Cuba es un cuento, compay

Cotorrita

Son frecuentes las fotos de turistas cubanos al lado de la estatua del "Caballero de Paris" en La Habana Vieja y con esa misma frecuencia que las veo, practico una especie de auto trepanación. Busco entre las gavetas de mi mente y no encuentro a ese hidalgo caballero de la realeza francesa caminando por ese barrio habanero. Está bien que los extranjeros sean emboscados con estatuas de Lady Di o con la de Juanito Lenon después que despotricaron tanto de ellos, pero que sean cubanos los que caigan tan fácilmente en esas trampas.

¡Puede que sí! Puedo estar equivocado en mis apreciaciones y veinticuatro años pisando esas calles me hayan traicionado. Es posible que ese eterno gitano o nómada criollo, disfrazado de mosquetero, anduviera por las mismas aceras durante mis ausencias, todo es posible.

Pero no era él, muy a pesar de sus méritos y fama, labrada con su frágil cuerpo bajo portales de la capital cubana. ¡No!, no era él la persona más famosa en esa área que hoy comparte con ingenuos turistas.

La alegría que imponían los adolescentes que estudiaban en la secundaria básica "Forjadores del futuro" (vaya nombresito si al presente nos remitimos, menudo futuro labraron los cabrones), fue sustituida por el olor (agradable o no) de jóvenes vaginas, palabras lascivas de uno que otro pinguero, el rostro sudoroso de cualquier vieja (preferiblemente negra), vistiendo trapos de la época colonial con colores llamativos y un tabaco en la boca, desdentada o no, lista para la foto del extraño que los visita a cambio de un billetico. Aquella alegría de los estudiantes con sus pañoletas rojas, fue relevada por el pregón de algún furtivo artista, enjuto, disecado y con poca distancia entre la tráquea y el final de sus tripas. Escenografía autorizada por un policía de hablar melódico y piel acanelada, quien extiende a escondida o descaro la mano, muy solícito y voraz a la hora de reclamar su mascada.

"La Mina" no era tal, quizás lo fuera, tal vez abastecía de aluminio a la fabriquita de medallas que tenía a su lado, pared con pared. ¡Medallas! Las hacían para conmemorar cada evento, fecha, guerritas, emulación y sus héroes, etc. Eran de muy buena aceptación, medallas y diplomas junto a otra banderita, un discurso, un himno. ¡Qué manera de comer mierda! Allí estuvo y nadie la menciona, tampoco el historiador. La Mina era solo otra cueva más, tal vez un centro terrorista cuando vendían aquellas croquetas explosivas, siempre llena de estudiantes contagiando con su alegría.

Nunca vi al Caballero de Paris por aquellas aceras o calles, tal vez las visitó en cualquiera de mis viajes. ¿Cotorrita? ¡Ella, sí! Revolvía y colmaba de felicidad a todo el barrio, muy criolla al hablar, muy martiana también, era de todos lados y hacia todos lados iba, nadie lo sabía. Pausada, tranquila, desgreñada y sucia, vistiendo la misma ropa todos los días del año, que para ella no se separaban por meses, quizás por escándalos. Pasaba silenciosa, oteando ambas aceras, buscaba y lo encontraba. Cuando no la provocaban era como si tuviera bichitos en el culo, se lanzaba a una suicida ofensiva.

- ¡COTORRITA! Le gritaba alguien escondido dentro de cualquier negocio o pared, que tampoco eran demasiadas las disponibles para una travesura. Pudo ser desde una cola para el café en la cafetería "La Luz", siempre iluminada por las moscas o desde las ventanas de la secundaria. La gente se comportaba como si conocieran el ciclo de sus recorridos, tan exactos como el sol. Entonces, todo aquel monumento a la desgracia se transformaba en un ridículo monstruo que satisfacía el morbo de una gente carente de diversión.

- ¡COTORRITA la puta de tu madre! Podía variar de acuerdo al timbre de la voz que la provocara, si era masculina ya deben imaginar, era muy creativa y de amplio repertorio.

- ¡COTORRITA! Volvían a gritarle desde la acera opuesta y todos permanecíamos atentos al segundo acto, el magistral y mejor interpretado por ella.

- ¡COTORRITA la tengo aquí, maricón! Ahí era cuando se levantaba la saya y le mostraba al público una copia fiel de su rostro, carente de blúmer o vellos, muy arrugado, horroroso. Aquella escena de su única obra era repetida por toda la calle Obispo y su mayor ovación la recibía precisamente en la esquina de Oficios, allí estaba la secundaria básica mencionada.

¡Cotorrita, si! Ella formaba parte de un trio muy famoso en aquellas fechas, tiempo durante el cual, aquel personaje de clásica y triste figura volaba sobre Paris y pernoctaba en el portal de la pizzería en la calle San Lázaro e Infanta. De otro he hablado en una oportunidad, solo que su escenario se limitaba a nuestra bahía. ¿Quién no recuerda a Masacote? Desdentado como los sábalos que una vez poblaron aquellas aguas y tan mal hablado como Cotorrita, muy criollo o folclórico, dirían unos y otros. Masacote era nuestro "gondolero mayor", muy simpático y querido por todos los marinos.

Felo era un muchachón que siempre andaba vestido con el uniforme de marinero, nadie o pocos sabían dónde vivía, porque no era vagabundo, solo aparecia. Andaba limpio y se pegaba como una rémora a cualquiera de nosotros, tampoco mendigaba, Cotorrita no lo hacía y Masacote era empleado de nuestra empresa.

Felo padecía el síndrome de down, todo parece indicar que solo él no lo sabía, radiaba felicidad por cada poro y fue muy bien recibido por la marinería. La cosa no termina aquí, resulta que Felito andaba limpio y varias veces nos contó sobre las bondades de ciertas comadres en La Habana Vieja. Lo narraba con la candidez propia del que sufre su padecimiento, nos decía; <<Ellas me lavan la ropa, me brindan comida, me bañan y luego hacen cosas que a mí también me gustan.

¿Cosas? Uno de esos días, agarré una contrata para realizar un inventario en el almacén de electrónica y qué les cuento. Dijo una de aquellas "comadritas"; Felo estaba muy bien dotado y aquel aparato que colgaba entre las piernas, monstruoso, funcionaba a las mil maravillas.

Así marchaban las cosas que nadie cuenta y ahora todo es turístico, hasta los fantasmas que deambulan por aquellas adoquinadas callejuelas. ¡No mendigaban! Ninguno lo hizo en mi presencia y supongo sufrieran muchas carestías, solo que nuestros loquitos daban lección de dignidad. Cotorrita era la más destacada en esa zona y no posee nada que la recuerde, ni una pequeña plaquita, no necesitaba ser de bronce. Ella era de La Habana Vieja y nunca visitó Paris, no podía, no tenía blúmer. La ceiba del Templete murió y ya el historiador fue remplazado, no podrá darle vueltecitas al árbol para marear a los tontos turistas.

Esteban Casañas Lostal. Montreal..Canadá. 2016-09-18

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