Cuba es un cuento, compay

Una noche en el solar

Cada parada en Santiago era una escala obligada en aquel solar, tuvo que ser las simpatías de sus inquilinos las que me ataran firmemente a un lugar tan deprimente. Pudo ser ese exceso de hospitalidad de la gente que vive al borde de un miserable abismo del que nunca escapan por miedo, impotencia, imposibilidad de burlar un campo minado de méritos y medallas. Sin haber encontrado nunca el por qué, mis pasos siempre se dirigieron desde la puerta de cualquiera de las aduanas hacia aquella inmunda madriguera. Pudo ser esa abundancia de solidaridad recíproca, la sencillez de sus vecinos, esa humildad que destila amor de ellos hacia los otros y la indiferencia de los otros hacia ellos. Pudo ser la excesiva pobreza en la que siempre vivieron y sirviera de coraza para proteger todo el cariño del mundo que solo allí existía en aquellos momentos. El solar era un oasis al cual acudiría por un extraño embrujo en cada uno de mis viajes, era un punto virgen de aquella ardiente ciudad que se hundía en la mugre de su inmoralidad. Era mi Rincón, donde sin manifestarlo, me prometía regresar cada año para nutrirme de sentimientos humanos cada día tan escasos.

Transcurría el penúltimo día de un año cualquiera, nada relevante había sucedido que lo distinguiera de los otros en un país donde los días tenían la misma frecuencia y fetidez de la mierda, aumentada su peste por un estreñimiento de más de tres décadas. Luego de burlar aquella posta entre miradas no carentes de envidia u odio, el sol comenzó a castigar con toda la furia que se merece un extraño. La ciudad, antes, una de las más hospitalarias de Cuba, ¿antes, cuándo?, ¿antes de Cristo, antes de nuestra era, antes de la revolución?, ¿antes de que Padre Pico fuera la frontera de las prostitutas?, ¿antes de que las jineteras formaran parte de la retreta del parque Céspedes?

La ciudad te recibía con sus nubes de polvo y hojas que volaban traviesas formando curiosos remolinos en su antigua Alameda. Sus bancos permanecían vacíos a la hora que el perro no sigue al amo y las putas duermen pasivamente su nocturna borrachera, o dejan refrescar sus maltratados orificios.

El silencio no era roto porque nunca existió después de la salida del sol, la actividad infecunda del puerto la alteraba y la ciudad vivía nerviosa hasta el ocaso. Donde el silencio se imponía en reuniones partidistas o el trabajo voluntario de jóvenes que fingían gemidos y orgasmos. Entonces, la Alameda se adornaba de humildes minifaldas cubriendo ricas piernas casi al límite del culo y rostros que siempre se han pintado extravagantemente para facilitar la identificación de una puta entre tantas compañeras, como las chapas de los autos estatales y particulares., como las honradas y las impuras de otros tiempos, los de antes.

Aquel era mi escondite preferido hasta que el sol decidiera darnos una tregua, y ese día, había roto una norma establecida por la costumbre, quizás por las celebraciones que se avecinaban y allí eran madrugadoras. Siempre salí después del horario de comida, que estando atracados se adelantaba para las cinco y media. Era mediodía y crucé la Alameda para alejarme del grupo de la tripulación. Siempre me dije que el que solo la hacía, solo la pagaba y me acostumbré a esa vida solitaria que impone la delación y traición del que te rodea. Nunca miraba para atrás evitando invitaciones y aceleraba el paso, escapaba de compañías indeseadas con las cuales me vería obligado a compartir el tiempo durante veinticuatro horas del día, semanas, meses, años. Escapaba de los mismos lamentos y puterías que luego alzaban tímidos brazos en reuniones y condenaban por miedo, sin alzarlo completamente, tratando de que nadie lo viera.

La Terminal de ómnibus municipal que se encontraba justo al frente de la Terminal de trenes, estaba abarrotada. Gente desesperada por partir hacia un punto cualquiera ocupaban la acera, y el vaho a orine de los baños de aquel recinto podía celebrarse por su potencia. Los rostros brillantes de aquellos seres, denunciaban la ausencia de agua desde tiempos difíciles de calcular. El grajo se impuso en el ambiente y aquel tramo de acera transpiraba azufre. Un perro dormía tranquilamente en el contén ante la indiferencia de aquellos seres que, se comportaban con las mismas reacciones de una manada salvaje y rabiosa. Su cuerpo mostraba sin vergüenza toda la sarna que pudo existir en Santiago, al pasar por su lado, comprobé que los parches de pelo conservados eran blancos y un día lo fueron como la nieve, hoy, andaba vestido de mecánico. Aceleré el paso y sentí síntomas de asco en mi tierra, los mismos que una vez experimenté en Bombay. Traté de ganar inmediatamente la esquina para borrarme de aquel miserable panorama con sus trágicos olores, rabias, dolores, angustias, frustraciones y toda una suma abominable de sensaciones por las cuales me sentía incómodo, indiferente y poco solidario. Tenemos lo que nos merecemos, pensé mientras dejaba tras de mí el desolador paisaje.

Cuando me había alejado unos treinta metros de aquella Terminal y comenzaba a respirar un poco más tranquilo, sentí unos silbidos a mis espaldas, eran distantes. Se repitieron y no quise prestarle atención, no existía razón para hacerlo, yo no vivía en Santiago. Luego, cuando los silbidos resultaron más cercanos, fueron sustituidos por mi nombre. No quedaba la menor duda de que el asunto era yo y las voces conocidas, me detuve y esperé unos minutos, eran los Periquitos.

-¿Qué buscan ustedes por aquí?

-Te venimos siguiendo desde la aduana, tú sabes que no somos de aquí y no conocemos a nadie. Me respondió el mayor de ellos y no supe qué rayos responderle en ese instante. Era cierto lo que trataba de explicarme, era su primer viaje y ambos eran pinareños. ¿Qué carajo me importa aquello? Me pregunté y sentí deseos de mandarlos a la mierda, pero los muchachos me caían bien a pesar de las diferencias de edades.

-¿Y qué quieren ustedes?

-¡Asere! Que nos des una luz, tú eres un caimán viejo en la marina y nosotros andamos perdidos.

-Pero yo voy para un solar donde nada es atractivo, son amistades mías de hace muchos años.

-¡Llévanos! Así vamos entrando en güara, tiene que haber jóvenes en ese solar.

-Bueno, vamos.

La vieja siempre permanecía sentada a la entrada y conservaba lucidez, al verme llegar saludó pronunciando mi nombre y me detuve unos instantes para compartir con ella. Era la misma estatua que encontraba en ese gran portón carcomido por el comején y la humedad desde hacía más de una década. La misma sillita y los mismos trapos adornaban su añeja figura, Cacha no envejecía, había logrado detener el tiempo. Una cabellera plateada cubría su cabeza y le daba el tono de una gorra de pelotero, sus escasas pasas lograban escapar la prisión del mismo pañuelo del año anterior. Detuve mi vista sobre él y la blancura era impecable, nunca le pregunté cómo podía lograrlo. Me dijo que Mercedes ya había llegado del trabajo antes de preguntárselo, ella trabajaba en la refinería. Le di un beso y una caja de Populares, me dirigí hasta el cuartucho de Mercedes, era el tercero a partir de la entrada y en la fila derecha. Los Periquitos no hablaban, solo observaban. Ella sacó tres sillas destartaladas para la puerta de su cuarto, para el pasillo del solar, puso la cafetera. Le dije que no hiciera nada y le hablé del calor, pero era lo único que podía brindarnos y yo sabía que a pesar de representar un gran sacrificio, ella lo hacía de corazón. Luego y antes de partir, como ya era una costumbre en mí, si no salía a comprarle un sobrecito de café en la bodega, le dejaba algún dinerito para reforzar un poco su precaria situación. Sus hijas no habían regresado aún de la escuela y gastamos parte del tiempo hablando de su familia y la mía. Los vecinos eran los mismos y en la medida que entraban al solar me saludaban como un pariente lejano, yo les presentaba a los Periquitos. Después de las seis de la tarde, las muchachitas del solar comenzaron a llegar de la escuela. Algunas ya estaban bastante creciditas, tanto, que a pesar de su corta edad y uniformes de secundarias, se habían convertido en material sexualmente útil para los tiempos que corrían en la isla. Yo notaba cómo a los Periquitos se les desorbitaban los ojos mientras ellas desfilaban. Minutos más tarde, aquellas chicas pasaban transformadas en mujercitas vestidas con provocativas batas de casa hacia las duchas. Batas casi transparentes que dejaban al desnudo sus apetitosas carnes y descubrían sin vergüenza las interioridades de blumers y ajustadores que contrastaban con sus pieles doradas por el sol y las hacían más caprichosa al apetito voraz de cualquier marino sediento.

Las duchas se encontraban a inicio del ancho pasillo y las puertecitas eran idénticas a las usadas en las entradas de las tabernas del antiguo oeste. Solo cubrían las partes más importantes del cuerpo, allí sentados, podíamos ver cómo se bañaban las chicas y conversar con ellas, mientras el agua iniciaba el recorrido por sus rostros y terminaba con una estela de espuma en sus pantorrillas y talones. Resultaba excitante para nuestras vistas de rayos X que borraba las diminutas puertecitas y empataba cabezas con talones de manera continua.

Los baños sanitarios se encontraban a mitad del pasillo antecedidos por los lavaderos, eran los puntos de discordia de la mayoría de los vecinos cuando no les echaban agua con cubetas después de evacuar. ¡Cojones, la que cocinó frijoles negros ayer, que le eche agua al baño! Se escuchaba con frecuencia aquella protesta y todos sabían que habían cocinado en cada casa, porque así de promiscua es la vida en un solar y la gente sabe de dónde llegan los olores. Los lavaderos eran los puntos de comunicaciones entre comadres, el periódico diario donde se hablaba lo que ya era noticia vieja, agua corrida, palo no echado, ayes exagerados que demandaban discreción por los niños. Porque un palo bien echado era capaz de derribar con facilidad todas las paredes del solar, desde el primer cuarto hasta el último y calentar al que no se le paraba desde hacía rato.

Ese día nos marchamos temprano y los Periquitos hicieron promesas de regresar al año siguiente, dos días después. En el momento de las interminables despedidas de los cubanos hubo un apagón y desde el fondo del solar se escuchó una voz juvenil, ¡A singar, que se fue la luz! Era la voz del pasado, las abuelitas del presente, la impotencia que se impone hoy, la voz lírica de un futuro degenerado

En el parque Céspedes nos separamos, ese día el ambiente estaba poco animado. El correo era un punto bueno de cacería, entraba con el pretexto de pasar un telegrama y tomaba un modelo para hacerlo. Poco importaba si lo enviaba o no, era muy probable que nunca llegara, muy probable. La dirección no era interesante, pudo ser la de cualquier amiguita de Nicaro o Antillas, lo llenaba con vagancia y palabras falsas, siempre lo hacía y las respuestas eran similares. Puro formulismo que servía para reservar tiempos o caricias, esa era nuestra vida. Aquel día el correo estaba casi vacío, solo un viejo maltratado pagaba en la casilla, la empleada no era atractiva tampoco, no valía la pena gastar balas. Un breve recorrido por los portales del hotel Casa Granda, las bichas de guardia ese día no justificaba el precio de una habitación o la cola en una posada sin agua, era mejor regresar al barco.

Todo el mundo se fue en la lancha del mediodía, era fin de año y la gente prefirió celebrarlo en cualquier recoveco de Santiago. Pasé por la cocina y estaban asando un puerco, habían dejado varias cajas de cerveza y botellas de ron para la brigada de guardia. Éramos escasamente diez hombres y todos esperaban por mi orden. Comenzamos a beber cuando la lancha se apartó de la escala real y la vimos perderse por la refinería, subimos la escala y subieron la primera caja de cerveza de la nevera. Luego de la tercera botella la gente se pone contenta y olvida todas sus penas, esa es la magia del alcohol a la que nunca renunciará un cubano. Al otro día, bueno, es el día del ratón que trata de matarse con un buen trago, pero el ratón sigue vivo, le damos respiración artificial, nadie quiere que muera, es preferible andar borrachos. Bebimos hasta emborracharnos y a las doce de la noche subí al puente para tocar el pito, celebraba la llegada de un año nuevo. Pitaba, pitaba, pitaba y pitaba como todo un comemierda o borracho, no sé qué coño celebraba. Aquellos pitazos pudieron escucharse en El Cayo, pero la gente tuvo que andar sumida en sus propias borracheras. ¡Qué carajo pudo interesarles aquellas pitadas realizadas por un borracho! ¿Y si en lugar de una celebración fueran realizadas por una emergencia? Pa’la mierda las emergencias, no pueden ocurrir en tiempos de fiesta. No conforme con aquella estupidez, agarré el VHF y lancé al aire varios ¡Happy new year! ¡Happy new year! Sin que nadie contestara mi saludo, se perdieron en el éter. ¿Cómo podía esperar una respuesta? En Santiago nadie habla inglés, cuando aquello daban clases de ruso por radio, resulta estúpido. Además, ¿quién cojones tiene en su casa un equipo de VHF? Nadie, me respondo después de pasar la juma, por suerte, los únicos que lo tenían eran los guardafronteras y seguro que andaban borrachos como nosotros. Tuve suerte, eso pienso ahora. Verdad que las borracheras tienen un destino impredecible.

Temprano en la mañana, desperté a los Periquitos y les pedí que me ayudaran. Comenzamos a guardar los restos del puerco en bolsas de plásticos, había bastante carne, siempre dejamos algo para la gente que se levantara con hambre. Dentro de una enorme maleta comenzamos a acomodar botellas de cerveza y las restantes de ron. Cuando el peso resultó casi insoportable, utilizamos un maletín. Esperamos por la llegada de la lancha al mediodía, allí debía llegar nuestro relevo, así fue, nos entregamos la guardia en plena escala, todo normal.

El aduanero medio que se puso farruco, los palestinos eran así, extremistas sin par, más comunistas que Lénin y con el mojón de que eran la cuna de la revolución. Luego, cuando sabían que eras habanero, se ensañaban y los problemas te caían de gratis. Pero una cosa teníamos siempre presente, la mayoría de ellos eran unos reventados que no tenían dos kilos en el bolsillo. Le sacamos una bolsita con carne y varias botellas de cerveza y el tipo se quedó tranquilo. Puede que se sientan ofendidos los santiagueros al leer estas líneas, pero la vida era así en aquellos tiempos. Además de los Periquitos se nos sumó Cañolo, era el tercer oficial del buque. Bañados de sudor realizamos el mismo recorrido por la Alameda y avenida del puerto, nos relevábamos de vez en cuando para cargar la pesada maleta y el maletín, uno de los Periquitos llevaba una radio grabadora de tamaño monumental con su cargamento de casetes grabados en Panamá, salsa de la buena.

Mercedes sacó una mesita toda destartalada para el pasillo y las poquitas sillas que tenía, se puso muy contenta cuando vio el contenido de aquellas maletas, la música se puso a un volumen que podía disfrutarse en todo el solar, muchos dormían la borrachera de la noche anterior, pero no se levantaron enojados. Pocos minutos después, una vecina se apareció con una fuente repleta de tostones y dos sillas más, ella sola se invitó. Mercedes colaboró con unos moros y cristianos que nos supo a gloria, nadie sabe cuando comenzó el baile, los Periquitos y Cañolo eran zurdos, pero entre las bondades del alcohol se destaca perder la vergüenza. La tarde caía entre cambios de casetes y pasillos lanzados al azar. Mercedes me trajo unas cutaras y una toalla que había resistido mil batallas, debo confesar que ya había empatado la borrachera del año anterior y me resistía a abandonarla, era feliz. ¡Báñate! Me dijo ella y yo la obedecí como niño bueno. De los tres baños existentes el del medio se encontraba vacío, sin complejos me desnudé y colgué la ropa en la puertecita que solo cubría las partes más secretas del cuerpo humano. El agua estaba fría y refrescaba toda esa ardentía que produce el alcohol cuando corre por las venas y solo escapa por los poros del cuerpo. La gente bailaba y se reían de mí, sus figuras me llegaban volátiles y confusas, se fueron encendiendo los bombillos del pasillo y en medio de la borrachera se confundían con estrellas.

Los Periquitos me pusieron un fajo de billetes en las manos, me pidieron que invitara a Mercedes para ellos poder escapar con las chamacas. Ella tampoco estaba acostumbrada a una invitación, solo sabía despertarse temprano para partir al trabajo, regresar y hacer la cola de la bodega, esperar que entrara el agua para lavar mientras ablandaba los frijoles en una rústica olla de presión. Me dijo una vez que era una pieza dejada por una tía que vivía en Miami, heredada en el ochenta y que solo le había cambiado la junta de goma en una oportunidad. Hablaba de la olla con un orgullo exagerado, como si fuera un pariente más, un privilegio que no conocía la mayoría de las mujeres del solar. Hablaba de ella y los servicios prestados a la gente de su comunidad, los que vivían ese cautiverio limitado por el portón de la entrada. Si no la detengo, me habla de todos los frijoles ablandados en ella, hasta de los peores y más duros que una vez fueron importados de China, los que nunca se abrían ni cuajaban. ¡Qué buena ha salido la olla de tía Marcelina! Sentí deseos de mandarla a la mierda por tan estúpido relato, ¿qué coño podía interesarme una olla de porquería? Porque si dijéramos, era una olla despampanante con botoncitos por aquí o por allá, olla que yo tampoco conocía, ¡pero cojones!, una olla tiznada por su cocinita píquer de luz brillante. Sin embargo, ni la peor borrachera del mundo logró despertar esos sentimientos negativos que algunas veces andan ocultos en el subconsciente humano. La comprendí, aparte de un radio Selena que se había ganado en una emulación, lo único de valor que Mercedes tenía en aquel cuartucho, era precisamente su olla de mierda, no la detuve y soporté hasta el final toda su historia.

Ella se sorprendió cuando la invité a comer en el Casa Granda, ¿en el Casa Granda? Si vieja, le contesté, vamos a comer y echarnos de paso el show. ¿En el Casa Granda? Volvió a preguntar y le dije que sacara sus trapos de protocolo, los Periquitos y Cañolo esperaban por mi salida. Puso a calentar la plancha sobre el piso y colocó dos piezas sobre su cama, la observé nerviosa y feliz. Tomó una toalla y las mismas cutaras que me prestara una hora antes, la oscuridad no permitía especular, la poca luz solo permitía observar cuando levantaba uno u otro pie para enjabonarlo. Esa noche no se lavó la cabeza, ninguna de sus vecinas tenía secador. Una entró con crema, otra con un creyón de labios, otra le pintó las cejas, Martica le prestó un par de zapatos que cuadraban con las telas que llevaba encima. Nunca había observado tantos gestos de solidaridad humana por una pachanga, era como si ella se hubiera ganado la lotería y todas deseaban disfrutar de sus momentos de felicidad. Me imagino el secreteo que mantuvieron dentro del cuarto mientras la embalsamaban, ¡no lo dejes escapar!, ¡fúmatelo mi amiga!, ¡esto no se da todos los días!, ¡no lo pienses dos veces!, ¡qué dichosa eres!, ¡al Casa Granda!

Partimos caminando por varias razones, no tenía auto, no había taxis, no pasaban guaguas, y no era tan lejos tampoco. Logré una mesa en el cabaret y allí me senté con Mercedes, ella estaba muy feliz, oronda, perpleja, satisfecha, inocente, orgullosa. Yo estaba igual, me exhibía radiante de felicidad, y por qué no, mi orgullo superaba al de ella. Para mí, estar sentado junto a Mercedes representaba lo mismo que hacerlo al lado de Marilyn Monroe, ella era mi diva, mi estrella, mi diosa. Pedí el plato más caro, creo que fue langosta y la observé devorarlo con un apetito salvaje, feroz, como si no hubiera comido durante todo el día. No la critiqué, era una conducta que se iba imponiendo, la comida se fue convirtiendo en una enfermiza obsesión, comíamos siguiendo las costumbres de los camellos, como si pudiéramos almacenarlas dentro del cuerpo, sin comprender que todo se convierte en mierda de la noche a la mañana. Nada de eso me alarmaba, la veía masticar y masticar sin parar, tragar, empinarse el vaso de cerveza, volver a masticar y repetir el ciclo infinitamente. En un segundo de lucidez me fijé en sus dientes, sobresalían por encima de sus labios, eran dos puntos muy blancos y sanos que reflejaban las luces que nos llegaban desde el escenario. Trataba de buscarle un parecido desesperadamente y solo me llegaba la imagen de una marmota, pero la desechaba, no existían en la fauna de Santiago. Después, regresaba a mi estado etílico y la encontraba tan bella como Marilyn, exótica, deslumbrante, provocativamente tropical. Mi vista viajaba buscando otro detalle que la distinguiera y justificara mi presencia en aquel cabaret, pero ella no dejaba de masticar y tragar, deseché la idea de pensar y recorrí vagamente el salón. Todas las puticas de turno pasaban por la mesa y me saludaban, lo hacían con algo de cinismo, como condenando mi borrachera o lamentándose no estar sentada en aquella silla, creo que envidiaban las langostas. Apenas comí algo, solo pinché algunos pedacitos de aquel plato, Mercedes se encargó de resumirlo todo, era de un apetito espectacular.

Terminaron de bailar cuatro pijiriguas que formaban el cuerpo de baile del show y el animador anunció la entrada de un blanco gordo, muy gordo, era un elefante con dos piernas que vestía de traje. Desde mi mesa podía distinguir las gruesas gotas de sudor que corrían por su frente, nunca comprendí ese empeño de los nuestros por encerrarse dentro de un traje con el calor infernal de nuestra tierra, pero al gordo le venía muy bien para que bajara de peso. Tampoco comprendí la existencia de gordos en la isla con lo difícil que estaba la jama, pero dicen que engordan con el agua, pero es que allí no se puede abusar mucho de ella, casi siempre anda cargada de parásitos, no comprendo como pueden estar tan gordos. El tipo cantaba tangos, lo hacía muy bien, claro, es el criterio de un borracho. Le hice una seña y lo invité a la mesa, el tipo aceptó con un leve movimiento de cabeza. Bajó del escenario directo para donde yo estaba y lo invité a sentarse, su lugar en el escenario fue ocupado nuevamente por las pijiriguas, algunas de ellas tenían huecos en las medias, pero eran muy felices, al menos, eso demostraban sus eternas sonrisas. El gordo me aceptó un trago y pidió un añejo a la roca, Mercedes había terminado de masticar y tragar, ahora se empinaba el vaso de cerveza y le pedí dos más al camarero. Mis palabras emocionaron mucho al cantante, lo comparé con Carlos Gardel y Hugo del Carril, sus tangos habían sido muy bien interpretados de acuerdo a mi juicio. Entonces le hablé de Buenos Aires, la calle Corrientes, el cementerio de Chacarita y la tumba de Gardel, él escuchaba con la curiosidad nata del que siempre ha estado preso y solo tiene una ventanita por donde le entra un poco de luz. No imagino cuantas admirables porquerías hablé esa noche y él consumió como el niño prendido a la teta de su madre. Los borrachos hablamos mucha mierda, eso dicen allá, pero las mías eran diferentes, les brindaba la oportunidad de volar y escapar de sus encierros. Al rato nos despedimos y se marchó, media hora después subió al escenario y me dedicó uno de sus números.

Las hijas de Mercedes ya habían regresado de su paseo con los Periquitos y Cañolo, ella lo comprobó subiendo a la barbacoa que tenía en su cuartico. Había el espacio necesario para acomodar una sola cama donde ellas dormían, eso sí, era obligado andar jorobado todo el tiempo por falta de puntal. Por encima de la altura de la cama solo existía un metro libre, nada justificaba la presencia de un ser humano en aquel espacio. La cama de Mercedes ocupaba todo un ángulo de su cuarto, pegada a la pared por la cabecera y uno de sus lados. En el lado izquierdo existiría un metro y medio máximo que era ocupado por un sillón muy viejo donde el mimbre fue sustituido por una fina planchita de playwood muy gastada, pulida por tantos años de uso. En línea con el sillón y a la altura del pedestal de la cama, tenía ella una mesita muy pequeña que servía de hogar a su cocinita de luz brillante. En el espacio restante del que ocupaba la cama y la escalera que servía para acceder a su barbacoa, otra mesita con dos sillas para comer. La comida la almacenaba en un pequeñito armario fijo a la pared, no era importante tampoco y se ajustaba perfectamente a la cuota de comida que recibía mensualmente. Ella guardaba las carnes y pollos en casa de una vecina, eso me dijo, una vecina muy buena, como todas las de aquel solar.

Amanecí vestido y acostado a su lado, me asusté al despertar y verla a menos de diez centímetros de distancia, dormía con la boca abierta y roncaba a voluntad, era una especie de locomotora de carne y hueso. Sus pronunciados dientes de marmota se encontraban desafiando el aire como par de samurais, sentí un miedo terrible, me apenaba haber podido cometer una locura que destruyera toda la magia de aquella vieja amistad. Me levanté en silencio y salí del cuarto directo a los lavaderos, afortunadamente había agua a esa hora y traté de refrescar un poco mi conciencia con ella. Fui hasta los servicios para orinar y salir de dudas, el primero estaba repleto de mierda, el segundo invadido de gruesos mojones, el tercero estaba ocupado a esa hora, tuve que escoger entre los dos visitados. Oriné sin agarrar puntería y después, mientras me sacudía, froté mis dedos sobre el pene, olí mis dedos y comprobé que no había ocurrido nada, me sentí afortunado. Me peiné sin espejo, recuerdo que siempre cargaba peines y pañuelos, recuerdo que siempre compraba betún para limpiar mis zapatos, recuerdo tantas cosas que hoy dejan de ser normales. Anduve a lo largo de todo el solar diciendo dos palabras bien bajito, trataba de no despertar a los vecinos, ¡Periquito, Ñolo! ¡Periquito, Ñolo! Cuando hube de repetirlas unas cinco veces se abrió una pequeña ventanita de otra barbacoa y uno de los Periquitos sacó la cabeza, parecía una paloma tratando de abandonar su palomar. Le hice señas de que bajara y lo esperé tres minutos, después tocamos en otra puerta y apareció el otro. Ñolo se había ido para el Chapela y esa posada quedaba cerca del aeropuerto, partimos. Cachita ya estaba sentada junto a al viejo portón, miré el reloj y eran las seis y media de la mañana. Alzó un pomito de benadrilina y me lo ofreció, era café y le pegué la bemba, los Periquitos no quisieron, ellos no fumaban, le di un beso de despedida y me premió con una sonrisa maliciosa.

-¡Qué bolá! ¿Te jamaste a la temba? Preguntó el Periquito menor cuando íbamos doblando por la Terminal intermunicipal, se encontraba atestada de gente trasnochada, el perro sarnoso masticaba un pedazo de pan encontrado en la acera.

-No me he jamao a nadie, compadre. Le respondí con indiferencia.

-No jodas, ¿y donde dormiste? Insistió.

-Dormí en su cama, pero no pasó nada, Mercedes es mi socia.

-A otro con ese cuento, cualquiera tiene un bache en la vida.

-Y a ustedes parece que les fue muy bien.

-¡Uf! ¡Qué clase de chamaca! La verdad, si no hubiera sido por ti… Ese solar es una mina de chamaquitas lindas, y lo mejor, la gente no está en ná. Nos quedamos a dormir en sus casas sin líos, los puros fueron los que abrieron las puertas cuando llegamos.

-¡No jodan! Los tiempos van cambiando, eso creo.

-¡Asere! Lo único que se puede hacer es templar, no hay de otras, los puros lo comprenden, ellos no son bobos.

-Ya lo creo, los tiempos cambian, ¿quién lo diría? Y Ñolo, ¿con quién se empató?

-¿Ñolo? Con la hija de Mercedes, la mayor, la malacabeza.

-No está mal, es bastante putica para su edad.

-Va y es buen palo, con la escuela que tiene no lo dudo.

-¡Asere! ¿Y tú no te jamaste a la temba?

-No, compadre. Ella es tía de un socio mío y dormí vestido.

-Perdió prenda la vieja.

-Pero templar no es todo en la vida, apuremos el paso, la lancha sale a las siete en punto. Atrás quedaban las maletas y grabadora, estaban en buenas manos y no nos preocupaba.

Cachita estaba en el portón como siempre, le regalé su cajita de Populares y se puso muy contenta, siempre lo estaba. Mercedes me pidió que acompañara a su hija ese día, lo hacía como si fuera la primera vez que salía su niña, había olvidado que aquella noche durmió fuera de su casa. Eran las ocho de la noche y pusieron el programa Nocturno en la grabadora del Periquito, no transmitían en estéreo pero se escuchaba mejor, el primer número fue una canción de los Pasteles Verdes y luego siguió un poema leído por Pastor Felipe, las mujeres vivían enamoradas de su voz. Entonces, Mercedes quiso hacernos la historia de su batalla para ganarse el radio Selena.

-Fue una dura lucha en la emulación. Dijo ella como introducción a una historia tan estúpida como brillante de su vida. Tuve deseos de mandarla al carajo y largarme inmediatamente con su hija de aquella pocilga, pero me contuve, no me consideraba con derecho a destruir los sueños de nadie ni a criticar sus metas logradas. Habló y habló sin parar sobre horas voluntarias, trabajos en el campo, guardias cederistas, concentraciones y cuanta basura toma relevancia en la vida de un humilde ciudadano. No la detuve y hablaba con cierto orgullo, miré a su alrededor tratando de buscar una justificación, observaba el reloj y me desesperaba aquella historia sin final por un simple radio. Sus dientes de marmota viajaban en diferentes direcciones amenazándonos con el degüello, no imaginaba dándole un beso sin una terrible colisión con aquellos enormes dientes, los pensaba penetrando hasta mis amígdalas. Pero Mercedes era una mujer tan dulce e inocente que, se le podía soportar cualquier manifestación de inocencia como aquella, una puta vida sacrificada por obtener un radio, había que celebrar el premio a tan cruel sacrificio.

En El Baturro, su hija se sentó entre Ñolo y yo, comiendo mierda viró un vaso de cerveza y el líquido cayó sobre mi portañuela. La hija de Mecedes me pidió el pañuelo y comenzó a secarme, pero frotaba y frotaba con movimientos rápidos e insistentes hasta que logró parármela. No se detuvo y continuó secando y frotando sobre el punto que sobresalía en mi pantalón.

-¡Oye, para! Porque estoy a punto de venirme y luego vas a tener que secar otra cosa. Ella rió y Ñolo se puso un poco celoso, no tanto, sabía que tratábamos con una putica de las retretas del parque Céspedes.

Varios años después regresé por Santiago, los Periquitos andaban por barcos diferentes. Ñolo se había graduado de Primer Oficial y mi tiempo en la isla se redujo involuntariamente. En ese viaje me encontré con varios turistas extranjeros, las entradas al Casa Granda y Versalles eran posibles gracias a sobornos, comenzábamos a apestar en nuestra propia tierra. Vista Hermosa fue el refugio perfecto de mis últimas aventuras y solo pasaba por el solar de vez en cuando, pero regresaba como hacen los salmones para reproducirse. Cacha seguía allí, como el monumento que nunca debió ser sustituido por el de John Lennon, iba perdiendo un poco la memoria y solo me recordaba cuando le ofrecía una caja de Populares. Su pañuelo no conservaba aquella inmaculada blancura y olía mal, no era tan dulce o simpática, los muchachos se burlaban de ella. Mercedes seguía allí, en el mismo cuartucho sin otros trofeos logrados en esa ardua lucha de la emulación, mucho más vieja y flaca. Sus labios habían enflaquecido también y se le dificultaba ocultar sus pronunciados dientes de marmota. No se me ocurrió preguntarle si había regresado al Casa Granda, creo que sería imposible en aquellos tiempos que comenzaron a tender un cerco sobre nosotros, peor aún para aquellos que vivían pendientes de los méritos y deméritos, el Selena estaba vivo todavía. Su hija estaba más prostituida, sin pintarse podía olerse que era una puta, no sé, tal ves se pueda adivinar por detalles que brotan desde lo más profundo del alma en una simple mirada. Su hija menor era la estampa de la mujer santa, la vanguardia, la virgen, era muy diferente y anacrónica a los tiempos que corrían. Siempre sintonizaban Nocturno a las ocho de la noche, buscaban escapar con una canción de sus prisiones y no lo dudo, yo escapo y viajo frecuentemente.

Han pasado casi veinte años, dijo Gardel que no eran nada, yo manifiesto que son muchos, demasiados. Recorro casi a diario un solar virtual, trato de buscar una de mis viejas guaridas, matar de un disparo ese gorrión que trata de matarnos y que resistimos por no darle el gusto a un hijoputa. Mercedes es sustituida por Cusita, Cacha por una vieja que no conozco, Barbarito es el marido de Florinda, la que ocupaba el segundo cuarto a la izquierda, el que quedaba antes de llegar a los fregaderos. María es la muchacha hiperactiva que andaba con el Periquito, muy inquieta ella. Mariposa es la hija mayor de Mercedes, no por puta, solo por ocupar un espacio. Así, voy tratando de ocupar esos espacios vacíos de nuestras vidas, lugares que nunca podrán ser ocupados virtualmente por muchas razones. Nos faltan las pestes de los servicios, los lavaderos, el ancho pasillo del solar, los muchachos con sus travesuras, las niñas con cuerpos de hembras vestidas de uniformes escolares, el ruido del vapor que escapa de una olla de presión, la novela escuchada a todo volumen del radio de una vecina. Nos falta esa solidaridad de las vecinas para maquillar a Cusita ante una nueva aventura, Barbarito sacando una botella de walfarina para celebrar algo, cualquier cosa. Paulino cazándole la pelea a la hijita de Ramón y el hijoputa gallo de Mariela cantando a las cinco de la mañana. Nos falta la chivatona de Gloria informándole a la gente del MININT sobre un chamaco que lucha su yuca o quiere escapar para la base en una balsa. Nos faltan tantas cosas, tantas, que un solar virtual solo puede ser concebido para matar gorriones, angustias, recuerdos, memorias, sueños, anhelos, esperanzas. Nos faltan sus olores, el cariño de tanta gente, sus gritos, gemidos, tarros, inconformidades, peleas que duran minutos, tal vez horas. Nos falta todo el amor de esa gente que se hunde poco a poco en las sepulturas de sus olvidos, alguien que nos grite durante un apagón: ¡A templar, que se fue la luz! Me acompaña durante este viaje nostálgico Pancho Céspedes, Con el permiso del Bola.

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