Cuba es un cuento, compay

Clarke y Krasovsky

Si un día me preguntaran cuál es la profesión más hermosa, respondería sin temor a equivocarme que la de marino. Yo estoy consciente de que existen infinidad de profesiones muy bellas, pero la mejor para cada persona debe ser la que uno ama y eso me sucede a mí, no hay ninguna que la supere entonces. Sin embargo, andando por esa larguísima trayectoria que ha sido mi vida, me ha tocado hacer tantas cosas para vivir, que en oportunidades mis hijos me dicen en son de bromas que debo tener más de cien años.

Así, andando y andando sin parar hasta hoy, tuve un día la agradable sorpresa de chocar con una profesión verdaderamente cautivadora, me refiero a la del educador. Para muchas personas podrá ser considerada sin importancia, pero ellos no saben el indiscutible papel que juegan no solo en la formación de nuevos seres, sino también en el rol que desempeñan forjando a la sociedad. En innumerables casos son los educadores quienes gastan más tiempo con los futuros hombres y mujeres que el empleado por los propios padres. Llegan ellos a ejercer una fuerte influencia no solamente en el desarrollo cultural del ser, muchos muchachos llegan a confiarle a sus mejores profesores los problemas íntimos que los afectan, algo que por variadas razones no lo hacen con sus padres. Sea por falta de tiempo o por esa atención que aquellos no tienen tiempo de ofrecerles en ese torbellino de contratiempos que es la vida en sí.

En una de esas locas carreras y sin apenas darme cuenta, me encontré un día sentado en la sala de la casa de mi suegra donde vivía agregado. Escuchaba las proposiciones que me hacía Panizo, un gordo Oficial de la marina mercante que se encontraba de profesor en la Academia Naval. Nos conocíamos desde hacía varios años, él tenía intenciones de abandonar el centro de estudios e irse a navegar. Yo, por mi parte, estaba buscando un hueco donde hacer mi nido por un tiempo y así poder descansar de los largos y agotadores viajes.

En varias oportunidades tuve que parar las constantes intervenciones de su esposa, ella era la que llevaba la voz cantante y daba la impresión que deseaba endulzarme demasiado para que mordiera el anzuelo. Parecía muy interesada en que su marido se fuera a navegar, tal vez para resolver problemas del hogar imposibles de hacer estando en la isla. Llegamos a un acuerdo, yo visitaría la Academia Naval un día determinado en compañía de mi inseparable amigo Eduardo Ríos, quien tenía las mismas intenciones.

Aquel día llegó y después de la espera interminable en la posta de entrada al centro militar, nos dieron un pase y consumimos toda aquella loma a pie. En aquel agotador ascenso, disfrutamos de la agradable frescura que brinda una frondosa arboleda, auxiliada por esa brisa marina local, algo contaminada por el polvo que despedía la fábrica de cemento muy próxima a la instalación. Casi llegando al primer edificio y donde se encontraban algunas de las oficinas administrativas de ese centro, me encuentro con mi antiguo profesor de Navegación, un negro llamado Pablo Armando, creo que es uno de los negros más educados que pude conocer en Cuba. En esos momentos se encontraba de profesor en el curso para capitanes, él había sido profesor de Ríos también y cuando le confiamos el motivo de nuestra presencia en aquel lugar, le preguntamos si consideraba que éramos aptos para desempeñarnos como profesores. Sin dudarlo nos condujo personalmente ante la presencia del Jefe de la Cátedra de Náutica, que en ese momento era ocupada por el Capitán de Corbeta Gordillo. Inmediatamente y ante las recomendaciones de Pablo Armando, el hombre nos aceptó. Nos dio unos papeles para presentarlos en las oficinas de la academia con el fin de obtener un pase para entrar al centro como profesores.

Yo sería el relevo de Panizo y Ríos relevaría a Laguna, un Oficial que había realizado los exámenes en el curso externo, daba clases de Compás Magnético y carecía de cualquier experiencia en cuanto a la profesión se refiere. Luego, tuvo una vertiginosa carrera de ascenso, en poquísimos años llegó a Capitán y luego no paró hasta colocarse definitivamente en la línea Zenit-Nadir, solo en el Zenit. Llegó a ser uno de los subdirectores de la Empresa de Navegación Mambisa, unos con poca suerte y otros con demasiada, pienso yo, hoy se encuentra en el exilio. Sin embargo Pablo Armando, ese negro dotado de preparación y experiencia, tuvo que abandonar la marina por carecer de un lugar donde vivir decentemente con su esposa, una chilena que compartía con él un apartamento todo destartalado en el Malecón. Hogar donde pude observar una numerosa familia, así es la vida allá. La principal perdedora en toda esta tragedia era la sociedad, quien había invertido recursos enormes en la preparación de un hombre hasta que llegara a ser totalmente útil, nada de esto era importante ni lo ha sido nunca.

Nuestros primeros días serían tomando experiencia de las clases que impartía Panizo, al verlo desempeñarse en la primera de ellas quedé totalmente convencido de que yo lo podía hacer. No era autosuficiencia, el problema es que el gordo nunca dejó de ser un espectáculo artístico, Ríos impartiría también clases de navegación. Arribamos a la academia en los precisos momentos que se estaba produciendo el cambio de Director, el saliente era de apellido Michelena, un mulato tirando a jabao. Nos dijeron que lo habían sancionado por tirarse a la dolce vita, creo que usaba el yate de la escuela para sus grandes vacilones. Decían que lo llenaba de comida, bebida y mujeres. Según las malas lenguas, en esa embarcación se escenificaron grandes y deliciosos bacanales. Su relevo si no me equivoco, lo fue Perera Ruiz, todo un militarote de laboratorio, por tal razón el ambiente se encontraba algo revuelto. Constantes movimientos de peones tratando de borrar huellas que llegaran hasta los alfiles, torres y caballos, cada cambio de una jefatura en Cuba trae consigo el relevo de muchas personas. Todo jefe anda pa`rriba y pa`bajo con su elenco de confianza. Personas por lo general que se han amamantado de la misma teta que su jefe, y que luchaban por seguir mamando manteniendo su silencio. La disciplina se hizo sentir con más rigor pero en el fondo se conservaba la mar de leva que queda después de una tormenta. La inevitable e imprescindible corrupción, con ella nos familiarizábamos en la medida que pasaba el tiempo y la gente ganaba confianza en nosotros.

La Academia se encontraba enclavada en la cima de la mayor elevación ubicada a espaldas del pequeño pueblo del Mariel, un puerto sin mucha importancia económica ni con mucho movimiento marítimo, pero que alcanzara relevancia internacional a raíz de aquel gran éxodo del año 1980. Experiencia que sirviera como herramienta de chantaje en ese coqueteo político que han mantenido los gobiernos de USA y Cuba.

Su principal edificación era un hermoso castillo, abrigaba en su interior entre otros espacios, las principales oficinas de su estado mayor, el aula magna, la sección de instrucción, unas magníficas aulas de navegación que casi no eran usadas, la cafetería y el puesto de mando de la guarnición del centro, era entonces una de las instalaciones más limpias en toda la academia. El frente de esa edificación brindaba una exótica vista de toda la bahía del Mariel y contaba con una interminable escalera dirigida hasta la misma posta número uno, o sea, a la de entrada al centro. El abandono de los años hizo su estrago en ella y se desmoronaba por pedazos de la misma manera que le sucedía al país. Allí, por donde transitaron cientos de guardiamarinas en ejercicios de educación física, solo iba quedando de ello el recuerdo, varias oportunidades descendí por ella con temor a un derrumbe. Al lado derecho de ese edificio, se construyó un barquito de hormigón que sirvió de punto de observación meteorológica. Contaba solamente con algunos equipos casi inservibles, era atendido por el meteorólogo de apellido Trumount, un viejo muy agradable con el que compartí muchos ratos entre aquellos tarecos, fumando y cortándole levas al sistema, poco después de yo abandonar la academia me enteré de su fallecimiento. Fueron muchísimas las oportunidades en las que me senté en el muro que bordea toda esa zona de la loma para disfrutar de los encantos que su vista ofrece.

La parte posterior del edificio y la que tenía como es de suponer mucha más actividad, quedaba frente a un gran polígono utilizado diariamente para los matutinos e izado de la bandera. Evento al que tuve que acostumbrarme muy pronto, teníamos la obligación de vestir el uniforme de la marina y formar militarmente de la misma manera que lo hacían todos los alumnos y militares del centro, después de esa actividad era que nos dirigíamos a las aulas.

Creo que a los tres días de haberme encontrado allí comencé a impartir clases sin un Panizo desesperado por abandonar la escuela. Hacía muy poco que los muchachos habían iniciado su primer semestre de navegación, por lo que me tocó impartir la parte más tediosa de esa materia, me refiero a la Navegación de Estima, importantísima como introducción a la Navegación Costera, Electrónica, Condiciones Especiales y a la Astronomía. En aquella repartición de grupos de alumnos me asignaron a tres de ellos, cada uno compuesto por 30 guardiamarinas que se hacinaban en pequeñas aulas dispuestas en barracas de madera, modelo que nunca cambiaron desde que yo había pasado el Servicio Militar en el año 64-67. Tenían el techo de zinc, ventanas muy pequeñas que convertían esos reducidos espacios en sucursales del infierno durante el verano, en sedantes durante los períodos de lluvia por el ruido que produce la caída de ella sobre este tipo de techo, y en una verdadera tragedia, cuando me tocaba impartir clases al lado de algún turno de inglés. Hubo muchas de esas ocasiones en las que me rendí ante el coro del aula vecina y suspendía mi clase para ponerme a hacer cuentos que al menos mantenían a los muchachos entretenidos y tranquilos.

Ese grupo de largas barracas se encontraba separado de la academia y en la parte posterior de ella, se llamaba "Villa Seca" y para su construcción, se empleó como mano de obra a los muchachos de la futura promoción 19. Estos chicos fueron captados en sus escuelas en el campo desde hacía más de un año, tiempo que gastaron en trabajos agrícolas y en la construcción de esa parte de la escuela. Al año de yo permanecer con ellos y luego de mi retirada, aún no habían comenzado sus estudios para oficiales. Muchos años después, en la década de los ochenta, llegaron a los barcos para sumarse a sus compañeros de la promoción 17 que trabajaban como marineros y camareros debido a la no disponibilidad de plazas para ellos. Ese era otro de los grandes problemas que confrontaba la sociedad en aquellos tiempos, se graduaban cientos de muchachos en decenas de profesiones que luego no les garantizarían un empleo. Es de suponer que también afectó a los jóvenes que estudiaron en el campo socialista, por esa razón, podía verse en casi todos los puertos de Cuba a muchachos graduados en Ingenieros en Explotación del Transporte, Ingenieros en Construcción Naval, Ingenieros Navegantes, etc., ocupando plazas de Tarjadores o simplemente como traductores o guías de turismo. Lo importante en aquellos tiempos era publicar en la prensa del gobierno la graduación kilométrica de esos muchachos y demostrar al mundo que en Cuba existía la posibilidad de ser un profesional. Luego de publicar esas cifras el futuro de ellos era incierto y en la actualidad gran parte de aquellos jóvenes se encuentran en el exilio.

Recuerdo que el primer día de clases con cada grupo mi presentación fue muy sencilla, escribí mi nombre y dirección en la pizarra de cada aula donde me tocó impartir clases. Después de la presentación militar realizada por cada jefe de grupo y ordenarles que se sentaran, les impartí un pequeño pero muy claro discurso, creo que dije algo así; << Muchachos, yo no soy profesor, me he desempeñado como Segundo Oficial de la marina mercante durante varios años, con ello quiero decirles que tengo experiencia suficiente en navegación que ustedes deben aprovechar y tratar de nutrirse de ella. Puedo cometer algunos errores mientras les imparta las clases y les brindo toda mi confianza para hacérmelo saber, sin embargo, no acepto que traten de sabotear la clase porque es precisamente ésta, la asignatura más importante para un navegante. Al que trate de hacerlo yo no le quitaré el pase ni le pondré reporte alguno, lo esperaré en la playa de Marianao y allí arreglaremos cuentas (menciono ese lugar porque hasta allí eran transportados por los ómnibus del centro los días de pase).

Hice aquella inusual presentación porque entre los grupos que tenía a mi cargo, se encontraba uno de los más rebelde e indisciplinado de toda la promoción. Parece que obtuve muy buenos resultados con ella, porque a partir de esos momentos se hicieron muy buenos amigos míos. Creo que de no haber procedido de esa manera, mi permanencia allí hubiera sido algo así como un castigo. El grupo número 1716-1 se encontraba compuesto por muchachos de los equipos de remo y de balonmano de la escuela, solo dos de ellos eran pequeños y desempeñaban los puestos de timoneles en las canoas, todos los demás se encontraban muy cerca de los seis pies de estatura y procedían de casi todos los barrios pobres de La Habana salvo excepciones.

No era muy fácil preparar las clases, cada profesor tenía una planificación de las clases a impartir. Las preparaba en su plan de lecciones que, luego debía ser inspeccionada por el jefe de la cátedra y firmada, solo así se podían impartir las clases. El principal problema consistía en que se carecía de material para documentarse, casi todos los libros dedicados a la navegación habían sido robados o sacados de circulación, éstos eran generalmente de procedencia norteamericana o inglesa, muy difíciles de conseguir en la biblioteca del centro. Hay que sumar a todo esto, aquellos propósitos del gobierno en convertir el sistema de enseñanza cubano al ruso, fueron motivos de muchos debates con el jefe de cátedra. En las planificaciones se hacía énfasis en resaltar la superioridad rusa en estos aspectos, se trató por todos los medios de introducir tablas y métodos rusos que no eran usados a bordo de nuestras naves mercantes. Como era de suponer, eran las usadas en la marina de guerra de Cuba y el centro se encontraba dirigido por militares, la mayoría de ellos con el cerebro lavado o al menos en apariencias. Más tarde pudimos descubrir a muchos de ellos con doble moral, seres que discrepaban totalmente de las posiciones del gobierno, pero que mantenían una postura cómplice para garantizar su standard de vida, algo sumamente difícil de disfrutar en la vida civil. A muchos de ellos les fue imposible contener la traición de sus conciencias bajo los efectos del alcohol. En varias actividades y amparados en la fama que poseíamos Ríos y yo de rebeldes, donde nunca se observó mancha alguna de chivatería, nos usaban para desahogar todo lo que llevaban dentro. Por lo general se olvidaban de esas conversaciones subversivas cuando se les pasaba la borrachera, y al día siguiente trataban de mantenerse alejados de nuestras malignas influencias. Luego, permanecían con miedo hasta la siguiente borrachera, donde se cargaban de esa valentía siempre oculta, una conducta típica del cubano común. Siempre aborrecí a personas que puedan vivir de esa manera, creo que un alto por ciento de nuestra población mantiene esta actitud ante la vida, muchos han muerto con ella.

Era indiscutible esa posición falsa, si he hablado de miles de estudiantes en promociones kilométricas, muy bien puedo mencionar a cientos de parásitos dentro del ejército que han vivido a costa del pueblo. Gente que nunca ha producido nada y aún después de su retiro, reciben una pensión superior a la de cualquier trabajador profesional cubano. Monto vitalicio que luego hay que sumar al del empleo que decidan desarrollar en la vida civil, son gente que saben perfectamente del fracaso cubano, pero se mantienen apoyándolo para garantizar esos beneficios. Esos hombres y mujeres de los que hablo serán capaces de salir y matar a su propio pueblo, nutrirán siempre las brigadas de respuesta rápida por orientaciones del Partido, porque ellos han sido lobos formados por ese sistema.

Las diferencias entre esos militares y los civiles que permanecíamos en el centro eran abismales. Los que eran del interior del país tenían garantizada cada cierto corto tiempo unas vacaciones junto a la familia, luego cobraban su salario íntegro. Ese tiempo ausente del centro era cubierto por los profesores civiles provocándoles una sobrecarga de trabajo que nunca se compensó económicamente. Los profesores militares (que en su mayoría eran Oficiales de distintos rangos) eran ingresados cada cierto tiempo en el Hospital Naval donde se le realizaban chequeos médicos. Permanecían hospitalizados una semana durante la cual sus funciones eran desarrolladas por los civiles. Hay que sumar a todo esto, la tienda que poseían en La Habana donde adquirían productos de todo tipo a precios irracionales, la propia tienda que tenían en La Academia Naval, los restaurantes donde acudían con su familia y disfrutaban de ofertas que no se ofrecían a la población por precios sumamente bajos, hay que sumar también el turismo militar que les ofrecían con bastante periodicidad, igualmente con precios muy bajos. ¿Quién estaba dispuesto a renunciar a tantos privilegios? Creo que nadie.

Pues en esa academia de la que hablo, había gente disfrutando de esos privilegios y desarrollaban trabajos tan absurdos como la de un Teniente de Corbeta de apellido Marcos. El tipo andaba con el pecho cubierto con más chapitas que Trujillo, un bolsillo lleno de bolígrafos, espejuelos calobares, exquisitamente planchado el uniforme, en fin, todo un maniquí de las FAR. Pues el individuo gastaba todo el santo día colocando propaganda en los murales y repartiendo citaciones para reuniones de la Juventud Comunista, etc. Mientras tanto, a los civiles eran capaces de descontarle hasta una hora de llegada tarde al centro.

No puedo dejar de mencionar algo risible pero que nos provocara muchos contratiempos y malos momentos en el año que permanecí en la Academia, me refiero a algo sumamente ridículo que los militares llamaban "La Cortesía Proletaria", se aplicaba en los ómnibus del centro. Resulta que los profesores y militares viajábamos hasta distintos barrios de La Habana en los vehículos de la escuela, todos los asientos se encontraban dispuestos con un orden inviolable. La hilera de la izquierda correspondía a los militares, la hilera de la derecha y con menos asientos por encontrarse de esa banda la puerta del ómnibus, le correspondía a los civiles. Entre los civiles se encontraba la mayor cantidad de mujeres en la escuela, quedando solamente dos o tres asientos disponibles para los hombres (civiles) solamente. Pues de acuerdo a las reglas militares de cortesía, siempre se le debe brindar el asiento a un Oficial de rango superior, ellos no daban tiempo a tal ofrecimiento, así, cuando un Teniente de Corbeta subía al ómnibus partía inmediatamente a levantar al Alférez, luego cuando montaba un Teniente de Fragata hacía lo mismo con el de Corbeta y así sucesivamente hasta finalizar el viaje, sin embargo, cuando montaba alguna mujer fuera militar o no, los que se levantaban eran los hombres civiles porque los camaradas no hacían la menor intención de hacerlo, por tal razón, casi siempre eran civiles los que viajaban parados en las guaguas, bien huevones los muchachos.

Entre las mayores dificultades observadas y que atentaban contra el buen desarrollo de los muchachos, no solo participaban la carencia de buenos materiales para la preparación de sus clases. Tenían un efecto directo en esa situación, el hecho de que muchos de ellos habían alcanzado esos niveles de estudio por medio de fraudes. No me refiero en lo absoluto al fraude individual que puede cometer cualquier estudiante valiéndose de infinidad de trucos, hablo del fraude gubernamental encaminado a engañar sobre los verdaderos resultados de la educación en la isla.

En ocasión de una de las primeras pruebas programadas para la asignatura, creo haber suspendido a más del cincuenta por ciento del alumnado. Existían también razones adicionales que se sumaban en la Academia, muy independientes a todos los arrastres que viajaban con los chicos. Aquellos muchachos pertenecían al batallón de guardiamarinas que participaba en todos los desfiles programados por el gobierno, incluían recibimientos a personalidades extranjeras en el aeropuerto y otras actividades como cuadros gimnásticos, etc. Debe agregarse también que cuando esos muchachos tenían los turnos terceros y cuartos en la casa de botes de la academia, donde recibían las clases de natación, remos, marinería, supervivencia de la vida humana en el mar, etc. Una vez terminado de recibir esas clases que muy bien pudieron ser dos horas continuas de natación o remos, tenían que subir la loma del Mariel a la máxima velocidad que le permitían las piernas para asistir a los turnos quinto y sexto de clases. Allí los profesores recibíamos a unos chicos extremadamente agotados y sin el menor deseo de recibir clase alguna, otros se quedaban dormidos involuntariamente, por tal razón era preferible suspender la clase y ponerse a hacer cuentos mientras uno de ellos vigilaba en dirección al puesto de mando. Aquel cansancio no se debía exclusivamente a las clases de natación o remos, esos mismos muchachos eran llevados en horas de la tarde hasta la autopista de ocho vías a practicar las marchas para el desfile, más tarde los mantenían marchando y cantando hasta las diez de la noche, actividad ésta que realizaban casi a diario, sin darle tiempo para realizar cualquier tarea que se les encomendara en horarios dedicados al auto-estudio.

Cuando suspendí a todos aquellos muchachos, cosa que le sucedió a los otros profesores de Navegación, fuimos llamados por el Jefe de Cátedra y nos dijo que aquello era inaceptable, le expusimos todo esto que acabo de contarles y no pueden imaginarse cuál fue la respuesta;

<< No podemos suspenderlos, de esa manera no cumplimos con el plan anual de promoción y seremos atacados por la Sección de Instrucción, además señores, perderemos la emulación.>>

De verdad que no quería dar crédito a lo que estaba oyendo, la academia funcionaba igual que una fábrica de chorizos, por un extremo de una máquina se introducía carne y por el extremo opuesto se obtenía el chorizo elaborado, eso era la academia en sí y lo comprendí muy rápido. Cuando nos separamos del Jefe de Cátedra mandé a llamar a todos los alumnos suspendidos y les dije esto;

<< Ustedes no saben absolutamente nada de la materia que se les ha impartido, verdaderamente no es su culpa y gracias a la revolución se encuentran aprobados con tres puntos>>

En el caso de las malas promociones y el índice escolar tan bajo en los muchachos hasta finales de la década de los ochenta, hay que agregar también la mala preparación y calidad de muchos profesores. Esto se podía observar desde la primaria hasta niveles superiores y casos como estos abundaron en la academia también. Uno de los ejemplos más relevantes de esto que narro lo fue el Primer Oficial de la marina llamado Argudín y con el sobrenombre de "El Titi". Cuando el Titi llegó a la academia faltaban profesores de Astronomía y yo me encontraba bastante avanzado en el primer semestre de navegación, recuerdo que el primer profesor de astronomía se llamaba Ergio Fernández Reveillez, tuvo la intención de pasarme de mi asignatura para subordinarme a él, pero al enterarme de eso fui y le dije al Jefe de Cátedra que abandonaría la academia inmediatamente y la cosa se detuvo. No lo hice por temer dar clases de esa asignatura, lo rechacé porque Ergio era en esos momentos uno de los profesores más hijoputa que existían en la academia. Un tipo con mil complejos, frustrado porque no pudo mantenerse a bordo de los barcos debidos a sus mareos inevitables, en fin, una persona detestable pero militante del partido que podía joder a cualquiera.

En resumen, Argudín se pasó alrededor de dos meses preparando sus clases, en muchas oportunidades lo auxilié en la construcción de los gráficos que se utilizan para impartir esas clases. Creo que cuanta explicación yo le ofrecía, le entraba por un oído y le salía por el otro sin ningún tipo de obstáculo. Llegó el día o los días fatales para Argudín, comenzó el segundo semestre y fueron muchísimos los muchachos que se acercaron a decirme que no le entendían ni un carajo al Titi. Creo que el colmo de todo esto lo fue, algo que él le dijo a sus alumnos ante tanta insistencia de que no comprendían nada, luego ellos me contaron, Argudín les dijo; "El que no entienda no es buen revolucionario". Aquella fue su última clase de astronomía, aun así no causó baja de la escuela, lo pasaron a darle clases a un grupo de nicaragüenses. Hablando de estos últimos, debe suponerse que, si no podíamos suspender a ningún alumno cubano para no perder la emulación, nos tenían totalmente prohibido suspender a ningún estudiante extranjero, las deducciones quedan de su parte.

Aquella experiencia como profesor me sirvió para profundizar mis conocimientos de navegación, hay que tener en cuenta que además de estar obligado a estudiarme la clase a impartir, debía preparar el plan de lecciones, repetir la misma clase en tres oportunidades, dar consultas al curso externo de acuerdo a los programas de la escuela y luego examinar tanto a los alumnos internos como a los externos, al final de todo esto me sabía cada lección de memoria.

En la medida que el tiempo pasaba Ríos y yo ganamos mucha popularidad entre los estudiantes, profesores, algunos militares y sobre todas las cosas entre las mujeres del centro, de esto hablaré más adelante. Fue así como llegamos hasta un submundo desconocido para muchos, el de la corrupción en lo referente a venta de exámenes etc. Si el Estado era el primero en cometer fraudes, era imposible evitar que ellos se cometieran por parte del profesorado del centro. En mi caso particular y el de Ríos puedo asegurar que nunca lo hicimos, pero si nos dejamos llevar por esa corriente paralela al sistema y conocida como "Sociolismo", es decir, un profesor cualquiera vendía un examen o necesitaba ayudar a algún socio, entonces nos mandaba al alumno en cuestión (casi siempre del curso externo) con una nota solicitándonos ayuda. Esa persona en oportunidades no tenía necesidad de hacer el examen, pasábamos su nota directamente a la Sección de Enseñanza Externa, no era necesario presentar una copia de dicho examen. En ese caso nosotros no recibíamos nada por ese favor, sin embargo, ya el otro profesor quedaba en deuda con nosotros, deudas que como es de suponer nosotros cobrábamos enviando a cualquier amigo nuestro. Creo sin temor a equivocarme que Ríos y yo llegamos a penetrar cátedras dificilísimas de la escuela, un ejemplo de ello fue el caso de un amigo nuestro que necesitaba realizar un examen de matemáticas. Sabíamos perfectamente que nunca llegaría a aprobar esa asignatura en el centro, pero lo conocíamos muy bien y sabíamos de sus conocimientos en Navegación. Nos dedicamos todo un mes a estudiar a cada profesor de esa cátedra, buscábamos cuanto indicio nos fuera útil, haciendo hincapié en los problemas particulares de la persona, hijos, esposa, vivienda, etc., hasta que llegamos a uno que tenía a la esposa embarazada. No teníamos ningún tipo de vínculo con el individuo y por ello nos fuimos acercando poco a poco, hasta que un día lo invitamos a bajar a un bar que se encontraba al lado de la casa de botes, allí y después de varias cervezas caímos en los problemas del hogar. Fue cuando nos contó que la esposa se encontraba muy próxima al parto y comentábamos las dificultades existentes por adquirir artículos para la futura criatura. Pocas cervezas después le preguntamos si le interesaba conseguir un coche nuevo para el niño, al hombre se le iluminaron los ojos y nos manifestó la imposibilidad que existía para soñar tal cosa, realmente en Cuba no se vendían desde hacía tiempos inmemorables y cuando nosotros le mencionamos la esencia del asunto no dudó en aceptar. El hombre resolvió el problema de su bebé y nuestro amigo aprobó matemáticas. Casos como estos desfilaron por decenas, cada uno llegaba recomendado por otro que un día se benefició con algún favor nuestro, nos traían cartones de cigarrillos, y hubo un grupo de la pesca que un día se apareció con un sobre de dinero en casa de Ríos, pero toda aquella plata la gastamos en cerveza con ellos mismos.

Nuestras buenas relaciones con los muchachos se consolidaban por cada minuto compartido con ellos, los habían buenos, malos y regulares como en cualquier lugar, pero si algo aprendí en ese tiempo fue a tratar con ellos y ayudarlos en la infinidad de problemas que se les presentaba en su aún corta vida. Me sirvió de mucho las clases psicopedagógicas que recibíamos los profesores, aunque ellas estaban dirigidas a explotar a los muchachos de acuerdo a los intereses del sistema político imperante.

Fueron muchas las oportunidades en las que nos confiaran asuntos delicados, que provocaban un transitorio rechazo a los estudios, problemas graves que sucedían en el seno de su familia e incidían directamente en el comportamiento de los estudiantes. Separaciones matrimoniales por infidelidades de alguna de las partes, en este caso eran de mayor efecto destructivo cuando esa traición se producía por parte de la madre, los muchachos lo sufrían doblemente. Varios de ellos se encontraron ante situaciones de novias embarazadas, algo que puede ser normal en otras circunstancias fuera de la academia, pero que allí eran preocupantes porque el centro no aceptaba que se produjeran matrimonios de sus alumnos de acuerdo al reglamento vigente. Atendimos y le hicimos frente a muchos casos de alumnos detenidos en las celdas de la escuela por fuga, falta de respeto a sus superiores, peleas entre ellos, etc. Hablo en plural porque casi siempre esas cosas las hacía con Ríos, por tal razón no me equivoco al afirmar que nos convertimos en los profesores más populares de aquella época. No fueron tampoco pocas las ocasiones en las cuales algunas madres se aparecieron en mi casa, presas de un incontrolable llanto porque sus hijos se encontraban en proceso de ser dados de baja del centro. Aquello significaba que serían destinados a unidades militares para que cumplieran su servicio militar, y se esfumaran en cuestión de segundos todos los sueños por verlos graduados de oficiales. En términos generales eran madres solteras que llevaban sobre sus espaldas el peso de mantener a toda una familia abandonada por el padre. Fueron momentos que lograron conmovernos mucho, creo que doblemente, una vez que existe plena identificación entre los alumnos y profesores. Cuando regresábamos a la escuela los debates eran interminables con los jefes de compañas y el de batallón, individuos de bajo nivel cultural casi siempre y extremistas por excelencia. Recuerdo el nombre de algunos de esos famosos personajes que destruyeron muchos sueños, Pastrana, Castillo, Hendrinson, éstos eran los más impopulares y cínicos entre todos.

En el sistema educacional cubano de aquel entonces y me imagino que las esencias de los propósitos buscados no hayan cambiado mucho hoy día, era más importante y obligatorio enviar un mensaje político en el contenido de una clase a impartir que la materia en cuestión. Esto era algo supervisado por el jefe de la cátedra y en clases abiertas donde se evaluaba a cada profesor. Para ello cada profesor tenía que impartir una clase de su asignatura ante todos los profesores de la cátedra y cada cierto tiempo todos ellos asistían a una de las clases junto al alumnado. Todos sabíamos que el mensaje político no podía estar ausente en esas oportunidades, entonces, deben imaginarse a un muchacho que durante la mayor parte de su vida se encuentra recibiendo una fuerte dosis ideológica. No solo en la escuela, hay que sumar el hogar, el cine, la radio, la televisión, la prensa, etc. Si llegara a asimilar todo aquel cúmulo de esos mensajes muy bien pudiera obtenerse a una persona nula, sin criterios propios, servil, timorata, algo similar a un robot y ejemplos dentro de la isla sobran.

No solo los alumnos se encontraban condenados a recibir diariamente su dosis política dentro del centro, los profesores nos encontrábamos obligados a participar en los círculos de estudio político orientado por la Sección Política de la academia. Teníamos también que asistir a los círculos de estudio del Sindicato, los del Partido y la Juventud Comunista estaban obligados a digerir la misma ración en sus organizaciones, luego nos quedaban las de la calle, los CDR y la FMC completaban ese ciclo de tortura psicológica sin olvidar los papeles representados por la prensa de todo tipo. En otras palabras, se estudiaba un discurso reciente de Fidel, al que la población se vio obligada a consumir durante varios días seguidos, hasta llegar a convertirlos en algo muy importantes en nuestras vidas, mucho más que un Padre Nuestro.

El primer semestre finalizó con un ciento por ciento de promoción en aquella fábrica de chorizos, unos días de descanso mientras los alumnos permanecían de vacaciones, y el retorno al centro antes que ellos para matar un poco el tiempo en aquello que llaman trabajo voluntario, pero que si no asistes eres un desafecto. Cuando me entregaron el plan de lecciones para el segundo semestre tuve una gran discusión con el jefe de la cátedra, de todas las horas destinadas a nuestra materia, que sería ahora Navegación Costera. Habían planificado casi el setenta por ciento de su tiempo a cartas, tablas y otras publicaciones rusas que no se empleaban en nuestra marina mercante, la respuesta del jefe era de esperar; "Ha sido lo planificado por la Sección de Instrucción de la academia y tenemos que cumplir con el programa". Bueno, hablar con esa persona era lo mismo que hacerlo con un robot en total fase de explotación, no era mala persona pero padecía del mal que contagió a muchos seres, falta de decisiones y criterios, dependientes emocionales de un líder.

Me tracé una meta y la cumplí, le impartí a los muchachos el tiempo inverso en publicaciones y cartas americanas e inglesas, estaba cometiendo una infracción que más tarde sin ellos saberlo les sería muy beneficioso. No solamente mis alumnos se beneficiaban con aquella loca decisión, los otros profesores de Navegación en esa promoción preparaban el plan de lección por el mío, además de Ríos se encontraba Luis Valdez Arnaiz, compañero de estudio y hoy en Miami.

Fue sumamente difícil la preparación de las clases en ese semestre, por lo general yo consultaba todos los libros importantes sobre la materia en la biblioteca de la escuela, en esa oportunidad solo contaba con una conferencia preparada por uno de los profesores militares aún en el centro, y cuando lo revisamos a profundidad entre los tres, detectamos que se encontraba minado de errores. Para continuar me fue imprescindible hacerme de un tomo muy antiguo del American Practical Navigator (Bowditch) de 1968, que entre otras cosas debía cuidar con sumo celo por temor al hurto. En algunas de las clases destinadas a la determinación de la posición del buque me extendí, hoy aquellos muchachos que se desenvuelven como Capitanes ignoran esas dificultades que nosotros confrontamos.

Para las clases referentes a cartas, tablas y publicaciones náuticas la existencia en el centro era nula. Solo se poseían cartas rusas, tablas rusas y publicaciones rusas, todo parece indicar que las intenciones existentes entre los militares formados en aquel país, era llegar algún día a sovietizar la educación en Cuba. Sentía un infinito desprecio por aquella actitud entreguista de todos los que dirigían no solo al país, hasta de la gente de los niveles más bajos de nuestra sociedad, que miraban como punto de referencia un sitio lejano a 9550 kilómetros de distancia, me refiero a la distancia entre Moscú y La Habana. Yo había tenido el privilegio vedado a muchos cubanos, conocía algo del mundo y me sentí muy defraudado cuando choqué directamente con el Campo Socialista y en especial con la URSS, algo que ignoraba nuestro pueblo, careciendo de la oportunidad de poder establecer comparaciones entre lo bueno y lo malo. Solo tenían una opción, consumir lo que le brindaba el gobierno cubano a través de todas las vías disponibles y de las cuales era el absoluto dueño, sencillamente el socialismo era lo mejor y el ejemplo a seguir, éramos unos indios redescubiertos por ellos, por aquellos que todavía en esos tiempos sacaban muelas sin anestesia. Siempre que visité algunos de esos países del bloque, me sentí igual al angolano cuando nos miraba a nosotros, salvajes donde nunca existieron universidades, escuelas, hospitales y en este caso una academia naval. Cuando cayó el bloque socialista hubo que cambiar todo el programa del sistema educacional cubano, yo no me había equivocado en 1976.

El jefe de la cátedra me orientó preparar una conferencia sobre cartas, tablas y publicaciones para que sirviera de base material de estudio, para ello me llevó hasta una imprenta ubicada en Centro Habana y me presentó como profesor en Instituto de Hidrografía, me refiero al departamento dedicado a cartografía, en esos momentos se encontraba en lo que es el Castillo de la Punta y que posteriormente convirtieran en restaurante. Allí me facilitarían todo el material para la elaboración de mi conferencia, aquello era una dependencia de la Marina de Guerra de Cuba, pero no dejo de reconocer que abrigaba a las personas más entendidas en esa materia en aquellos momentos.

Recuerdo que estas actividades debía realizarlas los días que no tenía clases planificadas, cuando me tocó el turno de preparar la clase sobre las proyecciones y confecciones de las cartas náuticas, debía hacer mención de Clarke un inglés que había determinado las dimensiones del esferoide terrestre en 1866, y cuyos cálculos fueron adoptados por las oficinas hidrográficas norteamericanas, pero, se mencionaba también a Krasovsky, un ruso que también realizó esos cálculos en 1949 si mal no recuerdo. Bueno, cuando Gordillo revisó el programa de estudio me ordenó hacer hincapié en la relevancia de los cálculos realizados por el ruso y restar importancia al inglés. Yo estaba plenamente convencido del propósito que se buscaba por todo lo antes expuesto y no me detuve, resalté la figura de Krasovsky con la ironía de la que siempre hacemos gala los cubanos, tratando de que los muchachos establecieran diferencia entre las fechas, pero sin irme más lejos porque no podía confiar en la totalidad de ellos, allí estaban presentes militantes de la UJC, hijitos de papá, chivatos, etc.

Como todos los temas relacionados con la navegación me interesaban profundamente, quise llegar más lejos en mis conocimientos sobre la materia, y aquellas visitas al Instituto de Hidrografía cambiaron su sentido, yo era el que realmente estaba interesado en aprender y llegar a la verdad, dediqué muchas horas a la investigación para ello.

Krasovsky tuvo sus méritos, pero eran innegables los estudios realizados por el inglés Clarke, quién mantenía vigente sus cálculos. Las diferencias entre ellos eran de unos 28 ó 29 metros, no puedo recordar con exactitud, entonces, uno de esos hombres entendidos en la materia se sentó un día conmigo y me explicó lo que ignoraban muchos marinos cubanos.

<< Si observas bien esta carta rusa puedes darte cuenta que en su idioma dice; fue confeccionada tomando como referencia los cálculos de Clarke, pues bien, esa carta que solamente es usada en la marina de guerra cubana tiene sus problemas, no puede pasarse de una carta a la siguiente durante una navegación, tomando como referencia las coordenadas geográficas latitud y longitud, debe hacerse por marcaciones y distancia a tierra para estar seguro. ¿Qué quiero decir con ello? Que de hacerse por coordenadas geográficas se puede cometer el error de caer en un bajo situado fuera de su posición. ¿Por qué sucede esto? Muy sencillo, nosotros tenemos contactos con todas las oficinas hidrográficas del continente, y cuando un país decide realizar la publicación de una carta náutica, la enlaza a una red continental, o sea, puedes pasar de una carta americana a una brasilera con toda confianza, sin embargo, estas fueron publicadas aisladamente por todas esas razones que debes suponer. De este lado de la tierra es imposible utilizar los cálculos de Krasovsky, porque como bien sabes la tierra no es redonda y además posee una especie de chichones, por ello, los cálculos del ruso solo se ajustan a la parte del planeta donde él los realizó.>> Si el tipo me engañó acabó conmigo, no lo creo. Al día siguiente me senté solo con Gordillo y le expliqué todo esto y mucho más, lo consumía de la misma manera que un niño con hambre degusta una compota de mango, era un bobo oyéndome y al final le dije; << Hemos embaucado a todos los alumnos>> ¿Qué creen ustedes que me respondió? A estas alturas no puedo entender si era anormal o comemierda, con toda la tranquilidad del mundo me dijo; << Infórmale a los muchachos que teníamos a Clarke infiltrado en la CIA y por tal razón debíamos desacreditarlo para no levantar sospechas>> Me quedé pasmado ante aquella salida.

Antes de terminar el segundo semestre, yo disfrutaba mucho cuando los alumnos eran capaces de interpretar toda la información que brinda una carta náutica, me sentía complacido cuando los observaba moviéndose sobre esas cartas con la ayuda de las reglas paralelas, transportadores de ángulos y compases de punta seca, aquello representaba para mí, lo mismo que para un padre cuando enseña a un hijo a dar sus primeros pasos, yo estaba seguro de que ellos no me olvidarían, como yo no lo hacía de mi maestra de tercer grado llamada Rafaela Presno. Esa es la gran satisfacción que se siente siendo educador, muy importante porque no se enseña a caminar, se le muestra el camino a seguir para triunfar en la vida y su influencia es determinante.

Ellos llegaban a mi casa los fines de semana con una botella de ron, yo participaba en las fiestas que ofrecían en las suyas y nos convertimos en grandes amigos, de aquellos amigos donde no se permite oír nada que ataque a la persona que se quiere, fuimos una familia de eso no me cabe la menor duda. Yo tuve a los alumnos más indisciplinados de aquella promoción, pero ellos llegaron a oírme como al padre que les faltaba durante toda una semana, fuimos sencillamente amigos. Traté de trasmitirles todo lo mejor no solo de mis conocimientos, les llevé las páginas más importantes de mi vida, la del muchacho que logró lo que se propuso sin necesidad de inclinar la frente, sin aceptar condiciones ni prebendas, sin renunciar a su derecho a poseer una mente abierta al pensamiento y nunca renunciar a esa libertad que posee el hombre, a la de vivir con un solo rostro, el que Dios nos dio a través de nuestros padres. Les enseñé que no hay nada más bello en la vida, que mirar a una persona a los ojos sin el temor a que ellos nos fueran a traicionar, les trasmití la importancia que implica la palabra ser hombre.

Mi paso por aquella escuela fue fugaz, yo no podía adaptarme a vivir como un robot por mucho que insistieron que así debía ser, luego, al pasar los años me encontré de nuevo con muchos de aquellos muchachos, a los que enseñé a caminar por estos confusos túneles de nuestras vidas. Algunos sobrevivieron la tormenta, otros perecieron ante el embate de los fuertes vientos y las destructivas olas, la tormenta se convirtió en una terrible galerna y no los conocí. En su desespero por ascender algo en la vida eran capaces de minar mi posición, de robarme, delatarme, en fin, me encontré ante el hombre nuevo.

Nuestra despedida en aquel centro se produjo en un matutino, todos se encontraban formados en Villa Seca, allí, recibimos uno de los aplausos más pronunciados y sentidos que pudieron brindarnos en nuestras vidas, fue maravilloso ese reconocimiento por parte del alumnado y quince días más tarde me encontraba cumpliendo una misión internacionalista en Angola. Hoy, muchos de aquellos muchachos son agentes al servicio de la inteligencia cubana en el exterior, los conozco a todos, algunos trafican con drogas y lavan su dinero allá, de poco sirvieron mis intenciones, había que dedicarles el tiempo que garantizan los círculos de estudio, la radio, la televisión, el periódico y el sometimiento que solo se logra con la miseria humana.

Esteban Casañas Lostal. Montreal..Canadá 3-4-2001.

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