Cuba es un cuento, compay

Cadena perpetua pal que diga mentira, ¡coño!

¡Que no lo dije yo, carajo! Lo dijo Abelito Prieto, el hermanito de Pinocho. Su padrecito no se llamaba Gepetto, creo que no sabía ni timbales de carpintería. Todo lo contrario, desde que vio la luz del día se acabaron los muebles. Pues dijo Abelito, con su nariz estirada como la de Pinocho, que le daría cadena perpetua a todo el que dijera una mentira. Aparte de la madera se joderá el acero, porque miren que se necesitarán eslabones y grilletes, se jodió la construcción de la placa en casa de mi tía. Dime tú, si para cada mentiroso hay que fabricar una cadena, no se podrán elaborar las cabillas.

Yo no estoy de acuerdo con el peluíto, la cadena perpetua encarecería la condena, yo me inclino por el paredón, como en los primeros años de la revolución. ¡Paredón, paredón, paredón! Yo era un chama, pero me acuerdo perfectamente de las griterías de aquellos tiempos, hasta conga se hicieron mientras los tiros sonaban. Recuerdo a mi padrastro mostrándome orgulloso una foto de Bohemia, donde él aparecía destruyendo los parquímetros de La Habana. Dicen que aquello era una acción revolucionaria, pero el hombre me dijo que se embolsaron el menudo, bueno, cuando aquello un medio era un medio y te tomabas una CocaCola, y si eras muy revolucionario y deseabas consumir otros productos que no fueran americanos, cuando menos te sonabas un vaso de guarapo. Tú te pones a analizar esas acciones y no hay espacio a la duda, ¿pa' qué coño querríamos esos parquímetros? ¿No se acabaron los autos? ¿Quién se atreve a dejar parqueada una bicicleta en el exterior? ¡Qué coño una bicicleta! Que le pregunten al suegro de mi hijo si se atrevía a dejar al puerco en el patio de su casa. ¡Nada de eso! El puerquito vivía como toda la familia, y lo peor, el día que le dieron la puñalada, que yo no sé si fue mi hijo o su suegro, aquel puerco de mierda corría por toda la casa, ni se imaginan ustedes el reguero de sangre. Sangre por la sala, por la cocina, encima de las camas. Hasta en la cama de la niña se metió el muy hijoputa, dicen que allí se meó. ¡Pero no jodan!, cualquiera se mea con una puñalada dada y ve que corren detrás de ti el viejo, el yerno, la abuela, la suegra, la novia, y hasta la niña que no se desprendía de la puta tetera, es para cagarse de miedo. El tipo se rompió o al menos cayó desmayado, dice mi hijo que el suegro abrió la jabita donde llevaba todas sus herramientas para el policlínico y extrajo el estetoscopio (a mí nadie me jode, busqué la palabra en el Larousse). No puede negarse que el puro es muy profesional, auscultó al cabrón puerco y diagnosticó su muerte clínica. Las cosas se complicaron un poquito, las mujeres se dedicaron a limpiar toda la cagazón formada por Perico, que así se llamaba el puerco en honor a un pueblo de Matanzas de donde era original la familia. Pero ya saben ustedes de esa psicosis de las cubanas por mantener limpia la casa, vengan cubos de agua por todos lados para borrar lo que parecía la escena de un crimen. ¡Claro! Agua con luz brillante y sin abusar mucho, gracias a Dios el médico resolvía con todos sus pacientes, porque no es lo mismo llegar al policlínico con las manos vacías y espantarse la cola, que llegar con un racimo de platanitos o un aguacate en la mano. Nada de eso, hay que tener un poquito de respeto y consideración con esa gente que llega cargada a la cola del policlínico. Luz brillante había y cuando se limpiaba una casa no se podía estar comiendo mierda con los fósforos, no porque fuera tan volátil e incendiario ese combustible, todos conocemos el lío de los fósforos cubanos. Eran hijoputas esos fósforos, coño, que no soy yo solamente el que lo dice. Si no se te pegaban en las yemas de los dedos, salían andando como un meteorito y podían provocar un incendio.

El problema mayor era con el agua y las mujeres no se midieron en el uso de ella para limpiar la casa, yo, en el lugar del suegro de mi hijo y en el suyo propio, le hubiera sonado cuatro patadas por el culo a cada una de las mujeres de aquella casa. ¡Carajo! No me acusen de injusto, machista o abusador. No era para menos, hacía treinta años que el agua no subía al edificio y los hombres tenían que cargarlas en carretilla y luego subirlas con una soga hasta un tercer piso de los antiguos, o sea, el equivalente a un edificio de seis pisos de una microbrigada. ¡No es justo, no es justo! Las muy cabronas habían separado un poco de agua para lavarse aquello después que orinaban y solo dejaron dos opciones a saber, se lavaba y pelaba a Perico, o se lavaban el toto. ¡El toto! Exclamaron las mujeres a toda voz y eran mayoría. ¡Perico! Exclamaron los hombres, que solo eran dos y se mostraron muy agresivos. Se impuso la voluntad de aquellos hombres ante el grupo de indefensas mujeres, en realidad eran dos contra dos, la vieja y la niña no contaban.

El otro lío era, aparte de calentar el agua para lavar a Perico y la escasez de gas en toda la ciudad. Pero bueno, el doctor tenía clientes que trabajaban en la ICEPÉ y preferían no hacer colas en el policlínico. Además, el doctor podía confeccionar con facilidad un certificado médico de asmático para que le suministraran el gas, o sea, podían darse ciertos gustos lejanos a la población y eso no le preocupaba. El verdadero problema consistía en los cuchillos, ninguno tenía filo y hacía miles de años que no existían amoladores. ¡Justo! No podemos reclamar nada, vivimos en un país donde todo el mundo es muy educado y existe la posibilidad de ser ingenieros. ¿Cómo carajo vamos a exigir la presencia de un amolador allí, donde el estado invierte numerosos recursos en la formación de profesionales revolucionarios? Sería una injusticia de nuestra parte y una muestra de lo mal agradecidos que somos. El suegro de mi hijo no había pensado en ese detalle, pero recordó tener una cajita de bisturís en la jabita de herramientas.

Jamarse a Perico no fue una tarea fácil, bueno, se me había olvidado que antes de darle aquella dolorosa puñalada, Perico fue sedado con varias pastillas de Diazepan, tampoco es así como así, las cosas deben hacerse en silencio, porque en silencio han tenido que ser. ¿Y qué tiene que ver esto con lo dicho por el ministrito de cultura cubano? Nada.

¡Paredón, paredón paredón! Se acabaron las gentes que había que fusilar y las congas cambiaron sus estribillos, pero las mentiras no desaparecieron. ¿Se imaginan si se hubiera aplicado la cadena perpetua a todos los mentirosos? Muy costoso, muy costoso, es mejor fusilarlos a todos. ¿Y si les hubiera crecido la nariz como a Pinocho? Imposible montarse en una guagua o camello, difícil darse un beso o hacer cosas indebidas con la boca, bueno, aquí hay tela para cortar. Pero si hablamos de mentiras y gente para condenar, no podemos establecer diferencias o privilegios. Si dijiste que era verde y no rojo, tenía que ser verde. Si dijiste que eran diez millones y luego fueron ocho, eso es cosa del poder judicial, que se supone sea autónomo, eso dijo un comemierda que es ministro en Venezuela, pero no es consumo de nosotros. Si dijiste que la gente se había inmolado en Granada junto a la bandera, no me vengas con el cuento de Tortoló. Si dijiste que las milicias de la dignidad en Panamá eran unos locos como los kamikazes de Japón, no te me bajes con Noriega disfrazado de jeva. No me vengas con los cuentecitos de la tranca de Rosafé, el café que nunca llegó a la cafetera, los Kiko plásticos que nos jodieron los pies, las tetas de Ubre Blanca, ni las piedras del pedraplén. ¡Hay que condenarlos, coño! Hay que empezar por los que andan con melenas y se quieren vender de tolerantes, los cultos sin la t, el que dice ser hombre y no lo es, el que aparenta ser jeva con su pelo largo y condena a sus semejantes. ¡Paredón, cojones! Como al principio, pa'las yeguas letradas, pa'toos los asesinos, pa'los hijoputas que desde Miami atacan al exilio, pa'los que hundieron balsas, pa'los que arruinaron nuestra tierra, pa'los que venden nuestras hijas, pa'los que se han limpiado el culo con nuestra bandera, pa'los que han destruido nuestra patria. ¡Paredón, no! Cadena perpetua tampoco, no vamos a trabajar para alimentar a esos parásitos. Que cada cubano le de una patada en el culo. Abel Prieto, no olvides que en un banco hay una carta de tu puño y letra esperando el momento oportuno.

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