Cuba es un cuento, compay

Navegación Mambisa, los Caballeros de la retaguardia

Escrito por Esteban Casañas Lostal.Publicado en Cuba es un cuento, compay Imprimir

Imagine all the people
Living life in peace
You may say I'm a dreamer
But I'm not the only one…

John Lennon

Alberto se asustó al verme frente a él en el sitio y momento equivocado, inadecuado, inoportuno. Yo doblaba la esquina de La Sola y Santa Catalina llevando a mi hijo de paseo en su cochecito, el viejo salía en esos instantes de la iglesia. Me conocía y se puso muy nervioso, tartamudeaba tratando de explicarme algo que no le había solicitado. Lo comprendí y le di una palmada en el hombro. - ¡Mira qué casualidad! Asistes a la misma iglesia de mi madre. Fue una mentira piadosa, mi vieja no vivía en ese barrio. Tenía sus motivos para preocuparse, corrían tiempos donde Dios era ilegal, un fugitivo, un proscrito buscado por la ley, un contrarrevolucionario, estaba prohibido. Hoy todo el mundo cree en Dios, Alá, Babalú Ayé, todos creen en algo, yo no creo en ellos. Nos despedimos luego de cortas palabras y lo vi partir con esa lentitud angustiosa de los viejos.

Lo veía con relativa frecuencia en la empresa cuando me encontraba esperando por un barco, uno cualquiera que me sacara de aquel infierno. Siempre andaba callado, taciturno, triste, nunca lo vi expresar una sonrisa y sus labios se movían a un ritmo planificado, pausado, como queriendo evitar el escape involuntario de alguna palabra peligrosa. Era pulcro, siempre lo veías muy limpio, impecable, vestía de dos colores solamente, blanco y gris. El blanco de su camisa no era tan puro, no lo era, se acercaba al color de la nata que mostraban los litros de leche en el tope cuando existían los lecheros. Sus ropas, que nunca sobrepasaron las dos mudas, estaban marcadas por el tiempo, quizás formaron parte de su canastilla, tendrían su edad y la misma cantidad de arrugas.

Alberto trabajaba en un pequeño cubículo, más bien parecía la celda de un panal. Contaba con el espacio exacto para su maltrecho buró y su asiento, debías esperar parado a que te llenara el documento de enrolo. Encima del buró una vieja máquina Underwood que solo funcionaba cuando sentía su presencia, habían nacido en el mismo parto. A un costado de su escritorio mantenía siempre una tasa cubierta por un sobre de papel, imaginé que contuviera te, el café había escapado de nuestra nación. El viejo era muy eficiente y nunca cometió errores, al menos las veces que necesité de sus servicios, muy profesional. Firmabas delante de él y partías complacido, no escuchabas que pidiera o insinuara algo, no se quejaba de su suerte y pobreza extrema que su imagen reflejaba. Solo él atendía los enrolos del personal de aquella flota en desarrollo, ya contábamos con algunos barcos. Yo salía feliz hacia la nave que me ayudaría a olvidar el presente y soñar, porque si alguna virtud tuve siempre fue esa, la de ser uno de esos soñadores mencionados después por John Lennon. Lástima que me despertaron.

Llevo varios años escribiendo notas sobre la historia de nuestra marina mercante, recolectando fotos y datos de buques que nos pertenecieron, rescatando del olvido a gente que fue muy querida y populares. He dedicado cientos de páginas a hechos relevantes de nuestras vidas y ayer, he sentido algo de vergüenza al hablar con el hijo de un personaje muy conocido por todos los marinos, hombre sencillo y querido también. Fue entonces cuando me di cuenta de la gran omisión en nuestra historia que estaba cometiendo, los dejaba ahogarse en el olvido, tal vez entretenido, que no por falta de voluntad. Al hacerlo, comprendí inmediatamente que participaba en un acto de deslealtad o ingratitud, porque ellos, la mayoría de esos hombres 'buenos", estuvieron directamente vinculados a nuestras vidas, no digo yo.

En San Ignacio 104 radicaba la sede de nuestra Empresa de Navegación Mambisa, armadora de nuestra flota, nuestro cuartel general. Como cualquier instalación militar, porque eso era realmente la flota en sus primeros tiempos, era de suponer que contara con su Comandante, capitanes, tenientes, sargentos, cabos y soldados. La gente sin graduación era en términos generales marineros en espera de sus barcos y rotaban constantemente. El resto de la plantilla estuvo integrada por lo que vino a ser nuestra retaguardia, es lógico pensar que la justificación de su existencia en aquel edificio fuéramos precisamente nosotros los marinos. Aquel ejercito de entonces, muy eficientes y profesionales, estaba compuesto por un reducido grupo de personas que soportaban con tranquilidad todo el peso burocrático que exige la operación de una flota en crecimiento.

…Siempre que el tiempo me lo permitía y pasara por la empresa con una justificada razón, que no por gusto me llegaba hasta ella, me robaba unos minutos para saludar a uno u otro. Me encantaba saludar al bonachón de Monteagudo en Nominas, otra de esas piezas estelares que guardaba aquel edificio hoy habitado por sus fantasmas. Él le respondía el saludo a cuanto marino conocido de la vieja guardia pasaba por allí, ¡vaya mente la de ese hombre! Imaginan que luego de pasar meses y meses alejado de tu tierra, llegues un día a una oficina y su jefe te salude mencionando tus nombres y apellidos. Esa adorable memoria la poseían tres personas bajo el mismo recinto y Monteagudo era uno de ellos. ¡Se encabronaba! El no poseía la pasta de Alberto, quien para esos tiempos se había jubilado y nunca nos enteramos de su suerte o muerte. Cuando ibas a reclamar por errores cometidos en tu paga, le bastaba darle una ojeada para detectar donde se encontraba la razón de tu reclamación y enseguida su voz retumbaba en aquella oficina. Todo quedaba allí, solo un simple regano…

La era está pariendo un corazón, no puede más, se muere de dolor. Fuimos creciendo y en esa medida se multiplicaron las oficinas y burós dentro del edificio. Aquella operación matemática fue descontrolada, tanto, que cuando sumabas al personal de todas las dependencias subordinadas a la empresa en tierra, estaban a punto de igualar a los marinos y hasta superarlos, supongamos solamente que la equivalencia sea uno por uno. Las nuevas generaciones se asombrarán y hasta pondrán el grito en el cielo acusándome tal vez de exagerado, se impone entonces hacer algunas cuentas para sacarlos de sus desconocimientos. Mambisa no se limitaba al personal que laboraba en su sede, deben agregar los que trabajaban en los talleres del Margarito, almacenes (eran varios), dique, lancheros y choferes. En aquellos tiempos la empresa asumía el rol que luego cedieron a Cubalse, me refiero al de avituallar a los buques, lavado de ropa, etc. Mantenía con salario a todos los "chamanes" comunistas del comité del partido, juventud y sindicato, ¿se imaginan eso? ¡Oh! No conformes con su labor parasitaria, esas dependencias políticas tenían sus servicios de "mensajeros" igual que la empresa, no olvidemos que para entonces los barcos no contaban con equipos de VHF.

…Antes de que la era pariera y no precisamente un corazón, debo hacer una parada obligatoria en la oficinita de personal. Les recuerdo que la entrada para los enrolos de la marinería y donde se hallara el cubículo de Alberto, era por la calle Obispo, una puerta cercana a donde estuvo la caja por muchos años. Cuando abrías esa puerta donde atendían a la marinería, departamento encabezado entonces por Cordero, encontrabas un pasillo de unos diez metros de longitud. Al final de ese pasillo y a la derecha, existía otra puerta que te llevaba directamente a la oficina de personal. Allí trabajaban tres personas, dos buenas y otra mala, muy mala, un hijo de puta llamado Martínez Escarpa, no le voy a dedicar una sola línea, ya se la dediqué. Los otros dos eran el negro Víctor, creo que el único negro laborando en una oficina tan importante de aquel cuartel. Apenas hablaba y te atendía por una ventanita, muy eficiente y profesional, extremadamente serio. Si me pidieran una descripción de él, solo atinaría a mencionar su cabeza de pasa noble y siempre brillante por la vaselina, algo despejada por los años. Mencionaría también su camisa gris o blanca del uniforme de marinero y aquellas gafas de montadura gruesa hoy de moda y ridículas para su tiempo. Parco al hablar y muy decente, eficiente en ese trabajo cuando no existían las computadoras. El otro hombre era todo lo contrario, blanco agallegado de apellido Veliz, alto y grueso, comprensible y educado. Traté con él cuando fui a reclamar por mi salario y le dije haber pasado el servicio militar con un sobrino suyo. Muy amable y profesional, así eran casi todos los de su tiempo y bien vale la pena recordarlos como se merecen…

La flota creció y el personal de la empresa también lo hizo, solo que desproporcionadamente y luego sus dirigentes se encargaban de decirnos constantemente que no éramos rentable, pero no quiero detenerme en este punto donde hay tanta tela por donde cortar. Nunca lo creí y tomaba como ejemplo a Aristóteles Onassis, ¿Cómo un hombre solo podía ser eficiente y un estado todo lo contrario? Crecimos, pero con ese crecimiento llegaron también muchos vicios que, se mantuvieron hasta la muerte de aquella enorme flota de la que nos sentimos una vez orgullosos. La corrupción y el soborno se convirtió en el pan nuestro de cada día y cuando eso sucede, llega el momento de odiar a un edificio con todos los que lo habitan.

… ¿Quién no recuerda a Manolito el pagador? Otra de esas memorias prodigiosas, no solo se acordaba del nombre y apellido de muchos marinos, era capaz de archivar en su mente el de sus esposas también, las conocía e identificaba luego de un leve contacto cuando iban a cobrar sus pagos autorizados. Se destacaba por su amabilidad y era querido por la mayoría de los marinos. Recientemente me he enterado de su triste e inmerecido final hace diecisiete años, tardías estas notas, me alegraría que las leyera en algún momento ahora que se encuentra entre los buenos…

La era no pario corazón alguno como reza en la canción, me inclino por el aborto forzado cuyo feto ha sido demoledor. Aquel edificio, sede de tantos sueños, fue cuna también de miles de frustraciones y traiciones a las esperanzas de tantos y tantos jóvenes como yo. Todo cambió de la noche a la mañana y el discurso fue muy agresivo. La gente mala se impuso, pero dentro de tanta podredumbre lograron sobrevivir gente muy buena y no puedo mencionarlos a todos. Pertenecen acaso a distintas generaciones y creo se merecen, como esos pioneros que nos ayudaron a soñar, todo el reconocimiento de los que llegamos y los que no pudimos lograrlo. Hay nombres que muy bien valen todo nuestro respeto, Fidelito en Cuadros, Salado en Personal, la doctora Dora en el departamento médico. Inspectores tan profesionales como el Capitán Juarrero y el Capitán Mesa, conocidos por todos como "El Loco Mesa". Operadores con los cuales debíamos comunicarnos diariamente por VHF, tan populares como "Guarapo". Supervisores responsables, jefes de grupos, etc. No puedo mencionarlos a todos, pero estén convencidos, si fueron "buenos", estas líneas que pretendo sean un modesto homenaje, son también compartidas con ustedes. Para los malos, los muy malos y los hijos de una era que no pario corazón alguno, pues para ustedes les envío una "Mota Negra" a la usanza de los tiempos de piratas.

You may say I'm a dreamer
But I'm not the only one…

John Lennon

Esteban Casañas Lostal.
Montreal. Canadá
2016-05-30

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