Cuba es un cuento, compay

Se apaga una velita

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Llevo horas sentado en la máquina tratando de paliar la amargura que se siente cuando ves que una luz está próxima a apagarse, se duplica ese dolor cuando notas que un arroyo de tu propia sangre se va evaporando hasta secarse y solo quedarán huellas de su cauce. Hiere y deja cicatrices profundas no estar allí, aunque tu presencia no pueda devolverle la vida, pero tu presencia ayuda a dividir toda esa angustia que se siente y el sufrimiento puede tocar a menos. Duele, no digo yo, llamar en esos momentos tan tristes y que se repita la puta historia de las estafas en las llamadas a Cuba. Nunca había maldecido tanto a un ser humano y me saliera tan perfecto un “me cago en la puta de tu madre”. El mismo truco y la voz que no era cubana, y mi pregunta oportuna, ¿quién habla?, y la respuesta esperada, un amigo de la familia. ¡Qué hijos de puta! Todavía no acabo de comprender cómo rayos puedan tener adeptos y no sirva nuestra puta experiencia, ¡ojalá les toque vivir nuestra suerte! Lo lamento por millones de infelices que no tienen culpa de la nuestra.

Se me va un hermano, y no uno cualquiera, hablo de aquel que dedicó toda su vida a la construcción de ese después que hoy se disfruta en mi tierra. No hablo de uno cualquiera, me refiero a un hombre que despachaba con Raúl Castro cada dos semanas. Menciono a un ser convencido de sus ideas, odiado por muchos de los que lean estas líneas, pero solo por ellos. Hablo de un hombre que nunca renunció al más alto grado concebido en la especie humana, hablo y no es discurso, del hijo, padre, tío, hermano, amigo.

Muchas veces llamé a casa de su madre y tomó el teléfono, las conversaciones no cambiaron aún estando en polos opuestos. ¿Cómo estás mi hermano? ¿Cómo estás mi hermano? Las mismas preguntas viajaron de norte a sur y en sentido contrario. Esas cortas y familiares comunicaciones debía informarlas a la contrainteligencia militar, como si se tratara de un contacto con el enemigo, como si no fuéramos hermanos. Luego, debía esconderse como cualquier fugitivo para visitar a mi hijo en sus viajes a Cuba, como si él o mi hijo fueran delincuentes y no sobrino y tío. Le roncan los cojones, ¿hasta dónde nos llevaron? Una de aquellas madrugadas y mientras hablaba con mi hijo, mi hermano dice algo que lo sorprende.

–Pero allá la vida es extremadamente dura para ustedes, no les alcanza para pagar, por ejemplo, los gastos de salud que aquí son gratuitos.

-Tío, ¿quién te dijo eso? En Canadá la salud es gratuita, pero no solo en nuestro país, si recorres toda Europa se disfruta de los mismos programas sociales.

-No puede ser, eso es lo que nos han dicho siempre.

-Pero no es así, eso no es cierto. Mantuvo silencio durante varios minutos.

-¡Coño! Entonces nos han estado engañando durante una pila de años.

Poco tiempo después se licenció de las fuerzas armadas, pero esa libertad se le agotó y hoy su llama se va apagando, un fuego que no llega a los cincuenta, una vida perdida en vano para mí, fructífera quizás para él, la duda.

Para mis hijos ha sido un duro golpe, se apaga uno de aquellos tíos mulatos que tanto admiraron, yo no sé ni qué rayos decir y solo me quedan palabras para maldecir y odiar, no tengo de otras, ese es el precio que pagamos algunos, unos pocos que nunca renunciaremos a esa dignidad y vergüenza volátil. Ya perdí a mi vieja en iguales circunstancias, y todavía hay quien tiene la poca vergüenza de mencionar la palabra diálogo. Al fin logré hablar con ellos, poco importa la distancia, el amor de la familia no la destruyen las millas ni el tiempo, existe y es un lazo más fuerte que cualquier ideología. Luego, la historia se encargará del resumen. Espero con dolor por el desenlace. Les hago pública mi última carta, se la hice llegar antes de llegar a este estado, después de ella hablamos en varias oportunidades.

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