Cuba es un cuento, compay

Como Saturno, la revolución devora a sus hijos

El marinero que se encontraba de guardia en el portalón del buque me llama por teléfono, comunica que había embarcado un inspector de seguridad para la navegación. Yo debí estar haciendo algo en esos momentos, porque normalmente permanecía en el exterior controlando las operaciones de descarga. Sentí cuando se abrió la puerta de la escalera que da acceso al pasillo donde se encontraba mi camarote, no le presté mucha atención.

Solo el saludo de aquella voz me devolvió a la realidad, era una voz muy conocida que no escuchaba desde hacía más de una década. No puedo ocultar que sentí alegría al verlo nuevamente y pronto le extendí amigablemente la mano. Su aspecto era deplorable, una de esas camisas blancas de nuestro uniforme que hacía mucho tiempo se divorciara de la blancura con la que fuera confeccionada. El pantalón era de kakis gris algo arrugado y los zapatos mostraban haber consumido todo el kilometraje para el que fueron diseñados. Lo invité a sentar, algo pausado en sus movimientos, colocó un viejo portafolio que cargaba en el piso. Sudaba a cántaros y como preámbulo de aquella inesperada visita respiró profundo, tratando de acaparar toda la agradable atmósfera del aire acondicionado. Yo no podía imaginar aquel inesperado encuentro, es muy probable que él desconociera quién era el Primer Oficial del barco donde tenía que realizar la inspección, de saberlo, probablemente la hubiera pospuesto. Noté un poco de vergüenza en su rostro, quizás por la facha que traía, es muy probable que al verme haya alimentado viejos recuerdos.

Molina había sido mi jefe de cátedra en la Academia Naval del Mariel, cuando yo trabajaba como profesor de Navegación, ostentaba los grados de Capitán de Navío de la Marina de Guerra, muy pocos de los oficiales que se encontraban en ese centro en aquellos momentos tenía esa jerarquía, no serían más de cuatro a lo sumo. Militaba en el partido comunista, condición indispensable para llegar a ser un oficial de las fuerzas armadas. Era un tipo muy activo y nada extremista en el desarrollo de sus responsabilidades, fue un hombre al que admiré como a pocos, en él vi el ejemplo de lo que debía ser un comunista de acuerdo a toda la teoría estudiada.

Lo admiré y no era para menos, no creo haberme encontrado a dos como este hombre en toda mi vida en la isla, nada constituía un obstáculo de importancia en su camino. La vida de Molina era todo un sacrificio por no decir calvario, vivía en una modesta casa algo pasada en años de la calle Pocitos y muy próxima a la avenida de 10 de Octubre. Su núcleo familiar estaba compuesto por la esposa, creo que la suegra y dos hijos hemofílicos, quienes se pasaban más tiempo ingresados en el hospital William Soler que en el hogar. Tenía que ir diariamente desde la academia hasta el hospital, de aquí a su casa para levantarse casi a las cuatro y media de la mañana para repetir el ciclo. Nunca manifestó sus sufrimientos pero eran fáciles de adivinar en sus conversaciones, sobretodo, cuando nos oía hablar de nuestros hijos o visitábamos la escuela con ellos.

Siempre me llevé muy bien con él y debo confesar que, las veces en las que accedí a colaborar en algo de la escuela, lo hacía para evitar la vergüenza de decirle que no a ese hombre, de verdad que era un ejemplo para cualquiera.

Encontrándome allá se desarrolló una campaña para captar oficiales de la mercante y que pasaran a prestar servicios en la de guerra. Molina fue uno de esos hombres dedicados a esa tarea, creo que fue la única oportunidad en la que me negué ante él.

-Tú puedes pasar a la marina de guerra, se te dan los grados equivalentes a los que posees en la mercante, pero lo mejor de todo esto es que aquí puedes llegar a ser Capitán, porque se te consideran los días de servicios como singladuras (días navegados). Luego, si así lo deseas, puedes continuar hasta convertirte en ingeniero. Me expresó sabiendo cual sería mi respuesta pero cumpliendo con la tarea que tenía asignada.

-Coño Molina, parece que tú no nos conoces, sabes bien por qué hablo en plural, compadre, eso está muy lindo para muchachitos nuevos a los que se pueden engatusar con cualquier cosa, pero a gente mayores y con experiencia no creo que te funcione el anzuelo. Vamos a ver, aquí puedo llegar a capitán titular, muy lindo, viejo. Yo deseo de todo corazón llegar algún día a ser capitán de la flota, pero un verdadero capitán, no un muñeco que lo diga porque tiene un diploma otorgado en este centro sin navegar. ¿Crees de veras que Ergio es Capitán?, le pregunté e hice referencia a un profesor que llegó a ese centro como segundo oficial y allí fue ascendiendo. -No lo creo, él es un muñeco con diploma, tiene mucha teoría pero ninguna experiencia en los barcos, ¿es eso lo que me propones? No, Molina, me estás proponiendo algo peor, pasar a la marina de guerra y ser otro del bulto, de los que se pasan la vida alzando la mano cada vez que se encuentran con un superior, o de aquellos que se tienen que levantar en la guagua y darle el asiento a un huevón solo porque tiene un rango superior. No te das cuenta que mi salario en la marina es igual a la de un Teniente de Navío, que yo no tengo que estar saludando militarmente a nadie, que soy un bebedor y mujeriego sin temor a que me llame el alto mando de nada. ¡No, hombre!… Discúlpame, pero para estar en el ejército hay que encontrarse al nivel de Raúl Castro, de ahí para abajo todos son carneros. Le dije todo esto sin temor a una delación, sabía que el tipo era de los pocos hombres en los que se podía confiar. Me puso la mano en el hombro como si nada hubiera sucedido y continuamos nuestra marcha hacia Villa Seca, él era así de sencillo.

Allí lo tenía en estos momentos, sentado, sin aquellas estrellas de primera magnitud sobre los hombros que delataran superioridad, algo envejecido y un poco más moreno por el sol. Tomé el teléfono y ordené a la cocina que subieran café y agua fría. Lo invité a comer en el buque y no aceptó mientras revisaba algunos de los certificados del barco cruzamos algunas bromas, hablamos de navegación y cosas de la profesión, pero comprendí que evadía en todo momento el tema de la academia. Tampoco le pregunté los motivos de su nueva condición y retorno a la vida civil, él se daba cuenta. Cuando finalizó y alegando una justificación algo infantil se retiró del barco, mientras lo acompañé hasta el portalón y nos despedimos con un fuerte apretón de manos, lo seguí con la vista por todo el espigón de Tarafa hasta que dobló en la proa y se perdió, pasarían otros años para un nuevo encuentro, así sucede entre los hombres de mar.

Uno de aquellos años posteriores perdidos en nuestros almanaques, después de disfrutar de unas cortas vacaciones, me ordenan pasar el curso de recalificación orientado por la IMO (Organización Marítima Intergubernamental) Se realizaría en la nueva Academia Naval de Baracoa, era una magnífica instalación donde me reencontré con viejos conocidos de la antigua escuela, todos ellos profesores de distintas materias. Allí coincidí nuevamente con Molina, quien en esos momentos pasaba el curso en el mismo grupo que yo. Su aspecto era el mismo observado la última vez que lo vi, había envejecido pero muy poco y su carácter continuaba siendo jovial, nos saludamos como siempre y compartimos el tiempo establecido para las distintas asignaturas, fue allí cuando me enteré por boca de otro militar, las razones de su pase a la vida civil. La historia fue más o menos esta.

Poco después de retirarme de la academia naval, se produjo aquel cambio en la política existente con el exilio cubano, comenzó a llamársele “comunidad cubana en el exterior”. Como resultado de varios contactos, el gobierno cubano aceptaba la entrada de ellos al país como visitantes. Para preparar las condiciones a aquel cambio de actitud y los problemas que traerían entre la población, se desarrollaron reuniones partidistas en toda la isla y como es de suponer, esas llegaron con más rigor hasta los militares. Fueron variadas las orientaciones que ellos recibieron y llegaron hasta mí a través de socios que militaban en el partido.

Pues en aquellos primeros grupos llegó la familia de la esposa de Molina y fue recibida en su casa. No solo eso, celebraron una fiesta por el acontecimiento y la reunificación después de muchos años separados. Alguien informó al mando de la marina de guerra sobre el festejo realizado en casa de este hombre, lo que condujo a Molina hasta una corte militar. Fue degradado delante de la tropa y expulsado del ejército, debo imaginar que del partido también.

No desearía por un solo instante de mi vida haber experimentado esa amarga experiencia, pienso en el bochorno tan grande que debió haber sufrido ese hombre, cuando le arrancaran de sus hombros las charreteras con aquellas estrellas que tanto sudor y dedicación reclamaran de su vida para obtenerlas. Tuvo que ser muy grande los sentimientos de derrota vividos en esos momentos, la amargura contenida en lágrimas al ver cuan fácil se derrumbaba una vida. Molina no es de esas personas que odian, pero en aquellos momentos debió ser imposible contener toda la rabia despertada por aquella injusticia.

Continuó siendo el hombre que admiré como militar, poco cambió externamente. En realidad, allí, en ese escenario nada cambia y se notaba feliz entre nosotros. Dudo que lo fuera, nadie que haya sido traicionado puede olvidar con tanta facilidad sus sufrimientos, estoy seguro de que continuó viviendo como muchos de nosotros, con ese doble rostro que muestra el lado más triste de nuestras vidas transformado en felicidad, así continuó hasta la nueva despedida, la última .

Mucho he pensado en este hombre, no solo ahora que estoy lejos y desprendido de esa terrible máscara capaz de ocultar sentimientos. Pensé allí sobre el terreno de los hechos, Molina no era comunista, no encontré a dos iguales dentro de su partido. Allí pululaban oportunistas, ladrones, ladinos, hipócritas, traidores, cobardes, gente sin criterios ni poder para tomar decisiones. Él era diferente, un tipo románticamente enamorado de la causa que guiaría nuestros pasos hacia un futuro mejor, un soñador empedernido y tenaz de la causa revolucionaria, Molina fue uno de los tantos mártires devorado por su propia madre, la revolución. Esa revolución fabricada con miles de moldes variables con los tiempos, esa revolución insaciable de sangre, no importa de cual, sean enemigos o hijos, de ella se alimenta. La intolerable, la intransigente que no acepta ideas que se aparten de su matriz, la que desea que sus hijos se inmolen en nombre de su falsa bandera, como sucedió en Granada, como le pasó a Ochoa y muchos otros, una revolución que te convierte en traidor de la noche a la mañana.

Molina siguió igual, sonriente, cordial, aparentemente feliz, debió haber perdonado a sus verdugos, se tuvo que arrepentir de los pecados mortales que cometió, externamente continuó siendo revolucionario, Molina tiene que ser un loco, no conocí a otro igual en tantos años, fue devorado por Saturno.

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