Cuba es un cuento, compay

Chocolate con tristeza (Model Town)

El chocolate, producto obtenido luego del proceso industrial que se deriva del cacao, fruto o materia prima original y abundante en las regiones orientales de Cuba. Cuyo origen y consumo se remonta a una América que, perteneció a un nuevo mundo desconocido por las viejas civilizaciones de Europa. Supo invadir prontamente el reinado de aquellos imperios y expandirse al mundo con su agradable sabor. Viajando con la historia, el chocolate se impuso como un producto elegido para manifestar ciertos estados emocionales del hombre. Es un digno embajador del amor y regalo favorito entre muchas parejas de diferentes nacionalidades, idiomas o credos. Una manifestación de amistad, distinción, elogio, premio y hasta gratitud o reverencia. El chocolate mantiene una anciana preferencia entre las costumbres del ser humano al consumirlo de diferentes maneras, es un producto que nunca pasa de moda y su vigencia comienza desde los primeros años de la infancia.

La palabra chocolate ha sido utilizada o explotada infinidad de veces por escritores, artistas, guionistas, cantantes y otras personas comprometidas en el mundo del arte. Sus últimas manifestaciones en el campo de la pantalla pequeña o gigante, no han carecido de la misma aceptación por todo un público internacional luego de ser muy bien explotada y adaptada a ese universo que impone la oferta y la demanda. Han sido en términos generales, una incursión a ese espacio reducido del ser humano que, se reduce a cuatro paredes después de agobiantes y estresantes jornadas que impone la vida moderna. Sobran títulos utilizando la palabra chocolate que funcionan como ganchos atrayentes y atrapan la atención, “Como agua para chocolate”, “Fresa y chocolate” se destacan en el género de largo metrajes. “Dame chocolate” y “Chocolate con pimienta” son las dos últimas ofertas en telenovelas, es probable que existan otras y se encuentren fuera de mis conocimientos.

La visión o interpretación que existe sobre el chocolate, expresado por el joven estudiante Laimir Fano Villaescusa. Cubano que aún realiza sus estudios en la escuela de arte en la isla y cuyo trabajo es, al parecer, una tesis de sus estudios. Dista enormemente de esa apreciación romántica de la vida manifestada por diferentes autores. Sin nosotros comprenderlo, este joven se traslada hasta las huellas latentes de lo que en el pasado, muy lejano para él por su juventud, fuera una manifestación de lo que en su momento constituyera un ejemplo de pueblo o, como reza en el título de su documental, un modelo. Laimir rescata de las ruinas de aquel maravilloso oasis el testimonio de unos pocos sobrevivientes, y es a partir de aquellas desgarradoras declaraciones, cuando brota todo el sabor amargo del cacao.

Su documental solo dura quince minutos, pero uno solo de ellos, es suficiente para mostrar el dolor representado en la lágrima de un hombre ante una barra de chocolate. Otro de aquellos minutos para declarar ante cámaras, la sorpresa cándida de una anciana que trata de saborear su pasado en una mordida al chocolate, o aquella que lee con insistencia un nombre que solo mantuvo oculto en su memoria, o aquella que lo olfatea con un sentido perdido tratando de reconocer al ser arrebatado. ¡Ay qué lindo, muchas gracias! Palabras de aquella abuelita agradecida a la que devolvían parte de su alma. ¡Esto me emociona! ¿Dónde conseguiste esto? El hombre se desliza entre el dolor y la amargura, su voz no puede ocultar un estado de sentimiento profundo por algo que perdió y añora, sufre. ¿Donde conseguiste esto? Repite y desgarra, lo mira con atención, tratando de encontrar algo que perdió con la aparición de sus canas. ¿Dónde compraste esto, aquí? Levanta la mirada y su dolor nos contagia, hiere, se sufre sin conocerlo. Huele la barra de chocolate para comprobar que no lo engañan, aquello existió y su memoria no lo traicionó. ¡Está exquisito! Dice la viejita mientras saborea con gesto infantil un pedacito de aquella barrita que le regalaran.

El joven autor nos recrea con muy cortos pasajes sobre lo que fue aquel pueblo y los combina con las palabras de los pocos sobrevivientes de una época, que marcó pausas en nuestra historia. La misma que él se atrevió a preguntar tratando de encontrar una respuesta, la que todos esos muchachos se harán y al no encontrarlas, se verán obligados a escarbar dentro de todo aquel que sobreviva a cada columna derrumbada.

Ver ese corto y efectivo documental, supo trasladarme entre las telarañas de los cables eléctricos hoy muertos, entre viejas fotografías que una vez presumieron quemadas, entre diplomas de primaria amarillentos, entre imágenes de ese ayer que muchos añoran y no dejan de llorar, entre las vistas de lo que fue y hoy no es, entre la imagen de lo que pronto no fue y nunca será, entre la foto de lo que sí existió y el tiempo matará. Ver el documental trae consigo sentimientos opuestos, el de culpa por la que nunca fuiste cómplice, y la del cobarde por lo que nunca hiciste.

Un día, burlando todos los controles aduaneros, quise llevarle una manzana a mi hijo, logré sacarla. Mi hijo no se la comió, la encontró tan linda, tan extraña, tan brillante que pensó era plástica. Tal vez, la reacción hubiera sido distinta si le llevara una barra de chocolate, ¿quién sabe? ¿Qué escribirán los muchachos del futuro, cuando todo esté destruido, cuando no existan testigos?

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