Cuba es un cuento, compay

Cada cruz tiene un nombre

“Creo que pueda interesarte”, fue el mensaje que me envió Barbarito desde España. Muy corto, parco, escueto, vago, ausente de andamiajes que siempre apuntalan sus historias y cimientan su alegría. Luego de su firma aparecía una dirección a secas, imaginé un estado anímico poco común en él y quise averiguar la razón.

“Los muertos de Castro” se abrió en mi pequeña ventana y permanecí inmóvil durante el transcurso de su duración. Hubiera deseado tener el alma lastrada de arrabio, hundida fuera de mí y que el cuerpo viajara como otras veces, a la deriva, divorciado de mi mente, frío, indiferente. Pero desgraciadamente no es así, siento que estoy vivo y se me inflaman las arterias, puedo hablar, pensar, y mover aún las teclas.

Cambio de página y me encuentro con otro triste episodio, “Las torturas de Castro”. Consumo cada testimonio con un dolor inmenso, varias generaciones de cubanos han pasado por allí y se me ocurre una sola pregunta, ¿quién no conoce a uno de esos muertos?, ¿quién no perdió a un amigo en una balsa, un simple conocido?, ¿quién no escuchó hablar alguna vez de ellos? No encuentro respuestas, un silencio cómplice que se extiende mucho más allá de nuestras fronteras.

En la misma página me encuentro otro desagradable episodio, “Ché Guevara, anatomía de un mito”. Descubro eslabones ocultos hasta entonces de nuestra historia, no la nuestra precisamente. Es la historia de un asesino canonizado por una casta de historiadores degenerados, una historia plagiada y llena de mentiras, una historia aberrante de héroes fabricados para una América que comienza a convertirse en letrina. Miro hacia todos los continentes y me encuentro con hijos de esa tierra que un día quisieron ser como él, no precisamente un asesino.

Paso a escasos segundos de lo que pudo ser una noticia, un mulato gritaba a toda voz ¡Qué vivan los derechos humanos! ¡Qué vivan los derechos humanos! El negro era escoltado por la policía y rodeado de otros seres que nacieron en la misma tierra de él. Tiene que ser grave el delito de gritar y que esa voz se eleve por encima de la del amo. Tiene que ser muy valiente Biscet para desafiar a toda una turba, para mantenerse tantos años sin claudicar. Debe ser delictivo reclamar por el respeto a los derechos humanos y que esa voz corresponda a un negro, pienso.

Un grupo se dispone arrojar flores al mar para recordar el hundimiento del remolcador 13 de Marzo, es un pequeño grupo de jóvenes. Rápidamente son atacados por una chusma enardecida que se llama “pueblo” y siento dolor por ellos, por los jóvenes y por aquella turba que se llama “pueblo”. Es una pena que no tengan acceso a toda esta información, no por gusto el gobierno se empeña en mantener una férrea censura en el país. Aquella turba agredía a los jóvenes en defensa de un criminal, es el “pueblo” quien vocifera rabioso y cargado de odio, es un pueblo que no conozco. ¡La calle es de Fidel! Gritó uno que otro mientras me esforzaba por conservar sus agresivos gestos.

Veo las noticias, otra turba arremete contra una mujer que disiente en su país. Ella es mayor de edad y se encuentra enferma. Dicen que la sacan de la casa y la arrastran delante de sus vecinos, peor aún, uno de sus vecinos se siente orgulloso de haber participado en aquel acto “revolucionario’ junto a una turba que se llama “pueblo”. Siento pena por los héroes que atacan a las mujeres, trato de encontrar rasgos de dignidad, valentía, decoro, vergüenza, patriotismo y cubanía. No los encuentro en el seno de aquellas turbas que se dicen llamar “pueblo”. Regreso con intermitencia al pasado nebuloso y comparo ambas juventudes, la de aquellos tiempos de sueños, y la premiada con pesadillas. Las distancias morales son abismales, vaginales para unos. Busco al hombre nuevo y me encuentro con un monstruo, porque el que se sienta orgulloso de golpear a una mujer indefensa no puede ser considerado humano. Me sorprende e inquietan las cosas que pasan por mi tierra, me espanta tanto salvajismo. Me sorprende el paso de una era que ha servido para parir héroes distintos a los tradicionales, ¿héroes cobardes o valientes?

Hoy, he podido ver el documental “Buzos, leones y tanqueros”, palabras que metafóricamente pretende disfrazar la miseria. Es imposible permanecer indiferente ante la candidez casi infantil de sus protagonistas, simples víctimas de un sueño traicionado, de un extravagante futuro prometido entre consignas y batallitas de ideales. ¡Y son felices! Nadie puede calcular hasta qué grado de aberración puede ser dañado el ser humano. ¿Puede haber felicidad entre tanques de basura? Hay que oírlos expresarse, son ilustrados como las jineteras, son soñadores, son desvelados que solo creen en el presente, son tristes felices que han olvidado su pasado y nada existe más allá del próximo tanque de basura.
Llena de horror consumir todos esos materiales y que el mundo haya sido sordo por más de cuatro décadas. ¿Qué podremos esperar de ese mundo que acaba de legalizar internacionalmente todos esos crímenes? ¿Qué esperanzas se le puede prometer a esos seres que se asfixian entre gavetas?, si en el seno de las Naciones Unidas sus verdugos han sido elegidos representar los “Derechos Humanos”. ¡Qué inmoralidad!

Un hombre está a punto de morir por reclamar su derecho a conectarse en Internet, ¡es un mercenario!, gritan algunos rabiosos. ¡Es un loco!, dirán otros pretendiendo restar importancia a su sacrificio. ¡Es absurdo!, exclamarán falsos incrédulos. ¡Qué se joda!, repetirán entre consignas turbas de extremistas que se llama “pueblo”.

Veo desfilar en un auto descapotado a la abuela materna de Elían a lo largo de una infinita avenida, saluda a las masas sentada en el auto del verdugo de su hija. Disfrutando de aquel carnaval, olvidó clavar una cruz con el nombre de su hija, otros seres lo han hecho por ella.

Veo hundirse un remolcador cargado de niños, solo un grupo de seres humanos reclama justicia y clava en otras tierras cruces que llevan nombres. Puedo distinguir a ese otro grupo, son gentes que no han perdido la memoria y que han aportado a cada cruz un apellido. Es la parte de mi pueblo que conocí alguna vez y que apenas recuerdo.

¿Valdrá la pena mover una tecla? ¿Valdrá la pena alzar la voz? ¿Valdrá la pena utilizar la palabra pueblo? Cuando observo el salvajismo de esas turbas me llega una sola respuesta, ¡No! Luego, cuando consumo todas esas macabras historias y me entero de la existencia de hombres valientes que se niegan a claudicar, la respuesta no puede ser otra, ¡Sí! Tiene que serlo, porque un solo hombre es capaz de soportar toda la dignidad carente dentro de esas turbas que se llaman “pueblo”. Y mientras sobrevivan seres con el honor y valentía de ellos, mientras eso suceda, existe una esperanza.

¿Cuántas familias con luto y dolor?
Más de cuatro décadas ya es suficiente.
Libremos a Cuba del yugo opresor.
Cada cruz tiene un nombre, una fecha,
Una familia que sufre, una triste historia.
Aquí venimos a rendir tributo,
Pedimos a Dios que los tenga en su gloria.

Elsa Palmer.

Espero sepa disculparme la poetisa Elsa Palmer por la utilización de su conmovedor poema.

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