Cuba es un cuento, compay

Los billetes del chino

Escrito por Esteban Casañas Lostal.Publicado en Cuba es un cuento, compay Imprimir

Todavía no recuerdo por cual razón yo andaba ese día de traje, no de traje completo porque nunca me lo puse así. Siempre me gustó combinar el saco con diferentes pantalones, camisas, corbatas y zapatos, daba la impresión que tenía varias mudas de ropa, yo mismo me engañaba con eso, pero lo real, era que solo tenía un traje. No hacía falta tener más de uno en nuestro país, ver a una persona de traje significaba lo mismo que encontrarse con un marciano. Desde tiempos remotos se perdió esa costumbre, no desapareció voluntariamente, más bien nos la quitaron o se la debieron quitar a las personas mayores que yo. En fin, luego crecí como todo el mundo y me hubiera gustado contar con varios de ellos en mis roperos, no sé el criterio de otras personas, pero de verdad que los hombres se ven muy elegantes.

Cómo no se perdería esa tradición, si poco tiempo después de la llegada de la revolución apenas teníamos para vestirnos, además, no faltaron las insinuaciones de que eso era un vicio del pasado, condenando al traje como si fuera un enemigo del pueblo que representaba a las viejas burguesías.

Salvo momentos excepcionales de nuestras vidas que, al parecer siempre fueron muy pocas, ver a un cubano vestido de traje llamaba la atención de todo un barrio. No era difícil adivinar que ese hombre se casaría o sencillamente se iba del país por cualquier razón, ya fuera en una misión oficial o definitivamente. Pero no deja de tener cierta comicidad las cosas que se le ocurren a la gente que dirigen esa isla, allí, donde nadie tiene un saco que ponerse y donde nunca se preocuparon por ello, exigían que para tomarse fotos de pasaportes debían ser de cuello y corbata, suena ridículo pero es así. Por este motivo, todos esos viejos que aún conservaron una cámara fotográfica de la década de los 50 e increíblemente pudieron sobrevivir a las andanadas de la revolución cultural cubana, manteniendo esos negocios como fuentes de sus ingresos, tuvieron sagradamente en sus improvisados estudios (entiéndase un pedazo de pared, con un trozo de tela como fondo), un saco, una camisa y una corbata. En algunos casos en muy mal estado, pero solamente importaba la parte de los hombros y el cuello para que saliera en la fotografía. Por suerte, todas esas fotos eran en blanco y negro, de haber sido a color, la mayoría de los cubanos mostrarían sus pasaportes con muy poca variación. Estuvimos a punto de convertirnos en un pueblo uniformado, como lo había soñado el loco que nos gobernaba, pero se equivocó, nosotros no éramos como los coreanos, la gente inventaba con pedazos de telas para confeccionarse sus trapitos domingueros, transformaban botas de trabajo en zapatos de vestir y así íbamos tirando, como se dice en el patio.

Cuando entré a la marina y llegó el momento de retratarnos para sacar el pasaporte, nos pusimos de acuerdo alrededor de seis amigos, uno de ellos consiguió un saco y una corbata que fuimos cambiando de cuerpo en la medida que pasábamos frente a la cámara. Los flacos no teníamos problemas, pero los gordos, daba lástima y risa verlos, en las fotos salieron que parecían bueyes estrangulados, aquel cuello de la camisa que no cerraba y la corbata para rematar a la víctima, provocaban que se les inflamaran todas las venas. No solo la aorta que de milagros no les explotó, en las fotos salieron muy bien representadas unas que pasan por la sienes, debieron tener más presión que las tuberías de agua de mi barrio, cuando había agua, es de suponer.

Hasta la farándula se vio afectada con la escasez de ropa, después que finalizó la ley seca y abrieron los cabarets, que para entrar debía ser con una invitación del sindicato, y yo siempre adivinaba alguna de ellas, en fin era soltero en ese entonces. Pude ver a un cantante que se llama Héctor Téllez con un traje color mostaza en el cabaret del hotel Riviera. El traje me encantó, luego lo vi con el mismo traje en el cabaret del hotel Capri, ya me gustaba un poco menos, más tarde me lo encuentro en el cabaret del hotel Nacional con el mismo traje, en Tropicana y por último caminando por el barrio de Santos Suárez. Parece que él vivía por allí en esos tiempos, de verdad que llegó a caerme mal solamente por esto, es que además, tenía que verlo por la tele y aunque era en blanco y negro, por el corte de aquel traje yo sabía que era mostaza su color.

Las mujeres siempre fueron un poco más afortunadas en cuanto a la distribución de ropa, tampoco ellas tienen muchas dificultades para confeccionarse una saya, con cualquier pedazo de trapo se visten y eso lo han demostrado en todos esos períodos especiales que se han vivido, porque aunque las nuevas generaciones no lo crean, siempre hemos vivido así, en un constante período especial. La revolución es un período especial desde hace cuarenta y tantos años, lo que pasa es que la gente pierde la memoria y se olvida de los tiempos en los cuales las mujeres cubanas usaron calzoncillos atléticos. En esas constantes visitas a todos los cabarets de La Habana, desde los más buenos hasta los peores, incluyendo a los del interior del país, noté que todas las bailarinas de las coreografías tenían las medias llenas de huecos, no era la moda como hoy, es que solo le daban un par cada año, digo, debió ser así.

Pues mi primer trajecito yo lo cuidaba como oro, me lo llevé en todos los viajes que di, hasta que no me quedó mas remedio y tuve que desprenderme de él, con el dolor de mi alma, lo hice porque engordé y cuando me lo ponía parecía un embutido cubano. Cuando lo regalé a un amigo en España el tipo quedó encantado, pensó quizás que tenía poco tiempo, no sabía él cuántas millas había navegado aquel traje, cuántas vueltas al mundo le había dado, pero lo más asombroso de todo es que, nunca visitó una lavandería. Siempre olió a perfume, una mezcla de todos los baratos que al final, debió pensar que yo usaba el mejor, porque aquel olor no tenía comparación con ninguno de los famosos y más caros.

Por pura casualidad comencé a quererlo, recuerdo que fue en Tokio su primera salida, había salido de compras con un grupo de tripulantes y nos botaron de las tiendas donde entrábamos. Entonces me dije que tenía que cambiar las apariencias, fue así que regresé al barco y me cambié de ropa, allí estaba el traje que siempre había ignorado, me lo puse, me colgué una cámara fotográfica al hombro, y desde aquel instante dejé de ser marino para convertirme en turista. Gracias al traje no tenía que avergonzarme por ser cubano, gracias a él comencé a pasar por uno más, hoy era puertorriqueño, mañana panameño y después venezolano, pero más nunca sería un ladrón cubano.

No recuerdo exactamente por cual razón lo tenía puesto ese día en Cuba, debió haber sido en una de esas salidas locas a algún cabaret, si me acuerdo vagamente que estando en casa de mi suegra se me acercó un cuñado y me dijo; -¡Toma, yo sé que coleccionas monedas!- Dichas estas palabras puso en mis manos un rollo de billetes, los fui observando uno a uno, algunos me interesaban, otros no. Eran billetes antiguos que estaban fuera de circulación, de $50 pesos, de $20, $10 y de $5.00, algunos de ellos estaban firmados por el Ché cuando fue Presidente del Banco Nacional, éstos eran los que me importaban un poco, realmente no me atraían las monedas de papel. Los guardé en uno de los bolsillos del saco y luego me olvidé de ellos.

Estaba enrolado en el barco "Camilo Cienfuegos" desde hacía unos meses, aquel barco se encontraba fuera de servicio desde aproximadamente un año, fondeado en la bahía de La Habana, su presencia sola provocaba dolores de cabeza a los demás buques cuando arribaba alguna turbonada dentro de la bahía. Yo era feliz en ese tiempo, ganaba buena parte de mi salario aunque no estuviera navegando, hacía 24 horas de guardia y 48 de franco. Ese tiempo libre yo lo dedicaba a realizar trabajos de albañilería, con el dinero que me producían estos trabajos y el ganado a bordo de ese barco, yo recibía mensualmente una cantidad superior a la obtenida por cualquier Capitán navegando. Siempre aprendí a ganarme la vida de mil formas estando en Cuba, eso me sirvió en mis primeros pasos en este país, nunca he sentido complejo alguno para hacer cualquier trabajo y por este motivo, no me han faltado $20 dólares en el bolsillo.

Una de esas mañanas en la que me encontraba esperando la lancha para acudir a mis regulares guardias, me aborda un Oficial de apellido Ceballos, era un negro que había estudiado en Rusia y cuando regresó a Cuba tuvo que empezar de cero. Fue profesor mío de Meteorología y después nos hicimos amigos. Pues aquel cabrón negro me pintó un drama en el muelle que por poco me hace llorar. Tenía que operarse de no sé qué problema, la madre estaba enferma, su abuelita se moriría dentro de poco, la mujer le había planteado el divorcio, su hija se marchó con el novio y por último le robaron en su casa. De verdad que me conmovió el alma, fue tan hijo de puta, que hasta sacó un pañuelo para que me secara las lágrimas. En fin, motivado por esos sentimientos de solidaridad humana que una vez existió entre marinos, acepté relevarlo del barco donde se encontraba enrolado, pero el problema era que ese barco tenía salida a las doce del día y eran las ocho de la mañana.

Lo había previsto todo el muy degenerado, tenía a su lado una moto con side car, que me llevaría hasta la casa con el objetivo de que recogiera toda mi ropa, y con la misma me llevara de regreso a la Empresa para proceder a mi enrolo en la motonave "Topaz Island". Todo marchó como él había pensado, mi esposa se asustó ante aquella inesperada partida, no me pude despedir de mis hijos y la ropa la guardé apresuradamente en las maletas sin quitarle los percheros. En fin, llegué a ese barco cuando estaba siendo despachado por las autoridades y tenían el Práctico a bordo. Digo que era un hijo de puta y degenerado aquel negro, que aún así nunca dejó de ser amigo mío, porque el muy cabrón después que salí rumbo al Líbano, Jordania y Rumania, se embarcó en otra nave con destino a Japón. Todo era mentira y le estaba huyendo a esos países donde no se podía comprar nada. En este último viaje que realicé a Miami, me enteré que el negro llegó en una lancha, pero que se trasladó a la zona de New York.

No hubo tiempo para una formal entrega del cargo, a los pocos minutos de embarcar, el barco largaba todos los cabos y en un abrir y cerrar de ojos me encontraba navegando por la costa Este de La Habana. Nada había preparado aquel amigo de la derrota que teníamos que realizar, por eso, cuando abandonamos la bahía, tuve que subir con urgencia al puente y adelantar algo de la planificación del viaje, generalmente esta tarea debe realizarse antes de cualquier partida. Luego, al llevar solamente unas dos horas a bordo, me encontraba totalmente desubicado en cuanto a la distribución de todos los materiales de trabajo. Me bastó ese corto tiempo para darme cuenta del desorden dejado por Ceballos, casi me vuelvo loco tratando de encontrar los mapas que me garantizaran al menos dos días de navegación, para luego retirarme a colocar todo en el camarote.

Estando en esa faena, se me acerca el Capitán del buque llamado Gabriel Sanchez y me dice:

- Segundo (haciendo referencia al cargo que ostentaba en ese entonces), el buque se encuentra cargado de cabillas y alambrones, como es de suponer, tiene creado un campo magnético distinto al que poseía cuando se confeccionó la tablilla de desvío del compás (brújula), por tal motivo ignoremos los valores del desvío y trabajemos solamente con la variación magnética.- De verdad, nunca esperé oír una animalada tan grande en boca de un Capitán, los que son navegantes saben a qué me refiero y se los explicaré para que tengan una ligera idea ignorando términos técnicos, para no complicarles la vida. No me pude contener, siempre fui eso, que en Cuba llaman fresco, así le dicen a la gente atrevida, le contesté:

- Como usted ordene Capitán, pero déjeme decirle que le hará un gran aporte a la navegación.

- No se preocupe Segundo, cumpla mis órdenes, que yo sé lo que le estoy diciendo.

- Por supuesto que yo también sé lo que usted está diciendo, pero no se preocupe, todo se hará tal y como usted dice.- El negro no insistió y yo continué en mi faena.

Aquel animal, porque debo llamarlo de alguna manera, ignoraba que con el rango que yo tenía, había sido profesor de Navegación en la Academia Naval del Mariel, y lo concerniente al desvío del compás magnético me lo conocía al dedillo. Ignorando ese error del compás como lo solicitaba el Capitán, los errores en los que se incurrían a la hora de calcular los rumbos, podían llegar a los 15 grados y hasta más, pero como dice el refrán, donde manda Capitán no manda soldado y así seguimos. El Primer Oficial era Guillermo Alena, otro cero a la izquierda que había estudiado conmigo. La tripulación era compuesta en su mayoría por jóvenes, entre los cuales se destacaban varias mujeres, cuatro camareras y una traductora de ruso, ya que uno de los Jefes de Máquinas era de esa nacionalidad.

Los primeros días de navegación tuve que dedicarlos a tirar todo abajo y realizar un inventario de todas las cartas y publicaciones náuticas, de no hacerlo, nunca hubiera podido trabajar con comodidad, ya que el desorden y descontrol eran tremendos. Se me olvidaba decirles que en esos tiempos, Cuba compraba estos aceros utilizados en la construcción a la Unión Soviética, llegaban a nuestro país a bordo de barcos rusos, esa mercancía era llevada hasta la Antillana de Acero, allí le cambiaban unas chapillas que las identificaban y con la misma eran revendidas a los países árabes. Bueno, el negocio de compra-venta siempre estuvo permitido, lo malo del caso es que, el pueblo cubano no tenía para reparar sus casas.

Desde el primer día de navegación se sintieron los efectos de la barrabasada de nuestro Capitán, las discrepancias entre las posiciones estimadas y las reales a la hora de las observaciones astronómicas, llegaron a ser en oportunidades de unas 30 millas. En el océano esto no era peligroso, pero en navegaciones costeras había que estar muy atento, porque el girocompás (brújula electrónica) estaba roto y por mucho que yo le reclamaba, aquel negro no daba su brazo a torcer. Estas cosas del Socialismo me causaban risa y enojo al mismo tiempo, me refiero al hecho de ascender a gente incapacitada por el solo hecho de ser incondicionales. En nuestros buques se declaraban campañas de ahorro, siempre vivimos en tremenda austeridad, al extremo, de sacrificar injustamente a las tripulaciones. Los más ahorrativos eran estos tipos, ellos llegaban a Cuba con un informe de viaje donde se reflejaba, toda una serie de medidas tomadas con el propósito de ahorrar, se dejaban de encender bombillas en los pasillos de las naves, se colocaron laticas en los salideros de aceites de las plantas y demás equipos en el cuarto de máquinas, se compraba la comida más barata que se encontraba, tenían el cinismo de hacer constar en sus informes la cantidad economizada en cada viaje. Sin embargo, debido a la impericia de esos individuos, acompañada de una enorme cuota de incapacidad, la mayoría de nuestros buques navegaban cientos de millas por encima de las derrotas planificadas, ésto, ocurrido en un viaje solamente, echaba por tierra todo el ahorro que se pudiera realizar en varios años. Siendo Segundo Oficial, que es la persona encargada de hacer las planificaciones de los viajes, me dediqué a contar esas millas, y hubo viajes de Cuba a Japón en los que navegamos más de trescientas millas por esos motivos. Un barco con una velocidad de 15 nudos, recorre unas 360 millas en 24 horas, en ese tiempo hay barcos que consumen unas 25-30 toneladas de combustible, si la tonelada tuvo en esos tiempos un costo de unos $200 dólares, el derroche en un solo viaje por esas causas era de $5000 dólares, cifra incapaz de ahorrarse en un año con todas las laticas del mundo. Pero así marcharon las cosas siempre y el que se manifestara en contra de todo esto, era considerado un anti-partido o simplemente un desafecto. Luego, suponiendo que ese derroche lo produjera cada barco en un año, que es una cifra muy conservadora, nos dará una idea de cómo marchaba la flota y por ende, todo el país. Siempre hay que echarle la culpa a alguien, quien mejor que los americanos para ello.

La navegación por el Mediterráneo es sumamente entretenida, el tráfico de buques es constante en todas las direcciones, la navegación es muy fácil dentro de ese mar, las costas son elevadas y no prestan dificultades a la hora de identificarlas en el radar. Recuerdo que después de haber dejado atrás la isla de Malta, me encontraba una mañana en el alerón del puente fumándome un cigarro, yo venía haciendo la guardia del Primer Oficial y tenía que trabajar con las estrellas. Ese día amaneció nublado impidiéndome la observación astronómica, cuando esto sucedía el tiempo no caminaba. Solo quedaba esperar a que llegaran las seis de la mañana para mandar al timonel a la cocina por café, si es que pudiera llamársele así. Ya eran las siete y media, solo me quedaba media hora de guardia, cuando entró la hermosa traductora, su camarote era el que comúnmente se utilizaba para los Prácticos, quedaba al lado del puente.

Era joven ella, bien trigueña y de abundante cabellera, a cada rato cometía el intencional descuido de ponerse los pullovers sin sostenes, dejándose ver debajo de ellos unos admirables senos, tenía los brazos velludos y la experiencia me había demostrado que en esos casos, los vellos abundan también más abajo, de solo mirarla y pensarlo me excitaba.

-Sabes, anoche soñé contigo.- Lo dije por decirlo, solo por buscarle la boca.

-¿Y qué soñaste?- Me preguntó con un poco de burla reflejada en el rostro.

-¿Te lo cuento?

-¡Claro! De lo contrario no me lo hubieras dicho.

-¿Estás segura de que deseas que te lo cuente?- Insistí porque sabía que se me había ocurrido algo peor y no quería meter la pata.

-Bueno, eso es un problema tuyo.

-Anoche soñé que te estaba dando tremenda mamada de bollo.- Se lo dije mirándole los ojos y esperando una bofetada, pero nada de eso sucedió, aquello le provocó risa.

-Tú estás loco, esa es las ganas de templar que tienes.- Así riéndose me dio la espalda y se marchó al camarote, yo me fui hasta el cuarto de derrota a llenar el diario de bitácora para entregar la guardia. Mientras llenaba el libro me reía de lo que había hecho, no era nada nuevo, los tiempos habían cambiado mucho. Me acordaba de las primeras conquistas siendo un chamaco, había comprado un libro de declaraciones amorosas, lo leí totalmente y luego, entre todas formé una a mi estilo que ensayaba varias veces antes de declarármele a una muchacha. Eran palabras tiernas, dulces, lindas, adorables, que a todas las chicas les encantaba oír aunque fueran falsas, luego te decían que esperara, uno se conformaba cuando le daban una esperanza. Así nos mantenían en esa intriga varios días y a veces semanas. Hoy no, en la mayoría de los casos no se pierde tanto tiempo, solo basta con el cruce de una mirada, cuatro o cinco palabras, dos tragos de ron y luego buscar una cama, si ésta no se encontraba, cualquier lugar era bueno para templar. No hablo en términos generales, hablo de los casos de parejas fortuitas, que hoy por hoy, abundan más que las amantes de lo romántico.

Desde la isla de Malta hasta Beirut la navegación es muy fácil, este país se encontraba enfrascado en una terrible guerra. Después de recalar fondeamos en su bahía, bien afuera. Luego en la noche, se podían observar el constante cruce de fuegos de artillería hacia y desde las montañas que rodean esta ciudad. Las trazadoras de ametralladoras se veían salir desde cualquier punto, así nos mantuvimos en medio de esas detonaciones hasta la mañana siguiente que, fue cuando atracamos y pudimos ver de cerca toda la destrucción que causa una guerra. Aquella ciudad considerada tiempos atrás como una de las más bellas de la región, estaba agujereada por donde quiera. Los vehículos utilizados para recibir el cargamento, mostraban huellas de disparo por todas partes. Como es de suponer, no nos dejaron bajar a tierra y el muelle estaba controlado por tropas de las Naciones Unidas. En el Caribe ocurría algo parecido, Cuba había sido derrotada en Granada después de la invasión americana a esa isla, cortándose de cierta manera el expansionismo soviético en el área.

Concluida la descarga de parte del cargamento, continuamos viaje con destino al Canal de Suez. Nuestro próximo puerto a recalar era Aqaba en Jordania, creo que esta fue la primera vez que yo cruzaba el Canal. Después de darle la vuelta a la península de Sinaí, tierra que fuera atravesada por Moisés cuando partió de Egipto, que por cierto, impresionan aquellas montañas desérticas donde no existen contrastes de colores, solo aquel amarillo propio del desierto que brota desde lo profundo de ese angosto golfo de Aqaba, monótono a ambas orillas y que solo el contemplarlo provoca sed. Al final de ese golfo se encuentra la pequeña ciudad que lleva su nombre, del lado opuesto, la tierra y una ciudad de Israel, en medio de la playa la cerca que servía como frontera entre los dos países. Fondeamos muy cerca de la orilla, casi pegados a un hotel que en la noche, podíamos leer su nombre anunciado por luces de neón, "Aqua Marina".

Permanecimos fondeados durante varios días en espera de muelle, en ese tiempo nos pusieron servicio de lancha para bajar a tierra, cada cual bajó solo una vez, el calor era intenso pero seco, se podía soportar mejor que el de la isla, pero aún así, ¿para qué bajar?, si no teníamos dinero. Salíamos a caminar y curiosear en cada vitrina de las tiendas, no había nada que hacer en esa ciudad, casi no se observaban mujeres en la calle y las que se veían llevaban el rostro totalmente cubierto por un velo negro. Caminar por caminar a nadie le gustaba, porque tampoco se podía mitigar la sed, por eso, regresábamos al barco a esperar que nos dieran dinero, de no llegar éste, por reglas generales no volvíamos a salir.

El Capitán hizo un arreglo con el Proveedor del buque, y después de algunas negociaciones, pudo resolver que el individuo le entregara dinero suficiente para pagarnos diez dólares a cada tripulante. La gente se puso contenta con aquella limosna y salieron a comprar, de verdad no me explico que compras pudieron hacer con ese dinero, ya que los precios estaban inaccesibles para nosotros. Entonces el Tercer Oficial, quien estaba viviendo con una mulata camarera, fenomenal culo se mandaba esta mujer, me propuso salir con la traductora a la playa y entre todos comprar una botella de whisky para pasar el rato fuera del buque. No estaba mala la idea y acepté enseguida. En un bolso echamos las toallas, algunas latas de jugo de toronja para ligar con el whisky y partimos hacia el único establecimiento donde vendían bebidas alcohólicas.

Caminábamos por la avenida más próxima al mar, ésta se encuentra elevada quizás unos veinte metros sobre su nivel, a la derecha y bajo nosotros se encontraba la playa, allí todo era playa, pero existían algunas viviendas y nosotros buscábamos un lugar con un poco de privacidad. Distraídos en nuestra conversación, no nos percatamos de la presencia de un taxi, paró justo a nuestro lado y el chofer se bajó del auto, un impecable Mercedes Benz de ese año.

-Señores, ¿para donde van?- Preguntó el tipo en un inglés mezclado con árabe.

-Vamos para la playa.- Contesté al individuo.

-Yo los llevo.

-¿Para qué? Si la playa está aquí mismo

-¡No hombre! La playa buena está a veinte kilómetros de aquí.

-No nos importa, nosotros nos bañaremos en esta.- Le respondí sabiendo que para nosotros era algo imposible dar un viaje como ese, ya no nos quedaba casi dinero.

-Esa playa está contaminada y no es recomendable bañarse en ella.- Insistió el tipo.

-Estará contaminada, pero el caso es que no tenemos dinero para dar ese viaje.- Le respondí para quitármelo de encima.

-No te preocupes, yo los llevo gratis.

-¿Gratis?- Pregunté sumamente extrañado ante aquella proposición casi absurda.

-Como lo oyes, los llevo gratis.- Les traduje todo a mis compañeros de aventura y quedaron sorprendidos, enseguida nació la desconfianza. Para los cubanos, toda persona que se le arrima en el extranjero, movidos por la curiosidad o sencillamente con la intención de ayudarlos, es considerada a primera vista un agente de la CIA. Ese temor ha sido sembrado durante tantos años hasta el ridículo, ha hecho a hombres renunciar propuestas de hermosas mujeres, en realidad no tan hombres porque cuando se llega a este extremo, se es mucho más que un cobarde, se es pendejo y así conocí a muchos.

-Compadre, yo no voy en esa, aquí hay gato encerrao, eso de llevarnos de gratis, así como así.- Fue la salida del Tercer Oficial, quien no había abierto la boca hasta ese momento aunque sabía inglés, las muchachas permanecían calladas esperando por nuestra decisión.

-Oye gallo, en la vida no se puede ser tan pendejo, ¿cuándo coño te has montado en un Mercedes como ese?

-Yo sé lo que me quieres decir, pero es que está muy de jamón eso de que nos lleve de gratis, además, ¿cómo carajo regresamos, no nos vamos a tomar la botella de whisky?

-Verdad que si, se me habían olvidado esos detalles, pero espérate, porque yo le parto el brazo a ese tipo, pero no hay quien me quite la idea de montarme en ese carrazo.- Le respondí al Tercero, que ahora lo notaba un poco más animado, quizás para hacer su papel de hombre delante de las muchachas.

-¡Oye mi amigo! Todo está muy bien, supongamos que nos lleva gratis hasta esa playa, pero y después, ¿cómo regresamos?- Le pregunté al chofer.

-Yo los espero.- Me contestó a secas.

-¿Qué tú nos esperas a que nos bañemos y nos tomemos una botella de whisky que llevamos?- Insistí sorprendido.

-Ya te lo dije, yo los espero hasta que ustedes terminen, en estos momentos estoy libre.- Coño, de verdad que no lo creía, pero se me había metido en la cabeza montarme en aquel animal. Las muchachas estuvieron de acuerdo conmigo y a los pocos minutos, viajábamos en aquel fenomenal auto que no tenía nada que ver con los Ladas, devorando kilómetros de carretera al borde del mar y tierra desierta, hasta buena música tenía el tipo, éramos felices con esta aventura.

Se desvió de la carretera en un paraje desierto y se aproximó hasta unos diez metros de la playa, apagó el auto y dejó música puesta. Nosotros comenzamos a desvestirnos con paciencia, mientras acomodamos nuestras cosas en la arena, las chicas nos imitaron y los ojos de aquel árabe se desorbitaron, no solo los de él, los míos también cuando vi a aquella mulata en bikinis.

¡Qué clase de culo Dios mío! Exclamé para mis adentro, pero allí no terminaba todo, por poco me da un infarto cuando la traductora se quitó la ropa, una ordenada fila de pendejos partía desde su ombligo y se escondían debajo del bikini, pequeño, para ocultar todo el ejército de pelos bien negros que cubrirían su bollo. Muchos de ellos en señal de desobediencia se le salían por ambos lados y muy pegados a sus piernas. La boca se me hacía agua ante aquel hermoso espectáculo, miré al chofer y note que sus ojos seguían fuera de órbita.

- ¡Coño vieja! Me hubieras pedido la máquina de afeitar, no solamente has vuelto loco al chofer, me tienes convertido en un anormal con esa linda pendejera.- Todos echaron a reír, hasta el chofer que no sabía de que carajo estábamos hablando, pero se lo imaginaba. Allí nos sentamos y las muchachas sirvieron en los vasitos que llevamos, le ofrecieron un trago al driver, pero era de imaginar que no aceptaría, seguro que era musulmán. En un falso movimiento, a la traductora se le salió un bembo del bollo fuera de aquel pequeño traje de baño, era algo así como una tarántula de peluda, nunca he comido arañas, pero aquella me la hubiera zampado con mucho gusto. Ella se dio cuenta de la situación y escondió su pedazo de arácnido ante mi burlona sonrisa, yo no lo hacía intencionalmente, pero es que la vista es así de inoportuna, siempre va hacia donde no la llaman. En Cuba eso es muy normal, parece que es un defecto con el cual nacemos, cuando caminamos por la calle y se nos aproxima una mujer de frente, a lo lejos le observamos la cara, pero después, nuestros ojos bajan involuntariamente hasta los senos, se detienen en su análisis por unos segundos y continúan hasta el bollo, haciéndole un reconocimiento más prolongado que el de cualquier ginecólogo. Después, al pasarnos por el lado volteamos la cara y le hacemos un chequeo del culo, es así en términos generales y antes de que se vaya de nuestro alcance, le decimos nuestro diagnóstico, casi siempre, cuando se le marca mucho bulto delante, exclamamos; ¡Niña, ve al médico que tienes tremenda hernia!

En medio de nuestras bromas, la traductora me dijo que estaba comprometida con un maquinista que había navegado conmigo en el buque "Jiguaní". Al decirme el nombre por poco me orino de la risa, resultó ser un amigo muy famoso por la manguera que tenía entre las dos piernas. Me reí con deseos ante sus interrogantes rostros por la afición de mi amigo por las mujeres pequeñas de estatura, y la capacidad de ellas para asimilar tamaño rabo. Luego se lo tuve que explicar en privado al Tercer Oficial y a partir de ese momento, descarté toda posibilidad de vínculos con ella, a esa chamaca para sorprenderla con algo había que mostrarle un bate de beisball.

Con toda nuestra tranquilidad finalizamos la botella y montamos en el auto nuevamente, al llegar a la entrada del puerto el chofer me preguntó cuando deseábamos ir de nuevo a la playa, no le di fecha segura, entonces me entregó su tarjeta con el teléfono. Esa noche no me quedó más remedio que masturbarme como era debido, con todas las de la ley, en mi cabeza solo tenía presente aquella hermosa tarántula. Pactamos mantener aquella salida en secreto, como si hubiéramos realizado algo ilegal o hubiéramos cometido un delito, así fue siempre.

Al día siguiente, la mulata me dice que desea hablar conmigo en privado, de verdad que me extrañaba tanto misterio, pero disfrutaba con aquellas cosas, no puedo negarlo.

-Second, el Jefe de la carga nos invitó para ir al hotel Aqua Marina esta noche.

-¿A quienes invitó?

-A las muchachitas, pero le dije que nosotras no podíamos salir solas, que tenía que ser con un hombre.

-¿Y qué te contestó el tipo?

-Que no había problemas.

-¡Coño! Entonces no tienes problemas, arranca con el Tercero, para eso vive contigo.

-Que poco lo conoces, tú sabes perfectamente que él para estas cosas es bastante pendejo.

-¡Carajo negra! Si no tienen pensado hacer nada malo, yo no veo la razón.

- Bueno, el asunto es que se lo pedí y el tipo me dijo que no entraba en esa.

-¡Qué raro! No será que ustedes se quieren buscar unos kilitos.

-No jodas, no hay nada de eso, por eso quiero que nos acompañes, yo sé que tú no estás en nada.

-¡Oye! Como no estoy en nada te digo que si se quieren buscar unos pesos, eso es problema de ustedes, en definitiva el culo no es mío y yo sé por boca de ese tipo, que aquí otras se lo han buscado.

-No, no hay nada de eso, de verdad.

-¿Quiénes son las que van?

- Menos la traductora, nosotras cuatro.

-¿La blanquita también va?- Esta era una chamaca camarera,que le decían así, por la blancura de su piel, no muy común en nuestro país donde la gente se dora involuntariamente. A su pareja en el barco le decían el blanquito por las mismas razones, recuerdo que tenía unas exquisitas tetas.

-Ella también.

-¡Carajo! Que complaciente es su maridito y todavía me dices que no hay gatos encerrados.

-Viejo, te juro que no hay nada de eso.

-Está bien, si es así la cosa, dile a las chamacas que saldremos separados y nos encontramos frente a la tienda de las bebidas.- Me dio un beso y salió directo a difundir la noticia.

Salimos por distintos caminos como si no tuviéramos nada en común, nos convertimos especialistas en el arte de disimular las cosas, preparábamos planes estratégicos para realizar cualquier bobería por situaciones que solo se viven en nuestro país, y nos obligaron a ser así, falsos, mentirosos e hipócritas. Hoy, del lado de acá, me asombro de aquella vida, es imposible concebir que se actúe constantemente como si se estuviera cometiendo delitos a cada paso que se daba, eso no es vida.

A la hora acordada todos coincidimos en el punto fijado, después de mirar a todos lados como unos perseguidos fuimos en busca del jefe de la carga. Por suerte para todos nosotros, no estábamos muchos tripulantes en la calle, ¿qué harían sin dinero en un país árabe?, con plata se podía hacer muy poco. El tipo nos esperaba a solo unos metros de la entrada del hotel, nos saludamos y entramos a disfrutar de esas cosas lindas y prohibidas, no era muy grande el hotel, pero es innegable que era muy bello. Dimos primero un recorrido por su piscina, habían muy pocas personas, luego fuimos directo al bar.

Las chicas, muy modestas al fin, pidieron solamente cerveza, yo le dije al gallo que bebería lo mismo que él, de verdad no tengo la culpa que le gustara el Chivas Regal, a mi me encantaba, ya lo había conocido muy bien.

La velada fue algo aburrida, entre trago y trago que sumaron unos seis, mi trabajo era traducirle a las chicas, no hubo más nada en el ambiente y el hombre fue muy correcto. De vez en cuando aparecía alguna extranjera muy elegante y el hombre me explicó que eran prostitutas, pero que no estaban al alcance de la gente del pueblo, aquellos huequitos costaban demasiado caros, creo que más de cien dólares el rato.

Al final, el tipo sacó un gran rollo de billetes para pagar la cuenta y nos marchamos, fue algo similar a lo del taxista, pagó solamente para exhibirse con aquellas mujeres, eso era todo. Antes de partir el barco le regaló un reloj a cada una de ellas, pero antes de hacerlo le pidió permiso al Capitán. Creo que era un tipo que actuaba de buena fe, lo hizo para no perjudicarlas, pero zarpando del puerto todos los relojes fueron recogidos y se entregaron a los ganadores de la emulación en ese viaje.

Partimos para Constanza un puerto rumano, ya lo había visitado en varias oportunidades. Continuamos con los mismos problemas del compás magnético, ya el buque se encontraba vacío, pero el Capitán seguía con aquella rara y particular teoría del campo magnético. En resumen, ya no me importaba esa barbaridad y seguía cumpliendo sus órdenes. Navegamos de nuevo por el canal de Suez, Mediterráneo, Mar Egeo y llegamos al estrecho de los Dardanellos, aquí me sorprendió algo nuevo, que luego se mantuvo vigente hasta mi partida. El Capitán solicitó los servicios de Prácticos para pasarlo, digo que me sorprendió, porque en esos momentos no era obligatorio tomarlo, y yo lo había cruzado en varias oportunidades con otros Capitanes, sin la presencia de éstos. No fue solamente aquí donde vi este fenómeno, navegué con varios Capitanes que solicitaban el servicio de practicaje desde Francia hasta Finlandia, luego hacían lo mismo al regreso.

Tenía que sorprenderme, porque esos viajes los había realizado en barcos mucho más viejos, que carecían de los sistemas sofisticados de navegación que poseen los modernos, como la navegación por satélite, sistema DECCA de navegación, radares Alpa Racal, etc., y siempre lo hicimos solos, no encuentro razones para pagar este servicio, si se tienen las cartas de navegación de la zona actualizada. En confianza con varios Capitanes que fueron mis amigos, les preguntaba por cual razón lo hacían, y la respuesta tenía sus lógicas, alegaban que lo tomaban, porque en definitiva ganaban lo mismo que si no lo hacían, entonces, preferían pasar estos tramos de navegación durmiendo tranquilamente.

Al país se le escaparon miles o tal vez millones de dólares en el pago de estos servicios, ya que nuestros buques transitaban por esa zona con mucha frecuencia, con destino a infinidad de puertos del Mar del Norte y del Báltico, pero, ¿quién pagaba por ello? Indiscutiblemente era el pueblo, pagaba por la mala fe y también por la incompetencia de gente que fueron ascendidos por ser incondicionales al régimen. Más tarde, debíamos echarle la culpa de todos nuestros males a alguien y quién mejor para ello que el bloqueo.

Pasado los Dardanellos le sigue el Mar de Mármara y por último el fascinante estrecho de Bósforo con un tráfico intenso de embarcaciones menores, detrás de él, el Mar Negro, que siempre me dio la impresión de mantenerme preso, desconozco la razón, pero pensaba que si se formaba algún disturbio en Turquía, quedaría atrapado en esa especie de jaula marina.

Rumania era de aquellos países por los que sentí mucha pena, creo que pudiera llamarlo lástima o compasión, era un pueblo que debía estar en mejores condiciones que nosotros por los años que tenían de liberación y de transcurrida la guerra. Pero no era así, esa simpática gente vivían en constantes penurias que se aproximaba a la miseria. El puerto, que siempre brinda la primera imagen de un país, dejaba aquel sabor amargo que solo produce la pobreza. Estibadores mal vestidos, casi uniformados como los chinos de Mao, el color gris y negro que se hace dueño en los sitios donde impera la miseria, acompañados de la mugre y la suciedad. Ellos se robaban todo lo encontrado a su paso, cada mierdita encontrada era necesaria, hasta nuestra estropeada ropa de trabajo. Desde nuestro arribo hubo que esconderlo todo, porque barrían con lo más insignificante, comenzaron a desaparecer grilletes utilizados en las arboladuras, pedazos de cables, de cabos, etc. Tal parecía que cumplían una orden de su Partido aquellos hombres, porque nada de eso servía para uso particular, también, se ponían muy contentos con cualquier cosa que se les ofreciera, jabón, cigarros, jugos, ron.

En la calle, el panorama era muy parecido al nuestro, pero con la gran diferencia de que nosotros éramos un país tropical. En la casilla de la Aduana por donde debíamos salir, los mismos guardias y métodos empleados en todo el campo socialista, ellos tenían un perro pastor alemán sobre una especie de mesita que no gesticulaba para nada, su función era olfatear a todo el que pasaba, aquella rigidez del animal me recordó a los caballos de la guardia de la Reina en el Palacio de Buckingham, habían sido muy bien programados, igual que los hombres.

A solo unos metros de aquella caseta y protegidas por la oscuridad de la noche, podían salirte de detrás de cualquier arbusto alguna hermosa joven, que en Cuba son conocidas como jineteras, podías encontrarte también con bandoleros que te asaltaran, razón por la cual, casi siempre salíamos en grupo. Nunca encontré explicación a estos fenómenos sociales, el socialismo había sido el camino a seguir por Cuba, según la elección de su único gobernante y era el paraíso de la clase obrera, de acuerdo a toda la información que consumíamos en nuestra isla, pero desgraciadamente, éramos muy pocos los que teníamos acceso a la verdadera situación que se vivía en esos pueblos.

Todas sus calles eran oscuras, en las tiendas se encontraban apagadas la mitad o más de sus bombillas eléctricas, lo mismo sucedía en restaurantes y demás lugares públicos, la calefacción se encontraba regulada de tal manera que, uno debía permanecer en el interior de cualquier recinto con los abrigos puestos, incluyendo los apartamentos con la calefacción centralizada. En las tiendas y mercados se notaba la ausencia de infinidad de productos de primera necesidad, casi todos eran de mala calidad y no tenían bolsas o papel para envolverlos, en fin, cada vez que conocía a algunos de esos países y miraba nuestro futuro, comprendía que nuestro pueblo había sido engañado.

El día de nuestra llegada y luego de atracar, el Capitán me llama a su camarote y me pregunta si yo tenía algún traje que ponerme, como mi respuesta fue positiva me pidió que me vistiera con él, para que llevara los documentos del buque a la Capitanía del puerto. Esa era una práctica que solo recuerdo haber observado en este país, me refiero a la retención de los documentos de cualquier buque, sus certificados vienen siendo la identidad del mismo y en Rumania la retenían desde la llegada, como medida contra el impago de los servicios recibidos por el barco, las cuales no eran devueltas hasta que no se saldaran todas las cuentas.

Me puse mi traje y cuando metí las manos dentro de los bolsillos del saco, encontré aquellos billetes viejos del chino, recogí los documentos en la oficina del Capitán, pero, cada vez que me encontraba con alguien por los pasillos, le mostraba aquel rollo de billetes y le decía que ya estaban pagando en la oficina del sobrecargo. Todo el mundo se dirigió a la oficina de éste en busca de su paga, mientras yo descendía la escala del buque para cumplir mi misión.

Pocos minutos después toda la tripulación me mandaba al carajo por aquella broma, allí nos pagaron, era lo mismo que recibir papel sanitario y estábamos obligados a gastar todo el dinero, no podíamos acumularlo para otro viaje y era penado con prisión poseer dólares con uno, esto que se hizo en ese viaje era una práctica muy común, no pagaban en los países de área dólar y te obligaban a recibir el dinero en los países del CAME. Había que gastarlo en porquerías y dar ese viaje como perdido para resolver los problemas de la familia, solo compré una muñeca para mi hija que era pequeña y al llegar al barco tuve que lavarla totalmente.

En todos los países socialistas, las operaciones portuarias consumían el doble o el triple del tiempo empleado en los capitalistas. En términos generales eran los campeones de la ineficiencia, por ello, mis estancias en Rusia, Bulgaria, Alemania del Este, Polonia y Rumania, nunca fue menor a los veinte días y hubo casos que sobrepasaron el mes. Por ese motivo pude palpar claramente muchas de las anormalidades que allí se vivieron, porque entre otras cosas, casi siempre compartí en los hogares de distintas mujeres.

Partimos hacia Odessa con el objetivo de tomar combustible para nuestro regreso, allí esperamos dos o tres días hasta que nuestra salida se produjo una madrugada. Cuando entré a las cuatro de la mañana se estaba levando anclas, el aliento del Capitán era igual a la atmósfera que se respira cerca de las destilerías de alcohol, estaba totalmente borracho y en cuanto llegué al puente se retiró. Había en ese momento una densa niebla y la visibilidad era cero, la salida de este puerto es por canales de boyas con zonas de separación del tráfico, como yo era el encargado de la preparación de las derrotas siempre las estudiaba profundamente. De haberlo deseado, en mi condición de Segundo Oficial, hubiera podido solicitar la presencia del Capitán o la del Primer Oficial, para realizar aquella maniobra de salida, pero me enteré que el otro estaba borracho también y continué, en definitiva, había sido el Capitán quien me entregó la guardia.

Ese día, mi servicio en el puente se extendió hasta las doce del día, no quise hacerle la entrega al Tercer Oficial, por ser una persona inexperta, luego, cuando la borrachera se les pasó, fui relevado.

Cuando terminábamos toda la tierra griega, yo había trazado un rumbo directo al sur del cabo Spassero en la isla de Sicilia, el día de la recalada a este punto, yo entré de guardia y me encontré al Capitán en el puente. No tenía problemas personales con él, pero entre ambos la comunicación era de poca fluidez, entre otras cosas, vi mal la recogida de los relojes regalados a las muchachas y no me caían bien los tipos alcohólicos que llevaban en sus espaldas la responsabilidad de la vida de muchas personas, entre ellas la mía. Yo era un buen bebedor en esos tiempos, pero nunca se me ocurrió asumir una guardia en el puente en estado de embriaguez.

A una distancia captada por el radar y con la tierra no muy bien definida, le informé de su presencia, en esas condiciones las posiciones obtenidas no son de mucha confianza y debe esperarse hasta la plena identificación de la costa.

-Capitán, tenemos tierra por la proa en el radar.- Expresé por puro formulismo, el hombre se levantó, fue hasta el radar, tomó una posición por distancia y marcación al punto aparecido en la pantalla y procedió a plotearlo en la carta náutica que en ese momento se encontraba en uso.Terminada esa rutinaria operación regresó a la silla que existía en los puentes asignados para ellos, permaneció unos minutos en silencio oteando el horizonte, como tratando de adivinar esa costa, superando el alcance de la vista del ser humano y la curvatura de la tierra, después de esa ridícula postura y dando muestras de su superioridad, confusa para él, que mezclaba el rango con la inteligencia, me dijo:

-Ahí la tienes, por la misma proa, sin tanta tablilla de desvío, en la proa está Segundo, puedes comprobarlo.- Por supuesto que lo haría, de eso podía estar seguro aquel imbécil, dije para mi, no hacía falta que él me lo pidiera, porque no era la primera vez que me encontraba en situaciones similares.

-En cuanto esté mejor definida la tierra en el radar, le avisaré cuando tenga una posición segura.- Fue todo lo que se me ocurrió responderle en ese momento.

-Tu has cogido lucha con esa tablilla de desvío.- Agregó como resumen, pero lo más penoso para él fue que lo hizo en presencia de agregados de cubierta que cubrían la guardia conmigo durante sus períodos de prácticas, una vez graduados de la Academia. Ellos sabían de qué se estaba hablando, porque habían estudiado la misma carrera.

-Capitán, yo no cojo lucha con nada, sencillamente aplico lo estudiado.- No hubo respuesta.

Pasadas unas dos horas y cuando estábamos más cerca de la costa a la cual debíamos recalar, traté de identificar su configuración e identificarla en la carta, de verdad no existían parecidos entre ambas, esa operación la repetí en varias oportunidades y solo logré que naciera en mí la incertidumbre. Para estos casos la experiencia me había enseñado que lo más importante era mantener la serenidad. De acuerdo al rumbo que manteníamos en esos momentos, apliqué las correcciones correctamente y ellas me daban un rumbo efectivo que daba directamente a la isla de Malta, de verdad que no podía creerlo. Tomé varias posiciones por el radar y las ploteé desde la isla de Malta y desde Spassero, luego encendí el ecosonda para comprobar las profundidades de ambas posiciones. De acuerdo a la carta, el ecosonda no estaría captando la profundidad en el supuesto caso de que nos encontráramos recalando a Spassero, sin embargo, reflejaba en sus señales unas sesenta brazas por debajo del casco. En la medida que nos aproximábamos a tierra, era identificada con más claridad y cuando ya no tuve dudas de que nos encontrábamos llegando a Malta, borré las posiciones obtenidas de la carta, hice un cálculo inverso sobre el rumbo efectivo que llevábamos, dejando de considerar el desvío por mis caprichos, todo lo cual justificaba nuestra presencia en ese punto y no donde debíamos recalar. Aquellos cálculos los hice con unos números bien grandes, capaces de ser leídos por un ciego y los dejé encima de la mesa de derrota, como algo hecho por pura rutina.

-Capitán, ya la tierra está mejor definida en el radar, ¿quiere tomar una posición para confirmar?- En silencio el tipo se levantó de su trono, tomó la posición que le sugerí mientras no me molesté en moverme del puente, cuando salió del cuarto de derrota con una sonrisa que abarcaba de oreja a oreja me dijo;

-Ahí está Segundo, en la misma proa, deja los caprichos que te vas a enfermar.- Los dos agregados me miraron en silencio y con los ojos pude observar una muda expresión que decía, acabaste con este burro.

-Capitán, ¿está seguro de lo que dice?- Ahora era yo quien deseaba humillarlo, de la misma manera que él pretendió hacerlo.

-No cabe la menor duda, cuando llegues al través cambia al rumbo planificado.- Contestó victorioso, pero cuando se dispuso a abrir la puerta del puente, posiblemente, para irse a sus acostumbradas juergas alcohólicas, lo detuve.

-Capitán, creo que hay un error en todo esto.- El tipo frenó en seco.

-¿A qué te refieres?.

-A que no estamos recalando a Spassero.- El tipo se rió con fuerza, los agregados también pero en un sentido inversamente proporcional.

-De verdad que te has vuelto loco compadre.

-En lo absoluto, tome una posición nuevamente y demuéstreme que lo estoy.

-Acabo de tomar una, ¿no te basta con esa?

-Claro que no.- Se dirigió silenciosamente hasta el radar, mientras a su espalda se cerraba la puerta, por donde pensaba salir a tomarse un traguito y luego otro, hasta caer borracho como siempre había sucedido.

Ploteó aquella posición y me llamó hasta el cuarto de derrota para mostrármela orgullosamente.

-¿Satisfecho?- Los agregados seguían en silencio aquella muda batalla, una pelea entre la razón y el poder.

-Por supuesto que no lo estoy, ¿dónde me deja la profundidad?

-¿Qué profundidad?

-La profundidad del área donde usted acaba de plotear su posición, ahí tiene el ecosonda frente a usted, vea si coincide con su posición.

-En resumen, ¿qué me quieres decir?

-No quiero decirle nada, sencillamente estamos frente a la isla de Malta y no a la de Sicilia, las razones se encuentran en esos cálculos escritos en esa hoja, no ha sido un capricho el que nos ha traído hasta aquí, ha sido ignorar los valores del desvío del compás.

-¡Mira! Has lo que te dé la gana con la tablilla y con el desvío.- Me dio la espalda y tras de sí se cerró la puerta de acceso al puente.

-Acabaste con él, de verdad que eres un animal.- Fue la expresión de los agregados.

Durante el viaje de regreso le indiqué a los Oficiales que se tenían que considerar los valores del desvío del compás, y les recordaba que en cada guardia, los Oficiales del puente estaban obligados a comprobar los errores del compás, durante sus observaciones astronómicas. No hubo más problemas en todo el trayecto, las discrepancias entre las posiciones estimadas y las reales eran las normales, las que se producían por los efectos externos desconocidos. Me dediqué con entusiasmo a pintar todo el interior del puente y el cuarto de derrota, esto lo hice en mis horas de descanso, siempre era así en cada barco por el que pasaba, porque amaba y vivía enamorado de mi trabajo. En esos días me acordé de los billetes del chino, separé una serie completa para mí y los otros se los fui regalando a mis amistades, recuerdo que le entregué al ruso Jefe de Máquinas, a la traductora, al Tercer Oficial que era un matancero de apellido Segrañe o algo parecido, creo que le regalé también al que estaba de Secretario de la Juventud Comunista, no recuerdo su nombre, pero era buen chamaco.

Unos días antes de llegar a La Habana, tuve que ir al camarote del Capitán a entregarle una relación de las reparaciones que eran necesarias en el puente, ambos camarotes se encontraban en la misma cubierta, por ello solo debía andar unos pasos desde el mío hasta el de él.

-Me enteré que andabas regalando unos billetes viejos.

-Si, eran unos billetes que traje equivocadamente a viaje y como yo no colecciono moneda en papel, regalé unos cuantos, los otros los voy a botar, porque no deseo tener problemas en Cuba.

-No los bote, yo tengo amigos coleccionistas que lo recibirían de muy buen gusto.

-No hay problemas, ahora te los traigo, es mejor que los tengan ellos que arrojarlos al mar.- Momentos después se los entregué y allí murió la historia de aquellos billetes, al parecer para mí.

Cuando llegamos frente al Morro de La Habana, en la misma lancha del Práctico, embarcó un agente de la Seguridad del Estado a quien conocía de mi época de clavista, se llamaba Raidel, es de suponer que ese era su nombre de guerra. Era un tipo represivo con el cual tuve un encontronazo bastante fuerte, sucedió, cuando llegué de un viaje a bordo del Pepito Tey, y me criticó por no haber rendido informes sobre situaciones ocurridas durante ese viaje. Le contesté que mis funciones eran las de cifrar y descrifrar mensajes, pero que nunca me habían orientado rendir informes sobre nada, que eso no competía con mi contenido de trabajo. A los pocos meses era dado de baja de ese grupo, ya mi juramento por cinco años había caducado, creo que lo celebré con una buena borrachera, me había quitado tremendo peso de encima.

No me extrañó que aquel tipo con el rostro marcado por una feroz acnés juvenil embarcara de esa manera, ya nos habíamos acostumbrado a todo. Luego de fondear en una abarrotada bahía, teníamos que esperar por la llegada de las autoridades, esa espera podía convertirse en una larga agonía de horas. Casi siempre se llegaba hasta nuestros barcos un lanchero muy querido por todos, Mazacote, quien generalmente nos traía recados de los familiares que nos esperaban en el muelle. Ese día, Mazacote estaba jodedor.

-¡Caballeros! Díganle al blanquito que allá afuera lo esperan su mujer embarazada y la querida, que ya hubo tremenda bronca, también le avisan a la blanquita que el marido está enterado de los tarros que le está pegando y allá afuera espera por ella.- Todos nos reímos, pero lo que decía Mazacote no tenía nada de irracional.

Cuando llegaron las autoridades nos reunieron en el salón de Oficiales, así comenzaron a llamar a los tripulantes para sondearles el camarote, creo que fui el tercero en ser llamado. Al llegar al camarote, habían tres de aquellos animales orientales desarmando techos y paredes, uno de ellos se encontraba sentado en mi mesa revisando hoja por hoja todos mis libros técnicos, es sabido que no estaba estudiando navegación, buscaban algo importante. El que parecía Jefe de aquella escuadra me dijo; ¡Desvístase! Ya me imaginaba que algo andaba mal, pues los sondeos no eran de ese rigor. Comencé a quitarme toda la ropa y la dejaba caer en el piso, el tipo se agachaba y revisaba todos los bolsillos, la viraba al revés y luego la dejaba en ese lugar, me ordenó quitarme las medias y lo obedecí, cuando procedía a quitarme el calzoncillo me dijo que no era necesario, pero le respondí que era parte de la ropa igual que las medias y me lo quité, más que nada, deseaba mostrarle la pinga y los cojones por todo el destrozo que habían causado en el camarote. Cuando en sus funciones de perros sabuesos no encontraron nada, me autorizaron vestirme nuevamente y me pasaron al camarote del Primer Oficial.

Allí estaba sentado en la mesa el oficial de la seguridad Raidel, con todos los billetes en exhibición sobre ella, eran, los que yo le había entregado al Capitán, me ordenó sentarme y enseguida comprendió que nos conocíamos.

-¿Y esto?- Preguntó señalando a aquellos papeles viejos.

-Supongo que sean míos.- Respondí a secas.

-¿Cuántos vendiste en el extranjero?-

-¿Vender qué cosa?-

-Esos billetes.-

-En primer lugar no tienen valor numismático, en segundo lugar, allá pueden ser bobos, pero no comemierdas.-

-¿Tienes más de estos?-

-Una serie completa.-

-¿Regalaste alguno más?-

-Si, regalé unos pocos.-

-¿A quiénes?-

-Al Jefe de Máquinas, Capitán, Tercer Oficial, Traductora y al Secretario de la Juventud.

-Perfecto, pasa por ellos ahora mismo.- Salí en dirección al camarote del Capitán y cuando le pregunté por los billetes me contestó que mientras estaba en la maniobra, el tipo de la seguridad le había sondeado el camarote y los había decomisado. Eso era una mentira mal elaborada, porque el camarote de los capitanes nunca se sondeaba, luego, los recuperé todos y regresé al camarote del Primer Oficial, aquel maricón que había sido compañero mío de estudios, no tenía cojones para mirarme a la cara.

-¿Qué puedes decirme del viaje en taxi hasta la playa?- Aquella pregunta me dejó perplejo, no cabía la menor duda de que el negro de Segrañe había hablado.

-¿Qué quiere que le diga?, fue un taxi que tomamos para ir a la playa.-

-Pero a ustedes no les pagaron.-

-Nos pagaron diez dólares.-

-Pero eso no da para pagar un viaje de veinte kilómetros.

-Fuimos gratis.

-¿Y quieres que te crea?

- Yo no quiero nada, ese es un problema suyo, fuimos de gratis.- El tipo se levantó y se retiró por varios minutos mientras dejaba a uno de la guardia custodiándome, cuando regresó, yo sentía a la gente bajando por la escala del barco para tomar la lancha.

-Necesito saber a cual prisión me van a conducir, al DTI o al G2, quiero mandarle un aviso a mi familia.

-Por el momento puedes bajar, en caso necesario te mandaremos a citar.- Me levanté, cerré el camarote y partí rápido a tomar la lancha, casi era media noche. El muelle donde desembarcaban los tripulantes estaba lleno de familiares, besé a mis hijos y esposa, noté que la atmósfera estaba tensa y les pedí retirarnos, esperamos por la ruta 24 o la 15 en la parada del muelle de Luz. Cuando estábamos en movimiento, cuando se suponía debía estar contento por el fin de aquella travesía, yo viajaba preocupado en aquella guagua.

-Te tengo una sorpresa.- Me dijo mi esposa, quien se mostraba muy contenta, tanto por la noticia como por mi llegada.

-¿Cuál?- Dije a secas.

-Estás incluido en la lista del curso de Primer Oficial.- Me contestó esperando alguna muestra de alegría, hacía diez años que me tenían bloqueado al ascenso, por el solo motivo de no ser militante del Partido.

-Así que esa era la sorpresa.-

-¿No te alegra?

-Mierda me alegro ahora.

-¿Has tenido problemas?

-Si y es muy posible que vaya preso.- Le dije casi al oído, para que los niños no comprendieran lo que estaba pasando. Ella se puso muy nerviosa y temblorosa, su rostro se tornó pálido.

-¿Te agarraron en algo?

-En lo que menos te imaginas, me agarraron con los billetes del chino, aquellos que me regaló una vez tu hermano.- Los ojos se le aguaron, pero le pedí que no llorara por los niños. En la casa ella siempre me esperaba con cerveza, cuando los chamacos se acostaron vencidos por el sueño, hicimos el amor como en cada reencuentro, siempre estábamos de luna de miel.

Al siguiente día por la mañana llegué hasta el barco, antes de hacerlo, pasé por la Empresa a verificar la noticia, que me había dado mi esposa sobre el curso en la Academia. Después de consultarse la lista, el Jefe del grupo de ese barco me dijo, que le informara al Capitán debía desenrolarme y mientras tanto, ascender al Tercer Oficial a  mi plaza, mientras la de éste era ocupada por uno de los agregados.

En ese viaje el Secretario del Partido era el Sobrecargo del buque, no tengo quejas de él, los había cuyo comportamiento eran de hombres, éste era uno de esos casos.

-¿Compadre, qué fue lo que sucedió ayer contigo?- Por su sinceridad me di cuenta de que no estaba informado del asunto y le conté exactamente, como sucedieron las cosas.

-Coño chino, de la manera que he trabajado en este barco, no pudiera creer que se tratara de una hijaputada.-

-Estás equivocado, después de contarme como han sido las cosas, creo que ha sido una de las más grandes que he visto hasta ahora.

-No te entiendo.

-Espero que esto no trascienda porque me pondrás en una situación difícil, yo soy el clavista a bordo y tengo noticias de que tú lo fuiste con anterioridad, el caso es que yo cifré un mensaje del Capitán donde él te caminaba como un carrito de helado.- Quedé mudo por unos instantes.

-Coño mi hermano, con todo lo que yo he hecho por ese tipo en este viaje, no tengo más remedio que partirle el culo a ese hijo de puta.

-De haberlo sabido no te hubiera confesado nada, te lo advertí bien claro, me puedes meter en un serio problema y tú sabes como son las cosas aquí.

-Te entiendo, pero ese tipo merece una lección por esto que ha hecho.

-Hagamos las cosas como los blancos, de seguro que cuando llegue ya estará borracho, yo prepararé varios documentos para que los firme, entre ellos colocaré tu desenrolo, una vez firmado te largas al carajo y dejas todo embarcado, no haces acta de entrega ni la guardia, eso le provocará problemas, pero no tendrá derecho a reclamación, porque entonces tu puedes alegar que él te firmó los papeles borracho, como siempre ha estado y luego, agregarle todo lo del viaje, como lo de la salida de Odessa.

Han pasado muchos años, por mucho que piense y me rompa la cabeza, no puedo comprender el motivo que llevó al Capitán Gabriel Sánchez, al Primer Oficial Guillermo Alenas y al Tercer Oficial de apellido Segrañe a participar en tamaña cobardía.

Esta solo fue una de ellas, luego, el tiempo me enseñó a no confiar en nadie, porque nadie sabe a ciencia cierta donde se esconde la traición. En mi viaje a Miami en Diciembre de 1999, me encontré con un ex-Capitán de la marina cubana, hablando de nuestro antiguos compañeros de trabajo, recuerdo que salió a escena el nombre de Gabriel, él pensó que yo no lo conocía y le dejé que hablara, luego, para concluir le hice parte de esta historia y como punto final le dije; Tu socio es un hijoputa.

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