias oportunidades vació el tanque y miren que es grande.

Al pasar las semanas Chencha se adaptaba perfectamente a su nueva situación, solo tenía un trauma muy grande a la hora de sentarse en la sala a ver televisión, era razonable, el satélite tiene un control, el televisor tiene otro, el video lo mismo y el del equipo de música no tiene que ver nada en esta jugada, pero ella la metía en el potaje. No hubo una tarde en la que yo me sentara a escribir en la computadora, y en la que Chencha no sacara a cualquier equipo de sus canales. Yo sentía el ruido del televisor y me hacía el bobo para joderla un poco, tenía que hacerlo, porque diariamente le explicaba que con el mando del satélite podía controlar al televisor y al video, era rebruta la vieja y nunca aprendió. Lo más lindo del caso es que, ella siempre me decía que no había tocado nada y aquello me encabronaba un poco más.

Cuando fue adquiriendo confianza, la vieja le dio rienda suelta a su lengua e imaginación. No le gustaban los canales de películas de HBO, porque manifestaba haberlas visto todas en Cuba. Yo no se lo discutía ni desmentía porque sabía de la piratería que existía en la isla, tanto por el gobierno como particulares. Sin embargo, hay cosas que a veces me rompían la cabeza, no encontraba muy lógico lo que ella me decía, como pudo haber visto todas esas películas con tantos apagones, cuando solo la pasaban los sábados y no teniendo ella equipo de video. Luego rectificaba en mi actitud y comprendía que habían pasado diez años desde mi partida.

Si existieron muchas cosas que me sacaban de los cabales, por ejemplo, un día Chencha me dijo que no se asombraba por la cantidad de autos y modelos de ellos existentes en Canadá, porque ya en la isla los había. ¡Coño! Por poco me da un infarto oír aquello y de verdad que debía sacar paciencia de donde no la había, ese día le volví a dar un toque para que reaccionara; << Ven acá Chencha, así que en Cuba hay la cantidad y variedad de modelos de autos que existen en Canadá, entonces, ¿desaparecieron los "camellos"? Ella para responder siempre se iba por la tangente, yo había olvidado que en mis tiempos lo hice evitando enfrentamientos o señalarme como desafecto. << Los camellos son un magnífico medio de transporte que resolvió mucho en situaciones difíciles.>> Me contestaba eludiendo en profundizar mucho en el asunto, pero aunque tratara de escapar yo no dejaba el asunto así a medias, me gusta terminar las cosas y que no crean que llegué hasta aquí en una lata de tronchos. << No jodas Chencha, los camellos son un infierno montados en una pila de ruedas donde la peste es insoportable, que hayan resuelto un problema grande no te lo discuto, pero de ahí a considerar magníficos a un medio donde se viaja como animales, eso es muy difícil de creer. Además, ¿de qué carajo te sirve que en Cuba hayan tantos autos? ¿Puedes comprar alguno como aquí? ¿Me haz visto cara de guanajo o qué?>> Ella esquivaba los golpes tirando curvas, muy escurridiza era esa vieja.

Una de las cosas que siempre me mantuvo en vilo con la llegada de Chencha, lo fue el asunto del teléfono. Por experiencias anteriores sabía del placer que sienten la gente del patio por ese aparatico, ya había puesto las reglas del juego, "llamadas a Cuba deben hacerse por tarjeticas prepagadas". No lo hacía por ruin, es que cada vez que se llama o llaman de allá se consumen más de treinta minutos hablando de la misma cosa. Parece que hay preguntas típicas de todos los ciudadanos para los que vivimos del lado de acá, la mayoría de ellas sin importancia y cuando tienes algo interesante que comunicar, se te borra de la memoria con ese acoso.

Aunque desfile todo un batallón siempre preguntarán esto; Pregunta Nr.1, ¿Cómo están? Les respondes que todos estamos bien y no conformes con ello lo pregunta cada nuevo interlocutor, no solo eso, te preguntan por cada uno de los integrantes del núcleo familiar, ¿cómo está Perico?, ¿cómo está Paula?, ¿cómo está Sixto?, ¿cómo está Juana? Y así hasta que pasaron diez minutos. Pregunta Nr.2, ¿Estás gordo? Aunque le respondas que todos estamos gordos, y no le recordemos que la gordura no es un síntoma de salud, cuando van desfilando uno a uno por el aparato, te repiten la misma pregunta por cada integrante del núcleo y los más curiosos piden detalles del peso. Pregunta Nr.3. ¿Hace frío por allá? Les respondes y obtienes los mismos resultados.

Después viene la sección donde cada uno de ellos te habla de las fotos que vieron, pero con lujos de detalles milimétricos, aunque seas muy cuidadoso en no mostrar lo que se tiene en la casa, la gente del patio es capaz de suponerlo o imaginarlo. Detectan que posees una cadena aunque en la foto solo se vea el brillo de un eslabón, si se ven discos, saben el nombre del autor y los números incluidos, etc., etc.

La última parte de una conversación es la dedicada a las peticiones, casi siempre hace falta medicina para algún pariente, luego, los menos considerados piden zapatos de marca para los niños que cumplen años y por último, los que no pueden soportar la tentación de pedir algo de dinero, así, al final de todo esto se gastó más de media hora, que muy bien representan los cuarenta dólares que se pudo invertir en ellos, pero desafortunadamente no lo comprenden.

Chencha no lo entendió en todo el tiempo que estuvo con nosotros, la tentación por usar algo que en Cuba no poseía fue superior a su voluntad, ella pensó que aunque no la sorprendiera metiendo el dedo en el teléfono yo no lo notaría, nunca había visto un bill tan detallado como los de aquí que hablan de minutos y segundos. El caso es que un día me dio por revisarlos, y casi todas las llamadas a Cuba y EU ocurrían cuando nos encontrábamos trabajando. Pero eso no es lo mejor de todo, uno de esos locos días la vieja me dice; << Allá le están poniendo teléfono a todo el mundo, como la compañía de teléfonos cubana, está trabajando con una italiana y creo que con la mexicana, ahora están abriendo muchos pares nuevos.>> Por supuesto que no me le quedé callado, sin tiempo que pudiera respirar le solté mi ráfaga; << Mira Chencha, la compañía de teléfonos ha sido vendida en parte al capital extranjero, lo que demuestra, la incapacidad cubana en operarla, ¿sabes por qué?, porque introdujeron en el país una tecnología socialista sumamente obsoleta, pero además, ¿puedes tú solicitar el teléfono como aquí en este país o solo se lo conectan a las personas con un aval extendido por el Partido, Sindicato (que es lo mismo)?>> Se quedó unos minutos en silencio y luego me dijo casi derrotada; << Por culpa de una HP del Comité no me lo instalaron, pero bueno, algún día lo tendré.>> ese algún día ya tiene cuarenta y dos años, me dije mentalmente.

Mis conversaciones con ella se convertían cada día en un encontronazo de ideologías, nunca he podido comprender esa actitud tan absurda y demente del ser humano, en aferrarse a algo que no ha existido. Chencha no era tan vieja ni le debía tanto a la "revolución", me indignaba por eso, por ser de una generación muy próxima a la mía, un testigo viviente de todo lo ocurrido en nuestro país, y de veras no podía aceptarle ninguna arenga sobre algo que, yo conocía tanto y un poco más que ella. A veces pensé que todo se debía a un estado de esclerosis de su parte, en otras oportunidades la consideraba una sinvergüenza y hasta su presencia me molestaba.

Si comprábamos cerveza los fines de semana, allá metía su cuchareta y nos decía; << En Cuba ahora hay una pila de marca de cervezas, abundan más las de laticas.>> Yo le tiraba rápido para cerrarle el pico y no continuara con sus mierdas. << ¿Entonces ahora llegas a cualquier bar o bodega y compras todas las cervezas que te de la gana?>> Guardaba silencio como siempre que se veía en una trampa tendida por ella misma, luego, cambiando el tono de la voz hasta convertirlo en un dulce trino me contestaba; << No tanto así, se puede comprar toda la que desees pero tiene que ser en dólares.>> Yo la remataba rápido, << Entonces no tienes nada, no puedes comprar cerveza porque tu jubilación me imagino que la paguen en pesos cubanos>> No se daba nunca por vencida aquella vieja, ella seguía insistiendo aunque la mataras; << Yo lo que quise decir era que había todo tipo de cervezas>>

Le conseguimos un trabajito para que se buscara unos pesitos durante su estancia en este país, no sería la primera ni la última en hacerlo, ya había conocido de otros casos que han trabajado en la agricultura. Ella tuvo más suerte, su trabajo no era agotador y se buscaba unos cien dólares a la semana cuidando un niño. Si una virtud muy grande tenía aquella vieja lo era, su facilidad para sacar cuentas, llegó a las conclusiones de que llevando para Cuba no sé cuántos dólares, podía comprar un litro de leche diario y compensar lo que había perdido de su salario. Lo encontré muy inteligente de su parte, a veces pienso que tienen inteligencia para lo que les da la gana. Hablo en plural porque el caso de Chencha no es único, yo diría que es endémico en varias generaciones de cubanos.

Si un día iba al banco y utilizaba la máquina automática para sacar dinero, la vieja se lanzaba al ataque y me decía; << Allá existen muchas de esas máquinas.>> Yo no se lo discutía porque hace diez años que salí del país, solo me limitaba a preguntarle, ¿cuántas?, ella no respondía y seguía con sus lagunas. Cuando vio que estábamos conectados a Internet Chencha metió la cuchareta; <Allá mucha gente se encuentra conectada.>> ¡Coño! De veras que me sacaba de juicio, es que aunque deseara contenerme era inevitable contestarle a aquella vieja; << Ven acá, ¿cualquiera se conecta desde su casa libremente?>> Respiraba profundo hasta relajarse y luego me contestaba; << Bueno, no tanto como eso, pero se conectan desde las corporaciones y desde algunas oficinas del gobierno.>> Para todo tenía una respuesta aquella vieja, pero lo más asombroso de todo esto es, que ella era feliz sabiendo que existía aunque no estuviera al alcance de sus manos, no me explico como el ser humano puede ser tan conformista, esta gente carece de sueños y ambiciones en la vida. Peor aún y era el momento que me reventaba el hígado, era cuando la oía hablar del bloqueo, de veras que no soporto a un cubano justificando sus males con ese pretexto, yo la remataba muy rápido, de verdad que no sentía el menor interés en convencerla ni hacerla regresar a la realidad, solo atinaba a ejemplos muy sencillos que ella evadía responder; << Chencha, ¿qué tienen que ver la malanga, boniato, maíz, yuca, pollos, huevos, pescado, ñame, etc., con los americanos?>> Nunca me respondió.

En fin, cuando ya hubo pasado un tiempo y frustrado por los razonamientos de aquel ser, yo tenía muchos más deseos que ella porque se largara al carajo. Chencha era como una planta ornamental, la ubicas en un espacio de tu casa y no puedes cambiarla de posición cuando ella se ha adaptado porque muere de tristeza. Era como un loro o un sinsonte acostumbrados a vivir en cautiverio, si le das la libertad es muy probable que regresen a la jaula porque no saben ganarse el sustento, y ese es el precio de la libertad.

Aquel día llegó y varios antes mi esposa la ayudó a preparar el gran chorizo que llevaría de equipaje, me imagino que cargado de chucherías de todas las tiendas del "Dólar" que existen en Montreal. Un llavero para el carnicero, un perfume para el médico de la familia, un desodorante para el mensajero que le compra la comida, un par de zapatos para la nieta que cumple quince años, blumers para sus sobrinas, gorras para los hermanos que se encuentran calvos, bolígrafos para la gente del banco donde depositan su retiro, medias blancas para Tomasa su madrina de santo etc., etc. La lista sería interminable, pero en el bolso de mano cargaría decenas de fotos de los lugares visitados y algunos videos, aquello era lo más importante de su cargamento, porque a pesar de todas las mierdas que habló por acá, ella estaba segura de que tendría un público anhelante por saber como era esto. Una gente que nunca había salido una distancia de la costa superior a los diez metros, gente ávidas por vivir parte de este mundo desconocido y borrado por una gran muralla. Yo lo sabía porque Chencha no es la única que llega con esos traumas en la cabeza, luego, cuando regresan y se le acabaron todas las anécdotas ( y los dólares que acumularon), desesperadas solicitan por otra carta de invitación para vivir en las entrañas del monstruo que las desprecia.

Camino del aeropuerto viajábamos en silencio, una hermosa y moderna autopista adornada de mil colores, uno que otro termómetro mostrando la temperatura actual y Chencha algo nerviosa por su regreso al paraíso terrenal. Tuvimos que comprar una pesa y mi mujer todas las noches pesaba y recontrapesaba cada paquete de la vieja, no deseábamos incurrir en gastos extras ni que ella fuera perjudicada a su arribo en La Habana, donde felinos aduanero se ensañan con la gente timorata e indefensa. Chencha se puso varios blumers, tres pantalones, tres pullovers, un abrigo, tres pares de medias y en la plantilla de los zapatos cargaba mil dólares. Pasó sin dificultad la aduana de Canadá y cuando la vimos desaparecer por uno de los corredores del aeropuerto sin acceso a los visitantes nos fuimos. Imaginamos que el avión salió a su hora y esa tarde, unas cinco horas después de su partida disfrutábamos de una agradable barbacoa en el patio de la casa. Todos les dedicamos unas palabras a Chencha, que en esos momentos, estaría sentada en el centro de la sala de su casa, abriendo aquel gran chorizo de maleta y repartiendo entre una enorme jauría. Eso la hacía feliz, así era feliz ella, ¿por qué exigirle que renunciara a su medio? Cada cual vive a su manera y tiene lo que se propone y merece. Chencha tiene de todo aunque esté lejos de su alcance, ella es feliz con cien pesos al mes, no sabe cuánto me alegra. Veremos hasta donde le duran los cuentos y los dólares que llevaba clavados en la plantilla de los pies.

Chencha no es la "Gamba", no tiene problemas en las piernas, ella debe de ir al quiropedista urgentemente, para que le extirpen los callos que tiene en la cabeza.

Esteban Casañas Lostal - Montreal..Canadá - 2001-08-09

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